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jueves, 11 de agosto de 2011

Tomás Cruz conoce a un joven en Monterrey, Nuevo León (finales de l977)

Todavía puedo escribir en esta vieja libreta Moleskine que no recuerdo cuándo, ya hace tiempo, una día de Navidad, me regalo una de mis nietas. Me quedan pocas hojas y sólo las uso para algo así como un diario, o una memoria de cosas importantes que me suceden. Si escribiera mis notas periodísticas hace mucho que ya estuviera totalmente usada.
Pero no son estas cosas intrascendentes las que quiero reportar, si no el hallazgo de ese muchacho, Bernardo Cervera, quien seguramente es quien va a avisarles lo que suceda a mis conocidos, si acabo mis días en este hospital del IMSS. Desde el accidente en Tabasco mi salud ha ido de mal en peor. Si no me encuentro a Bernardo no estaría ahora escribiendo en esta cama. Tal vez estaría agonizando en un hotelucho, si no en alguna calle olvidada de esta metrópoli.
En verdad empecé a sentirme mal, muy mal. Totalmente desorientado. Ni siquiera me daba cuenta, en ese momento, que estaba en Monterrey. El calor me ahogaba. Parecía que las casas giraban como si yo fuera un eje alrededor del cual, como en los caballitos de las ferias, dieran vuelta las casas desconocidas, con sus fachadas sucias y descascaradas. Entré a esa cantina que de pronto me trajo recuerdos antiquísimos; del tiempo en que andaba buscando noticias en bares llenos de soldados, ya carrancistas, ya villistas o zapatistas, aunque de estos últimos no los encontré tanto en las cantinas citadinas. Pedí un mezcal y el mesero se me quedó mirando como a un bicho raro. Después Bernardo me dijo que en algunas de esas cantinas marginales de los antiguos barrios obreros y o populares de Monterrey el mezcal no se conoce y a veces ni tequila tienen. Total, pedí una cerveza y me quedé esperando, totalmente perdido, ausente. Seguramente el mesero pensó que estaba bien borracho y ya me estaba viendo torcido, como con ganas de sacarme a la mala, cuando se sentó frente a mi ese joven risueño, muy seguro de sí mismo a pesar de que, al rato, me di cuenta que no encajaba en el molde de los parroquianos del lugar. Le ordenó al mesero, con tono tranquilo pero firme, que me sirviera la cerveza que había pedido y otra igual para él. . Se tomó su cerveza despacio, saboreándola. No dejó que me acabara la mía. Casi no habló ese primer día. Me preguntó donde vivía. No recuerdo bien que le contesté, pero me acompañó a un hotel cercano, pagó la habitación y al día siguiente pasó muy de mañana por mi y me acompañó a desayunar. A partir de entonces nos vimos casi todos los día durante dos semanas. Me llamaba mucho la atención que tomara notas de todo lo que yo le platicaba. Hasta llegué a pensar que era policía o algo así. Se rió abiertamente cuando se lo insinué y fue entonces cuando me dijo que había terminado su carrera de sociología, que le interesaban mucho las cuestiones políticas y que andaba buscando material para su tesis profesional. Aseguró, entre bromas, que yo podía ser su asesor de tesis. Frente a mis carcajadas dijo que al menos, lo dijo muy en serio, yo sería su principal fuente de información y “un faro que oriente mis escritos y apunte hacia mis conclusiones”, afirmó. Después, cuando me resbalé y me caí a media calle, como ya sabía que soy pensionado del IMSS, me trajo aquí y desde entonces me visita a diario y me sigue haciendo preguntas y sigue escribe y escribe, tomando notas como desesperado; y sale con sus babosadas: que yo soy el abuelo que nunca tuvo, y se ríe con esa picardía que tanto gusta a la enfermera que me atiende.
Que bueno que lo encontré, o que él me encontró a mi. Aunque no soy su abuelo me atiende mejor que cualquiera de mis nietos. La enfermerita joven que se le cae la baba por Bernardo ya me está dando mucha lata para que me duerma, que ya es muy noche, que tiene que apagar las luces. Ya después seguiré escribiendo estas notas personales.

