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jueves, 21 de abril de 2011

Tomás Cruz en un hospital del IMSS del estado de Tabasco (1964)

– Don Tomás, tómese toda la sopa. Si no no se va a reponer. Necesita sanar para que se vaya a su casa. Tiene que ponerse fuerte, ya ve que no tiene a nadie aquí, en Villahermosa. Nadie viene a visitarlo.
– Eso es lo que usted cree, Teresita. En sueños me viene a visitar todo un tropel de gente. Hasta cuando estoy despierto vienen mis amigos de hace mucho a remover mis recuerdo. Usted no los ve, Teresita, pero están aquí. Y ya ve, me han dado fuerza para que me vaya recuperando a mis setenta y cinco años, porque todavía hay muchas cosas que hacer.
– A ver, don Tomás, cuénteme algo de sus amigos, los que lo visitan. Nomás no vaya a repetirme lo que me contó ayer.
– Hoy te voy a contar de un tal Jacinto Arriaga, que todo el mudo lo conocía simplemente como “Chinto”. Lo conocí un día después de la toma de Zacatecas, en verano de 1914. Lo encontré esa mañana sentado a la sombra de un pirul que se estaba muriendo. Todo manchado de pólvora, la cara ennegrecida y triste, muy triste. La tarde anterior mataron a su mejor amigo y su jefe militar. Pero también estaba muy enojado; me mandó al diablo pero yo lo seguí y descubrí que sus compañeros lo querían nombrar su jefe. Pensé que iba a hacer carrera militar y política y que a su sombra me iría muy bien. Luego vi que lo que le interesaba era formar ejidos, muchos ejidos; acabar con los latifundios en México. Eso a mi no me interesaba y por eso nos peleamos durante mucho tiempo. Un año y medio después de que lo conocí Chito me andaba matando en una cantina de Chihuahua. Si no es por tres soldados carrancistas que me acompañaban ese día yo creo que sí me mata. Con el tiempo entendí a Chinto y ahora que he estado accidentado aquí, con usted, es el que más me ha visitado. Me enseñó muchas cosas durante mi vida y ahora me las ha recordado. Tengo que sanar para escribir todo lo que me enseñó.
– Y ¿qué tanto le ha enseñado, don Tomás?
– Todo lo que ahora sé sobre los ejidos se lo debo a Jacinto …
– Mi papá es ejidatario en Macuspana, como soy su única hija dice que a mi me va a heredar el título. Nada más que en el ejido no quieren a las mujeres como ejidatarias.
– Le voy a tener que hablar mucho de Jacinto y de todo lo que hizo para los ejidos.
La llegada de una segunda enfermera interrumpió la conversación. La recién llegada regañó a Teresa: “No te quedes platicando con los pacientes”, dijo cortante.
Cuando se fueron las dos enfermeras Jacinto se hizo presente. Con él venía Felipe Gómez, Manuel el hermano de Felipe y Chema. Tomás sonrió: tendrían mucho que hablar sobre los ejidos.

jueves, 7 de abril de 2011

Monterrey, Nuevo León, lo que pasó después de una invasión de tierras “agrícolas”, I (En 1978 o 1979)

