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jueves, 10 de febrero de 2011

El mimeógrafo de los azules II (Monclova, a mediados de 1979)

Aquel local, a espaldas de la plaza principal de Monclova, mejoró de pronto. Seguía teniendo dos cuartos, uno vacío y el otro con la enorme y tosca mesa y un mimeógrafo. La mejoría fue de este último aparato.
La tarde en que Reynaldo me avisó que Miguel Sepúlveda, representante de los azules, me andaba buscando, nos fuimos a una cantina y entre cerveza y cerveza los mineros me dijeron más o menos lo siguiente: "Miguel no te busca por iniciativa propia, lo manda Napoleón a ver si puede comprarte. Tanto él como Juan Vargas, dirigente de los rojos, nos buscan y nos han querido comprar; nos ofrecen comisiones sindicales o ascensos fuera del escalafón, pero ningún verdes le ha hecho caso. Los blancos son muy prepotentes, creen que ya no necesitan a nadie o será por otra cosa, pero sus dirigentes nunca nos han hablado ni mandado recados. Lo curioso es que nos nos imaginamos qué te pueda ofrecer el Sepúlveda, pues no te va a ofrecer trabajo en la planta y menos puestos sindicales o ascensos. Eso es lo que nos intriga, para qué te quiere. Ya nos contarás".
No tardamos mucho en saberlo. Dos días después Reynaldo me presentó al tal Miguel Sepúlveda y se retiró tranquilamente. Miguel me invitó a tomar un café y en medio de pláticas intrascendentes el jefe de los azules fue mostrando su juego. Su propuesta la resumo así: ellos, los azules, tenían un mimeógrafo moderno que ya no usaban; no les interesaba sacar volantes; "no sirven para nada" dijo; me podía prestar el mimeógrafo para que yo sacara más volantes, a condición que siguiera "echándoles mierda" a los blancos. Claro que todo el tiempo habló de Napoleón Gómez Sada y de todo el apoyo que de él siempre se recibía; me podría conseguir una entrevista con Napoleón en el D.F., el día que yo quisiera.
El anzuelo estaba lanzado. Estaba expuesto en una forma muy tonta; la carnada era el mimeógrafo prestado para ir a ver a Napoleón al D.F. Pensé en robarme la carnada y despreciar el anzuelo, pero tenía que comentar con mis camaradas. Le dije a Miguel que le aceptaba el trato pero que tenía que viajar a Monterrey; regresando me comunicaría con él.
– Ya nos chingamos al pendejo – dijo Reyaldo cuando al día siguiente, en una reunión extraordinaria (que eran las más ordinarias) les conté la entrevista a los diez u once obreros que asistieron al local– Acéptale el mimeógrafo y a ver si lo vuelve a ver.
Dos o tres muchachos de la 288 pusieron débiles reparos: aunque el mimeógrafo no nos lo ofrecía Napoleón recibirlo nos comprometía.
El resto, tanto de la 288 como de la 147, argumentaron más o menos lo siguiente: mentira que recibir el mimeógrafo nos comprometiera con algo; se lo están ofreciendo a un soberano desconocido: el Profe, que oficialmente no tiene nada que ver con obreros sindicalistas de Altos Hornos. Allá su partido (esta parte no me gustó) que será el que no va a cumplir ningún trato –¿o piensas supeditarte, pinche Profe? – dijo alguien. Lo peor es que los azules quieran madrear al Profe –dijeron también y esta parte tampoco me gustó – y recuperar su mimeógrafo, pero en ese caso ya veremos cómo lo defendemos.
Entre risas y bromas quedó claro que nos íbamos a hacer de un excelente mimeógrafo, moderno, automático, que reemplazaría con creces al viejo mimeógrafo de alcohol y seguiríamos con nuestra línea de volantes combativos prero respetosos, sin desviarnos ni un milímetro. Añadieron que Miguel estaba güey, que nosotros "no echábamos mierda" en los volantes.
Loa azules me prestaron el mimeógrafo y lo usamos mucho. Poco antes de que yo dejara Monclova Miguel me anduvo buscando para recuperar el aparato. En previsión de que los azules intentaran recobrarlo por la fuerza, se convirtió en un "mimeógrafo itinerante". Cuando me despedí de Monclova no supe en casa de quién quedó el dichoso aparato y no he vuelo a saber de él.

jueves, 3 de febrero de 2011

El mimeógrafo de los azules I (Monclova, a mediados de 1979)

Apenas cruzó la puerta del local del partido, o de los ex verdes, o de ya no sabíamos bien quién, acostumbrados como estábamos a ni siquiera usar saludo formal, Reynaldo casi gritó alborozado:
– Profe, Profe, Profe, te anda buscando Miguel Sepúlveda , representante de los azules – su voz aparentaba emoción, pero en su ojos brillaba la curiosidad, algo de malicia y mucho de travesura.
Estábamos en el local, en torno a aquella enorme mesa que hasta de cama me había servido, unos diez o doce obreros y yo. Reynaldo llegaba retrasado ese día; los jóvenes de la 288 ya habían empezado a platicar sobre su próximo volante y los tres o cuatro obreros de la 147 escuchaban atentos, con gran interés, listos para opinar. Los muchachos de la 288, con mayor preparación académica, respetaban muchísimo la opinión de los obreros de la Planta Uno, dada la enorme experiencia de lucha sindical de los obreros de más edad.
Las palabras de Reynaldo , que jovialmente interrumpieron la reunión, no molestaron, pero sí causaron enorme expectativa. Todos, menos yo, sabían quién era Miguel Sepúlveda y hasta yo sabía quiénes eran los azules.
– ¿Quién es ese? – le pregunté a Reynaldo – No lo conozco ¿Qué quiere?
– Seguro Napoleón quiere comprarnos. Sólo así entiendo que te mande a los azules.
– Pinche Napoleón. Ya le preocupó lo que estamos haciendo – dijo algún joven de la 288.
– Tranquilos, cabrones – terció Luciano, aquel obrero de la 147, gruísta de primera, que en sus tiempo libres mantenía la arena de lucha libre en el patio de atrás de su casa – Si a mí me hablaran los azules, o los rojos, yo si iría a ver qué chingados quieren.
– Ve a verlo; dice que te tiene una propuesta – Reynaldo se sentó junto a Luciano y le dijo algo en voz baja. Ambos rieron suavemente.
– Sigamos con lo de nuestro volante – cortó alguien.
Le hicimos caso al obrero de la Planta Dos. Se acordó el contenido del volante; tendría que estar mimeografiado para el día siguiente. Mil ejemplares. Pasarían por ellos los del primer turno después de su salida.
Fue entonces cuando Reynaldo volvió a la carga, pero ahora ya serio, casi preocupado.
– ¿Qué le digo a Miguel?
El intercambio de opiniones fue corto. Los cuatro obreros de la 147 me empujaron a que fuera a ver al tal Sepúlveda y averiguara lo qué pretendía. Los muchachos de la Planta Dos se veían desconfiados. Alguno de ellos sugirió que dos o tres me acompañaran.
– Estás güey. Si va uno de nosotros Miguel ya no hablaría a su gusto. O qué ¿no le tienes confianza al Profe?
Todavía insistieron los de la 288; que habría que protegerme, dijeron.
– ¿Protegerlo de qué? ¿De que lo vayan a madrear? ¡Para madrearlo no lo llaman! En cualquier esquina le rajan su madre – dijo Luciano, el luchador.
– Miren cabrones – añadió Reynaldo, y dirigiéndose a mi – Si Napoleón te compra nosotros mismos te madreamos y te mandamos a Monterrey ¡No vuelves a poner un pie en Monclova! Ve solo. Esa cabrón de Miguel no te va a hacer nada.
Se desataron las bromas pero quedó claro que iría solo a ver a los azules. Ya les informaría que quería Miguel Sepúlveda.
Cerramos el local y nos fuimos a una cantina; no todos; sí los de la 147 y sólo uno de los jóvenes de la Planta Dos. Hacía mucho calor.

