jueves 1 de marzo de 2012

El trabajo del mes

Después de haber leído “Retornamos como sombras” que comenté en la entrada anterior, compré dos libros reportados como novelas de la Revolución Mexicana: “El luto humano”, de José Revueltas y “Tomochic” de Heriberto Frías. El libro de éste último resultó no ser de la revolución, sino bastante anterior, pues trata de un suceso real sucedido en 1892, el exterminio de un pueblo en la sierra de Chihuahua por el ejército porfirista, dieciocho años antes de que iniciara el levantamiento de Madero. “El luto humano” es una novela que me parece muy buena: bien escrita y capaz de provocar sentimientos profundos, aunque la mayoría depresivos. Sí habla de la revolución, trata algo de sus orígenes, tiene dos personajes que intervinieron en ella y narra el establecimiento de un distrito de riego, resultado de la lucha, que termina fracasando.
¿Por qué leer novelas de la revolución? Aunque el libro que pretendo escribir no trata principalmente de ella, sí tiene su arranque ahí, al menos en lo que hasta ahora he escrito. Es interesante para mi notar que no comparto toda la visión que José Revueltas plasma en “El luto humano” sobre la Revolución Mexicana y desde luego mi visión está más alejada de la que expone Mariano Azuela en “Los de abajo”. El movimiento revolucionario fue muy complejo y más complejas sus secuelas. Durante todo el siglo veinte, en las diferentes etapas de la revolución, sucedieron muchas cosas y  al leer los libros que cito, me doy cuenta que mi narración tambén está apegada a lo que seguramente sintieron y vivieron muchos de los simples soldados que pelearon en las filas revolucionarias, sobre todo en las de Pancho Villa, y siguieron posteriormente sus vidas guiados por los principios revolucionarios que los llevaron a ingresar a la lucha desde temprana hora.
Tengo que seguir leyendo a otros autores que me sirvan de contrapunto para aquilatar si lo que he escrito es suficiente, si tengo que cambiar algo o mucho o si tengo que escribir más sobre el tema y por que derroteros.

jueves 2 de febrero de 2012

¿Epígrafes?

Inicié el año empujado a una gran actividad. Las locas circunstancias que no planean agruparse en tal o cual forma, pero que siempre se juntan, formando con frecuencia escenarios caprichosos lo hicieron alegremente.
En el mes de enero sólo avancé, en los trabajos de este blog, releyendo una novela que está confeccionada en base a retazos. La busqué expresamente recordando su estructura. La escribió Paco Ignacio Taibo II, el autor del que, creo, he leído más libros. Me dio pistas para despegar ¿Tendré las alas necesaria para ello?
Transcribo algunos párrafos de la citada novela, cuyo título es “Retornamos como sombras”:
“Supongo que con materiales como estos nadie se atrevería a hacer una novela” Nota de Alberto Verdugo, uno de los personajes en los epílogos de la obra.
“Sean narrables o no, las cosas que he contado más o menos sucedieron. Más o menos dejaron heridas. Hay algunos vivos y muertos por ahí que pueden atestiguarlo” Ibídem.
Cualquiera de los párrafos citados bien podría ser el epígrafe para los escritos de este blog, si la retacería se pudiera convertir en libro.
Pero también podría recurrir a las siguientes líneas: “La novela, como la realidad real, como las historias que todos sabemos y como las historias que siempre nos suceden, está llena de paréntesis, agujeros, elipsis que bailan saltando de un lado a otro sin quererse concretar, sin voluntad de explicarse."
O finalmente estas otras: “Los historiadores amateurs no tenemos la posibilidad de contar algunas historias, rozan con demasiada frecuencia el terreno de los increíble. Son por tanto fragmentos de la única historia real, la memoria colectiva de los que no leen los libros de historia."
Paco Ignacio Taibo II, Retornamos como Sombras

jueves 5 de enero de 2012

Reportando

¿Podrán los escritos que aparecen en este blog convertirse en un solo, con cierta lógica interna y unidad argumental o de otro tipo? Eso deseo y en eso voy a trabajar durante este año 2012.
No sé si lo logre en estos siguientes poco más de trescientos días. Lo que sí quiero hacer este año es redondear cada una de las historias que aquí han ido apareciendo, dándoles algo parecido a un final, aunque sea muy abierto. En todos los temas que he tratado tendré que trabajar mucho para alcanzar esa meta. Eso es lo que me propongo lograr para el próximo diciembre. Ya con eso hecho espero poder darle alguna unidad a las historias narradas, pero eso no creo hacerlo en este año.
Todavía no decido si lo que escriba en adelante lo publicaré periódicamente en este blog. Al menos el primer jueves de febrero volveré a escribir en él.