La forma como el gobierno descubrió la toma de tierras en Paso Cucharas apuntaba claramente a una traición (antecedentes aquí y acá). Nunca pensamos que los delatores fueran Ricardo Esquivel o quien siempre lo apoyaba como enviado del partido, Ezequiel Navarro, que en ocasiones lo remplazaba. Ellos eran los únicos invasores que no estaban en la lista de solicitantes del ejido y por tanto los únicos "externos" al grupo que tomó las tierras. La negociación que inició Esquivel para salir de los terrenos invadidos y a cambio recibir tierras ejidales en un nuevo centro de población al sur del estado la vimos siempre como un triunfo. El tiempo confirmó nuestras esperanzas cuando siete meses después se ejecutó la resolución provisional del nuevo ejido. No eran pues los dirigentes partidarios los traidores.
Las preguntas para saber quién o quienes habían sido el o los informantes que pasaron el soplo al gobierno nos asaltaban seguramente a todos. Sabíamos que alguien nos había traicionado. Alguien de adentro, porque la policía política federal no estaba interesada en nuestras actividades, para ellos totalmente marginales, aunque nosotros nos sentíamos protagonistas de algo importante. La policía estatal no tenía buenos sistemas de información y estaba por aquellos tiempos muy ocupada en vigilar predios urbanos donde los rumores anunciaban invasiones para formar fraccionamientos urbanos clandestinos, tomas que se realizaban con trescientas o más familias, miles de ellas a veces.
A pesar de los difícil que era preparar una toma de tierras urbanas con tanta gente sin que la noticia se extendiera, en más de una ocasión la policía estatal fue sorprendida y los desalojos tardaban días en prepararse. Nosotros, que habíamos decidido la toma en reuniones relativamente pequeñas, en un lugar alejado de miradas curiosas, que nos metimos al predio de noche, con gran sigilo, y nos instalamos en una hondonada nada visible, fuimos descubiertos en unos cuantos minutos, menos de dos horas, para ser exactos; nadie podría dudar que había traición de "compañeros" de adentro.
Tres de nosotros, que nos teníamos absoluta confianza, empezamos a platicar sobre el asunto. Debíamos descubrir al soplón y escarmentarlo. Al poco tiempo la existencia del delator era conversación común, pero no pasamos de seis los que estuvimos involucrados en una investigación inocentemente artesanal, llevada a cabo con mucha discreción, que a la postre descubrió al traidor que resultó ser un individuo del que no queremos ni recordar el nombre. Era el padre de una de las cuatro familias habitantes de las pequeñas propiedades que estaban al lado este de Paso Cucharas. Campesino de unos cincuenta años tenía un pequeño taller donde herraba caballos y hacía algunos otros trabajos artesanales ligados al campo, además de cultivar su pequeño terreno y completar su ingresos con un exiguo hato de cabras que pastoreaban su esposa o sus hijos en los terrenos de Paso Cucharas. Era famoso entre nosotros porque tenía un burro del que obtenía muy buenos servicios de carga y que a veces uncía a un pequeño carretón para ganarse unos centavos más haciendo mudanzas de cualquier carga que le saliera al paso.
Poco después de la frustrada toma de los terrenos descubrimos que la situación económica del dueño del burro mostraba una mejoría inexplicable: cambió al burro por un caballo y compró un carretón más grande. Esa fue la primera pista. No tuvimos que vigilarlo mucho tiempo. El traidor iba con frecuencia a Monterrey por esos días; lo seguimos y descubrimos que entraba a las oficinas de la Procuraduría de Justicia del estado. Fue cuando se nos ocurrió mandar a Manuel, el más joven de nosotros, para que hablara con la judicial y ofreciera sus servicios de informante de lo que pasaba con los invasores de los terrenos de Paso Cucharas, que seguían reuniéndose y preparando una nueva toma. Qué hizo Manuel no lo sabemos a ciencia cierta, pero fue suficientemente hábil para que algún funcionario medio de la Procuraduría le tuviera confianza y queriendo averiguar qué pasaba delatara a su vez al soplón. Así confirmamos que el dueño del burro era quien nos había traicionado. Disculpen que no pongamos su nombre pero no queremos que nada de él, mas allá del mote "el dueño del burro", se perpetúa en nuestros escritos.
Lo que pasó después se no salió de control. Por poco nos cuesta la existencia del grupo que para ese entonces ya tenía un cierto nivel político. Fue Ricardo Esquivel quien salvó la situación nuevamente. En esta ocasión la intervención oportuna y certera de Ezequiel Navarro también tuvo mucho que ver. Está claro que las enseñanzas de partido en que militábamos y su organización en el estado nos libraron de la cárcel o de la diáspora del grupo que hubiera equivalido a un destierro voluntario.

jueves, 31 de marzo de 2011

El ejido sigue siendo protagónico

El lunes pasado, 28 de marzo, ya atardeciendo, estábamos reunidos para seguir oyendo la narración de Jacinto y recordar cómo fue que por poco le dispara a Tomás Cruz en una cantina, cuando uno de nosotros nos leyó una noticia que necesitamos comentar, aunque se atrasen otras narraciones.
La noticia dice que en un ejido en el estado de Hidalgo, cuyos dueños son ñahñúhs, casi a la entrada del Valle del Mezquital, lugar del que hemos hablado muchas veces en estas narraciones, murieron por disparos de arma de fuego el tesorero y el presidente del comisariado ejidal.
Hemos buscado afanosamente más detalles y, aunque encontramos más de diez notas de diversos periódicos, tanto nacionales como regionales y hasta un comunicado de prensa oficial de la policía del estado de Hidalgo, no tenemos claro lo sucedido. Más bien la confusión ha aumentado, por la profusión de noticias contradictorias, además de la ignorancia de los periodistas sobre la realidad ejidal, ignorancia que baila en sus escritos periodísticos.
Sin embargo algo sí nos queda muy claro: el centro del conflicto es una venta de tierras ejidales; tierras que compró o vendió un diputado local del PRI, no sabemos si siguiendo o no las formalidades legales. Nosotros suponemos que el diputado debe haber comprado las tierras ejidales sin ser ejidatario o si tiene esa calidad las vendió sin que hayan sido suyas, pues el ejido es una propiedad colectiva y nadie en particular es dueño de una parte, sino todos los ejidatarios lo son de todo el terreno.
Como haya sido es claro para nosotros que el diputado local del PRI intervino en la compraventa de terrenos ejidales, pues al buscar más datos encontramos una noticia de hace un mes donde se informa que los ejidatarios irrumpieron en el congreso del estado para reclamarle al tal diputado lo referente a la compraventa, lo que indica que el conflicto ya es añejo.
En 1992 se hizo una modificación a la ley de la reforma agraria para posibilitar la venta de parcelas ejidales en casos muy especiales y con condiciones claramente estipuladas en la ley. La finalidad, se dijo entonces por los que nos opusimos a esa ley, fue dar un golpe de muerte al ejido, por el que muchos de nosotros luchamos y morimos, pero el golpe no ha sido mortal. El ejido lucha por su sobrevivencia y, a veces, como en este caso, para sobrevivir causa la muerte de quienes luchan por defenderlo o atacarlo. No apoyamos ni celebramos esas muertes. Nosotros queremos que el ejido viva en paz, dando sustento tranquilidad y seguridad a sus propietarios colectivos. Para eso hicimos una revolución que ahora, poco a poco, estamos recordando. Nos entristece mucho que haya muertes. Algunos de nosotros nos enojamos de veras por que se tenga que llegar a esos extremos. Nos enojamos contra los que provocaron estos desmanes al modificar la ley. Hemos conocido y contado en estas líneas casos donde algunos de nosotros estuvimos a punto de matar o de morir luchando por los bienes y derechos de un ejido. Muchas veces logramos que nadie pereciera y otras hemos lamentado la muerte de algunos involucrados. No queremos más muertes, pero sabemos que hay miles, millones más bien, de ejidatarios que todavía actualmente están dispuestos a luchar, aunque sólo sea visceralmente, por defender los bienes ejidales de quienes quieren terminar con la propiedad colectiva de la tierra, tipo de propiedad que heredamos de nuestros antepasados indígenas. No es casual que las muertes que hoy lamentamos se hayan dado entre indígenas ñahñúhs, en las cercanías del pueblo llamado Yolotepec, estado de Hidalgo.

