jueves, 30 de junio de 2011

Ejido Cañada Honda

El ejido Cañada Honda fue dotado a 49 campesinos que habitaban, según documentos oficiales, en el poblado del mismo nombre. Muchos de ellos realmente vivían diseminados en los pocos terrenos de labor que trabajaban a medias para los dueños de la hacienda El Plan, o en torno del casco de la misma hacienda, localizado a unos seis kilómetros del grupo de casas conocido como Cañada Honda.
En la resolución presidencial, firmada por el general Lázaro Cárdenas, es donde se dice que los 49 campesinos eran vecinos del poblado de Cañada Honda, ubicado a 15.2 kilómetros del poblado de Cadereyta, del municipio del mismo nombre. Nuestras pláticas e investigaciones con los ejidatarios más viejos, hijos o nietos de los campesinos originalmente dotados, nos han convencido de que no todos eran campesinos libre, sino más bien medieros que recibían semilla y a veces algunos apoyos más, como préstamo de yunta, de la hacienda El Plan, a la cual le entregaban a cambio la mitad de la cosecha. Costó trabajo, según nos contaron sus hijos o nietos, convencer a los medieros para que se unieran al grupo de solicitantes, pero algunos de ellos fueron después los más decididos defensores del ejido.
En la resolución presidencial de dotación se asienta que las 679 hectáreas otorgadas a los 49 derechohabientes de Cañada Honda "serán tomadas de predios cerriles en su mayoría ociosos, en donde en forma pública y pacífica muchos de los 49 beneficiados han apacentado ocasionalmente algunas cabezas de ganado menor, y de algunos terrenos aptos para la siembra de temporal que los propietarios de la haciende El Plan aseguran ser suyos sin haber podido demostrarlo".
El diario oficial de la federación donde se publica la resolución presidencial dotatoria es del 4 de septiembre de 1938. Otros documentos que obran en la carpeta básica del ejido, certifican que la dotación fue debidamente ejecutada siete meses después, en abril de 1939, mes en el que se hicieron los trabajos topográficos de deslinde, se colocaron las mojoneras que marcan los límites con las propiedades vecinas y se trazó la brecha correspondiente, poniendo su firma de conformidad las autoridades de los colindantes: el ejido de Guadalupe y los pueblos indígenas del Terrero y Monte Liso. Firmaron en ausencia del propietario Pedro González los representantes del municipio de Cadereyta de Montes, haciendo constar que al tal propietario se le notificó y él se dio por enterado sobre la fecha en que se harían los trabajos de deslinde.
Quedó así constituido en firme el ejido Cañada Honda con una extensión de 679 hectáreas en beneficio de 49 derechohabientes. En 1963 hubo una primera ampliación para 25 campesinos más; la resolución fue ejecutada debidamente para conformar el actual ejido de 74 campesinos y 955 hectáreas.
***
– ¿Te quedó claro todo lo que querías saber del ejido? – le pregunto a Lucio.
– Ya no jodas, Profe. Todo lo que escribiste se refiere sólo a la cuestión legal. Verdad que ya he visitado los terrenos y con esto me tienes casi dos meses por acá. Te dije también algunas de las irregularidades que veo en el ejido. De los venados yo todavía no veo nada.
– Va ¡Qué impaciente! Calma y nos amanecemos. Y no te quejes, porque ya llevas 15 días viviendo en el ejido.

jueves, 23 de junio de 2011

Lucio, el tzeltal, en Querétaro. (Actualmente) I

– ¿Para qué me trajiste a esta ciudad? Mi México, el México donde yo viví hace unos quince años no es este, es muy diferente. No me gustan las ciudades. Yo no viviría aquí. Puras casas. Muchos carros. No podría trabajar en nada más que lavando carros y eso no se me antoja.
– ¿Cuánto tiempo puedes pasar sin trabajar aquí en México?
– Mira Profe, ese no es el problema. Tal vez un año o más. Ora que si uno vive de arrimado, como ahorita contigo, pus mucho tiempo más.
– No chingues Lucio, no estás de arrimado. Sí de invitado. Como sea te veo con ganas de irte.
– La verdá sí. Prefiero ver cómo andan las cosas en Chiapas ¿Qué sabes tú del EZLN? Ya no se oye nada.
–Apenas llevamos dos días aquí y entiendo que no sabes qué hacer y te aburres. Mañana voy a un ejido. Ya les aprobaron un proyecto para que metan venado en sus terrenos ¿No te interesa ver cómo andan los ejidos por acá? En este ejido no hay selvas como en tu tierra. Es casi desértico, pero el ejido debe ser lo mismo aquí que allá, al menos legalmente. Podrás comparar cuando te vayas.
– ¡Desértico! Eso no me asusta. Desiertos en Texas y todo plano. A lo plano sí que no me acostumbré ¿Cómo andan las montañas por ese ejido?
– Pues no es plano. Ya lo verás mañana. Tampoco es muy montañoso pero no está mal. De hecho las cien hectáreas para los venados están en un cerro. Es bonito, aunque ahora esté muy seco.
– Me vale si los terrenos son bonitos o feos. Me interesa más ver cómo los usan y si yo podría vivir trabajando esas tierras. Porque de un cafetal sí viviría ¿De qué viven por acá?
– Ya lo verás mañana.
– De todos modos te repito que lo que más quiero es ver cómo andan las cosas en Chiapas. Sobre todo en los terrenos que hace unos quince años les quitaron los zapatistas a los latifundistas que todavía quedaban. En los yunaites* leí en el periódico lo que un día dijo el tal Marcos, que habían expropiado varios latifundios. Seguro el gobierno no se los ha legalizado. Quiero ir a ver si todo eso es cierto; si realmente las tierras que quitaron las tienen todos o solamente las aprovechan algunos vivillos y los demás andan como peones, como yo en los yunaites, pero ganando menos, me imagino. No creo que la gente se dejara de eso pero tengo que ir a ver cómo está la cosa.
– Ya me contarás, pinche Lucio. A mi también me interesa saber eso, pero si yo voy, como ladino que soy no me van a explicar nada. De todos modos ¿me acompañas mañana al ejido? Está en un municipio cercano que se llama Caderyta.
– Sí, claro. Quedarme un día más sí lo aguanto.
___
*La palabra se refiere a los Estados Unidos por su nombre en inglés, United States of America, pronunciado a la mexicana. El término es muy usado por los que se van al país del norte. (Nota del editor)

jueves, 16 de junio de 2011

Tomás Cruz reflexiona a sus 86 años (mediados de 1975)