jueves 1 de diciembre de 2011

Trabajos en noviembre

Han pasado tres semanas sin escribir en este blog, pero he trabajado más de treinta horas con los ciento y tantos escritos que aquí aparecen. Decidí clasificarlos por temas similares y tengo ocho grupos: en el primero he colocado los escritos que hablan de obreros industriales y sindicatos de Monclova Coahuila; en el segundo grupo he alojado lo referente a ejidos y campesinos de Coahuila, sobre todo los que tratan del nuevo centro de población “La Esperanza”; el tercero agrupa las narraciones sobre la construcción de un nuevo partido nacional en el estado de Nuevo León; en el cuarto apartado he clasificado temas de campesinos y ejidos en el Valle del Mezquital y otros lugares del estado de Hidalgo; un quinto grupo, muy pequeño, está formado por narraciones sobre ejidos actualmente; como sexto tema están agrupadas las batallas electorales y en el séptimo grupo he colocado todo lo referente a los personajes que actuaron en la etapa armada de la revolución mexicana. Quedaban sin lugar especial una buena serie de escritos, la mayoría de ellos consistentes en reflexiones de los narradores de las historias y otros más de un supuesto editor, tal vez alguno más que no encontró lugar en ninguno de los siete primeros temas, todos ellos forman el octavo grupo. Aún no termino de clasificar los ciento y tantos escritos, pero me falta poco para terminar esa labor. Sé que todos los temas están inconclusos; tal vez el siguiente trabajo consistirá en buscar cómo terminarlos. Lo que siga queda muy lejos para hablar de ello. Pero ya llegará el tiempo.
Seguiré reportando lo que vaya haciendo con los escritos de este blog. Publicaré aquí mismo el primer jueves de 2012, al menos eso me propongo en este momento.

jueves 3 de noviembre de 2011

Se cierra una etapa. Se inicia otra

La semana pasada, 27 de octubre, escribí la última entrada de una primera etapa. El dos de julio de 2009 inicié lo que desde entonces, en mi cabeza, es un libro, una novela, un escrito unitario. Falta mucho para llegar a esa meta. Es tiempo de iniciar el esfuerzo de dar unidad a lo escrito, si eso es posible. A partir de hoy acometo esa tarea. No tengo idea respecto a cuánto pueda tardar esa labor. Después buscaré la forma de dar un final coherente a lo narrado o escribir un desenlace a cada una de las historias esbozadas. O tal vez seguiré buscando los caminos que unen pasado con presente.
Como señales para medir mi propio avance, cada primer jueves de mes publicaré aquí mismo una breve nota, que dejaré en la bitácora virtual de esta galera de piedra.

jueves 27 de octubre de 2011

Arcaicos decretos ayudan al crecimiento de la lucha ixtlera en los desiertos del norte de México

