Mostrando entradas con la etiqueta La Esperanza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Esperanza. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de agosto de 2011

Hilario Zapata y la esperanza nunca perdida (1978 + – )

– Pues resulta que lo de las setecientas hectáreas ya se resolvió y muy bien ¡Y el Profe no nos ha pedido ni un peso! – Hilario está sentado a la vieja y pequeña mesa; ya terminó de comer sus frijoles; su madre ha puesto frente a él un trozo de queso y algo de dulce, sí, ate de guayaba – ¿No hay café, madre?
– El Profe no resultó ser un coyote – el viejo ejidatario, padre de Hilario, saborea el queso que acaba de darle su esposa.
– Invítalo a la casa. Yo quiero conocerlo. Así hacemos un mole de olla para celebrar que el ejido recuperó su ampliación – ayudada por su nuera, la anciana coloca cuatro tazas de café en la pequeña mesa y se sienta a saborear el aromático, preparado con canela y piloncillo.
– ¿Ya le contaste de la Esperanza? – al jefe de la pequeña familia le tiembla la taza de café, es muy notorio su mal de Parkinson.
– Le hice un resumen: que nos dotaron, a veinte campesinos de acá, con veinte mil hectáreas; que nos fuimos a vivir allá y comenzamos ha construir el poblado; que hasta algunos nos llevamos a nuestras familias; que con las tierras y el crédito nos llegaron las quinientas cabezas de ganado; que luego empezó la división y nos corrieron a trece con puros pretextos; que de los siete que quedaron ya solamente tres siguen por allá, pero no viven en la tierras; que queremos recuperar tierras y ganado; que nunca he perdido la esperanza de recuperar lo que es nuestro. Le pregunté cómo le podríamos hacer.
– Yo le insisto a Hilario que debe contarles lo de policía ganadera – la esposas del joven campesino también se sienta a tomar café. No cabe duda que esa familia de ejidatarios tiene algo especial, pues es muy poco frecuente, en esta década de los setentas, que las mujeres del campo se sienten con sus maridos y participen en las conversaciones “de hombres” – Que le cuente al mentado Profe que son esos cabrones los que realmente se quedaron con el ejido y con el ganado. Que además no quieren estorbos para poder seguir pasando ganado de contrabando, mucho robado, a los Estados Unidos. Yo creo que hasta deben estar pasando de contrabando armas y hasta droga. Por eso les estorbamos – menos frecuente es que las mujeres hablen así con los hombres, pues aunque el tono de la joven es sereno las palabras revelan claramente su sentir.
– No, Lupe – el tono de Hilario también es sereno y claramente cordial – si le cuento todo tal cual es, de pronto el Profe se me asusta. Y yo estoy seguro que él y su partido sí nos van a ayudar. Ya le iré contando todo poco a poco
– Invítalo pues a comer. Hay que conocerlo más. Después de lo que hizo con el Delegado de la Reforma Agraria no creo que el Profe sea de los que se asustan – Así cierra el tema, sin proponérselo, el padre de Hilario.
Después de unos segundos en que los cuatro toman en silencio café o saborean queso con dulce, siguen conversando de asuntos domésticos a los que nosotros ya no les pusimos atención.

jueves, 28 de julio de 2011

Hilario Zapata, el ejido Castaños y La Esperanza (1978 + – )