jueves, 20 de enero de 2011

Azules y rojos, blancos, verdes, etc.

Cuando eramos críos y estudiábamos primaria, por los años de 1950, nos topábamos en el parque público del barrio con una palomilla de "niños bien". Nosotros estudiábamos en la escuela pública y ellos asistían a una escuela de paga, particular, católica, de "riquillos".
Nosotros jugábamos futbol, ellos preferían el basquetbol. Cuando nos retábamos, usando porterías ganábamos muchas veces, en la canasta era casi seguro que perdiéramos. A pesar de nuestra corta edad en el fondo había una rivalidad cuyas causas nos mandaron por caminos divergentes. Pero a los diez u once años, aunque nos burlábamos de los "riquillos" todo lo que podíamos, cuando en su escuela se organizaba lo que llamaban "fiesta atlética" la envidia nos ponía hoscos. Las tres o cuatro semanas que duraba la tal fiesta, a los riquillos no les interesaban nuestros retos y el día en que terminaban las competencias atléticas nos íbamos hasta el edificio de la escuela particular y nos metíamos a sus terrenos deportivos a pesar de la férrea vigilancia que nos lo pretendía impedir. Veíamos con envidia los eventos de atletismo, vibrábamos con el griterío de las graderías y contemplábamos embelesados la premiación el el "podio olímpico". Todas las competencias se desarrollaban entre dos bandos armados al azar, según nos contaban a veces los riquillos del barrio: un bando era azul y el otro rojo. Con esos colores se uniformaban los competidores y ganaba el bando que más puntos acumulara. Al final los triunfadores paseaban por el barrio, en algún carro descubierto, el trofeo que habían conquistado.
Veinticinco años después llegué a Monclova con la encomienda de organizar un partido político naciente. Cando llegué a esa población norteña me impactó la presencia ineludible de los obreros de Altos Hornos, Planta Uno, con más de diez mil trabajadores sindicalizados. Al ir conociendo la lucha obrera de la sección más numerosa del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM) me desconcertó encontrar una enorme similitud entre esa lucha y aquellas "fiestas atléticas" de mi niñez. Cierto que la lucha obrera no se daba en pistas de carreras y fosos de saltos, pero el trofeo era paseado por los ganadores por las calles de la población en camiones descubiertos y los bandos rivales fueron durante más de quince años el de los azules y el de los rojos, con el mismo contenido ideológico que tenían los equipos rojos y azules en la escuela particular del barrio de mi infancia. El trofeo no era un copa, sino la dirección de la Sección 149 del SNTMMSRM. También es cierto que los obreros de base, que contra todo intento de impedirlo desarrollan unos más y otros menos su conciencia de clase, depositaban su voto por una u otra planilla según los ofrecimientos de sus candidatos. Poco a poco se fueron dando cuenta que tales ofrecimientos las direcciones sindicales no pretendía cumplirlos y si lo hacía era por la fuerza de los obreros movilizados por su necesidad y su conciencia.
A principio de la década de los setenta llegaron a Monclova algunos intelectuales que lograron formar un grupo de obreros que se lanzó a la lucha sindical. El grupo eligió para identificarse el color blanco, sin darle ninguna connotación ideológica, pero su discurso era de izquierda; en él se traslucía claramente el pensamiento obrero del marxismo. Obviamente las bases notaron la diferencia y muy pronto los blancos conquistaron la dirección sindical en una fiera lucha ¿Qué pasó después? Seguiremos contando en otra ocasión.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Primero de mayo de 1978

-¿Qué hago viajando en este autobús? - se pregunta el Profe al despertar, con un paquete de cien periódicos sobre las rodillas y una hoja manuscrita en la bolsa de la camisa.
Afuera la carretera se alarga en línea recta apuntando al centro de un macizo montañoso claramente dibujado en el horizonte, allá lejos, levantándose en el aire nítido de una mañana que empieza calurosa.
A los lados de la carretera, una llanura gris amarillenta, salpicada con una vegetación de cactus y agaves, se extiende hasta el horizonte, que forma una línea recta con el cielo azul, sin nubes. Las hojas gris verdosas de la gobernadora, planta típica del desierto coahuilense, no alcanzan a comunicar su color, siempre moribundo, a la llanura desolada. El monótono ronronear del autobús adormece a todos sus ocupantes y la soledad exterior se apodera del ánimo de los viajeros. Ni un poblado se percibe en la inmensidad que abarca la vista. Al frente, sobre la línea del horizonte de aquel páramo, el macizo montañoso parece un pegote grotesco, aplicado al panorama con técnicas tramposas de montaje cinematográfico. La irrealidad aparente del desierto invade el ánimo más templado y la sensibilidad más obtusa. Hace un poco menos de una hora que el Profe abordó el autobús en Saltillo. A las ocho de la mañana el calor no era mucho en "la ciudad del aire acondicionado", como la apodan los regiomontanos, pero luego que el camión enfiló por esta larga vía sin alteraciones que cruza impávida el desierto, la temperatura se elevó rápidamente en el vehículo de segunda clase. Al despertar el Profe siente cómo un sudor pegajoso le brota de todo el cuerpo. Ve las mangas de su camisa manchadas con la tinta de los periódicos que lleva sobre las rodillas. Tras reponerse de la sorpresa que le causó el desierto circundante y remontar la incomodidad de monótono zumbido del autobús y del calor que parece aumentar a ritmo similar al avance del camión, al Profe lo asalta un puñado de preguntas que parecen venidas de alguien ajeno: ¿Qué haces viajando a una ciudad, Monclova, que jamás has visitado? ¿A qué vas en este primero de mayo a un destino bien definido pero absolutamente desconocido? ¿Por qué dejas a tu compañera en Monterrey, si la amas tanto? ¿Cómo te atreves a aventurarte en este viaje con tan sólo unos pocos pesos en la bolsa y un paquete de periódicos que intentan diseminar la ideología de un naciente partido político nacional?
El naciente partido político en que milita el aventurero crece lentamente en los principios de esta administración de un presidente de México que pasará a la historia por haberse definido, ciertamente tiempo después de lo que narramos, como "un perro que defiende al peso con fiereza" ante las monedas extranjeras, cosa que hizo, pero sin éxito.
El Profe se sigue preguntando: ¿Qué haré en Monclova, ciudad eminentemente obrera, con una lista de personas supuestamente luchadores sociales? ¿Qué locura surrealista me ha invadido?
En la lista que tiene el ex maestro no aparecen direcciones ni teléfonos, sólo vagas indicaciones como: maestro de la escuela tal, campesino que lucha por el ejido equis o individuo que vive en la colonia fulanita con el cual platiqué alguna vez en un camión y me manifestó su decisión de mejorar las cosas.
Los cuestionamientos que se hizo el Profe ese día nos los ha platicado muchas veces. Todavía afirma que la cadena de preguntas era más larga y que a ratos le parecía que la locura lo estaba invadiendo con familiar confianza. Ahora sabemos que esa certidumbre no quebrantó su ánimo.