Toda una vida cabalgando sin caballo y de pronto recibo la visita de Gabriel que trae dos libros en la mano izquierda, uno de los cuales nos relata la vida del patriarca que comenzó su camino en una revuelta militar y que ya perdió la cuenta del tiempo que lleva gobernado y el novelista nunca nos dijo que alguna vez anduviera a caballo y el otro libro nos narra la vida de los Buendía, algunos de los cuales hicieron no recordamos cuantas guerras revolucionarias sin tampoco galopar por las selvas ni las serranías del país al que pertenecía Macondo, distanciándose en eso, patriarca y generales, de las guerras de la primera mitad del siglo XX que en mi patria se hicieron a caballo y cuando las distancias eran muchas las bestias viajaban en los vagones del ferrocarril cuyas vías trazó el régimen de Porfirio Díaz mientras sus jinetes se trasladaban en los techos de los mismos vagones para bajar y, a caballo, llegar como las olas del mar remoto nunca visto por quienes conducían a sus cabalgaduras para destrozar a los ejércitos de los oficialistas de Huerta, convirtiendo así al caballo en el símbolo de la lucha que a pie hemos dado tantos en la segunda mitad de este siglo que sin darnos cuenta ya va galopando más allá de sus tres cuartos para pronto alcanzar los cien años no de soledades, sí de solidaridades que pasan sin tocar laberintos abandonados y caminan por calles y carreteras del México asaltado y pisoteado por una modernidad ciega, sorda, deforme, monstruosa, abrumadoramente desigual, copiada desde algunos desvanes o sótanos brumosos y lejanos, modernidad etérea que amenaza con hacernos olvidar el caballo desde que los dirigentes revolucionarios que secuestraron tal título descendieron de la silla de montar para abordar orondos los cadillacs y los mercedes de vidrios ahumados y blindados desde cuyo interior nos contemplan creyéndose seguros, pero nosotros seguimos a pie tras los caballos de Zapata y Villa que aceptaron a su lado, gustosos, al Che y su motocicleta y estuvieron siempre presentes en las marchas estudiantiles de hace siete años que, aunque fueron aplastadas por el ejército y en apariencia derrotadas, mandaron a cientos de organizadores a todos los rincones de la patria para que ahora, recorridos los tres cuartos del siglo, surjan por doquier multiplicidad de movimientos que ya han cambiado el rostro de este país que parece dispuesto a enfrentar resueltamente al imperialismo neocolonialista que viene del norte, y en estas vuelta y revueltas llevo ya una vida cabalgando sin caballo, tras Felipe Gómez, Jacinto Arriaga y tantos y tantos que han muerto peleando con el fusil real o metafórico para lograr los cambios que nos trajo el vendaval de una revolución incompleta y a ratos moribunda pero que en estos días parece estar despierta de nuevo para mover aquí y allá a los que estamos inconformes.

jueves, 9 de junio de 2011

Josefina Atilano y sus amigos, I

Antecentes de Josefina Atilano, aquí.
La calurosa noche de Guadalajara hace sudar a Josefina Atilano que no puede conciliar el sueño recordando la sarta de pendejadas que le escuchó a su amiga Lucía Cepeda, con la cual la une una extraña amistad, a ratos incomprensible para ella misma que basa su interpretación de la realidad en las teorías marxistas, en tanto las opiniones de Lucía son una mezcla de los supuestos juicios objetivos de los intelectuales, críticos y pensadores ilustrados de la televisión nacional y de las teorías sociales católicas hipotéticamente de izquierda. Su diálogo de sobremesa después de una cena informal salpicada de bromas y comentarios chuscos de todo tipo, tocó temas muy diversos: literatura, cine, habladurías y cotilleos sobre los famosos del deporte y de los espectáculos y estuvo a punto de convertirse en acalorada discusión, cosa que les sucede a menudo, cuando empezaron los comentarios de índole política. Las dos mujeres saben que el tema socio político y los referentes a economía es mejor que los eviten para no arriesgarse a un pleito o a disgustos soterrados que empañen su vieja amistad, pero como siempre, sus largas conversaciones en sus esporádicos encuentros llegan inopinadamente al tema y brotan los desacuerdos. En la sobremesa de hace apenas unas horas Lucía soltó, a raíz de un tema que Josefina ya no recuerda, la siguiente afirmación: “Ningún gobierno cambia, y menos cae, a causa de un movimiento popular auténtico. A las marchas y manifestaciones masivas ya nadie les hace caso. En Estados Unidos, los que protestan frente al Capitolio, la Casa Blanca o los diversos tribunales, se pasean con sus pancartas sin que ni siquiera las lea el público cercano”. Josefina reviró al bote pronto: “¡Qué bárbara! Ya chocheas o tienes un ataque de alzheimer. La historias está llena de lo contrario que afirmas. Podrás discutir si los logros fueron positivos o negativos, si el momento fue el adecuado, si se actuó con mesura o los hechos revistieron violencia innecesaria o hasta brutalidad, pero nadie niega, por ejemplo, que a Porfirio Díaz lo derribó del poder dictatorial que acumuló en México la movilización popular que apenas surgía en todo el territorio nacional y tres o cuatro años después, esa movilización ya crecida volvió a arrebatarle el poder a Victoriano Huerta, a pesar de que éste contaba con toda la fuerza del ejército porfirista que se mantenía intacto y bajo su mando y tenía el apoyo absoluto de los gringos. Y más acá, en una sola noche y con un cacerolazo frente a la Casa Rosada los argentinos corrieron a Fernando de la Rúa y su famoso corralito y …”. Josefina pensaba continuar con las movilizaciones recientes del norte de África y España, pero hábilmente Lucía cedió y logró encaminar la conversación a temas intrascendentes. Ahora Josefina, dando vueltas en su cama de esposa divorciada, no puede conciliar el sueño y está triste. Su patria necesita una movilización que detenga el desvergonzado saqueo que padece el país y por ningún lado se ve por dónde puede brotar la chispa que incendie la pradera. “Nos hace falta – piensa Josefina – un loco que cite a la rebelión en día y hora determinados como lo hizo alguien en 1910”. La noche es cerrada y Josefina no puede dormir.

jueves, 2 de junio de 2011

Lucio, el tzeltal, en Estados Unidos

Han pasado más de cuatro años desde que Lucio le rompió la nariz al alemán. En aquél entonces atravesó México y pasó ilegalmente a los Estados Unidos. A Ralf seguramente ya no se le nota el golpe. El tzeltal no sabe bien cómo le llegan estos periódico a las manos; el que tiene hoy es de hace una semana. Siempre se ha preguntado cómo en los Estados Unidos aparecen tantos diarios de México. El que más le gusta es un tabloide, pero no La Prensa ni los que tratan deportes. En éste que lee se habla de “los Caracoles”. ¡Cómo le gustaría vivir en uno de ellos!
El sol, a lo lejos, parece a punto de tocar con su orilla inferior los algodonales, que se pierden en lontananza. El astro tiñe levemente de rojo el periódico en manos de Lucio. El indígena se encuentra sentado en el borde de una camioneta picop. Terminó la jornada y regresa de aventón en el vehículo de un técnico, que paró a tomar unas muestras del algodón sembrado en Texas.
Como a kilómetro y medio está el galpón donde duerme, junto con otros ilegales. En estos años ha cambiado seis veces de trabajo: ante los primeros asomos de prepotencia ha preferido marcharse a romper otra nariz o hacer algo peor. En dos ocasiones lo andaba atrapando la migra, pero su astucia y decisión lo hicieron huir a tiempo. Ya sabe inglés, hablarlo y leerlo. En un libro que le prestó otro mojado supo sobre los comandantes Bruslí y Míster, del ejército zapatista. No compartió la opinión de amigos en el sentido que esos seudónimos eran, al menos, ridículos. Extraña sus montañas, que las prefiere mil veces a estas llanuras con una línea horizontal allá lejos.
– Let’s go home – dice de pronto el técnico, subiendo a la cabina de la camioneta último modelo.
“A casa” piensa Lucio y se le humedecen los ojos. “Ya tengo suficientes dólares ahorrados. Tal vez los zapatistas me acepten en sus filas, aunque sepan que debo una vida. Seguro no querrán que me ponga como seudónimo Schwarzenegger, pero tal vez sí Arnoldo ¿Por qué no?”
Siente que la camioneta se pone en movimiento y tiene que detenerse para no caer hacia atrás. Al reiniciar la marcha reflexiona: “tal vez sea tiempo de abandonar mi séptimo trabajo en los Estados Unidos”.
***
Pero Lucio no regresó entonces a México. Se quedó otros ocho o diez años más. Fue hasta ahora, cuando ya nadie habla en los periódicos del EZLN ni del tal “encapuchado”, el “sup” Marcos, cuando se le ha ocurrido regresar a México. Los tzeltales u otros mayas del sureste que eventualmente encuentra en Estados Unidos le aseguran que las bases de apoyo zapatistas todavía existen, que ellos las han oído mentar allá en su tierra, pero él no ha podido hablar con ninguno que las haya conocido directamente y menos que haya vivido en algún municipio autónomo. Ahora es cuando se pregunta qué pasa en su patria.
Hemos podido convencer a Lucio que se quede un tiempo con nosotros por acá, en el centro del país, que ya habrá tiempo para que vaya al sureste. Necesitamos los ojos de alguien que haya estado lejos de México algunos años para que nos ayude a entenderlo mejor. Le insistimos que escriba lo que ve, pero dice que no, que sabe leer y lee mucho, que aprendió el inglés, que era la cuarta lengua que aprendía y ya no le costó tanto trabajo, que por su buena pronunciación encontraba trabajo fácilmente con los gringos en lugares con pocos ilegales y que por eso nunca lo encontró la migra, pero que de escribir nunca escribe, que no pasa de los pocos correos electrónicos que a veces le ha escrito al Profe, pero que sí, que nos contará como ve a ese México del que se alejó muchos años, que a ver si nos sirve de algo.