La noticia aquí: http://www.milenio.com/node/680996
o:
http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n2019955.htm
o: http://sdpnoticias.com/nota/26731/Dos_personas_sin_vida_saldo_de_un_tiroteo_entre_vecinos_en_Hidalgo

jueves, 24 de febrero de 2011

Una invasión de tierras “agrícolas”, III (En 1978 o 1979)

En el improvisado campamento el desconcierto es total. Tras unos segundos en silencio Jesús, el presidente del comité particular agrario, es el primero en moverse. Cuantas veces le hemos preguntado qué pensó en esos momentos empieza diciendo que no se le ocurría nada, que no pensaba en nada; cuando lo hemos presionado lo más que ha llegado a decir es que su cabeza, sus ideas, sus pensamientos le parecían las extensiones semidesérticas de su estado barridas por un viento muy fuerte que levantaba tanto polvo, hojas, basura que no podía ver nada alrededor ni orientarse en medio del ventarrón. Sin embargo no había sido equivocada la elección del presidente del comité particular agrario. Jesús convocó una reunión urgente y tras mucho analizar y discutir, lo único que se acordó fue permanecer en el terreno, a pesar de que la invasión ya era conocida por las autoridades estatales.
En la tarde regresó Ricardo Esquivel a los terrenos de Paso Cucharas y anunció que tenían tres días para decidir qué hacían. Esa madrugada, tras ser invitado por el procurador de justicia del estado a acompañarlo en el helicóptero del gobierno, fue recibido por el gobernador del estado. Ricardo informó que las autoridades del gobierno dejaron claro que los terrenos invadidos estaban considerados en los planes estatales de desarrollo de la ciudad capital como terrenos urbanos y por tanto no eran susceptibles de reparto agrario. Que el problema de los terrenos ejidales invadidos para formar colonias en las inmediaciones de la capital era notorio y muy conocido el propio Ricardo – lo cual era totalmente cierto – y que por tanto y conociendo las necesidades de los solicitantes de tierras, el gobierno se comprometía a formar con ellos un nuevo centro de población ejidal en el sur del estado, en tierras aproximadamente de la misma calidad que las invadidas. Quedaba implícita la desocupación de los terrenos y al final de la reunión, afirmó Ricardo, el gobierno dejó ver que si tras esos tres días los terrenos seguían ocupados, se desalojaría a quienes permanecieran en ellos.
Fueron dos días de discusiones airadas, desconcierto, suposiciones y sospechas, pero ninguna de esas dudas tocó a Ricardo. Se le tenía mucha confianza y no se pensó que estuviera traicionando la toma. Las preguntas se dirigía hacia quién o quiénes habían sido el o los informantes que pasaron el soplo al gobierno para que a las pocas horas de invadido el terreno las autoridades ya supieran del los hechos con pasmosa exactitud.
Algunos, pensando que la lucha estaba derrotada, y otros esperanzados en que se cumpliera la promesa del nuevo centro de población ejidal, lograron convencer a la mayoría de salir de los terrenos y seguir en lucha para que el gobierno cumpliera lo ofrecido. No era descabellado confiar en la administración estatal que hacía poco había emitido una de las resoluciones agrarias asombrosas y no acostumbradas, que acordaba el reconocimiento y titulación de casi cien mil hectáreas a los comuneros de Benavides Grande y Benavides Olivares en el noreste del estado.
Así terminó la invasión en una dolorosa derrota, no total porque con el tiempo el nuevo centro de población prometido se constituyó y fue dotado, pero fueron muy pocos los solicitantes originales que se mudaron al mismo. Además, si no se logró conquistar el terreno ansiado la organización partidaria y de lucha no terminó con el desalojo. Cierto que el grupo de Cucharas pasó por momentos críticos, pero también logró dar un salto cualitativo. Tal vez esa crisis la narremos algún día.