jueves, 27 de mayo de 2010

El Profe y los ex verdes platican (diciembre de 1978)

– Tenemos que hacer algo con lo que dice el periódico de la sección– les dijo el Profe a los once obreros que estaban sentados en las duras bancas, en torno de aquella gran mesa rústica. Bancas, mesa y en uno de sus extremos el viejísimo mimeógrafo de alcohol, era el único mobiliario de aquella supuesta oficina.
– Ya te habíamos dicho que son cosacos. En realidad no defienden nuestros intereses.
– Ahora sí ya te convenciste. Después de haber leído el periódico de ayer ¡Qué bueno que se lo trajiste, Reynaldo!
– Tenían razón. Los blancos defienden más a Altos Hornos que a ustedes los obreros. Lo que me preocupa es que la empresa es de todos y por eso la deben defender.
– Tch ¡No sueñes, Profe! ¡Cuál nuestra ni qué la chingada!
– Pero es una empresa estatal, es de todos, también de ustedes ¡Imagínense que el dueño fuera todavía Harold Pape!
– No mames, Profe. Pura pinche teoría como los cosacos. La planta será muy nuestra en teoría, pero bien que nos chingan, nos explotan, como dicen los blancos, pero no hacen nada para que mejoren nuestros salarios. O las prestaciones, al menos.
No era esa la primera vez que obreros ex verdes y el Profe discutían. Más bien las diferencias de visión eran frecuentes, pero algo había que los mantenía unidos y, sobre todo, hasta ahora siempre habían terminado poniéndose de acuerdo.
Esta vez pasó lo mismo, quince minutos después acordaron insistir en el próximo volante en la necesidad de la unidad y la democracia sindical; no una sin la otra; y duro con la necesidad de que tanto la unidad como la democracia deben estar al servicio de la mejoría de los trabajadores.
Empezó así una laga lucha entre los redactores del periódico de la sección y el grupo de obreros que se reunían cada ocho días con el Profe. No imaginaron los obreros ex verdes, al iniciar el debate, lo que el ejercicio de redactar entre todos los volantes les aportaría. Tampoco sabían que pronto participarían también, en las discusiones y en la redacción de temas, obreros de la sección 248, más jóvenes, con menos experiencia sindical, pero todos con estudios de bachillerato y algunos cursando licenciatura.

jueves, 20 de mayo de 2010

El Profe y Reynaldo platican (diciembre de 1978)

– Ya viste, Profe, lo que andan poniendo en el periódico de la sección.
– A ver. Me han contado mucho del periódico de la sección, pero yo todavía no veo ninguno.
– Quién te manda. Casi no te juntas con nosotros. Si entraras diario a la planta no te perdería ninguno. Pero ahi andas no más en la política. Mira, esta caricatura sí está buena.
– Ya no estés chingando y préstame el periódico. A ver si es tan charro como ustedes dicen.
– Pues mira que no se les nota. Para hablar sí son chingones: que la clase obrera, que el proletariado, que la lucha proletaria, que el devenir histórico (sepa la madre qué es eso). Que la revolución comunista en la Unión Soviética, que el sindicalismo democrático de allá. Al principio también decían que había que tumbar al charro Napoleón. Nooo, si p´hablar sí son chingones ¡Pero hoy sí la regaron! ¡Que no hay que hacer huelga porque vamos a afectar la producción! Pues qué quieren: ¡que en la huelga se produzca más! Esas chingaderas estarán buenas para los japoneses pero a nosotros ¡que no nos salgan con esas mamadas!
– Presta, pues, Reynaldo, deja que yo me entere y no me andes traduciendo los que otros dicen. Si afirmas que hablan del socialismo, de la Unión Soviética, del devenir histórico, aunque no entiendas qué es eso, no te creo que salgan con que no hay que hacer huelga. Que se me hace que eres puro cuento.
–Ten, Profe. Ten para que leas. A poco crees que yo no sé leer. Leele bien, porque tenemos que contestarles. Los volantes que hemos hecho están bien. Casi no los tiran. Pero tenemos que contestarles a estos cosacos que ya nos cansaron. Son charros como los azules o los rojos.