jueves, 26 de mayo de 2011

Lucio en Chiapas, hace años, II

A las ocho de la mañana el calor empieza a crecer. La ligera neblina hace mucho que desapareció y bajo la sombra de los arboles de chalúm y los naranjos, un denso y ardiente vaho surge del suelo, que guarda mucha humedad de las lluvias recientes. Como es natural, los tres acompañantes de Ralf están cortando con rapidez; no, sólo dos; Inés y Ramiro cortan los granos con la mayor diligencia que el descanso nocturno les permite al comienzo de la jornada. Lucio algo sospecha y a propósito trabaja más lentamente que de costumbre, aunque lo hace sin pausa y metódicamente, como siempre. Mientras tanto Ralf, consultando frecuentemente su cronómetro, hace muchas anotaciones en un papel, sujeto sobre una tabla de plástico; al menos eso le parece a Lucio.
Poco a poco Inés y Ramiro se van cansando y el ritmo con que recolectan los granos maduros disminuye notablemente. Ralf empieza a reclamar con aspereza:
– Por qué cortas despacio, apura muchacho.
Lucio voltea a ver a Ralf. Sus ojos denotan molestia, pero el hijo del patrón está escribiendo algo y no lo nota. Media hora después, otro exabrupto
– Tú también apura, india. Ya vas muy despacio
Ahora la mirada de Lucio demuestra cólera, es sólo un relámpago que el joven alemán tampoco nota.
El calor ha aumentado. Es hora de tomar el descanso para la comida. Ralf les dice a los tres indígenas que no comiencen a cortar antes de que regrese y se retira rumbo a las construcciones centrales de la finca. Regresa una media hora después.
Empieza la tarde con un calor bochornoso. La humedad hace sudar a los cuatro copiosamente. Mientras comían sus tortillas, Lucio no supo qué decir; le hubiera gustado platicar con la Inés, pero el recuerdo de su hija violada lo hizo permanecer callado. Inés estuvo muy seria; se notaba cansada. Ramiro quería jugar; buscó hormigas y las estuvo molestando, correteó detrás de una mariposa. Lucio volvió a pensar en su hija a esa edad. Le hubiera gustado jugar con Ramiro, pero ya es grande y quién sabe qué dirían los demás peones si lo vieran retozando como un crío; además estaba tenso, sin saber bien por qué.
Ahora que ya llevan un buen rato cortando, después del descanso, nota que el mal humor de Ralf aumenta con el calor y los moscos. Es claro que al teutón le enoja que se pierda tiempo en ir a vaciar los tenates cuando están llenos. El sol ya pasó el cenit hace unas dos horas. La sombra de los jinicuiles no refresca. No se mueve ni una hoja en los cafetales. Ni la más ligera brisa se enfrenta al sopor de las dos de la tarde. En el aire húmedo y candente que los rodea, los peones se mueven con fatiga. Parecería que ha aumentado el peso de sus extremidades. Los tenates llenos de granos maduros parecen cargar el doble de los kilos que marcaría la báscula. El ritmo del corte de café ha bajado notablemente y en la hoja del hijo del patrón eso representa pérdidas.
– A ver si apuran, indios huevones – grita de pronto, enfurecido por el bochorno.
–Estamos cansados, patrón – ataja secamente el tzeltal, aunque en realidad el sigue cortando el mismo número de granos por minuto.
El retintín con que el indígena pronuncia la palabra "patrón" molesta al alemán.
–¡Soy patrón y callas!
La piel morena del tzeltal le impide a Ralf notar que a Lucio se le pone la cara roja, por la indignación contenida. Si el teutón fuera un poco menos bruto cuidaría su tono en adelante.
Minutos después Inés tropieza y cae. El joven alemán la levanta con brusquedad.
– Nada, nada, ¡apura!
– ¡Cuidado, joven! No vuelva a hacer eso – masculla entre dientes pero claramente el indígena.
El tono no le agrada a Ralf, pero un perro que pasa ladrando y gruñendo y que huye chillando al recibir la certera pedrada que le lanza Ramiro rompe un enfrentamiento.
– Yo ya acabé por hoy, patrón, voy a entregar lo que tengo – dice de pronto el tzeltal en un intento por no enfrentarse al hijo del dueño.
– Te quedas. Todavía no acaba jornada – responde en tono abrupto el alemán.
En el calor húmedo del cafetal parecería que danza un dios indígena de los que alientan la guerra. Transcurre media hora. A lo lejos se oyen, apenas como murmullos, las voces de otros indígenas que hacen su trabajo. Las plantas del aromático no permiten ver a nadie desde donde se encuentra Ralf. Cansado, el niño indígena ve cruzar un tejón a diez pasos de distancia. Casi por instinto deja caer el tenate e intenta correr tras la alimaña. El hijo del patrón también ve al animal y se adelanta al deseo del chiquillo, de modo que lo atrapa de un brazo con una de sus manazas y con la otra le da un golpe en la cabeza.
– Te pago por trabajo, no por juego.
Una mano morena, callosa, áspera, pero también ágil y fuerte, jala desde atrás, por el cuello de la camisa, al alemán. El teutón se revuelve furibundo e intenta golpear al tzeltal. Es claro que en su tierra hace ejercicio y cualquier observador, al ver cómo se mueve, notaría que también está entrenado en algún deporte de defensa y ataque. Pesa más de noventa kilos pero se mueve con agilidad. Inés y Ramiro están paralizados. No cabe en su cabeza que el hijo del patrón esté siendo atacado. El niño indígena empieza a llorar; como destello fulgura en él la idea de golpes y cárcel para el que lo defendió. Pero la sorpresa borra esa imagen. Quien ya mató a un hombre más grande sabe pelear. Un codazo y un golpe con la frente dejan por fin tirado al teutón, medio inconsciente y sangrando abundantemente por la nariz. El tzeltal tiene un ojo inflamado y cojea notoriamente, pero se detiene después de dar tres pasos y dice con gran frialdad, dirigiéndose a Inés y a Ramiro:
– Vayan con José y díganle lo que ha pasado. Anden, corran.
Espera a que los dos peones reaccionen. Inés lo ve atónita y empieza a balbucear.
– ¿Qué pasará contigo?
– Ve y avisa, yo me arreglo sólo. – Es una orden tajante. Inés obedece como caminando en sueños, mientras Ramiro la guía de la mano. Ralf empieza a moverse y a gemir.
Corriendo a pesar del dolor en la rodilla, Lucio llega a su choza. Tarda menos de un minuto dentro y escalando por la parte más abrupta del monte desaparece pronto.
Merodea todo el resto del día por fuera de la finca. Ve llegar los carros de la policía. Sabe que ahora sí lo va a buscar la autoridad y no los parientes del agraviado. No tendrá dónde esconderse, ni en Tapachula, ni en todo el sur del estado. Tal vez ni en todo Chiapas. Se queda hasta tener casi la certeza que no castigarán a nadie más, o a todos un poco por su culpa, pero a eso ya están acostumbrados los indígenas y entre todos duele menos, aunque el agravio se guarda más profundo.
La noche no guarda secretos para él, ni el bosque, ni sus caminos. Ocho o más días por la montaña no serán ninguna novedad.