jueves, 17 de febrero de 2011

Andanzas de un diputado, IV

La asamblea está empezando. Son las once y media de la mañana. Como siempre, los representantes gubernamentales se presentan con boato. El procurador del estado me está haciendo ademanes para que pase al frente. Le digo, por señas, que no. Insiste. Mando a un compañero indígena para que le explique que mi presencia al frente podría encrespar a los de la CNC y para que le asegure que si mis compañeros pretenden conseguir algo más de lo platicado, entonces sí, hablaré, pero desde mi lugar. El procurador ya no insiste. Me distraigo buscando algún dirigente regional o estatal de la CNC. No hay ninguno; a la hora de los sustos abandonaron a sus compañeros. Han transcurrido unos veinte minutos. Como siempre hay tercos, de ambos bandos que insisten en puntos que llevaría nuevamente al rompimiento. Eso hace que la reunión se prevea larga, pero para mi es bastante claro que se va a respetar lo hablado: Reforma Agraria, procuraduría, los representantes de la secretaría de gobierno, están haciendo bien su trabajo. Me distraigo completamente pensando en otros problemas de la región: Atlapexco, el microcentro ecológico de población, en fin, no sé en qué. Estoy seguro que si a los representantes del gobierno se les sale la reunión de control, cosa que no parece que vaya a suceder, mi subconsciente me avisará para que ponga atención. Sé que los campesinos sacarán los acuerdos deseados y cederán , sí, pero no más allá de lo internamente acordado.
De pronto unos aplauso desabridos me llaman la atención. El delegado de la Reforma Agraria está diciendo que sólo faltan las firmas. Por fin terminó la reunión. Veo las caras de mis compañeros indígenas y me doy cuenta que los acuerdos salieron como los esperaban. Lorenzo está feliz.
– Ganamos, ganamos – me dice con entusiasmo.
Yo no sé si ganamos o apenas la libramos; nada es todo triunfo ni todo derrota, pero, sí, creo que sí, esta vez, para todos, nosotros y los de la CNC, en la balanza, pesó más el platillo del triunfo. Estoy cansado. Allá abajo, en Huejutla, me esperan más problemas.
– Vamos, diputado, regrese con nosotros en el helicóptero – me dice el representante de gobernación.
– Subí solo en una camioneta, tengo que bajar en ella – le respondo.
¿Estaré viendo bien o ya alucino?, me parece que el licenciado muestra algo así como decepción por que no acepté ir con ellos; no creo, será el hambre.
Estoy muy distraído, lo que todos llaman triunfo me ha dejado igual. Me gustaría que en nuestro México se acabaran este tipo de problemas. Ya sé, no es posible. Pierdo la noción del tiempo, únicamente sé que ya comí y platiqué de, no recuerdo. Me costó trabajo convencer a los compañeros para que me dejaran regresar. Decían que me quedara a descansar y bajara hasta mañana. Lorenzo me recordó la noche que me quedé saliendo del vado porque se me mojaron las bujías, y el miedo que, yo se lo había contado, tuve hasta que amaneció. No me dejé convencer y ya voy nuevamente por esta cornisa prendida a la montaña como el niño a la espalda de su madre. Voy muy rápido. Debo tener más cuidado.
***
El Profe llegó a Huejutla. Desde lejos supo que se respetaron los convenios. Al principio varios campesinos de la CNC no estaban muy de acuerdo en dejar las hectáreas acordadas para que los ejidatarios de su mismo ejido apacentaran su ganado, pero sus dirigentes regionales fueron obligado por el gobierno a ya no mover las aguas y se estableció la paz en el poblado. Sin abandonar cada quien su organización, los indígenas se dieron cuenta, muy pronto, pues en realidad lo sabían desde hacía mucho, que la paz era favorable a todos y que no peligraba sino por la intervención de líderes que quieren pescar en aguas turbulentas. Sebastián, el indígena exsoldado que organizó la defensa contra la emboscada, y todos aquellos que habían aprendido a usar armas y las habían sacado después de la matanza, cavaron en la tierra y ahí las escondieron, perfectamente engrasadas y protegidas con varias capas de plástico. Esperemos que nunca más tengan que desenterrarlas. Los muertos siguen doliendo, pero en ocasiones, como esta vez, florecen.

jueves, 27 de enero de 2011

Andanzas de un diputado, III

Me niego a desayunar. Con Lorenzo no necesito cortesías citadinas, entiende que es necesario que hable con todo el grupo. Mientras camino los quinientos metros que me separan del lugar de reunión, viene a mi mente el recuerdo de aquel día, uno después del enfrentamiento. Mi angustia de toda aquella noche, antes de llegar a Huejutla, sin saben nada más allá de lo que me dijo el secretario general del partido por teléfono. La búsqueda de compañeros que me informaran de lo sucedido a las seis de la mañana. No fue difícil encontrarlos, de Mecatlán, los que no estaban en la cárcel, también me andaban buscando. Recuerdo el alivio que sentí cuando me explicaron que la agresión, sin duda, no la habíamos iniciado nosotros. Me cuidé de no externar ningún comentario cuando, airados, me aseguraban que Nemecio, el dirigente regional de la CNC, había roto acuerdos y obligado a sus seguidores a preparar un ataque sorpresivo. Si los informes eran ciertos ahí deberíamos enfocar nuestros ataques. El que nosotros sólo tuviéramos un muerto y un poco menos de heridos no me alegró. Las cuatro versiones que recogí por separado coincidían en lo esencial. No quise averiguar detalles y hasta la fecha desconozco muchos; si los informes recibidos eran verídicos tenía una oportunidad en esa ruleta rusa que me preparaba la vida. De pronto empiezo a recordar cómo llegaron, corriendo, agitados y temblorosos, tres campesinos diciendo que frente a las oficinas de la procuraduría en Huejutla había un mitin de militantes de mi partido, y que campesinos de la CNC bajaban con ese rumbo por varias carreteras para atacarlos, enardecidos por su derrota en Mecatlán. Viene a mi recuerdo, incluso físico, aquella mañana tranquila en apariencia, a eso de las ocho, y cómo, al pensar en las consecuencias de un enfrentamiento, se encogieron mis venas y corazón, y cómo la piel, en mis lugares más sensibles, se achicó, haciendo que me subiera un dolor hasta la boca del estómago, para instalarse ahí como una esfera de plomo caliente y denso. La memoria empuja mi cuerpo a repetir el estrechamiento de venas, corazón y piel, pero cuando la sensación apenas empieza, se desvanece cuando llego con Lorenzo al lugar de reunión. No necesito hablar mucho con la gente que me conoce. Ya están casi todos reunidos en las bancas del su lado izquierdo, en un galerón abierto, con techo de dos aguas, que sirve tanto de salón de asambleas como sobre todo de abrigo para el tiangis semanal. Enfrente, del lado derecho, están los de la CNC. Casi como algo físico siento en el aire el odio y el rencor de un lado y otro, las miradas, los murmullos, pero no percibo ningún movimiento de amenaza. Todo lo que se ha platicado en estos tres meses ha calmado los ánimos.
– Te acepto el taco – le digo a Lorenzo – tenemos un poco más de media hora.
Mientras la esposa de Lorenzo muele el nixtamal, su mamá echa las tortillas; con ellas, el plato de frijoles me recuerda a una madre, un hogar, seguridad, en suma. A lo lejos escucho un rumor que se aproxima. Es el helicóptero de gobierno. Agradezco el desayuno y nos vamos al lugar de reunión.