El periódico es un tabloide con cuatro hojas. Buen papel. Buena impresión. Se llama “Sección 147 del SNTMMSRM”. Todos los obreros de Altos Hornos saben que es el periódico oficial también del grupo blanco, que desde hace tiempo tiene el control total de la sección 147. El periódico tiene el mismo nombre que la publicación oficial que daba voz a los charros, ya fueran azules o rojos. El formato, la frecuencia, la regularidad y sobre todo la calidad de los contenidos ha ganado muchísimo desde que el grupo blanco tiene el poder de la sección. Se nota que el consejo de redacción pretende convertir al periódico en un educador proletario, guiado por la ideología que da sustento al mismo grupo blanco. Sin embargo los obreros del grupo verde critican mucho el contenido del periódico, lo comparan a lo que sostenían los charros y dicen que, a pesar de su fraseología socialista, proletaria, en el fondo los del grupo blanco son unos cosacos que defienden a la empresa y no intentan romper con la explotación a la que están sujetos ellos, los obreros de base. El Profe no entiende bien el por qué de tales críticas, por eso está ansioso de conocer directamente el contenido del famoso periódico. Ahora, por fin podrá hacerlo.

jueves, 22 de abril de 2010

El grupo de los Blancos

Me desperté temprano, poco después de las cinco de la mañana, como si me tocara trabajar en el primer turno, pero esta semana me toca en el segundo.
Ayer los rumores eran muy fuertes: vendrían los mineros de Nueva Rosita, Muzquiz y Sabinas comandados por los charros de Napoleón Gómez Sada a tomar el sindicato por la fuerza e imponer a los rojos o a los azules, lo mismo da. Nos costó un chingo sacar a esos charros. Yo era uno de los miedosos que no quería votar por los blancos, quedar registrado y que luego me quitaran el trabajo. No le tengo miedo a los madrazos. El día que nos agarramos rojos contra azules en el auditorio del sindicato –ya ni me acuerdo con quién estaba yo-– no me importó que casi me rompieran el brazo y yo desmayé al Chino al pegarle en la cabeza con la pata de una banca de las muchas que rompimos. No me di cuenta que los soldados no dejaban salir a nadie. Yo andaba en la mera bola, a medio salón, donde nos atizábamos con más gusto. Así es que no le tengo miedo a los madrazos, pero otra cosa es que te corran de Altos Hornos porque no encontrarás ningún otro trabajo ni la mitad de bueno.
Ya me iba a dormir otra vez cuando llegaron por mi. Vinieron Armando y el Chino, sí, al que desmayé de un golpe y que después nos hicimos amigos. Que era segura la llegada de los mineros de Nueva Rosita. Que venían en una hilera de camiones a la que no se le veía fin para tomar el sindicato a como diera lugar. Que no tardaban en llegar.
–Venimos por tí, pinche Luciano, porque sabemos que no te rajas– me dijo el Chino.
Me explicaron que en la noche se habían formado brigadas con diferentes fines. Que a ellos les había tocado estar en las que debían llevar cubetas con gasolina y colocarse en las barricadas que habría en la carretera que viene de Sabinas. Salimos en mi camioneta antes de la seis y tuvimos que pelearnos en la gasolinera porque no querían echar la gasolina en recipiente descubiertos. Total, llegamos al retén cerca de las seis y media de la mañana. Ya estaban las brigadas con bates, palos y estrobos y las brigadas de los que habían atravesado vehículos en la carretera. A nosotros nos tocó a la atura de lo que sería el quinto o sexto camión, según nos dijeron. La espera no se nos hizo larga. A eso de las nueve llegó la choricera de autobuses. Como habíamos acordado, a la puerta de cada camión se amontonaron los de los bates o llaves estilson y nosotros rodeamos el camión.
–Pinche chofer, ni abras la puerta– le gritó bien fuerte el que mandaba nuestra brigada – con uno sólo que baje regamos tu camión con gasolina y lo prendemos. Si bajan algunos ya veremos de a cómo nos toca, pero los que no alcancen a bajar se va a morir chamuscados.
Luego supe que hasta del primer turno salieron muchos y llegaron a apoyarnos. Por eso éramos tantos. Nos la pelaron. Se regresaron todos y salvamos a nuestra dirección sindical, a los del grupo blanco. Blancos de casualidad porque no resultamos blancas palomas. Napoleón todavía debe estar vomitando bilis.

jueves, 21 de enero de 2010

Otro cuaderno de notas. Fecha desconocida.

¿Cómo llegó a nosotros este otro cuaderno de notas? ¡Nadie sabe!, pero lo tenemos a la vista. Con el formato del cuaderno de notas de un diputado. Escrito con la misma o parecida tinta morada. Letra difícil de desentrañar aunque más legible, de alguien más joven, con menos mañas. Pero la letra, nos decimos todos, es similar a la del diputado de 1985. Nos llamó la atención lo siguiente:
“Hoy me corrieron de la planta 2 de Altos Hornos. Nada del otro mundo. La verdad muy corteses los cuates de seguridad que me sacaron. Nada parecido a los de Monterrey o de Saltillo, donde los guardas son brutos y altaneros o hasta golpeadores profesionales. Trato de explicarme por qué la diferencia.
Llevo rato repartiendo volantes a la entrada de la planta 1. La primera vez tenía miedo de que me corrieran. En Monterrey, en Gamesa o en la Fundidora por ejemplo, ni pensar en repartirlos; los de seguridad o los lameculos del propio sindicato te los quitan y te madrean. Aquí, en la planta 1 hasta los que reparten el periódico de la sección me piden volantes.
Con esa experiencia no dudé en ofrecerme para repartir el primero que hicimos para la planta 2. Los obreros de la 288, más jóvenes, parece que tienen miedo a entregarlos. No están tan curtidos en la lucha sindical. Me dijeron que podía ponerlos en los camiones que llevan a la planta.
Con esa información y un paquete de dos mil volantes, hace rato tomé un camión a la planta a 2, lleno de obreros muy jóvenes. Decidí esperar para repartirlos en la puerta de entrada.
Cuando bajamos del camión no había tal puerta, sólo un llano y allá lejos las construcciones de la planta. Empecé a repartir los volantes. Inmediatamente se me acercaron dos guardas y me dijeron:
– ¿Que estás haciendo?
–Reparto volantes ¿Qué no ven?
–Tu credencial de obrero.
–No soy obrero, reparto volantes.
–Pues estás en la fábrica y no está permitido repartir volantes adentro. Además entraste sin permiso.
–¡Ah, carajo! ¿Cómo que estoy dentro de la planta?
Mi cara de pasmo debe haber sido de risa. Me dejaron ver a mi alrededor: la planta frente a mí, rodeada de un amplio llano circulado por una malla ciclónica y como a cien metros la puerta también de malla.
–Pues no sabía ¡Ya me voy!
–Vente, te acompañamos– y platicando entre ellos me acompañaron, por una vereda entre la hierba, hasta la salida.
Me fui y los guardias ni adiós dijeron. No me quitaron los volantes. Tampoco me pidieron uno. Me regresé a escribir esto. En la tarde, cuando vengan los de la 2 les preguntaré qué pasó. Seguro se van a reír de mí.

jueves, 7 de enero de 2010

El camino hacia el grupo de los verdes III, Monclova Coahuila (entre fines de julio y fines de septiembre de 1978)