– Ya apacíguate, Hilario – el viejo campesino come tranquilo, mientras el rostro de Hilario, su hijo, manifiesta un tumulto de sentimientos – nada ganas encoraginado. Mejor ayúdanos aquí en el ejido y olvídate de la Esperanza.
– Vivir sin esperanza no es posible – una sonrisa triste, casi una mueca, aparece en el rostro previamente adusto de Hilario, al mismo tiempo que emite un sonido similar al inicio de una risa, tal vez sarcástica o simplemente burlona – De todos modos, padre, voy a ir a Saltillo para ver lo de las setecientas hectáreas ¡Ojalá el tal profesor no nos salga nada más un coyote que nos pida lana! Habla de un partido nuevo, que no conozco. Fíjate que después de oírlo hablar da esperanza – de nuevo aparece la media sonrisa triste – Otra vez hablando de esperanza ¡A ver si no nos pasa como en el nuevo centro de población!
– No le hagas confianza al tal profesorcillo. Ya vez que esos coyotes nada más emborucan y luego no hacen nada ¡Y no le vayas a dar ni un centavo!
Padre e hijo comen su plato de frijoles ayudados únicamente con las tortillas que la mamá de Hilario echa rítmicamente en el comal después de darles forma con las palmas. El fogón se encuentra bajo un tejabán de palma, adosado a una pared de la choza donde viven, casi en la orilla del pequeño poblado ejidal: no más de una docena de chozas de madera, carrizo y palma. Guadalupe, la joven esposa de Hilario, tan callada como la madre de éste, pasa primero el nixtamal por un molinillo mecánico y luego afina la masa en el tradicional metate, antes de dársela a su suegra para que eche las tortillas.
***
Unos días después Hilario y otro ejidatario, acompañados del “profesorcillo” le ganaron el pleito de las setecientas hectáreas a la Delegación de la Secretaría de la Reforma Agraria en Saltillo (el hecho puede leerse aquí). El profesorcillo se convirtió en el Profe, que no pidió un solo centavo al ejido, avivando la llama de la esperanza en Hilario y ganándose algo de la confianza del viejo campesino y de los demás fundadores del ejido Castaños.

Meses más tarde volvimos a escuchar una conversación entre Hilario, sus padres y su mujer. La plática nos llevó a seguir con más interés los sucesos acaecidos en el nuevo centro de población La Esperanza. Contaremos lo que oímos dentro de ocho días.

jueves, 14 de octubre de 2010

Felipe Gómez narra una conversación entre Hilario Zapata y su esposa (1976)


Era un frío atardecer de mediados de enero. Desde que supe del nuevo centro de población “La Esperanza” dediqué mucho tiempo a llevar registro de lo que ahi pasaba. Me preguntaba insistentemente cómo la secretaría de la Reforma Agraria, tan renuente en afectar intereses particulares, había elaborado el abultado y laborioso expediente de dotación ejidal en tan poco tiempo. Sin embargo al inicio el triunfo parecía definitivo: 20 mil hectáreas dotadas a 20 campesinos y crédito para quinientas cabezas de ganado; logros así solo fueron conseguidos masivamente durante la presidencia del general Lázaro Cárdenas.
El cielo está limpio. La luna tardaría en salir pero algunas estrellas brillaban en una bóveda que obscurecía rápidamente. El aire calmo y transparente estaba muy frío. Todo anunciaba una fuerte helada al amanecer del día siguiente.
De pronto Chato, el perro de Hilario que oteaba el horizonte, levantó las orejas, lanzó dos breves ladridos y se alejó corriendo por la vereda que llegaba a la casa. Lo seguí y vi a lo lejos las fiestas y el recibimiento alborozado que el perro daba a su dueño. Algo sacó Hilario de su morral, se lo dio al Chato y siguió caminando con paso ligero, aunque lo noté cansado. Había caminado más de treinta kilómetros en esa jornada.
Guadalupe también se dio cuenta de la llegada de su esposo. Avivó el fuego para dar calor a la estancia y salió al encuentro de quien llegaba. El saludo fue rápido pero con el cariño seco que siempre les conocí.
– Cómo te fue, Hilario? ¿ Cómo están mis papás y los tuyos?
– Bien, te mandan saludos. Me encontré en Castaños a uno de los Soriano y me dio un aventón hasta su ejido. Dormí en su casa y hoy en la mañana me vine a pie desde allá.
– Pásale a descansar, ahorita te hago de comer.
Los seguí al cuarto que hacía las veces de cocina y, como siempre, me quedé observando a la distancia. Fue entonces cuando Hilario no resistió más y le contó a Guadalupe que Antonio Soriano por fin le habló claro:
– Veníamos solos él y yo, en la camioneta y de pronto me dijo que hora que ya tenemos el ganado debemos prepararnos para pasarlo de contrabando a los Estados Unidos. Cuando le dije que la policía ganadera nos trae corto y nos vigila mucho, ser rio con hartas ganas y me dijo: “No les hagas caso. A veces hasta ayudan. Muchas veces nosotros pasamos ganado que no es nuestro. Ya te irás dando cuenta por dónde”.
– ¿Tú crees que los Soriano roban ganado? – preguntó Guadalupe.
– Creo que sí y hasta se me afigura que la policía anda metida en el trafique. En estas soledades además de unos cuantos peones de rancho y ejidatarios como los Soriano o nosotros ¿quién más se va a dar cuenta de lo que sucede?
–Pero nosotros no vamos a entrarle a esos negocios ...
–Claro que no, pero no sé bien como decírselo a los compañeros. Hoy estoy muy cansado. Ya veré mañana cómo le hago.