jueves, 19 de mayo de 2011

Lucio en Chiapas, hace años

Cuando el Profe conoció a Lucio éste le contó que abandonó su cafetal porque mató a machetazos al violador de María, su hija. “Tapachula es grande y está lejos, muy al sur, ahí nadie me buscará”, pensó.
Tenía razón. Trabajó quince días de estibador. Su físico no le ayudaba. A fuerza de resistencia y voluntad se sostuvo ese tiempo, pensando: “Poco a poco me acostumbraré y podré competir con todos”. Lo pensaba en tzeltal, claro está.
– El tal Gunter produce café orgánico. Lo vende mucho más caro que el nuestro – oyó decir un día a Petul, aquel indígena borracho que cargaba más que todos y gastaba su dinero en mujeres y bebidas alcohólicas.
“Café orgánico. Los de Cop Café y los de ISMAM lo producen. Yo hubiera podido producirlo, pero en mi media hectárea ya había echado fertilizantes. Tal vez hubiera engañado a los compradores, aunque en el ejido todos saben lo que hacen los demás. Yo sé de café ¿Dará trabajo el tal Gunter?”
Fue así como llegó a la finca del teutón, con ganas de conocer a un alemán, pero su deseo no fue cumplido: se topó con el administrador, un ladino renegado que hasta alemán quería aprender y maltrataba a los de su raza, los mayas de cualquier denominación, mexicanos o chapines. Se llamaba Mariano. Aguantó toda la cosecha. Para eso sí era bueno, su baja estatura no importaba a la hora de alcanzar los granos maduros y había cortado café desde antes de ir a la escuela, cuando tenía menor estatura.
Muchas veces, a la sombra del cafetal, recordó los años de su niñez: “La media hectárea apenas nos daba un poco de dinero. Mi padre, siendo ejidatario, no podía mantenernos, por eso trabajaba de peón en otras cosas. No tuvo dinero para llevar a mi madre, ni ir él, a un buen doctor, así murieron mis viejos con esa tos, que hasta los hacía escupir sangre.”
Otras veces recordaba sus años de casado. “Mi esposa murió de la misma tos. Tuberculosis, decían los del centro de salud comunitaria. Sólo quedamos María y yo. Completábamos lo que necesitábamos cortando madera y haciendo muebles. Así hubiera vivido si no me encuentro a ese tal Renato cuando terminó de violar y matar a mi hija, pero se encontró lo suyo.”
Mariano, el administrador ladino, se fijó en él, que siempre terminaba primero y con más café cortado. Salía muy poco de la finca y en el tiempo de la cosecha no lo vio borracho nunca. Era de los peones que no se dejan, pero cumplía su tarea y mucho más. Seguro sería bueno para otros trabajos. Así, al fin de la recolección, lo contrató como asalariado de planta y Lucio se quedó a vivir en la finca, lejos de cualquiera que lo anduviera buscando para vengar la muerte de Renato. Por miedo a que lo descubrieran, solo bajaba a la ciudad de vez en cuando, a poner su dinero en el banco. Su cuenta fue creciendo; el tzeltal no gastaba en nada.
Se acercaba la fiesta de todos los santos y con ella el inicio de la cosecha. El indígena escuchó que vendría desde Alemania el dueño de la finca, para revisar la recolección del grano. “Tal vez ahora sí conozca a Gunter” pensó “y vea cómo es un alemán.” Pero quien llegó fue el hijo del patrón; Ralf, oyó que le decían. Joven, alto, desteñido y algo bruto, le pareció a Lucio.
***
– ¿Cierto se andan revelando esos indios? – pregunta Ralf a Mariano, en su mal español.
–No tanto, andan alborotados desde hace seis años por eso del levantamiento zapatista. Su papá creyó entonces que nos quitaban la finca pero no pasó nada. Les aumentamos un poco el jornal y se quedaron todos. Los que se van son por otras causas, como siempre. Hay algunos que se creen mucho, como ese tal Lucio, pero no es zapatista y sí buen trabajador. En realidad todos están tranquilos.
– Si hay algún creído yo bajo humos, ¿o cómo dicen ustedes? Señala a ese tal Lucio.
***
Amanece. Una fina niebla cubre los cafetales. Como todos los días Lucio se prepara para iniciar sus labores. Mariano ha intentado en vano poner al tzeltal a repartir el trabajo y vigilar a los peones, casi todos ellos indígenas. En contra de su tacañería habitual, Mariano le ha ofrecido jornal diario muy por arriba del acostumbrado. Nada ha podido conmover a Lucio. Cierto día hasta lo amenazó con correrlo: “Trabajo hay en muchos lados. De hambre no me he de morir” fue lo único que comentó el indio.
No era cuestión de perder un buen trabajador. Lo que ni siquiera imagina Mariano es lo que piensa Lucio: "¿Yo capataz?, ¡vale madre! Llevo buen tiempo trabajando aquí. Ya tengo algo de dinero ahorrado. En uno o dos años más me voy a Veracruz. Con suerte me matrimonio otra vez y consigo un terrenito. Ojalá tenga la suerte de no enfermarme, porque si no, ya se chingó el asunto.” Pensando en esto sale de la choza que él mismo levantó, con autorización de Mariano, en una orilla del cafetal, donde el monte se levanta abruptamente. ¡Cómo desearía disponer de algo de terreno! dos cuartillos, cuando menos, para sembrar maíz, pero en eso Mariano ha sido inflexible: maíz ni frente a su choza; ¡nada de maíz dentro de la finca! Para qué buscar problemas; mejor se aguanta las ganas.
El cielo anuncia un día soleado. Escondido tras los altos montes, el sol apenas está tiñendo de un azul lechoso el firmamento. Bajo los árboles de chalúm y los jinicuiles, que dan sombra al café, Lucio apresura el paso para llegar como siempre de los primeros a la distribución del trabajo. Al salir del cafetal distingue en la explanada donde se entrega el café, junto a la báscula, al hijo del patrón. "¡Qué raro que esté despierto tan temprano!" José, el indígena que sí aceptó el puesto que tantas veces le ha ofrecido Mariano, está claramente desconcertado; con el sombrero entre las dos manos, estrujándolo, parece que no sabe qué hacer con él. Algo molesta inmediatamente a Lucio. Estima y respeta a José, le ayuda cuando alguien se le alebresta, interviene en los conflictos a la hora de pesar el café cosechado, calmando a José, favoreciendo en lo que puede al peón, pero sin que por ello comprometa al indígena que deberá rendir cuentas a Mariano. Ve a José como si fuera de su familia y sabe que la necesidad lo ha obligado a ocupar un puesto odioso. Ahora le molesta verlo como si lo hubieran humillado. A veces él también le ha gritado y se le ha puesto al tú por tú, dos o tres veces se lo ha tenido que chingar al momento de pesar el café de algún peón y ni siquiera se le ha ocurrido pedirle disculpas, pero verlo como hoy, le subleva algo muy adentro.
Pensando en todo eso oye su nombre mal pronunciado por el hijo del patrón. El tal Ralf quiere ver qué tanto cortan los peones en una jornada. Ha elegido a la Inés, al niño Ramiro, de tan sólo doce años y a él para "tomar tiempos y movimientos", le pareció a Lucio que eso decía, aunque no entendió qué significaban tales palabras. Ahora, con esa vestimenta ridícula y ese sombrero que parece de tela y de cartón, los sigue con un gran reloj en la mano. "Uno de esos que les dicen cronómetros", piensa Lucio.