Fue tu primera reunión con un grupo de obreros experimentados en lucha sindical. Fernando Cublero te dio la dirección de Juan Manuel López Alarcón, obrero de tercera generación, de unos cincuenta años y el más influyente del grupo. Aunque no ocupó ningún cargo en la planilla que los verdes presentaron en las elecciones más recientes, él era quien en realidad los dirigía.
La reunión fue en su hogar. Te sorprendió la casa de Juan Manuel. Grande, mucho más antigua, sólida y bien distribuida que las del INFONAVIT que conociste en Monterrey. Buen mobiliario, limpia, bien ordenada, para ti una casa típica de clase media. Meses después aprendiste que muchos obreros tenían casas como la de López Alarcón y comprendiste lo que hacía poco te había dicho un dirigente de tu partido: “Proletarizar a los campesinos es lograr que mejoren su nivel de vida”.
Asistieron a esa primera reunión doce obreros. Oyeron respetuosamente tu invitación a formar un partido político nuevo, con base primordialmente obrera, pero notaste que no les interesaba ese asunto. Su interés evidentemente era la lucha sindical, en el seno de Altos Hornos Planta I y como miembros de la sección 147 del SNTMMSRM.
Por suerte tu partido te había dotado de buenas armas para el trabajo político y cambiando estrategia les dijiste:
–El partido es una herramienta para que ustedes puedan dar su lucha en mejores condiciones.
Aún ahora suponemos que esa frase fue la que logró que algunos de los presentes decidieran empezar a trabajar contigo, pues comprendieron que la brega sindical gana cuando se convierte en contienda popular o se cobija con ella.
Todavía tuviste tres o cuatro reuniones más en casa de Juan Manuel, que poco a poco fue perdiendo interés en su relación contigo. Cuando las reuniones se movieron a la excantina del centro, sin muebles –ni una sola silla–, con un piso todavía con capas petrificadas de lodo, López Alarcón sólo fue una vez y no regresó a ninguna otra reunión. Pero seis de los que habían sido de su grupo decidieron continuar su lucha sindical haciendo un volante periódico –inicialmente se pensó semanal– que tú empezaste a imprimir en Saltillo y a repartir, en octubre, en la puerta uno de Altos Hornos de México, S.A.

jueves, 17 de diciembre de 2009

El camino hacia el grupo de los verdes II, Monclova Coahuila (julio o agosto de 1978)

La lista fantasma se está desbaratando en tus manos. Tanto has desdoblado, doblado, leído y consultado esa hoja de papel revolución. Estás cansado de no avanzar en la construcción de tu partido; sobre todo de no hacerlo entre el proletariado de Monclova. Para eso te comisionaron a esta ciudad eminentemente obrera.
Todavía vives en esa posada de mala muerte, pagando treinta pesos por noche que con dificultad obtienes vendiendo periódicos de tu partido. De algo más te ha servido venderlos. En la lista que se hace polvo tienes un nuevo nombre que tú mismo has escrito: Fernando Cublero. Aquellos obreros cuyo rostro y nombres ya olvidaste te hablaron mucho de él. Se hace presente en toda lucha obrera o sindical y hasta en las luchas populares como la que el propio grupo de los blancos encabezó para detener el alza en las tarifas del trasporte urbano. No te dieron direcciones o teléfonos para localizarlo, pero te aseguraron que, si preguntas, cualquiera te puede ayudar a dar con él.
Qué bueno que te decidiste y empezaste a preguntar, aunque fuera en el local de los azules, charros como los que más. Efectivamente ellos también lo conocían y te concertaron una cita con Fernando en el restaurante del mejor hotel de la ciudad, por cierto nada del otro mundo.
Le hablaste de tu partido y mostró mucho interés. No entendemos cómo no te das cuenta que te quiere sacar la mayor cantidad de información posible. Claro está que sabe bien, o supone, que para lograrlo debe darte algo y así te ha empezado a contar cómo fue que el grupo blanco llegó al poder. Afirma tener información de primera mano totalmente respaldada en documentos originales. Desde hace años te han interesado los movimientos obreros, tú mismo has querido ser obrero, así es que también le respondes a Fernando mostrando un auténtico interés por todo lo que te va contando.
Ahora vemos claro y entendemos como nació esa relación a través de la cual conociste mucho de las luchas proletarias de ese centro obrero tan especial en todo México. Cuando años después estuviste en Villahermosa, Tabasco, tratando de construir tu partido entre los petroleros, notaste que ni siquiera en ese estado sureño había una conciencia sindical generalizada como en Monclova, a pesar de la fama y el real movimiento obrero de petroleros que existía en ese estado.
Nos urge que nos cuentes más sobre ese tema y no sobre una mesa que te servía de cama en una excantina que poco le faltaba para que se derrumbara.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Recordando un noviembre de 1978 en Monclova Coahuila (actualmente)

Una mesa, sí una mesa muy grande, más de tres metros de largo. Nunca la medí, pero era de más de tres metros. Tenía al menos un metro veinte centímetros de ancho. Casi tan ancha como una cama matrimonial. Recuerdo que ese día hacía frío cuando me desperté. Sí, sí, claro, dormía en la mesa, no había casi nada más en esas "oficinas".
El local había sido cantina, según me dijeron los del grupo verde, que fueron los que pusieron el dinero para el depósito y un mes de renta.
La construcción estaba en muy mal estado. No contaba con agua ni con luz eléctrica. El agua la conectamos a los pocos días como si fuéramos piratas. Por cierto lo de piratas casi no se usaba en aquellos tiempos, todavía sin computadoras ni estos avances electrónicos actuales con que se piratean música, películas y hasta libros.
La excantina, dos cuartos, uno de casi tres metros de largo y el otro de cuatro, separados por un portal de pared a pared, tenía los muros descascarados y el techo de vigas mostraba lugares donde parecía que las goteras serían enormes. Capas de lodo seco y endurecido cubrían el piso y sobre ellas había más capas de polvo acumulado durante los años en que el local no se había usado. Menos mal que el mingitorio funcionaba y ya no apestaba como suelen oler los orinales en las cantinas, que en aquel entonces y en Monclova tenían prohibidísima la entrada a mujeres.
Pero estaba hablando de la mesa de la que me levanté aquel día. La habían traído los verdes. La tomaron de no se qué oficina sindical. No recuerdo si de la de la sección 147 o de las oficinas que Napoleón les montaba a “sus grupos”, fueran azules o rojos.
Tras despertarme y bajar de la mesa me senté en una de las cuatro bancas corridas también conquistadas por los verdes. Contemplé con orgullo, en el otro extremo de la mesa, el viejo mimeógrafo de alcohol (tendría que aprender a usarlo) igualmente aportado por el grupo. Había sido una suerte contactarlo. Lo que me parecía curioso era que Fernando Cublero, que fue quien me dio las señas para que localizara al grupo verde, no se apareciera nunca con ellos, sino un poco antes o después y que no hubiera cooperado en nada para montar la oficina. No teníamos claro si aquello era local oficial de los verdes o local de mi partido que empezaba a formarse en la ciudad. Al menos yo me hacía ilusión de tener por fin una oficina partidaria. El tiempo aclaró las cosas cuando en la excantina empezaron las reuniones de campesinos y de obreros de la sección 288, además de otros de la sección 147 que no habían sido verdes. Poco tiempo después de rentar el local el grupo de los verdes dejó de identificarse con ese nombre. Mis ilusiones me hacen pensar que se sintieron militantes del partido y aunque se interesaron poco por la política general, en torno a esa mesa se hacía una gran actividad de política sindical. Desde esas “oficinas” el grupo de obreros de la planta dos de Altos Hornos, pertenecientes a la sección 288 del Sindicato Minero Metalúrgico (SNTMMSRM) empujaron decididos aquella famosa huelga de los 21 días en contra de todas las fuerzas que se le oponían. Junto con una muy amplia base obrera no organizada formalmente se lograron mejoras en el contrato colectivo, a pesar de la empresa, de la dirección nacional del propio sindicato y de los charros locales que dirigían la sección a las ordenes de Napoleón.