Ese fue el primer indicio que tuve de los importante que era para la policía ganadera de la región tener el control absoluto de la misma y contar con una cobertura legal para el contrabando de ganado y seguramente de otros productos. Esto pasaba a la mitad de la década de los setenta donde el contrabando de drogas y de armas por la región apenas comenzaba. En ese entonces el trasiego ilegal de ganado era lo fuerte. Dos grandes ejidos ganaderos taparían fácilmente tal trasiego.

jueves, 5 de agosto de 2010

Hilario Zapata en un atardecer de 1977, I

Es un atardecer de septiembre en el municipio de Castaños Coahuila. El sol acaba de ocultarse tras las bajas serranías que limitan el amplio lomerío semidesértico, casi planicie, que contempla hacia el oeste Hilario Zapata. Los lejanos montes se ven difuminados por efecto de las polvaredas que un viento cálido y persistente levanta a lo lejos. El cielo azul pálido empieza a tornarse plomizo pero todavía hay bastante claridad. Ni nubes ni atardeceres rojizos ha visto Hilario en la última semana. En la leve hondonada de su izquierda un maizal raquítico anuncia con sus tonalidades que las mazorcas pequeñas y escuálidas que ha logrado producir están listas para su cosecha. Este año la lluvia fue escasa pero alcanzó para producir algo de maíz; en cambio la cosecha de frijol asociado va a ser pobre.
Hilario tiene la vista perdida en esa lejanía grisácea. Son los recuerdos de los últimos meses del año anterior y los tres primeros de éste los que absorben toda su atención. De pronto un par de urracas que descienden sobre el maizal hace que su mirada se dirija a éste. Se quita el sombrero y lo agita con energía. Emite algunos silbidos mientras corre hacia abajo y les lanza una piedra a las urracas. Hay poco maíz; no es cuestión de dejárselo a las aves.
Los frío otoñales todavía no aparecen y la breve carrera hace brotar pequeñas gotas en la frente de Hilario que saca de la bolsa del pantalón un enorme paliacate rojo y se seca el sudor. Su cara suaviza las líneas de dura tensión que tenía hace poco.
“Al menos la pizca de esa parcela me ocupará en algo” piensa Hilario mientras toma la vereda que lo conducirá a casa de sus padres.
Veinte pasos más adelante el rostro moreno del campesino vuelve a endurecerse. Parecería que la oscuridad avanza desde el este borrando al mundo. El silencio en el semidesierto es denso, casi como telaraña que nos rodeara bajo los espinos. La brisa ardiente que más lejos levanta polvaredas apenas mueve las hojas de los mezquites y huisaches que Hilario va dejando atrás. En el silencio de la tarde el ruido que las pisadas del caminante levanta al remover las piedrecillas de la vereda parece restallar sobre el lomerío, pero el verdadero tumulto está dentro de Hilario. Tras la líneas duras e inexpresivas de su rostro su mente es un incendio: hace seis meses la secretaría de la Reforma Agraria le arrebató sus derechos ejidales a él y a doce ejidatarios más de su nuevo centro de población; sin argumentos, sin razones, sin fundamentación. Toda una maniobra absolutamente ilegal. La policía ganadera los desalojó con violencia; llegaron los agentes en siete camionetas y con armas largas. Hilario no ven la forma de hacer valer la ley que asegura sus derechos. Con la última claridad del atardecer sus ojos brillan húmedos, como a punto de dejar caer alguna gota. Apresura el paso, su madre y su esposa deben tener la masa preparada para echar las tortillas.