Los ejidatarios de La Presa de las Mulas se acercaron al partido naciente porque el embalse del que vivían se iba a secar si permitían que un terrateniente les cortara el suministro de la poca agua de lluvia que lo alimentaba al poner bordos en los escurrideros por los que bajaba el líquido de la sierra (pueden verse antecedentes aquí).
Lejos estaban de imaginar que un decreto federal, desconocido por ellos, les daría una primera e importante victoria, tras la cual acometerían la promoción de un movimiento ixtlero más.
Tal y como les dijo el Profe en la primera visita que les hizo, él se limitó a contar a sus compañeros de partido el problema que enfrentaban los ejidatarios.
Pablo Vilchis, que por aquel entonces encabezaba el grupo de los jóvenes constructores de la nueva organización, había oído hablar muy bien del delegado de la entonces Secretaría de Recursos Hidráulicos en Nuevo León, un joven funcionario con una sólida formación en ingeniería hidráulica, que atendía los problemas del estado con gran cuidado técnico pero también sensible político con experiencia en luchas estudiantiles y populares, que aun siendo priísta, como se suponía de todos los funcionarios de aquel entonces, no había tenido ningún empacho en presentarse personalmente en una invasión de tierras en el sur del estado, sin que le correspondiera a su secretaría resolver ese problema, pero dado que conocía a los invasores por haber tratado con ellos asuntos de riego o usos de agua, resultó un buen mediador para lograr la resolución pacífica de la explosiva cuestión.
Pablo consiguió una entrevista con el mencionado funcionarios, cuyo nombre es José Luis Adame de León, y se hizo acompañar del Profe. Fue éste quien le explicó al funcionario el problema que enfrentaban los campesinos de La Presa de la Mulas, preguntando al final si como funcionario federal veía alguna solución. La amplia sonrisa del funcionario les dio esperanzas al Profe y a Pablo, pero la respuesta de José Luis Adame fue sorprendente:
– Creo recordar que las aguas de esa presa y la que fluye por todos los escurrideros que la surten fueron declaradas aguas federales tal vez desde fines del siglo XIX. Eso fue así porque el agua de la presa era la única disponible para surtir a las locomotoras que pasaban por la estación de Paredón. El liquido se transportaba precisamente en carretas de mulas, de ahí el nombre de la presa. Eso fue indispensable mientras las máquinas del ferrocarril eran de vapor. No creo que el decreto se haya derogado ahora que sólo se usan las locomotoras disel. Denme tres días para confirmar todos estos datos, que recuerdo desde la universidad, y el jueves les comunico por teléfono el resultado. Si se confirma todo esto, y estoy seguro que sí se confirmará, el problema está resuelto: como ese tal terrateniente, sea quien sea, no pidió permiso para usar, desviar o detener aguas federales, la secretaría está facultada para ordenar la inmediata destrucción de los bordos y levantar hasta responsabilidades penales contra el infractor, si hiciere menester.
Los datos se confirmaron y la orden fue acata por el terrateniente, del que nunca más supimos nada. Quedaba una labor importante que hacer entre los ejidatarios: en adelante sería muy difícil, si no imposible, encontrarse con funcionarios con las características de José Luis Adame, por lo cual debería organizarse y prepararse para dar batallas de varios tipos si querían seguir resolviendo los problemas que enfrentaban. Cuando dijeron que resuelto lo del agua el tema que más les preocupaba era el precio del ixtle, que lo que estaba pagando la Forestal por kilogramo ya no les alcanzaba para enfrentar sus necesidades básicas, ellos mismos iniciaron la organización de las cooperativas ixtleras aledañas naciendo así otro movimiento del que ya hemos hablado y que se sumó a la larga historia de luchas dadas por los campesinos del desierto del norte del país, esta vez en torno a un nuevo partido político con raíces firmemente hundidas en el pasado de la revolución mexicana. No era casual que los jóvenes que lo organizaban y de los que aquí se ha hablado, se autodenominaran “brigada Pancho Villa”, aunque ciertamente más como apodo, o simple rasgo de identidad interna, que formalmente.

jueves 20 de octubre de 2011

¿Derrotas? ¿Triunfos? ¡No sabemos! (continuación)