–Está bien. Ya párale. La verdad es que tus recuerdos están muy confusos. Ponles un poco de orden antes de seguirnos contando. De por sí entre nosotros no sabemos quién es el narrador de lo que escribimos y todavía tú llegas de no se sabe dónde a poner más confusión. Platica con Felipe Gómez. Él tiene sus recuerdos más ordenados. Y no vengas a meter más caos en lo que ya está muy enmarañado.

jueves, 5 de noviembre de 2009

El camino hacia el grupo de los verdes I, Monclova Coahuila ( julio o agosto de 1978 )

-Hey, tú. Dame tres periódicos ... ¿Cuánto es?
-Son nueve pesos.
-Están baratos. Siéntate. Échate una cerveza ... mesero: otra ronda igual y lo que te pida el que acaba de llegar.
-Y hora ¿qué te pasa? Andas muy disparador.
-Tsch, ¡oh!, me pagaron mis hora extras. Hay lana.
-Este cabrón se quedó el lunes turno y medio más. Está bien loco. Si no te cuidas al rato te va a pasar un accidente.
-El cabrón del Mollejas quería que me quedara todo el turno, pero ya no aguantaba, aunque en el anterior me eché una pestañita.
-¿Tú crees? Se subió a la grúa y se escondió detrás de mi asiento; se durmió como hora y media ¡Menos mal que no subió el supervisor!
-¿Y quién es el supervisor de ese turno? No me vas a decir que también es el Mollejas.
-El otro día contaste por qué le dicen Mollejas, pero ya no me acuerdo.
-Le decimos Mollejas desde el día que se tragó tantas que se enfermó. El supervisor del turno anterior es el tal Claudio, del que platicamos la otra vez. Es cabrón el vato.
-Pero ésperate. Que hable aquí el que acaba de llegar ¿De dónde sacas estos periódicos?
-Los mandan desde México. Son del partido donde milito. Voy por ellos cada quince días a Saltillo.
-¿En qué departamento trabajas? Nunca te he visto en la planta.
-¿Qué es eso de departamento? No, no trabajo en Altos Hornos. Soy militante de tiempo competo en mi partido.
-A ver, a ver, a ver. Departamentos hablamos de Altos Hornos: laminado en frío o en caliente, BOF, mantenimiento, el que sea.
-Espérate, güey, si no trabaja en Altos Hornos eso no importa ¿Cómo que eres militante de tiempo completo en un partido?
-¡Cómo los delegados sindicales! Pendejo.
- No, espérense. Hace dos años empezamos a construir el partido en Nuevo León. Yo llegué aqui hace un mes.
-Y ¿qué pinche partidito es ese? ¿Es éste que aparece en el encabezado del periódico? Yo nunca lo he oído nombrar.
-Ya bájenle, pa'qué chingaos hablamos de política ¡Ya tómenle! ¡Salud!

Así siguió la plática entre los cinco obreros de Altos Hornos y el Profe, invitado por uno de ellos. Estuvieron tomando por más de una hora y media. A pesar de dos que no querían hablar mucho de política, los problemas sindicales, salariales y de seguridad en el trabajo abundaron durante ese tiempo. El Profe intentó interesar a algunos en la organización partidaria, pero en esa hora y media de conversación únicamente sacó en claro un nombre: Fernando Cublero, grillo de todas las batallas. Viéndolo a él se podría poner en contacto con todos los grupos que luchaban dentro de Altos Hornos, según le dijeron. Ni de lejos sopechó el Profe esa tarde que el tal Fernando Cublero era un oreja de Gobernación, o lo que es lo mismo, la policía política de aquel entonces.

jueves, 22 de octubre de 2009

Los periodistas. Entrevista publicada en un suplemento del periódico "El Día" (época actual)

Nos encontramos una interesante entrevista publicada en un suplemento del periódico "El Día" fechada en los inicios de la década de 1970. Días antes el señor Lino Alarcón Valdepeñas había sido ungido como secretario general de la sección 147 del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM), que agrupa a los obreros de la planta 1 de Altos Hornos de México, en Monclova Coahuila. En ocasión de su visita a Napoleón Gómez Sada fue entrevistado en el Hotel Minero -ahora Hotel Napoleón- sito en la calle de Monte Albán 71, en la colonia Narvante del D.F. He aquí parte de la entrevista:

Periodista: ¿Cómo fue que llegó usted a la secretaría de la sección más grande de Sindicato Nacional Minero?
Lino Alarcón Valdepeñas: Con el apoyo de la base obrera. Las reivindicaciones sindicales y nuestras propuestas para la próxima revisión del contrato colectivo de trabajo lograron la simpatía de los 8, 437 sindicalizados de Altos Hornos de México, planta uno.
Periodista: Se dice por ahí que el apoyo de don Napoleón Gómez Sada fue determinante para que usted alcanzara la secretaría.
LAV: ¡Claro que yo me llevo muy bien con don Napoleón! pero, mire, jovencito, eso no tiene nada que ver con que yo haya ganado. Usted sabe muy bien que fuimos dos candidatos los que peleamos la secretaría: nosotros, los azules y Héctor Gaytán Cuéllar propuesto por la planilla roja. Hubo campaña y nosotros ganamos en votación abierta.
Periodista: las votaciones ...
LAV: Sí, sí, las votaciones son abiertas, a las puertas de la planta. Usted sabe: se ponen las dos urnas, la roja y la azul y cada obrero se forma frente a la que eligió, presenta su credencial del sindicato y sólo así puede depositar su voto en la urna, después que los delegados de cada planilla revisan las credenciales y se aseguran que el dueño no ha votado antes. No puede haber trampas. Ganamos con un pequeño margen, pero ganamos claramente.
Periodista: ¿Y el color de la planilla? Una azul y otra roja ¿Esos colores tienen alguna connotación ideológica? El azul nos recuerda al PAN y el rojo a los comunistas.
LAV:¡Ah, qué muchacho! ¿Cómo cree eso? Entonces cuando hace poco hubo una planilla amarilla ¿esa era de los chinos?