jueves, 12 de mayo de 2011

Lucio, el tzeltal, actualmente

Lo fuimos a buscar al norte de México. Alguien nos dijo que acababa de atravesar la frontera de regreso. La cruzó también ilegalmente, como lo hizo en su huída a los Estados Unidos.
Teníamos curiosidad. No entendíamos bien por qué cruzó como ilegal, otra vez de mojado, si es mexicano y no un mexicano cualquiera; bien podemos decir que es de los mexicanos originales, descendiente directo de quienes habitaban este país antes de la llegada de los españoles. Pero en fin, cruzó escondidas, por un paso no lejano a Piedras Negras, Coahuila. Solo, sin avisar a nadie, si el río se lo hubiera llevado nunca nadie volvería a saber nada de él. Aunque empapado, llegó salvo y tranquilo a territorio mexicano.
Fuimos hasta allá con el Profe, que es el que lo conoce. Ahora resulta que el Profe no quiere contar nada, que lo sigue recordando como lo conoció hace unos doce años, cuando Lucio le contó su huída. Que esos recuerdos no le permitirán ser objetivo al describirlo ahora.
Así es que nosotros vamos a narrar lo que recordemos de lo visto y oído desde nuestra cómoda posición de guardianes de la memoria colectiva de quienes nos son afines.
El Profe lo encontró en la terminal de autobuses que van a Saltillo. Llevaba dos días vigilando las salidas hacia el sur, esperando que Lucio no hubiera decidido iniciar su regreso a pie. “No es tan atrabancado * y debe traer suficiente dinero” nos dijo el Profe y tuvo razón, a los dos día apareció. Supimos que era él porque e Profe pagó los tacos que se comía frente a la terminal sin esperar el cambio, tomó al vuelo su mochila y cruzó la calle directamente hacia el pequeño indígena que venía con paso tranquilo por la acera de enfrente, caminando hacia la estación de camiones. Aunque Piedras Negras no es un paso común de migrantes, como todas las ciudades fronterizas con Estados Unidos está poblada por individuos de todos los tipos físicos de mexicanos, además de muchos de tipo extranjero. Nuestra primera mirada arrojó lo siguiente: Lucio no es alto, si acaso medirá uno sesenta o uno sesenta y cinco. Piel morena, como la mayoría de su etnia, requemada por el sol y el viento seco de Texas; más bien delgado, pero se le nota musculoso. Aparenta unos cuarenta años, aunque sabemos que andará por los cincuenta. El pelo abundante e hirsuto, totalmente negro, y el ralo bigotillo, casi una sombra, son seguramente los que esconden los años que oculta. Sólo ver al Profe y fue evidente que lo reconoció.
– Profe ¿tú aquí? No pensé encontrar a nadie conocido de éste lado.
– Que gusto saludarte y poder darte la bienvenida a tu patria. Pero no te preocupes. El único vivo que sabe de tu regreso soy yo. Nadie más, que yo sepa, te anda buscando de este lado.
Desde que Lucio vio al Profe su cara sonriente tradujo su alegría. Había algo de sorpresa en sus ojos pero nada denotaba preocupación.
Tras las pocas palabras que ya oímos, Lucio cambió el periódico que traía a su mano izquierda y le tendió la derecha al Profe. El apretón de manos fue largo y fuerte. Las caras sonrientes. No hubo abrazos a la mexicana. Tras el saludo, caminando lado a lado, entraron a la terminal de autobuses.
– ¿Hasta dónde vas? – El Profe sacó su cartera frente a la taquilla de los camiones.
– Guarda. Me toca pagar a mí. Durante un buen tiempo no voy a necesitar dinero.
– ¿Hasta dónde vas? Te pregunté.
– Si pudiera me iba hasta Tenejapa. Ya sé que no hay corridas pa’llá.
– Vamos a Querétaro. Está bien, tú pagas los pasajes. Te quedas unos días en Querétaro, en mi casa. Así me platicas qué planes tienes o qué travesuras hiciste en el otro lado. Seguro has de haber madreado a un gringo cuando menos.
Así empezamos a sabe más de Lucio, indígena maya, parte de cuya historia nos contó el Profe hace mucho. Vamos a pensar si esa historia la incluimos aquí.

* La palabra atrabancado no está en el diccionario de la RAE ni en el Espasa-Calpe. En el norte de México se usa como adjetivo para una persona impulsiva, aventada, que no piensa mucho las cosas antes de actuar, que toma riesgos innecesarios. Tal vez impulsivo e irreflexivo lo traduzca bien (nota del editor)

jueves, 5 de mayo de 2011

Tres horas antes de un amanecer de 2011

Este calor, húmedo y pegajoso, no es el de Ciudad Victoria. Tampoco es el de Guadalajara, ciudad mucho más fresca ¿Qué hago en esta cama que no reconozco como mía? ¿Por qué tengo el pulso tan acelerado? Sí, sí, acabo de despertar como si saliera de una pesadilla, pero no recuerdo estar soñando nada. Es el calor, la humedad. Estoy sudando como si estuviera enferma, pero aparte del pulso tan anormal, tan acelerado, de persona asustada, no tengo ningún otro malestar. Intento ver la hora. No encuentro mi reloj. Solamente traigo el celular ¿Dónde lo dejé? ¡Qué es esto! No estoy acostada en una cama. Sólo un colchón en el suelo. Ya, ya. Estoy en la costa más al sur del México actual que tanto me duele. Vine a ver a mi hija que ha decido sepultarse en este risueño pueblito turístico oaxaqueño. No reconozco los caminos que siguió para llegar a ser conservacionista ecológica, aunque ella niega una y mil veces pertenecer a tal categoría. Por qué hablo de caminos y senderos desconocidos. Por qué me extraño de los que ha seguido mi hija si lo que yo he recorrido son no sólo misteriosos si no absurdos. Ya, ya recuerdo. Tengo vacaciones, mis alumnos del ITESO de Jalisco descansarán estos quince días de su maestra mal hablada. Me traje toda una resma de papeles porque sigo terca escribiendo a mano con una pluma Bic de tres pesos en vez de teclear una lap-top como aconsejan mis alumnos ¡Huy, que modernos! ¡Muchachitos pendejos! ¿Van a servir mis escritos de maldita la cosa? Rascando en un pasado de joven obrera de maquiladora, acosada laboral y sexualmente, prácticamente analfabeta, hasta llegar a lo que algunos dicen que soy ahora, por esas veredas que hace un momento llamé absurdas. El Profe afirma que me he convertido en una filósofa jesuítica. Está pendejo. Cierto que busco los fundamentos filosóficos de la historia de mi partido ya desaparecido. Los ando buscando acaso en la costa más al sur de la República, en este pueblo tortuguero de Mazunte. No, es más bien en el norte de la República Mexicana donde debo buscar; en Tamaulipas, donde hace años fui diputada, en los estertores del partido que me formó. Es Marx y no los jesuitas quien me enseñó filosofía, aunque mi primer libro trate de los aspectos ontológicos de la pedagogía de Paulo Freire. Cuando lo escribí todavía no conocía a los jesuitas. Bueno, sabía de ellos y los odiaba en bloque; solamente había tenido contacto con aquel jesuita, homosexual de closet y tan reprimido que a ratos perdía todo equilibrio humano. Veía yo mucho más equilibrados a mis otros compañeros de partido, los que se creían máximos conquistadores amorosos y a uno de los cuales hice huir armada con unas descomunales tijeras terminadas en afilada punta. Mi pulso ya se regularizó. No es cierto que me haya traído los papeles del nuevo libro que escribo. Sólo este viejo cuaderno que nunca me abandona. En unas pocas horas sabré que busca mi hija en esta playas que aún de madrugada son tan calurosas. Me llamo Josefina Atilano, soy historiadora, o socióloga; trabajo de maestra en el ITESO de Guadalajara. Estoy de vacaciones. Mejor me duermo, aunque haga tanto calor. No vaya a despertar a estas muchachas que tan amablemente me prestaron una esquina de su casa y este colchón que ahora moja mi excesivo sudor. Buenas noches, aunque sean las tres de la madrugada.