jueves, 25 de marzo de 2010

La Esperanza IV, Coahuila (agosto de 1975)

– ¿Qué chingados es eso de índice de agostadero? – limpia la vieja escopeta de dos cañones Israel y la cierra con un chasquido –La verdad es que no entiendo ni madres.
–Ya ves cabrón– Ventura sirve el café que acaba de sacar de la fogata que arde frente una de las tres casas levantadas no hace ni dos meses– por andar cazando osos te perdiste la explicación que nos dio Hilario. Hasta el pendejo del técnico de Banrural se hizo bolas ese día. Si no es por nuestro comisariado todos nos quedamos sin entender nada.

Son siete campesinos los que están junto a la fogata en ese amanecer de fines de agosto. Ya llegaron al nuevo centro de población quince de los veinte titulares de los derechos ejidales. Todavía no traen a sus familias pues apenas han construido tres casas, pero el pueblo “La Esperanza” ya es una semilla que crece sana y rápido.

– El día que cacé al oso no fue cuando Hilario explicó lo del índice de agostadero– deja la escopeta Israel y toma una taza para que le sirvan café– no oí la explicación porque ese día me tocó traer el agua.
– Pero que susto te dio el oso,– sopla sobre la taza de café hirviente Hilario y toma un pequeño trago– si te alcanza te mata el condenado.
– Fue un pinche tiro de suerte– abre una de las latas de sardinas José Guadalupe y las mezcla con las otras a las que ya añadió la cebolla y los chiles en vinagre previamente picados– nunca pensaste que le habías dado. Si hubieras estado seguro no corres cuando se te viene encima.
–Claro que sabía que estaba muerto,– toma sardinas de la cazuela Israel y las pone sobre unas galletas saladas– lo que pasa es que pensé que podía aplastarme. Venía rodando pendiente abajo muy aprisa.

Todos ríen alegremente. La discusión sobre si Israel sabía que el oso rodaba moribundo ladera abajo o si pensó que enojado lo perseguía, todavía persiste y se cuenta de vez en cuando como anécdota jocosa de aquellos días de grandes sacrificios y trabajos, pero felices. El mes de septiembre, apenas quince días después, empezaron a llegar las quinientas cabezas de ganado hereford. Ninguno de los veinte nuevos ejidatarios imaginaba ese día de agosto que la policía ganadera de la región empezaría a hostigarlos en cuanto el ganado estuviera en sus terrenos. Menos aún sospechaban que prácticamente les arrebatarían el ejido y algunos de ellos se convertirían en peones en sus propias tierras.

– Hilario, diles que ya dejen de joder y vuelve a explicar lo del índice de agostadero– se sienta Israel en un banquito de tres patas y empieza a comerse las sardinas con las galletas saladas.
Hilario esboza su media sonrisa, toma un pan bastante duro, lo parte por medio y prepara una torta de sardinas. Se hace el sordo a la petición de Israel.
– Lo del índice de agostadero es un engaño– apura su café Salomé mientras extraña las tortillas que su mujer echa allá en Castaños– quesque en estos terrenos clasificados como semidesérticos se necesitan cuarenta hectáreas para sostener una cabeza de ganado. Puro cuento para que un cabrón ricacho puede tener hasta veinte mil hectáreas sin que se le llame latifundio.
–Pero a nosotros nos favoreció– rebaña Gabriel la cazuela de sardinas con un trozo de pan– gracias a ese índice nos dotaron de estas veinte mil hectáreas y nos dieron crédito para quinientas cabezas.
– La Reforma Agraria nomás se hace pendeja– cierra la conversación Hilario– ya ven lo que dicen los Sorianos del gringo que tiene algo así como noventa mil hectáreas de este lado del río y eso que la constitución prohíbe propiedades extranjeras en la franja de cincuenta kilómetros a partir de la frontera. Pero vayan terminado de comer. Es tiempo de darle a la chamba.