Correspondió a la dirección nacional del partido negociar con la presidencia de la República el acto. López Portillo hizo suya la idea y aceptó un acto masivo y popular al que asistiría. Se acordó hacerlo precisamente en la explanada al frente del salón de actos donde se reuniría con los empresarios regiomontanos.
El reto estaba lanzado. Si los militantes del partido no eran capaces de abarrotar la explanada, la gran burguesía reforzaría su sentimiento de ser los dueños absolutos del estado de Nuevo León.
Los miembros del partido asentados en la ciudad de Monterrey, la inmensa mayoría en colonias marginales o populares densamente pobladas y algunos de ellos “paracaidista”* viviendo ilegalmente en predios invadidos, empezaron a preparar la asistencia masiva al acto. La responsabilidad de convocar a los campesinos recayó de manera natural en el Profe; él había estado trabajando al lado de los ejidatarios de Paredón desde que ellos iniciaron la movilización de ixtleros del desierto neoleonés. Con una tradición venida de muchos años atrás, en unos cuantos meses los campesinos de la Presa de las Mulas, apoyándose mientras avanzaban en los talladores de ixlte de los pueblos que visitaban, levantaron un movimiento importante y empezaron a pelear en Saltillo el aumento en el precio de la fibra y la entrega puntual de remanentes. En una asamblea regional en la estación de Paredón, los campesinos comisionaron al Profe para que invitara a las lucha a los talladores del estado de Coahuila que tiene una región ixtlera mucho más grande que la de Nuevo León.
En una de las batallas dadas en Saltillo el gerente general de la Forestal F.C.L. llamó “comunistoide” al Profe, pero el mote que salió publicado en la prensa resultó, no por él mismo sino por la noticia de los reclamos campesinos a la que iba unido, un impulso en Coahuila al movimiento naciente. El Profe todavía se enoja mucho cuando alguien le recuerda que un funcionario lo llamó públicamente comunistoide; “viejo pendejo -dice en esas ocasiones- era y sigo siendo comunista completo”.
El tiempo había pasado desde la primera vez que el maestro había ido a Paredón y a la presa de las Mulas. El movimiento se extendió tanto en el desierto de Nuevo León y Coahuila que el partido naciente comisionó al Profe a este último estado y cuando se acercaba la fecha del encuentro popular con el presidente López Portillo los talladores de Coahuila se dedicaron a hacer mucho ruido y convocaron con gran algarabía a todos los ixtleros de la región “para ir a hablar con el presidente de la República”, decían en los anuncios del radio.
Nunca se le ocurrió a nadie del partido que el gobernador de Coahuila, casique y atrabiliario desde siempre, se pondría muy nervioso por los anuncios de la radio, pues un día antes de que el presidente de la República fuera a Nuevo León, tendría actividades públicas en Saltillo. El ejecutivo estatal pensó que la movilización ixtlera estaba planeada para realizarse precisamente en Saltillo y por lo tanto desluciría las actividades presidenciales y lo haría quedar mal ante el ejecutivo federal. Muy mal informado por sus servicios de “inteligencia” e incapaz de darse cuenta que el movimiento nacía desde abajo, decidió terminar con el “alboroto” encarcelando al dirigente que según creyó estaba preparando el acto de sabotaje y señaló, él o sus policías políticos, al presidente estatal del partido en el estado, antiguo dirigente estudiantil que uno o dos años antes había increpado a la autoridad máxima del poder ejecutivo en la entidad, señalándola con apodos ofensivos, en un mitin de la universidad autónoma de Coahuila.
Fue así como un buen día, al regresar de una gira por el desierto al norte de Saltillo, el Profe se encontró a la esposa del dirigente estatal llorando angustiadísima porque el gobernador había “desaparecido a su marido”.
Durante dos días el Profe, los miembros del comité ejecutivo estatal del partido y hasta el secretario general del mismo estuvieron haciendo gestiones para que Federico Morales -así se llamaba el presidente estatal del partido en Coahuila- apareciera sano y salvo, lo que sucedió al anochecer del día en que el presidente de la república ya había tenido se acto público en Saltillo sin la presencia de los ixtleros, que preparaban su viaje a Monterrey la madrugada siguiente para demostrarle a la burguesía más agresiva del país que el pueblo no les dejaría toda la cancha de juego a ellos solos.
Una vez más el Profe se salvó de ser encarcelado gracias, esta vez, a la estulticia de un gobernador estatal obtuso y atrabiliario.
En cuanto a lo sucedido en Monterrey un día después, en unas líneas podemos resumirlo: el partido naciente calificó la movilización popular de sus militantes y acompañantes como algo positivo. El presidente de la República, hombre culto que fue un tiempo maestro universitario, que después de una visita papal muy controvertida se declaró públicamente “agnóstico hegeliano”, remarcando así que encabezaba un estado laico, y que disfrutaba pronunciando discursos adornados con terminología y figuras dialécticas, llamó “amigos socialistas” a la congregados, habitantes de colonias populares empobrecidas y campesinos de regiones desérticas que lo escuchaba en silencio. Sólo fueron palabras, dijeron algunos, y a todos nos queda claro que sólo eso fueron, pero marcaron un punto a favor del pueblo frente a la burguesía a la que públicamente no se le llamó “amiga”.
Sinceras o no, las palabras presidenciales dichas en público abrían puertas y suavizaban animadversiones, al menos en el México presidencialista de aquél entonces.