jueves, 28 de abril de 2011

Jacinto Arriaga y Tomás Cruz en Chihuahua (Febrero de 1916)

Es un anochecer frío y apacible. Jacinto Arriaga camina despacio y abstraído por la angosta e irregular banqueta de una calle empedrada. Desde hace días en su interior una rabia reprimida necesita encontrar una salida. A partir de la noche en que abandonó la División del Norte, aunque exteriormente es el mismo, internamente crece su enojo, una rabia que nunca había sentido tan fuerte. Cuando sin decir nada sale del tejabán donde ha pasado las últimas noches, dejando sorprendidos a Isidro y a Chema por su inesperada partida, recuerda vívidamente el atardecer en el que encontró a Felipe Gómez fallecido y él gritó que no descasaría hasta que todos los pelones estuvieran muertos. La ira aumenta al recordar a Tomás Cruz, ese intelectualillo con el que ajustará cuentas esta misma noche. La deslealtad de algunos que estuvieron con Villa lo encorajina más y lo que considera una traición de alguien que hace menos de un año se decía su amigo le tensa músculos, nervios, todo su ser.
Jacinto intenta controlarse. No quiere que sus emociones lo dominen como le pasó a Felipe en Zacatecas. Por eso dejó la pistola en el tejabán del corral semi abandonado que alguien les prestó en una orilla de la ciudad de Chihuahua a los tres viajeros. Va concentrado en aparentar tranquilidad. Absorto en tal esfuerzo no se da cuenta que Isidro y Chema lo siguen intrigados y menos que ellos sí traen sus armas escondidas bajo sus gabanes.
Cuando Chinto se acerca a la cantina en cuya proximidad ha merodeado desde ayer, tiene que detenerse en el quicio de una casa habitación para recuperar el ritmo de su respiración y de su pulso. Inspira profundamente, expira con lentitud y avanza lo más sereno que puede. Entra a la cantina con apariencia de absoluta tranquilidad, aunque por dentro su rabia se asemeja a alguno de los caballos en que acometió varias veces las barricadas en las inmediaciones de Celaya no hace mucho.
Tomás Cruz está sentado de frente a la puerta de acceso, casi al fondo del local, en una pequeña mesa cuadrada que comparte con tres soldados uniformados. Reconoce a Chinto en cuanto éste traspone el umbral, se levanta sonriente y sin decir nada a sus acompañantes rodea la mesa y avanza hacia Jacinto. Se nota que le ha ido bien en lo económico: trae un sombrero Stetson, una canana repleta de balas, pistola al cinto, su ropa es limpia y atildada. Reluce su nueva condición de jactancioso y fanfarrón.
La sonrisa de Tomás se hiela ante el gesto adusto de Jacinto y un algo que desborda en su mirada. Pero Cruz, el periodista que se siente intelectual, no se detiene y levanta los brazos en el inicio de un efusivo saludo con abrazo mexicano. La mano abierta de Chinto, puesta con brusquedad en el pecho del escribiente lo detiene en seco; el rostro de Tomás se convierte en un gesto de sorpresa o de enorme incredulidad.
- Traidor, hijo de tu chingada madre - dice muy por lo bajo Chinto, con voz cortante pero tan baja que solamente lo oye el periodista- Mi dijiste que no te ibas a pasar con los carrancistas y ya está con ellos.
- ¡Espera, Chinto! - levanta las manos en lo que parece el inicio de una caricia al rostro el sorprendido Tomás.
La presión interna rompe los diques construidos tan cuidadosamente por Jacinto. Con su izquierda aparta una mano de Tomás y con la derecha toma la pistola del periodista y la amartilla retrocediendo dos pasos. En el barullo que levanta su acción Arriaga no repara en los tres soldados que se ponen de pie y aunque están desconcertados y no ven bien lo que pasa pues Tomás los tapa con su espalda, buscan sus armas instintivamente.
- ¡Quietos, muchachitos! - se oye que alguien dice claramente en voz muy alta.
- Más vale que se queden como están, o empieza la balacera.
Las voces son de Isidro y de Chema que apuntan ambos con sus 30-30 a los tres sorprendidos carrancista.
La pistola amartillada tiembla en la mano de Jacinto. El dedo en el gatillo empieza a presionarlo. Chema se acerca y detiene el percutor de la pistola que empuña su compañero.
- Vámonos antes de que empiece la balacera.
Con los ojos rojos y las manos temblorosas Jacinto suelta el gatillo, baja el percutor, abre el tambor de la pistola y tira las balas al suelo. Deja el arma en la mesa que le queda más cerca y retrocede guiado por Chema que no deja de apuntar con su carabina. Jacinto es una hoja de árbol sacudida por una fuerte brisa. Todo él tiembla pero no pierde la compostura. La batalla por recuperar el autodomino la va ganando rápidamente.
Tomás, pálido como un muerto da media vuelta.
- Tranquilos, Tranquilos - les dice a los soldados que lo acompañan y se desploma en una silla.
Sus tres acompañantes no saben qué hacer ante los dos cañones de 30-30 que los apuntan y la tranquilidad que les pide el periodista.
Chema toma del brazo a Jacinto, sale a la calle apretando el codo de su compañero y empujándolo se van los dos corriendo por la banqueta. Tras ellos sale también Isidro soltando una risita entrecortada.
- Vámonos a la chingada -dice Isidro - Esos soldados van a llamar a otros y nos van a andar buscando para darnos chicharrón.
Por calles ya oscuras se dirigen al tejabán donde durmieron ayer, ensillas sus caballos en silencio, cargan sus escasas pertenencias y parten al paso por el camino que enfila rumbo al este, hacia Torreón.
Ninguno de los tres ha dicho nada después de la última reflexión de Isidro.

jueves, 21 de abril de 2011

Tomás Cruz en un hospital del IMSS del estado de Tabasco (1964)