Armamos una tremenda discusión. Algunos de nosotros no querían creer lo que leyeron en el periódico. Dijeron que era una vacilada ¿Votaciones abiertas? ¿qué, el voto no debe ser secreto? No nos creían a los que mucha veces presenciamos aquellas votaciones y les dijimos que esa era la costumbre. Si no hubiera sido que tanto la planilla roja como la azul estaban formadas por obreros controlados por Napoleón hubiera sido suicida votar así, públicamente, en contra de los charros eternos. Y lo de los colores, se rieron mucho, pero es verdad, tanto rojos como azules lo eran casi casualmente. Hubieran podido ser cafés o anaranjados. Al poco tiempo, sólo unos pocos años después, hubo una famosa planilla blanca. Esperemos que alguno de nosotros nos pueda narrar algo sobre ella. Vamos a buscar a ver si encontramos algo escrito de esa planilla.

jueves, 8 de octubre de 2009

Monclova, Coahuila IV, (junio de 1978)

Hace dos meses llegaste a Monclova con no más de ciento cincuenta pesos en la bolsa y un paquete de periódicos del partido en que militas.
Traes una orden no escrita: debes construir el partido en esa ciudad eminentemente obrera.
Nada tienes más, según dices.
No mientas. También tienes una lisa valiosa de contactos: nombres de diversos luchadores sociales. Alguien conoció a los dueños de esos nombres. Son hombres y mujeres que participan o dirigen luchas populares. Cuatro o cinco son maestros, seis son mujeres, en total diez y siete seguros futuros militantes de tu partido. No sabemos cómo se elaboró la lista, pero te será un instrumento muy útil. Tú tienes que buscar a esos elementos: viven en tal dirección; participan en la lucha de tal colonia popular; trabajan en tal escuela o son activistas sindicales.
Sabemos que en dos meses los nombres escritos en esa hoja ya te han servido. Contactaste al tal grupo de "los verdes". Localizaste a Luis Zapata; ya nos contarás cómo diste con él. No te quejes. Vienes de Nuevo León, donde costruíste tu partido exitosamente en ejidos, con solicitantes de tierras y con talladores de ixtle. Sabes de luchas agrarias. Ahora date a la tarea de contactar campesinos, que también debe haberlos aunque los alrededores de Monclova sean semidesérticos.
¡Y no andes llorando como niño desamparado!

La lista fantasma. Monclova, Coahuila V (junio de 1978)

Sí, sí, ¡claro! Ustedes me dicen que esa lista me da todo hecho: "Diez y siete extraordinarios luchadores sociales". "Uniendo las luchas del pueblo podrás hacer el partido".
Pero todos los nombres que traigo en esa hoja de papel revolución escrita a mano pertenecen a fantasmas: espíritus burlones, ectoplasmas chaqueteros, mujeres inexistentes de belleza fantasmal.
Por ejemplo, tres de los maestros de la lista: ninguno trabaja en la escuela donde debería laborar según dice este papel. A uno de ellos ni siquiera lo conocen. Los otros dos no dan clase ni asisten a las aulas, porque son "comisionados sindicales". Fui al SNTE, aunque sea priísta. Pregunté por los tres y sólo recibí sonrisas despectivas. Ni por el local sindical se dan la vuelta los "grandes luchadores sociales". Alguien a mis espaldas murmuró "pinches aviadores" ¿Para qué buscarlos más?
De las seis mujeres de la lista tampoco he encontrado a ninguna. Seguramente sus nombres, si son reales, pertenencen a mujeres atractivas con las que mis compañeros de partido estuvieron coqueteando con pretexto de luchas populares. Dos de ellas tienen números de teléfono inexistentes: se los dieron gentilmente a quienes las acosaban con pretextos izquierdistas. Otras dos no viven ni son conocidas en las direcciones que proporcionaron. La tienda donde trabaja la quinta no he podido localizarla. La sexta, también maestra, no he tenido tiempo de buscarla; tal vez no sea fantasma como los ocho que ya se esfumaron.
Al grupo de "los verdes" lo contacté gracias a los periódicos del partido; ninguno de ellos estaba en la lista. Los diez y siete nombres no sólo se están borrando en una hoja de papel largamente manoseada. Sus dueños se diluyen en la nada volviendo a la lista cada vez más fantasmal.
Sólo Luis Zapata se ha materializado. Según la lista es dirigente de una colonia popular. Eso resultó otra mentira: es obrero de primera generación. Su padre y su hermano mayor son ejidatarios con fuerte tradición de lucha agraria. Como tercer hijo de ejidatario sabe que no será quien herede ni terrenos ni derechos ejidales y tampoco alcanzó lugar en el nuevo centro de población "La Esperanza" que conquistó su hermano, por eso buscó y consiguió trabajo en Altos Hornos. Lo localicé hace apenas unos cuantos días. Me voy a dormir. Ya me estoy cansando de perseguir fantasmas durante las cinco o seis semanas que ando por aquí.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Monclova, Coahuila III, (mayo de 1978)

La cantina está llena de gente. Los ventiladores del techo sólo remueven, sin refrescar, el aire denso y caliente. La humedad parece que brota de los cuerpos sanos y fuertes de la clientela compuesta exclusivamente por varones.
Con gusto me tomaría dos o tres cervezas más, pero es mejor que cuide el dinero.
Me levanto. Tomo el paquete de periódicos. El sudor no sólo moja mi camisa, también humedece las hojas, que se adhieren a mis manos. Mis dedos se manchan con la tinta remojada.
Aún así ofrezco el periódico a los tres obreros que están en la mesa vecina. Lo hago ya sin tanto miedo. No me sorprende que me compren dos, aunque estén sudados.
Digo obreros porque ahora estoy seguro que la mayoría lo son. Además sus ropas los delatan; todas son grisáceas, como percudidas, aunque algunas se notan recién lavadas. Las otras ¡puf!
La cantina es chica, unas seis o siete mesas. Camino unos pocos pasos y al salir ya vendí unos diez periódicos. A tres pesos cada uno. Ya tengo los treinta pesos para pagar la posada esta noche.
Todavía no entiendo por qué me compran aquí tantos periódicos. Antier en la noche, al llegar a Monclova vendí treinta y ocho en un ratito. "Es primero de mayo" pensé. Pero ayer vendí casi los mismos y seguramente, aunque sea de noche, hoy termino de vender los cien que traje de Saltillo.
En eso me ha ido bien, pero de la lista que traigo no he encontrado a nadie. Mientras no me pase lo que cuenta Pedro Ruiz de aquel pueblo de Michoacán. Pero ahorita hay que talonearle; ya habrá tiempo para contar anécdotas.