jueves, 28 de enero de 2010

La Esperanza III, Coahuila (julio de 1975)

Hilario y sus cuatro compañeros has escogido el fondo de un extenso valle para construir el poblado. Las veinte mil hectáreas con las que han dotado su nuevo centro de población, desde el río Bravo hacia el sur, cuentan con buena variedad de terrenos. Hace dos meses, el 23 de mayo exactamente, los veinte beneficiados y el personal técnico de la Secretaría de la Reforma Agraria terminaron de trazar el polígono que abarca las veinte mil hectáreas. Con eso se ejecutó la dotación y ahora esas tierras pasaron de ser propiedad de un gringo cuyo nombre no nos interesa a ser propiedad colectiva de los veinte nuevos ejidatarios que deberán construir su nuevo centro de población. En la resolución presidencial aparece el nombre: "La Esperanza".
Hoy, dos meses después, al pie de una loma que se alza no más de cien metros sobre la llanura que poco a poco se abre en un amplio valle, los cinco nuevos ejidatarios se mueven en torno a dos viejas camionetas pik up. De ellas bajan vigas, láminas corrugadas de cartón y herramientas varias, con lo que van a iniciar la construcción de sus futuras casas.
-Si nos apuramos podremos dormir bajo techo
-Hace calor y no va a llover. Hoy podemos dormir al raso ¿Qué prisa tenemos?
-¡Pásame la barreta! Aquí empiezo a poner el primer poste.
-¡Espérate! Primero vamos a ver dónde y cómo van a estar las casas. Hay que hacer un trazo.
-¡Qué trazo ni qué la chingada! Ya mañana veremos dónde y cómo.
-¡Chíngale y no estés jodiendo!
Minutos después los cinco, sudorosos, trabajan en silencio. Solamente se escuchan el golpear de la barreta y la pala que lanza la tierra.
-Ahí la llevas. Acá hacemos el otro hoyo.
-Allí está bien. Voy yo.
***
Mientras los cinco nuevos ejidatarios comienzan la construcción de su poblado, a unos ochenta kilómetros de donde trabajan, dos policías ganaderos sostienen la siguiente conversación:
-¿Qué piensas de esos nuevos ejidatarios de la Esperanza? ¿Tú crees que nos vayan a estorbar?- dice uno de ellos, conocido como el Ruiz. Flaco, la piel requemada por el sol, el sombrero casi tocando el techo de la camioneta que conduce por la brecha polvorosa e interminable.
-Están bien morros. Ni se van a dar cuenta de lo que hacemos. En todo caso ya verás que al final nos van a ayudar, como los Soriano- afirma entre los bigotes tupidos y largos, pero cuidados, el otro policía.
-No te confíes, Carmelo, están jóvenes pero se ven muy listos.
-¡Bah! Déjalos por mi cuenta.
-Mejor llegando le contamos bien al jefe. Él nos dirá qué hacer.
-Bien, ya déjame dormir un rato.

jueves, 31 de diciembre de 2009

La Esperanza II, Coahuila. En casa de Hilario Zapata (abril de 1971)