jueves, 13 de enero de 2011

Andanzas de un diputado, II

Con voz airada Talamantes, el secretario general del comité central de mi partido me preguntó aquel día:
– Profe, que pasó en la huasteca
– Nada que yo sepa ¿por qué?
– Cómo que nada. Hubo un enfrentamiento entre campesinos del partido y de la CNC. Hay muertos, algunos nuestros, cinco en total.
Quedé en silencio unos segundos.
– No sé nada – balbuceé al fin.
– Te vas inmediatamente a Huejutla y detienes ese lío.
Fue la orden tajante que recibí antes de colgar.
Mi relativo descanso se acabó en ese momento y ahora que voy subiendo por esta trocha, las sombras de los muertos de aquel día me acompañan y me empujan con urgencia.
– No queremos haber muerto inútilmente – me susurran al oído.
El vehículo trepa como hormiga por la cuesta. Subo por caminos que parecen llevar a ninguna parte, que se cierran, angostados por la vegetación de los bordes de una vía aparentemente poco transitada. Poco a poco la tensión con que empecé a subir disminuye. Una terca pregunta me asalta repetidamente: ¿por qué Talamantes me mandó a mi a la huasteca si hay aquí una base numerosa y disciplinada y muy buenos dirigentes? Al igual que en días anteriores hoy tampoco encuentro respuesta, pero la pregunta hace que disminuya la atención que debo poner al camino. También me distrae otra inquietud: los odios y rencores en el pueblo al que me dirijo no se han apaciguado, existe aun la posibilidad de un nuevo enfrentamiento durante la reunión de hoy; en tal caso los no indígenas que andamos de metiches somos los que más peligramos. Tal vez hiciera bien en no seguir subiendo.
Una violenta curva me ha regresado a la realidad. El instinto sólo alcanzó para frenar bruscamente. Este viejo cacharro se ha comportado más decidido y firme que yo. Si el viejo armatoste que conduzco no hubiera respondido como lo hizo, en este momento iría dando tumbos hacia el fondo del barranco. Tengo que poner más atención al camino. Si he de llevar un susto allá arriba, que sea en el pueblo, entre los indígenas que son amigos, la mitad de los pobladores, más o menos. ¡Qué feo sería caer en estos abismos y morir antes de llegar!
Parece que me acerco a la cima. A lo lejos, por el camino que al fin deja de ascender, se ven las casas de la cabecera ejidal recostadas en una mansa ladera que asciende para morir en un sumidero sin fondo, al menos eso parece desde aquí. Al frente, hacia mi lado izquierdo, un monte se eleva abruptamente como gigante que vigila de parte de dioses náhuatls a uno de sus pueblos elegidos. A los lados de la angosta planicie donde se encuentra el poblado, las laderas se hunden, permitiendo contemplar, más allá de los valles que forman, las cumbres de otros montes donde, vigilados también por dioses desconocidos para mi, otros grupos indígenas mantienen sus reservas de viejos triunfadores, esperando pacientemente, lo han hecho ya durante quinientos años, el día en que superen el sistema que los blancos les hemos impuesto.
Como surgidos de la nada salen del bosque que acabo de abandonar diez o doce indígenas, trotando a su paso serrano. Disimuladamente observan la camioneta; a todos los conozco, seguramente venían cuidando mi llegada. Hacia mí, por el camino, viene Lorenzo, el jefe político del grupo en el que estamos.
– Qué bueno que llegas – me recibe sonriendo – los de la Reforma Agraria acaban de llegar hace diez minutos, gobernación y la procuraduría van a llegar en helicóptero, según dijeron, como a las once; la gente está muy nerviosa, sobre todos los de la CNC; de todas maneras te respetan, aunque no te conozcan; saben que fuiste tú el que nos sacaste a todos de la cárcel y lograste que el gobierno del estado pagara las curaciones del hospital; el bruto de Nemecio [dirigente regional de la CNC] quiso quemarte y les contó los arreglos a los que llegaron aquél día en Huejutla; no te perdona que hayas pedido que la CNC lo mandaran de vacaciones permanentes a Acapulco o le pagaran un curso en el extranjero para que aprendiera a leer.
– Yo no dije para que aprendiera a leer, lo más que se me salió fue decir que para que no regresara a dar lata a la huasteca.
– Total, todos saben que no pediste castigos ni culpaste a nadie, si no fuera por eso, quien sabe, todavía estaríamos matándonos; como quiera tenemos que cuidarte, no vaya a ser la de malas y se nos quiera adelantar un loco de la CNC; ven, vamos a comer un taco.