* Paracaidistas: así se le llama en México a las gentes que ante la carencia de casas invaden un terreno y se asientan en él ilegalmente.

jueves 13 de octubre de 2011

¿Derrotas? ¿Triunfos? ¡No sabemos!, I

Eran los años en que el licenciado José López Portillo fungía como presidente de la república. Los fuertes grupos empresariales del norte del país, más concretamente los asentados en Monterrey, presionaban fuertemente al gobierno en busca de prebendas. El anterior presidente los había desairado múltiples veces, llegando a enfrentarlos duramente en lo que consideraban su guarida inexpugnable, la capital del estado de Nuevo León. Aunque años después López Portillo les daría un golpe material nacionalizando la banca, el presidente necesitaba un respiro después de haber abierto una puerta democrática, impulsando una reforma política que facilitaba el registro de nuevos partidos. Eran tres los que por entonces tenían posibilidades de alcanzarlo: el Partido Comunista Mexicano, el Partido Socialista de los Trabajadores y el Partido Demócrata Mexicano, heredero de la más rancia derecha sostenida por los sinarquistas y los viejos añorantes de la cristiada.
Para limar asperezas el presidente aceptó asistir a una asamblea nacional que los empresario tendrían en Monterrey. Aunque la presencia del ejecutivo evitaría que en la asamblea se atacara abiertamente al gobierno, que el presidente asistiera como simple invitado era un triunfo político de los capitanes de industria, no tanto por dejarse de sentir despreciados, sino porque recuperarían algo del protagonismo que el anterior mandatario les había abollado.
Las organizaciones de izquierda mostraron de diversas formas su disgusto a lo que veían como una concesión indebida a la gran burguesía pretendidamente nacional, pero el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) llegó a la siguiente conclusión en una de sus reuniones de su comité central: En el mismo Monterrey, en la guarida predilecta de los empresarios más belicosos, declarados enemigos de las empresas estatales, de la propiedad colectiva de la tierra materializada en los ejidos, de las empresas cooperativas y desde luego de los sindicato, en ese centro emblemático de la reacción, el gobierno federal necesitaba establecer claramente un contrapeso, asistiendo, por ejemplo, a un acto popular de gran caldo. Era claro que el PRI de Nuevo León no lo iba a preparar; el PST le ofrecería el acto a López Portillo.
De inmediato se iniciaron los preparativos para que fuera posible el contrapeso. El trabajo debería realizarse en dos planos diferentes. El más importante: preparar una gran concentración popular. La tarea no era sencilla: los militantes del PST tendrían que movilizarse no para solicitar soluciones inmediatas a problemas urgentes, tendrían que entender el tamaño de la medida política; era decir, con una asistencia masiva, disciplinada y combativa: “Empresarios del país, el ejecutivo no es de ustedes; buscan prebendas; nosotros defendemos derechos y estaremos vigilantes para que no se nos menoscaben.” Era una de las primeras pruebas de qué tanto habían avanzado los recientes militantes del nuevo partido en su comprensión de la política.
El trabajo en el otro plano tampoco era sencillo: había que convencer al ejecutivo federal que reunirse con nosotros era el contrapeso para equilibrar los embates de los rijosos empresarios regiomontanos.
Nos estamos alargando mucho en esta narración, pero necesitamos establecer bien el marco que permita entender los sucesos que describiremos más adelante.
Prometemos dentro de ocho días continuar escribiendo sobre este mismo tema.