– Don Tomás, tómese toda la sopa. Si no no se va a reponer. Necesita sanar para que se vaya a su casa. Tiene que ponerse fuerte, ya ve que no tiene a nadie aquí, en Villahermosa. Nadie viene a visitarlo.
– Eso es lo que usted cree, Teresita. En sueños me viene a visitar todo un tropel de gente. Hasta cuando estoy despierto vienen mis amigos de hace mucho a remover mis recuerdo. Usted no los ve, Teresita, pero están aquí. Y ya ve, me han dado fuerza para que me vaya recuperando a mis setenta y cinco años, porque todavía hay muchas cosas que hacer.
– A ver, don Tomás, cuénteme algo de sus amigos, los que lo visitan. Nomás no vaya a repetirme lo que me contó ayer.
– Hoy te voy a contar de un tal Jacinto Arriaga, que todo el mudo lo conocía simplemente como “Chinto”. Lo conocí un día después de la toma de Zacatecas, en verano de 1914. Lo encontré esa mañana sentado a la sombra de un pirul que se estaba muriendo. Todo manchado de pólvora, la cara ennegrecida y triste, muy triste. La tarde anterior mataron a su mejor amigo y su jefe militar. Pero también estaba muy enojado; me mandó al diablo pero yo lo seguí y descubrí que sus compañeros lo querían nombrar su jefe. Pensé que iba a hacer carrera militar y política y que a su sombra me iría muy bien. Luego vi que lo que le interesaba era formar ejidos, muchos ejidos; acabar con los latifundios en México. Eso a mi no me interesaba y por eso nos peleamos durante mucho tiempo. Un año y medio después de que lo conocí Chito me andaba matando en una cantina de Chihuahua. Si no es por tres soldados carrancistas que me acompañaban ese día yo creo que sí me mata. Con el tiempo entendí a Chinto y ahora que he estado accidentado aquí, con usted, es el que más me ha visitado. Me enseñó muchas cosas durante mi vida y ahora me las ha recordado. Tengo que sanar para escribir todo lo que me enseñó.
– Y ¿qué tanto le ha enseñado, don Tomás?
– Todo lo que ahora sé sobre los ejidos se lo debo a Jacinto …
– Mi papá es ejidatario en Macuspana, como soy su única hija dice que a mi me va a heredar el título. Nada más que en el ejido no quieren a las mujeres como ejidatarias.
– Le voy a tener que hablar mucho de Jacinto y de todo lo que hizo para los ejidos.
La llegada de una segunda enfermera interrumpió la conversación. La recién llegada regañó a Teresa: “No te quedes platicando con los pacientes”, dijo cortante.
Cuando se fueron las dos enfermeras Jacinto se hizo presente. Con él venía Felipe Gómez, Manuel el hermano de Felipe y Chema. Tomás sonrió: tendrían mucho que hablar sobre los ejidos.

jueves, 14 de abril de 2011

Monterrey, Nuevo León, lo que pasó después de la invasión de Paso Cucharas, II (En 1978 o 1979)

– ¡Hey, Ricardo! los de Cucharas dicen que van a ahorcar al dueño del burro. Que lo cuelgan hoy en la tarde.
Agitado y preocupado de verdad, así nos asegura que estaba cada vez que nos lo cuenta, Ezequiel Navarro le avisó a Ricardo Esquivel lo que estaban tramando quienes habían invadido Paso Cucharas.
– ¿De qué me hablas, Ezequiel? ¿Quién va a colgar a quién y por qué?
– Es cierto – afirmó Ezequiel – Cuando Pablo, Juan y Marcos les contaron a los demás que habían descubierto al traidor y les dijeron quién había sido, la raza se alborotó y dijeron que lo iban a colgar. Pablo, Juan y Marcos quisieron calmarlos, pero no han podido. Quiere ahorcar al dueño del burro. Dicen que lo cuelgan aunque tu no quieras. Que por eso mejor ni te avisan.
– ¡Ándale! Son puros argüenderos ¡Qué van a andar colgando a nadie!
– No, sí, en serio, yo sí los creo capaces. Más vale que vayamos a detenerlos.
– ¿Y tú, hablador, cómo sabes que lo quieren matar? A poco Juan o Marcos o Pablo te lo contaron . O ¿quién fue? y ¿qué dice Jesús? A mi se me hace que no más te andan tanteando.
– Eso es lo que más me preocupa. No he encontrado a Jesús por ningún lado. Él, como presidente del comité particular yo creo que sí los detendría. Es el que mejor piensa las cosas. Pero me dijo Rafa que a Jesús se lo trajeron con no sé que pretexto a Monterrey, para que no fuera a impedirles ahorcar al traidor. Te aseguro que ni Juan ni Marcos me contarían nada, menos Pablo. Ellos saben muy bien que si me cuentan yo vengo por ti. Fue Rafa el que me dijo y yo creo que me lo dijo para que te avisara, Rafa si anda medio asustado. Me dijo que no le gusta ser chismoso pero ...
– 'ta güeno. Vamos. Total yo llevo cinco días sin verlos.
***
Fue más o menos así como Ricardo Esquivel se enteró poco antes de los hechos, que sus compañeros de partido que habían invadido Paso Cucharas querían cobrarle su traición al "dueño del burro". El resto de los sucedido ese día nos la ha contado muchas veces Ricardo, con más o menos detalles. De su relato recordamos lo siguiente:
"Cuando llegamos a casa de Casimiro Herrero nos llamó la atención que no había casi nadie en la colonia y los que estaban – casi puras mujeres y muy pocas – se andaban escondido para no decirnos nada. Entonces me di cuenta que la cosa sí era seria. De repente sí mataban al pobre Antonio (el "dueño del burro") y entonces nos íbamos a meter en un lío y perderíamos todo lo ya habíamos negociado. Ezequiel y yo nos fuimos casi corriendo rumbo a Paso Cucharas, al mero paso del río, que era donde había más árboles. Le atinamos. Cuando ya estábamos cerca oímos el griterío. Traían a jalones y empujones al pobre Antonio que tenía una cara de asustado, más bien de muerto, que de todos modos no vi bien porque me preocupaba más detener a los compañeros. Leobardo ya estaba pasando una soga por la rama de un árbol. Parece que la cosa sí iba en serio, aunque todavía tengo mis dudas si a la hora de la verdad no hubieran mejor bajado al cabrón de Antonio. Al primer descuido ya muy mal.
Me metí en medio de la bola y se calmaron un poco. No quisieron soltar a Antonio. Lo dejaron amarrado y aceptaron hacer una asamblea para ver qué determinaban. Lo primero que dijeron es que ni Ezequiel ni yo teníamos voto, solamente voz, pero que era a ellos a los que les tocaba hablar y, que bueno, nos darían chance. Por suerte llegó Jesús que no sabía nada hasta que ya tarde regresó a su casa. No encontró a nadie y nos fue a buscar. Su llegada fue definitiva. Les dijo que eran unos pendejos. Que si le hacíamos algo a Antonio perderíamos todo lo que llevábamos ganado, que el grupo se tendría que deshacer, que todo se iba a terminar,¡que hasta la colonia en los terrenos de Casimiro se iba a perder! Yo creo que eso fue lo que más les pesó, porque luego de eso empezaron a ceder y por fin aceptaron soltar a Antonio, aunque algunos dijeron clarito que lo iban a matar donde lo encontraran.
Así acabó todo, sin que pasara nada. O bueno, sí, esa misma noche se fue Antonio y no volvimos a saber nada de él. Más bien yo sí supe dónde andaba, pero no dije nada. Con el susto era suficiente. A su esposa y a sus hijos nunca los molestamos, ellos no tenían la culpa de la traición de su padre.
La verdad – casi siempre termina diciendo lo mismo Ricardo – yo creo que muchos sabían donde andaba "el dueño del burro", pero todos entendieron finalmente que no era el enemigo y no valía la pena hacerle nada."

jueves, 7 de abril de 2011

Monterrey, Nuevo León, lo que pasó después de una invasión de tierras “agrícolas”, I (En 1978 o 1979)