jueves, 6 de enero de 2011

Una invasión de tierras “agrícolas”, II (En 1978 o 1979)

Comenzaba el primer miércoles de la invasión. No eran todavía las dos después de medianoche, el clima era caluroso, como tantas veces en Monterrey aun en las madrugadas. No hizo falta encender fogatas, además que no se quería hacer fuego, otra vez, según eso, para no llamar la atención. En realidad se hubiera podido encender una buena lumbre y nadie ajeno a la invasión hubiera visto siquiera su resplandor; los habitantes más cercanos eran los colonos de las tierra de Casimiro Herrero, todos ellos involucrados en una forma u otra en la toma de los terrenos solicitados ya hacía casi dos años. Además de ellos nadie vivía ni transitaba por esos lugares.
Como fuera, y sin encender fogatas, a eso de las dos de la mañana ya todos tenían listos sus instrumentos de trabajo para el momento en que empezara a amanecer. Por acuerdo previo, bastante entrada la alborada se encenderían los fuegos para preparar los alimentos y aún antes de tomarlos se empezaría el desmonte. Habría que quitar muchos cactus, nopales y huizache y tener listas las tierras para sembrar a las primeras lluvias. También se señalarían los lugares para los corrales de ganado menor. No se levantarían tejabanes para que nadie pensara que se iba a hacer una colonia urbana.
Aunque todos estaban listos para empezar los trabajos y el nerviosismo era mucho, varios ya dormitaban tendidos prácticamente al raso y el ejemplo empezaba a cundir entre todos los invasores.
Unas dos horas después, cuando por el este la oscuridad apenas empezaba a retroceder, Raúl, uno de los comisionados a la guardia del campamento, alumbrándose con una lámpara de pilas llegó corriendo a donde Ricardo Esquivel platicaba con un grupo de seis o siete invasores.
– Por el rumbo de Monterrey se oyen unos helicópteros, creo que vienen hacia acá.
Todavía no terminaba de hablar y ya las luces de las naves se acercaban rápidamente.
– ¡Vente, Rodrigo! Te vamos a esconder.
Corriendo y jalando entre dos a Rodrigo que se resistía, los seis o siete que platicaban con él lo empujaron en una pequeña zanja cavada al efecto y lo cubrieron con ramas de huizache y mezquite, acabando de cubrirlo con hierbas recién arrancadas. De pronto, recostado en el suelo, Rodrigo se encontró con una vieja pistola entre las manos, un revolver de cañón largo, viejo y oxidado, cuyo calibre no ha podido recordar ni tampoco quién y cómo se la puso entre las manos.
– No te muevas – dijo alguien.
Desde su precario escondite Esquivel oyó cómo aterrizaban los helicópteros y empezó a preguntarse por qué diablos estaba escondido. Su lugar era seguir encabezando la toma de tierras, sin correr a esconderse como rata entre la basura.
No tuvo que cavilar demasiado; minutos después oyó claramente la voz del procurador de justicia del estado, con el que ya había tratado asuntos de diversa índole encabezando grupos del partido socialista que tenía ya casi tres años de fundado en Nuevo León.
– No te hagas pendejo, Rodrigo. Sal de ahí antes de que te saquemos a la fuerza.
La voz del funcionario lo regresó a la realidad y a sus responsabilidades. Rodrigo lanzó el arma entre las ramas que lo cubrían, se levantó decidido sacudiéndose el polvo y enfrentó al funcionario, ya sin dudas
– Estaba descansando, licenciado ¿Qué se le ofrece?
La sonrisa franca del procurador sorprendió a todos, sobre todo a los acompañantes del funcionario que venían preparados para iniciar una represión generalizada.
– No se me ofrece nada, Rodrigo. Solamente que me acompañes a mi oficina.
No necesitó el procurador ni tomar del brazo a Esquivel, quien totalmente sereno en apariencia, aunque con un gran temor interno, caminó junto al licenciado y se subió al helicóptero con él. Toda la fuerza pública se retiró y los invasores quedaron desconcertados sobre el terreno que habían invadido.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Andanzas de un diputado, I