jueves 6 de octubre de 2011

Sueños, pesadillas o delirios

La frontera norte de la patria es un muro tras el cual asechan policías que atrapan y regresan al sur, vejados o al menos despreciados, a todo compatriota que descubren, pero miran a otro lado cuando pasan los grandes cargamentos de droga y protegen a los empresarios gringos que venden armamento a los empresarios que les proveen de drogas diversas de importación, a los cuales hacen perseguir de este lado por el ejército y la marina mexicana para que sigan comprándoles las armas con las cuales sostienen una supuesta guerra que no es sino lucha intestina entre sectores criminales, uno que detenta ilegítimamente el poder político del que se apoderó tras robar unas elecciones y otros que comercian ilegalmente porque los propios gringos decretaron ilegal tal comercio para aumentar su margen de ganancia, mientras, en la frontera sur, y en muchos de los caminos que llevan hacia el norte, sobre todo el marcado por las vías férreas, las bandas criminales asaltan para despojar de sus escasas pertenencias a los cetroamericanos, hermanos nuestros en pobreza y menosprecios recibidos, que viajan hacia el norte en busca de trabajo, en tanto una población en apariencia apática no encuentra las vías para manifestar su indignación pues la banda criminal que detenta el poder político las ha cerrado desde hace mucho, pero como dijo alguien cuando todo indicaba que el mundo era plano e inmóvil: “... y sin embargo se mueve”, el paso al norte de compatriotas y centroamericanos no se detiene, y se preparan bailes y festejos deportivos como Hidalgo y sus amigos preparaban obras de teatro y ni ellos sabían que antes de unos pocos días estarían encabezando un ejército de miles de campesinos e indígenas que días antes se comportaban en apariencia como esclavos sumisos y que trocaron azada por una loza y una antorcha para quemar las puertas del símbolo de su esclavitud y pasar sobre las cenizas del obstáculo removido a una vida más libre y soberana y apenas cien años después, movidos por la demanda “sufragio efectivo, no reelección”, la cambiaron por el grito “tierra y libertad” que aun resuena en el profundo sur de la patria, en territorios liberados que sabiamente sus hacedores han ocultado para asegurar su permanencia, como han asegurado la permanencia de su lengua y cultura por más de quinientos años, bajo el asedio de todos los que han pretendido integrarlos a la explotación y el desprecio que en esos mismos quinientos años han crecido hasta presentar el panorama que en estas pesadillas nos despierta asustados, para encontrar el mismo sueño que pretendimos abandonar al despertarnos.

jueves 29 de septiembre de 2011

El primer viaje de un maestro metido a político a la estación de Paredón Coahuila, II