La forma como el gobierno descubrió la toma de tierras en Paso Cucharas apuntaba claramente a una traición (antecedentes aquí y acá). Nunca pensamos que los delatores fueran Ricardo Esquivel o quien siempre lo apoyaba como enviado del partido, Ezequiel Navarro, que en ocasiones lo remplazaba. Ellos eran los únicos invasores que no estaban en la lista de solicitantes del ejido y por tanto los únicos "externos" al grupo que tomó las tierras. La negociación que inició Esquivel para salir de los terrenos invadidos y a cambio recibir tierras ejidales en un nuevo centro de población al sur del estado la vimos siempre como un triunfo. El tiempo confirmó nuestras esperanzas cuando siete meses después se ejecutó la resolución provisional del nuevo ejido. No eran pues los dirigentes partidarios los traidores.
Las preguntas para saber quién o quienes habían sido el o los informantes que pasaron el soplo al gobierno nos asaltaban seguramente a todos. Sabíamos que alguien nos había traicionado. Alguien de adentro, porque la policía política federal no estaba interesada en nuestras actividades, para ellos totalmente marginales, aunque nosotros nos sentíamos protagonistas de algo importante. La policía estatal no tenía buenos sistemas de información y estaba por aquellos tiempos muy ocupada en vigilar predios urbanos donde los rumores anunciaban invasiones para formar fraccionamientos urbanos clandestinos, tomas que se realizaban con trescientas o más familias, miles de ellas a veces.
A pesar de los difícil que era preparar una toma de tierras urbanas con tanta gente sin que la noticia se extendiera, en más de una ocasión la policía estatal fue sorprendida y los desalojos tardaban días en prepararse. Nosotros, que habíamos decidido la toma en reuniones relativamente pequeñas, en un lugar alejado de miradas curiosas, que nos metimos al predio de noche, con gran sigilo, y nos instalamos en una hondonada nada visible, fuimos descubiertos en unos cuantos minutos, menos de dos horas, para ser exactos; nadie podría dudar que había traición de "compañeros" de adentro.
Tres de nosotros, que nos teníamos absoluta confianza, empezamos a platicar sobre el asunto. Debíamos descubrir al soplón y escarmentarlo. Al poco tiempo la existencia del delator era conversación común, pero no pasamos de seis los que estuvimos involucrados en una investigación inocentemente artesanal, llevada a cabo con mucha discreción, que a la postre descubrió al traidor que resultó ser un individuo del que no queremos ni recordar el nombre. Era el padre de una de las cuatro familias habitantes de las pequeñas propiedades que estaban al lado este de Paso Cucharas. Campesino de unos cincuenta años tenía un pequeño taller donde herraba caballos y hacía algunos otros trabajos artesanales ligados al campo, además de cultivar su pequeño terreno y completar su ingresos con un exiguo hato de cabras que pastoreaban su esposa o sus hijos en los terrenos de Paso Cucharas. Era famoso entre nosotros porque tenía un burro del que obtenía muy buenos servicios de carga y que a veces uncía a un pequeño carretón para ganarse unos centavos más haciendo mudanzas de cualquier carga que le saliera al paso.
Poco después de la frustrada toma de los terrenos descubrimos que la situación económica del dueño del burro mostraba una mejoría inexplicable: cambió al burro por un caballo y compró un carretón más grande. Esa fue la primera pista. No tuvimos que vigilarlo mucho tiempo. El traidor iba con frecuencia a Monterrey por esos días; lo seguimos y descubrimos que entraba a las oficinas de la Procuraduría de Justicia del estado. Fue cuando se nos ocurrió mandar a Manuel, el más joven de nosotros, para que hablara con la judicial y ofreciera sus servicios de informante de lo que pasaba con los invasores de los terrenos de Paso Cucharas, que seguían reuniéndose y preparando una nueva toma. Qué hizo Manuel no lo sabemos a ciencia cierta, pero fue suficientemente hábil para que algún funcionario medio de la Procuraduría le tuviera confianza y queriendo averiguar qué pasaba delatara a su vez al soplón. Así confirmamos que el dueño del burro era quien nos había traicionado. Disculpen que no pongamos su nombre pero no queremos que nada de él, mas allá del mote "el dueño del burro", se perpetúa en nuestros escritos.
Lo que pasó después se no salió de control. Por poco nos cuesta la existencia del grupo que para ese entonces ya tenía un cierto nivel político. Fue Ricardo Esquivel quien salvó la situación nuevamente. En esta ocasión la intervención oportuna y certera de Ezequiel Navarro también tuvo mucho que ver. Está claro que las enseñanzas de partido en que militábamos y su organización en el estado nos libraron de la cárcel o de la diáspora del grupo que hubiera equivalido a un destierro voluntario.

jueves, 31 de marzo de 2011

El ejido sigue siendo protagónico

El lunes pasado, 28 de marzo, ya atardeciendo, estábamos reunidos para seguir oyendo la narración de Jacinto y recordar cómo fue que por poco le dispara a Tomás Cruz en una cantina, cuando uno de nosotros nos leyó una noticia que necesitamos comentar, aunque se atrasen otras narraciones.
La noticia dice que en un ejido en el estado de Hidalgo, cuyos dueños son ñahñúhs, casi a la entrada del Valle del Mezquital, lugar del que hemos hablado muchas veces en estas narraciones, murieron por disparos de arma de fuego el tesorero y el presidente del comisariado ejidal.
Hemos buscado afanosamente más detalles y, aunque encontramos más de diez notas de diversos periódicos, tanto nacionales como regionales y hasta un comunicado de prensa oficial de la policía del estado de Hidalgo, no tenemos claro lo sucedido. Más bien la confusión ha aumentado, por la profusión de noticias contradictorias, además de la ignorancia de los periodistas sobre la realidad ejidal, ignorancia que baila en sus escritos periodísticos.
Sin embargo algo sí nos queda muy claro: el centro del conflicto es una venta de tierras ejidales; tierras que compró o vendió un diputado local del PRI, no sabemos si siguiendo o no las formalidades legales. Nosotros suponemos que el diputado debe haber comprado las tierras ejidales sin ser ejidatario o si tiene esa calidad las vendió sin que hayan sido suyas, pues el ejido es una propiedad colectiva y nadie en particular es dueño de una parte, sino todos los ejidatarios lo son de todo el terreno.
Como haya sido es claro para nosotros que el diputado local del PRI intervino en la compraventa de terrenos ejidales, pues al buscar más datos encontramos una noticia de hace un mes donde se informa que los ejidatarios irrumpieron en el congreso del estado para reclamarle al tal diputado lo referente a la compraventa, lo que indica que el conflicto ya es añejo.
En 1992 se hizo una modificación a la ley de la reforma agraria para posibilitar la venta de parcelas ejidales en casos muy especiales y con condiciones claramente estipuladas en la ley. La finalidad, se dijo entonces por los que nos opusimos a esa ley, fue dar un golpe de muerte al ejido, por el que muchos de nosotros luchamos y morimos, pero el golpe no ha sido mortal. El ejido lucha por su sobrevivencia y, a veces, como en este caso, para sobrevivir causa la muerte de quienes luchan por defenderlo o atacarlo. No apoyamos ni celebramos esas muertes. Nosotros queremos que el ejido viva en paz, dando sustento tranquilidad y seguridad a sus propietarios colectivos. Para eso hicimos una revolución que ahora, poco a poco, estamos recordando. Nos entristece mucho que haya muertes. Algunos de nosotros nos enojamos de veras por que se tenga que llegar a esos extremos. Nos enojamos contra los que provocaron estos desmanes al modificar la ley. Hemos conocido y contado en estas líneas casos donde algunos de nosotros estuvimos a punto de matar o de morir luchando por los bienes y derechos de un ejido. Muchas veces logramos que nadie pereciera y otras hemos lamentado la muerte de algunos involucrados. No queremos más muertes, pero sabemos que hay miles, millones más bien, de ejidatarios que todavía actualmente están dispuestos a luchar, aunque sólo sea visceralmente, por defender los bienes ejidales de quienes quieren terminar con la propiedad colectiva de la tierra, tipo de propiedad que heredamos de nuestros antepasados indígenas. No es casual que las muertes que hoy lamentamos se hayan dado entre indígenas ñahñúhs, en las cercanías del pueblo llamado Yolotepec, estado de Hidalgo.

La noticia aquí: http://www.milenio.com/node/680996
o:
http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n2019955.htm
o: http://sdpnoticias.com/nota/26731/Dos_personas_sin_vida_saldo_de_un_tiroteo_entre_vecinos_en_Hidalgo