La casa es un hogar campesino típico de esas tierras semidesérticas del centro de Coahuila: dos cuartos de adobe cubiertos con láminas de cartón y una techumbre adosada a una de las paredes y protegida por troncos y ramaje, donde se encuentra el fogón de leña.
Ocho campesinos, todos ellos varones de menos de 35 años, están apretadamente sentados en torno a una pequeña mesa rústica. Sobre el comal de barro las tortillas recién echadas dejan escapar un aroma que nos hace salivar cuando entramos sin que nadie nos note. Otra vez Felipe nos ha guiado hasta aquí. Una olla también de barro humea junto al comal en una esquina del fogón; las llamas de la leña lamen sus costados ennegrecidos. Guadalupe, la esposa de Hilario Zapata, coloca unas tortillas en el centro de la mesa, a un lado del molcajete de piedra del cual los comensales toman la salsa de tomate y chile verde.
–Gracias Lupe –dice uno que ya vive en la ciudad. En el campo se come en silencio.
Guadalupe vuelve a llenar la cazuela que está en la mesa con frijoles que toma de la olla del fogón; varios de los presentes se sirven de ella. No hay cubiertos. La madre de Gudalupe y su hermana pequeña, muy diligentes y sin pronunciar palabra, muelen el nixtamal en un artefacto mecánico, ya no en el metate, y hacen las tortillas a mano, produciendo el característico sonido rítmico con sus palmas al dar forma a la masa.
Terminan de comer y alguien dice:
–Entonces qué hacemos, Hilario.
–Ya no hay terrenos para otra ampliación y somos muchos para las pocas tierras de labor que tiene el ejido. Y el agostadero tampoco aguanta más animales.
–Por eso les digo: vamos a ver las llanuras y los montes allá al norte, más adelante de los Soriano. Hay harto terreno. Pancho Soriano me contó que los dueños son gringos. Tienen las tierras abandonadas y llegan hasta el río Bravo. La Constitución dice que los gringos no pueden tener tierras mexicanas antes de 50 kilómetros de la frontera. Seguro nos dan un nuevo centro de población ejidal. Será difícil irse a vivir allá. No hay nada, ni hay nadie, pero vale la pena.
–Y de qué vamos a vivir ¡Carajo!
–No seas miedoso. Con un crédito de Banrural metemos ganado, como los Soriano. También a nosotros nos puede ir bien, pero hay que chambearle duro.
–Yo sí l’entro.
–Pos yo mero también. Y tú, Salomé ¡No te rajes!

Nos costó trabajo seguir la conversación. Se nota que ninguno de ellos va a ser de los nuestros pronto. Es ese canijo de Felipe el que mejor les entiende; a veces hasta nos traduce. De las once personas que estaban bajo la techumbre ninguna notó nuestra presencia.

jueves, 15 de octubre de 2009

La Esperanza I, Coahuila (hacia fines de 1978)

-Profe, en el ejido están muy agradecidos por lo de las setecientas hectáreas. Que a ver cuándo se va comer un mole de olla por allá.
-No te fijes, Hilario, mejor llevame a conocer otros ejidos. Con suerte hasta podemos ayudarles en sus broncas.
Campesino y exprofesor están sentados en una tosca banca de madera que junto con una gran mesa, también de madera apenas labrada y sin barniz, son el único mobiliario de lo que el Profe reporta a su partido como oficina del mismo en Monclova. En un extremo de la mesa está el viejo, viejísimo mimeógrafo en que los obreros de Altos Hornos imprimen "El trabajador de pié", esos volantes que el antes mentor reparte semana a semana a las puertas de la planta uno.
-¡Uh, Profe! Para broncas en un ejido está el mío.
-¿Castaños? qué ¿no acabamos de resolver su bronca?
-No, Profe, yo no soy ejidatario en Castaños. Lo que no le he platicado es que nos dotaron de un nuevo centro de población ejidal. Se llama la Esperanza.
-Ah, chingaos ¿por qué no me habías dicho nada?
-Pues es que el problema está muy cabrón. Nos corrió la policía ganadera. Esos hijos de la chingada primero nos dividieron. Se ganaron con amenazas y corrupción a siete de nosotros y nos sacaron a los otros trece. Usté ya conoce a Salomé, a David y al Israel, los de las aguas a la salida de la planta uno que le presenté el otro día. Ellos también son ejidatarios, de los que no se rajan, pero ya están bien desanimados. No sabemos cómo hacerle pa'regresar.
-A ver, a ver, a ver, ¡cuéntame despacio como está ese asunto! ¿O tienes mucha prisa por irte?