“Pronto encontré en alguna calle del poblado a una viejita que salió de su casa a no sé qué. Seguramente asombrada de encontrar a un extraño se me quedó viendo y después se puso muy platicadora.
– El ejido que busca efectivamente se llama Las Mulas pero ya nadie le dice así, porque los ejidatarios se enojan si les decimos mulas. Por eso todos lo llamamos ahora ejido ‘La Presa’.
Amablemente me acompañó nuevamente a la estación del tren y señalando hacia el poniente me dijo:
– Mire joven, allá, en las faldas de aquellos cerros, donde está aquel escurridero, el que se ve bien desde aquí. Ahí esta la presa y arribita el poblado. Casi no se ven las casas desde aquí, pero llegando a la presa se ven casi en la orilla.
La verdad es que yo no vía ningún poblado, solamente una hendidura muy marcada en una larga serranía, que supuse sería el escurridero del que me habló la señora. Tenía un punto fijo al cual dirigirme e inicié la marcha. Todavía ahora, muchos años después, recuerdo la tristeza que me contagiaba el paisaje: una planicie de polvo con escasa vegetación, todo gris y de pronto unas bolas de matojos secos, desarraigados, rodando impulsadas por un viento helado, se cruzaban en mi camino. Inesperadamente la amargura se trocó en sorpresa ante un profundo corte que me cerró el camino: la planicie terminaba abruptamente en una tajo vertical de unos dos o tres metros. Unos treinta o cincuenta metros más allá se levantaba otro talud vertical con el que la planicie recuperaba su nivel. Abajo, el cause seco y pedregoso de un torrente que en tiempos inmemoriales, eso me imaginé yo, algunos aguaceros terribles abrieron con sus aguas tumultuosas.
Como yo no seguía vereda alguna me pregunté como salvar ese obstáculo. Brincar al fondo del torrente sería posible, pero ascenderlo no veía cómo. Caminé por el borde del corte y pronto encontré una bajada evidentemente utilizada por humanos y casi enfrente la subida que los viandantes hacía tiempo utilizaban. De ahí en adelante todo se facilitó: encontré una vereda poco visible pero lo suficiente para librar el otro corte similar que encontré en camino. Después de aproximadamente una hora de marcha al fin vi el espejo de agua de la presa y el poblado a un lado ¡Humo saliendo de la cocina adosada a algún jacal! Entonces noté el hambre. Todas las emociones y sensaciones de la jornada, el cambio de trenes de los pasajeros, la vendimia, el desierto, la soledad repentina del poblado, el viento helado, los matojos rodando, no me habían permitido pensar en tomar alimentos. El humo hogareño me regresó a una realidad amable. Que tardó en materializarse, desgraciadamente.
En el ejido pronto me llevaron con el presidente del comisariado, la máxima autoridad del pueblo. Un mestizo grande y bien plantado, amplio bigote a la mexicana con sus puntas levantadas, requemado por el sol, que se me quedó viendo algo desconfiado, pero muy seguro de sí mismo. Por su actitud y apariencia supe que no sería de los que se intimidan casi nunca, o nunca. Le expliqué quien era. Me dijo que le habían hablado bien del nuevo partido y que sólo por eso me iba a contar para qué nos había buscado.
– Lo que pasa es que un viejo y cabrón terrateniente, según él dueño de los cerros hacia el noroeste y que tiene unas cuantas vacas flacas ahí regadas, anda haciendo bordos en todos los escurrideros que disque para abrevarlas y ya no nos llega la poco agua con que las escasas lluvias de los cerros alimentas la presa. Sin esa agua nos vamos a tener que ir de aquí. Ya hablamos con el viejo cabrón que nos dijo que le hiciéramos como quisiéramos, que las tierras son suyas y que él puede hacer ahí lo que quiera. Dijo que si nosotros nos moríamos que a él no le importa, que tiene que dar de beber a sus vacas. Se puso muy grosero el hijo de su chingada madre. Nosotros estamos pensando ir a tirar los bordos, pero a mano va a estar muy difícil. El tiene maquinaria grande con la que está haciendo los bordos y sólo si nos juntamos muchos le podremos ganar, pero usted ya debe haber visto que por aquí vive re poca gente. La otra cosa que estamos pensando es que de repente ni es el dueño de las tierras. Más antes no había nadie ni nunca conocimos a nadie que se dijera dueño. Los viejos cuentan que cuando se deslindó el ejido nadie de esos lados vino a ver que no nos pasáramos a sus tierras al poner las mojoneras. No sé cómo no se les ocurrió a los primordiales del ejido pedir también todos los cerros, que todavía pensamos que no sirven para casi nada, aparte de tallar lechuguilla, que por cierto el viejo cabrón de los bordos no nos ha reclamo por que la cortemos. Sólo eso nos falta. Yo creo que ni sabe que de allá traemos toda la lechuguilla que tallamos ¡Ah! por cierto, el viejo cabrón es un tal Elizondo. A ver si ustedes nos ayudan a saber si realmente es el dueño o se quiere apropiar de esas tierras que no son de nadie.
Yo solo le dije que iba a llevar toda esa información a mis compañeros de partido y que en una o dos semanas regresaría para informarle a él y a toda la asamblea qué es lo que se pudiera hacer. Que nosotros no éramos coyotes ni arreglábamos problemas, que nada más invitábamos a la gente a que se organizara mejor, que estudiara más sus problemas, que buscara y conociera de donde venía la dificultad y cómo se podría resolver, y que también podíamos invitar a otros grupos organizados a apoyar alguna lucha, como la que ellos planteaban de tumbar los bordos. No prometí nada más porque en el partido sabíamos que así debíamos trabajar, sin promesas que podrían resultar vanas.
Eso bastó para que el presidente del comisariado me invitara a comer un taco ¡Que sabrosas me supieron aquellas tortillas recién hechas y esos frijoles de la olla! Y el café a la campesina que mi quitó la sed.
Me alertaron que regresara a Paredón rápido
– Para alcanzar el tren de la tarde que baja a Monterrey, porque si no, se tiene que quedar hasta mañana en la tarde.”