jueves, 30 de julio de 2009

Monclova, Coahuila, II (1979 + -)

El ventilador del techo zumba suavemente y sólo remueve el aire caliente sin refrescar absolutamente nada. Dos obreros risueños y gritones bromean mientras piden otras cuatro cervezas. A la mesa de lámina, con anuncios de Carta Blanca en la cubierta, se sientan dos clientes más: un hombre como de cuarenta años con características indeterminadas, viste como campesino, aunque sus botas no parecen haberlo llevado nunca a trabajos de barbecho; evidentemente no es obrero. Completa el cuarteto alguien de mediana edad; se nota fuerte y ágil; trae un sombrero que aparentemente nunca se quita, dada la forma en que lo porta. Se llama Hilario.
El mesero trae cuatro cervezas y retira los envases de las anteriores. Los clientes toman de su botella y el silencio de hace denso de pronto.
Dejan las bebidas e Hilario comienza a hablar:
-Yo también trabajé en Altos Hornos, pero me salí para ir a nuestro nuevo ejido. Todo para que luego la policía ganadera nos sacara a la mala.
Los otros tres lo escuchan con atención. Sus rostros sudorosos muestran la concentración con que siguen el breve relato de Hilario. El calor aumenta en esa tarde, uno de los oyentes limpia con un paliacate rojo las gotas de sudor que escurren por su cara. Los cuatro saben que pronto brotará la broma.
- A ver ¿De qué nuevo ejido nos hablas?
-Un nuevo centro de población. Veinte mil hectáreas cerriles ya casi pegadas a la frontera. Pueden dar para vivir muy bien.
-No jodas ¿Cuál nuevo centro de población si allá no hay nadie? Por esos desiertos ni los perros cagan.
-Eso crees tú. No llueve mucho pero hasta tenemos bosque. Si no pregúntale a Salomé en lugar de que nada más le compres horchatas cuando sales de la planta.
-¿Y qué tiene que ver Salomé en esto?
-Pos fácil. Él y sus dos hermanos también son ejidataros de allá, igual que yo y el Ismael.
-Pero ¿qué carajos es un nuevo centro de población?
-Ya no chingues, que eso se los explique el Profe como explicó la forma en que recuperamos las setecientas hectáreas en Castaños (aquí la explicación). De plano ustedes parecen niños de segundo de primaria.
-Niños pero cogelones. Tú chúpale a la cerveza que se te va a calentar.
Fue así como la siguiente reunión para redactar "El trabajador de pie", el Profe propuso a los doce obreros presentes:
-Mejor vamos a sacar ahora un volante para apoyar a los compañeros del nuevo centro de población "La Esperanza".
Todos preguntaron qué era eso. Tras la explicación del exmaestro se aprobó hacer el volante sobre el tema.

jueves, 9 de julio de 2009

Comentario a la entrada anterior

El comentario que aparece en esta entrada se hizo a la entrada anterior.
Actualizaciones posteriores obligaron esta nota.

Altos Hornos, planta uno. Monclova, Coahuila I (octubre de 1978)

Estás parado a la entrada de un largo túnel -cuarenta metros, tal vez-. Hace frío, tus dedos agarrotados se aferran al paquete de dos mil hojas mimeografiadas, como si los volantes fueran un soporte confiable. Te asusta el torrente de obreros, envueltos en sus gruesas y toscas chamarras, que descienden apresuradamente de la larga fila de camiones que se alínean al bordo de la banqueta. El alud humano parece que va a barrerte.

-Tum, tum, tum.

"¿Me irán a correr?" piensas asustado "¿Alguien me dirá, con malos modos, que ahí no se puede repartir propaganda política?"

-Tum, tum, tum

El alud se disuelve a tus costados. Nadie te habla, nadie te toca pero muchos se te acercan. La penumbra del amanecer que todavía no comienza a las 6:35 de ese otoño en Monclova apenas te permite entrever la manos callosas que delicadamente se llevan uno a uno los volantes. No tienes que repartirlos. Al paso, que es rápido, cientos de obreros toman sus volantes. Mientras tú entregas uno, otros diez se van solos.

En menos de quince minutos se acabó el paquete. No fuiste agredido, no fuiste empujado, no fuiste interrogado. No viste rostros, sólo fue un torbellino. No viste sonrisas, ni enojos, ni sentiste emoción entre quienes tomaron las hojas.

Ya sin volantes y sin los temores iniciales empiezas a observar tu entorno. Siguen llegando multitud de obreros, ahora con un poco más de prisa. Sólo ves rostros concentrados, algunos somnolientos, muy pocos sonrientes. La mayoría parecen sombras que pasan veloces junto a ti. Pocos se saludan, tienen que llegar a tiempo para checar su tarjeta.

Poco a poco empiezas a ver detalles. Hay otras seis personas repartiendo propaganda: hojas un cuarto de carta, volantes media carta, un periódico doble carta con seis folios y otros impresos del tamaño de las que te arrebataron. Notas que a todos los que traen propaganda se las quitan como a ti. Algunos, al entrar al túnel ya llevan cinco o seis impresos en sus manos.

El flujo de obreros disminuye, son pocos los que llegan, algunos corriendo y, de pronto, del túnel empiezan a regresar los miles que acaban de entrar.

No puede ser.

Pronto te das cuenta que son los que salen del turno de la noche. Cansados, a paso lento, pero con más bulla, salen platicando, riéndose, empujando. Ya nadie reparte propaganda, pero muchos la traen, la leen, la comentan, se paran a platicar en la banqueta. Han aparecido nuevos elementos: dos o tres personajes siniestros, que sacan gruesos fajos de billetes al tiempo que se les acercan algunos obreros entre los que reparten algo de ese dinero. Poco a poco la luz del amanecer te permite ver mejor el panorama.

Estás cansado, aunque el motivo son más bien tus emociones. Subes a un camión rodeado de obreros sanos, fuertes, toscos, todos con ropas de un vago color gris, polvoso; platican y ríen, otros empiezan a dormitar en el camión. Sólo piensas: "¡Qué fácil es repartir volantes en este punto! ¿Servirá de algo hacerlo?"