Fue así como el Profe se involucró en el otro gran pleito agrario que su partido daría al norte de Coahuila. Cuando platicó por primera vez con Hilario sobre la Esperanza ya el grupo de "los verdes" se había disuelto y muchos de quienes lo formaron militaban en el partido del Profe. Cada ocho días se reunían, en ese salón que había sido cantina, de seis a nueve obreros de la planta uno de Altos Hornos. La impresión de la hoja volante y su reparto semanal eran cosa hecha. Empezaban a llegar a las reuniones alguno que otro obrero de la planta dos de AHMSA, sección 204 del sindicato minero. La lista fantasma se le perdió al Profe uno o dos meses antes, pero había sido la punta del cordón que lo conectó con algunos ejidos gracias a Luis Zapata. El otro extremo del hilo con que se tejía aquella organización incipiente fueron los periódicos partidarios.

jueves, 30 de julio de 2009

Monclova, Coahuila, II (1979 + -)

El ventilador del techo zumba suavemente y sólo remueve el aire caliente sin refrescar absolutamente nada. Dos obreros risueños y gritones bromean mientras piden otras cuatro cervezas. A la mesa de lámina, con anuncios de Carta Blanca en la cubierta, se sientan dos clientes más: un hombre como de cuarenta años con características indeterminadas, viste como campesino, aunque sus botas no parecen haberlo llevado nunca a trabajos de barbecho; evidentemente no es obrero. Completa el cuarteto alguien de mediana edad; se nota fuerte y ágil; trae un sombrero que aparentemente nunca se quita, dada la forma en que lo porta. Se llama Hilario.
El mesero trae cuatro cervezas y retira los envases de las anteriores. Los clientes toman de su botella y el silencio de hace denso de pronto.
Dejan las bebidas e Hilario comienza a hablar:
-Yo también trabajé en Altos Hornos, pero me salí para ir a nuestro nuevo ejido. Todo para que luego la policía ganadera nos sacara a la mala.
Los otros tres lo escuchan con atención. Sus rostros sudorosos muestran la concentración con que siguen el breve relato de Hilario. El calor aumenta en esa tarde, uno de los oyentes limpia con un paliacate rojo las gotas de sudor que escurren por su cara. Los cuatro saben que pronto brotará la broma.
- A ver ¿De qué nuevo ejido nos hablas?
-Un nuevo centro de población. Veinte mil hectáreas cerriles ya casi pegadas a la frontera. Pueden dar para vivir muy bien.
-No jodas ¿Cuál nuevo centro de población si allá no hay nadie? Por esos desiertos ni los perros cagan.
-Eso crees tú. No llueve mucho pero hasta tenemos bosque. Si no pregúntale a Salomé en lugar de que nada más le compres horchatas cuando sales de la planta.
-¿Y qué tiene que ver Salomé en esto?
-Pos fácil. Él y sus dos hermanos también son ejidataros de allá, igual que yo y el Ismael.
-Pero ¿qué carajos es un nuevo centro de población?
-Ya no chingues, que eso se los explique el Profe como explicó la forma en que recuperamos las setecientas hectáreas en Castaños (aquí la explicación). De plano ustedes parecen niños de segundo de primaria.
-Niños pero cogelones. Tú chúpale a la cerveza que se te va a calentar.
Fue así como la siguiente reunión para redactar "El trabajador de pie", el Profe propuso a los doce obreros presentes:
-Mejor vamos a sacar ahora un volante para apoyar a los compañeros del nuevo centro de población "La Esperanza".
Todos preguntaron qué era eso. Tras la explicación del exmaestro se aprobó hacer el volante sobre el tema.