– ¿Tú qué opinas, Felipe? Quienes eran diputados en la década de los ochenta ¿eran diputados iguales a los actuales? ¿todos, o algunos? ¿tenían características diferentes?
– ¡Qué preguntas son esas! Todos nosotros estamos de acuerdo que actualmente los diputados, independientemente del partido al que pertenezcan, son más o menos iguales, solamente buscan lo que ellos llaman “poder”, quieren ser diputados para ascender en esa escala, ellos o el grupo al que pertenecen, que bien puede cambiar de un día para otro. En la década de los ochenta había diputados de muchos tipos. Tal vez la mayoría ya eran como los actuales, pero también los había con ideologías o tendencias bien definidas que luchaban por proyectos de nación diferentes, hasta antagónicos. Incluso había diputados con comportamientos inusuales, no acostumbrados entonces y mucho menos ahora ¿Por cuál de esos tipos preguntas?
– ¡Felipe Gómez siempre tan propio! ¡No te enredes! Mejor dinos a qué comportamientos inusuales te refieres.
– Y para qué les cuento yo si por ahí tenemos una narración de quien era diputado local en la década de los ochenta: Vamos a oírlo y después que cada quien opine. Lo conocemos, es "el Profe", sabemos que robaba votos ...
– ¡Ya deja que él nos cuente! – Interrumpen a Felipe. Luego guardan silencio. Empieza la narración del Profe:

"Voy subiendo por un camino que serpentea entre una densa vegetación. La camioneta que conduzco gime con el esfuerzo de levantar su peso varias veces su altura cada cincuenta o cien metros. A la derecha, apenas barruntado entre los troncos de los árboles y los matorrales que nacen a su sombra y trepan por sus troncos hasta encontrarse con las ramas, un abismo hace que involuntariamente mueva el volante a mi izquierda, donde la cuneta, erosionada por las constantes lluvias, se ahonda hasta amenazarme con un vuelco si una rueda cae a ella.
¿Por qué voy, solo, subiendo esta mañana a la cumbre de un cerro que casi en su cima tiene un pueblo en que peligra mi vida?
Hace tres meses llegué a una oficina, en el Distrito Federal, que está siempre sucia y desordenada. Entran y salen de ella campesinos de todos los rumbos del país. Jóvenes de ambos sexos dialogan con los mexicanos que sienten que su patria es el suelo que pisan, la tierras donde levantan sus casas y la parcela que cultivan o quieren cultivar como seguros poseedores, para arrancarle el sustento de ellos y sus familias. Lo único valioso que cargan los campesinos que van a esa oficina son sus esperanzas, su historia y, en ocasiones, papeles sobados, releídos y heredados de padres a hijos, que les garantizan la propiedad colectiva de sus tierras. Son viejas resoluciones presidenciales que dotan o amplían su ejido, resmas de copias de papeles que han entregado para que su solicitud de tierras prospere o los límites de su ejido se respeten y, a veces, pergaminos del tiempo de la colonia, cédulas reales o virreinales que les otorgaron el disfrute a perpetuidad de terrenos comunales.
Me encontraba sentado, descansando, en un lugar apartado de esas oficinas de la organización campesina de mi partido, totalmente abstraído de lo que a mi alrededor pasaba. Pocos y de no urgente resolución eran los problemas que ese día llevaba en mi ajado portafolios. Iba prácticamente a visitar a mis compañeros de lucha, de pequeños triunfos y de múltiples fracasos. Tras los saludos a los amigos, que no interrumpieron sus ocupaciones, decidí sentarme en aquella esquina. Aunque eran las seis de la tarde, mi trabajo había terminado; esperaría a que se calmara el barullo que me abrigaba; iría tal vez a comer tacos en alguna esquina con el compañero que se desocupara primero, y tendría que buscar lugar para dormir esa noche: algún rincón en un viejo departamento o un sofá desvencijado en casa de algún amigo.
De pronto, alguien me dijo, con el teléfono en la mano:
– Profe, te habla Talamantes, es urgente.
Con la llamada del secretario general del comité central de mi partido, comenzó esta pesadilla que hoy me empuja a subir por un camino que más parece despeñadero de mulas en una serranía de cuyos abismos no veo el fondo y que sólo su vegetación hace menos terrible.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Una invasión de tierras “agrícolas” (Entre 1978 y 1979)

– A ver, compañeros, tenemos que reorganizarnos, el Profe ya se fue a Monclova. Al comité estatal lo rehacemos hasta la próxima asamblea general. Por ahora debemos encargar a alguno de ustedes la atención a los comités de base a los que iba el Profe con más frecuencia
– No te hagas, Pablo, a todos vamos todos casi indistintamente. Claro que el Profe iba mucho a la Trinchera, por la hija de la presidenta. De hecho en ese comité militaba el Profe, pero muchos acostumbramos ir a esas reuniones. Hasta creo que Ricardo también milita ahí.
– No. Yo milito en el comité de mi colonia pero sí voy mucho a la Trinchera y ese comité puede funcionar muy bien solo.
– Bueno – cierra el punto Pablo Vilchis – a los otros comités seguimos yendo todos, pero al comité de Cucharas casi nadie ha ido, además del Profe y a veces Ricardo. Además en la asamblea yo voy a proponer que Ricardo se haga cargo, con Ismael, de todos los asuntos agrarios. Ricardo Esquivel desde ahora tu atiendes al grupo de Cucharas. Y apúrale con esa solicitud de tierras. No la dejes dormir en un cajón de Reforma Agraria.
Los trámites y gestiones continuaron durante cuatro meses más, pero al fin de ese tiempo el grupo de Cucharas decidió invadir los terrenos con los que soñaba. Las reuniones al principio semanales se hicieron más frecuentes al acercarse la fecha de la invasión. Finalmente cincuenta y siete varones de los setenta y tres solicitantes originales, apoyados por sus hijos mayores, esposas en muchos casos y vecinos de la colonia formada en los terrenos de Casimiro Herrero, un poco más de ciento cincuenta personas en total, pasadas las doce de la noche de un martes, con cuidado de no romper las cerca de alambre de púas “para no despertar sospechas”, se metieron a los “terrenos agrícolas abandonados y sin dueño conocido”. Eligieron para su campamento un terreno rodeado de huizaches, nopales y otros cactus, ligeramente más hondo que las tierras circundantes, entre la carretera y el paso del río conocido como Cucharas. Ricardo Esquivel lo propuso después de una cuidadosa búsqueda, argumentando que por no ser el lugar visible desde la carretera eso les aseguraría “no ser descubiertos” para que así la fuerza pública no los desalojara.
Por ese entonces las invasiones de terrenos urbanos para formar colonias de “paracaidistas” eran muy frecuentes en la ciudad de Monterrey. Cuando los invasores eran pocos la policía estatal los desalojaba en menos de 24 horas. Algunos predios invadidos por grupos numerosos y muy bien organizados se mantuvieron en una lucha constante durante años parar no ser desalojados, viviendo en condiciones muy precarias. Entre esos grupos hubo muchas tendencias y obtuvieron resultados diversos: algunas son actualmente colonias regularizadas donde a la postre la gente pagó por los terrenos y otras aun viven en la precariedad. Ocultar una invasión urbana era prácticamente imposible, pero el grupo de Cucharas pensó que ocultar una invasión en un enorme terreno abandonado, todavía sin presiones para convertirse en zona habitacional, sería posible en tanto empezaban a cultivar. Más tarde verían que hacer. Sus previsiones fueron erradas.

jueves, 14 de octubre de 2010

Felipe Gómez narra una conversación entre Hilario Zapata y su esposa (1976)


Era un frío atardecer de mediados de enero. Desde que supe del nuevo centro de población “La Esperanza” dediqué mucho tiempo a llevar registro de lo que ahi pasaba. Me preguntaba insistentemente cómo la secretaría de la Reforma Agraria, tan renuente en afectar intereses particulares, había elaborado el abultado y laborioso expediente de dotación ejidal en tan poco tiempo. Sin embargo al inicio el triunfo parecía definitivo: 20 mil hectáreas dotadas a 20 campesinos y crédito para quinientas cabezas de ganado; logros así solo fueron conseguidos masivamente durante la presidencia del general Lázaro Cárdenas.
El cielo está limpio. La luna tardaría en salir pero algunas estrellas brillaban en una bóveda que obscurecía rápidamente. El aire calmo y transparente estaba muy frío. Todo anunciaba una fuerte helada al amanecer del día siguiente.
De pronto Chato, el perro de Hilario que oteaba el horizonte, levantó las orejas, lanzó dos breves ladridos y se alejó corriendo por la vereda que llegaba a la casa. Lo seguí y vi a lo lejos las fiestas y el recibimiento alborozado que el perro daba a su dueño. Algo sacó Hilario de su morral, se lo dio al Chato y siguió caminando con paso ligero, aunque lo noté cansado. Había caminado más de treinta kilómetros en esa jornada.
Guadalupe también se dio cuenta de la llegada de su esposo. Avivó el fuego para dar calor a la estancia y salió al encuentro de quien llegaba. El saludo fue rápido pero con el cariño seco que siempre les conocí.
– Cómo te fue, Hilario? ¿ Cómo están mis papás y los tuyos?
– Bien, te mandan saludos. Me encontré en Castaños a uno de los Soriano y me dio un aventón hasta su ejido. Dormí en su casa y hoy en la mañana me vine a pie desde allá.
– Pásale a descansar, ahorita te hago de comer.
Los seguí al cuarto que hacía las veces de cocina y, como siempre, me quedé observando a la distancia. Fue entonces cuando Hilario no resistió más y le contó a Guadalupe que Antonio Soriano por fin le habló claro:
– Veníamos solos él y yo, en la camioneta y de pronto me dijo que hora que ya tenemos el ganado debemos prepararnos para pasarlo de contrabando a los Estados Unidos. Cuando le dije que la policía ganadera nos trae corto y nos vigila mucho, ser rio con hartas ganas y me dijo: “No les hagas caso. A veces hasta ayudan. Muchas veces nosotros pasamos ganado que no es nuestro. Ya te irás dando cuenta por dónde”.
– ¿Tú crees que los Soriano roban ganado? – preguntó Guadalupe.
– Creo que sí y hasta se me afigura que la policía anda metida en el trafique. En estas soledades además de unos cuantos peones de rancho y ejidatarios como los Soriano o nosotros ¿quién más se va a dar cuenta de lo que sucede?
–Pero nosotros no vamos a entrarle a esos negocios ...
–Claro que no, pero no sé bien como decírselo a los compañeros. Hoy estoy muy cansado. Ya veré mañana cómo le hago.

Ese fue el primer indicio que tuve de los importante que era para la policía ganadera de la región tener el control absoluto de la misma y contar con una cobertura legal para el contrabando de ganado y seguramente de otros productos. Esto pasaba a la mitad de la década de los setenta donde el contrabando de drogas y de armas por la región apenas comenzaba. En ese entonces el trasiego ilegal de ganado era lo fuerte. Dos grandes ejidos ganaderos taparían fácilmente tal trasiego.