jueves, 7 de julio de 2011

Tomás Cruz delira a sus 86 años (mediados de 1975)

Mis vasos sanguíneos soportan la presión de ese líquido que a veces hierve como los manantiales sulfurosos de Michoacán o más bien como esos chorros de agua y vapor de Tecozautla, o del propio Michoacán y siento en mi interior restallar los recuerdos de no sé bien hace qué tanto tiempo, cuando caminaba ya viejo entre multitud de jóvenes que gritaban "chingue su madre Díaz Ordaz" en un coro ensordecedor de ochenta mil gargantas por toda la avenida Reforma o no sé si más bien por el rumbo de la Ciudadela, donde bestias también jóvenes, portando largos palos de similar medida o hechura, nos perseguían, y oíamos balazos no sé dónde, y no sé cómo me protegió aquella vieja que después supe que vivía de hacer tamales y me escondió tras su abultado cuerpo de ángel sin alas y con mucha grasa, de ángel de la guardia de mi infancia católica, mientras por lo huecos sus brazos que mantenía en jarras veía cómo dos de aquellas bestias quebraban con sus largos palos a un viejo de mi edad del que no supe nada más, porque el querubín obeso me arrastró mientras yo gritaba como niño encaprichado "vamos a ayudarlo, vamos a ayudarlo" y me metió en un puesto callejero y se sentó sobre mí para que dejara de aullar y mucho después, ya anocheciendo, me desperté entre la mujer y dos de sus hijos, hombres hechos de más de treinta años, que lloraban de rabia e impotencia hablando de los golpeados, heridos, molidos a palos, que granaderos salidos de ambulancias o carros militares levantaban sin contemplaciones y arrojaban dentro de los vehículos como bolsas de basura, pero salí amaneciendo de la casa de mis ángeles, alados sólo en mi agradecimiento mudo, llorando de rabia e impotencia yo también, para huir a Durango tratando de encontrar al fantasma de Francisco Villa o la memoria de Felipe Gómez o Jacinto Arriaga para ver si podíamos hacer otra revolución, y me topé con la Liga 23 de septiembre y con los pardos, ni rojos, ni verdes, ni amarillos, que bateaban por ambos lados, la izquierda verbal y la derecha hitleriana en los hechos, pero también supe de oídas de un partido político naciente, al menos con ideología y acciones congruentes, y ahora quiero moverme más al norte, a Nuevo León, Coahuila o Tamaulipas para encontrar a esos muchachos que se han autodenominado "brigada Pancho Villa" en Monterrey y que Jacinto, que algún día en un pasado casi olvidado me iba a balacear, afirma que esos sí le dan confianza, y transito por este semidesierto coahuilense mientras mis sienes parecen explotar con ese líquido rojo y espeso que hierve dentro de mí como los manantiales sulfurosos michoacanos, indagando si los resultados de aquellas marchas y derrotas como las de un dos de octubre de maldita memoria tienen que ver con ese espíritu de lucha actual, no sólo espíritu sino combates cotidianos contra el estado capitalista o sus peores aristas, si realmente algo une la efervescencia actual con la matanza que pareció terminar con el movimiento del 68 o con la golpiza que los Halcones nos propinaron aquel 10 de junio de 1971, jueves de Corpus Cristi por cierto, derrotas que diseminaron por todo el territorio mexicano a tanto luchador apasionado, y busco sin saber bien qué, a tropezones, por caminos que nunca imaginé que unieran pasados tan confusos con presentes inciertos como estos de mediados de la década de los setentas.

jueves, 16 de junio de 2011

Tomás Cruz reflexiona a sus 86 años (mediados de 1975)

Toda una vida cabalgando sin caballo y de pronto recibo la visita de Gabriel que trae dos libros en la mano izquierda, uno de los cuales nos relata la vida del patriarca que comenzó su camino en una revuelta militar y que ya perdió la cuenta del tiempo que lleva gobernado y el novelista nunca nos dijo que alguna vez anduviera a caballo y el otro libro nos narra la vida de los Buendía, algunos de los cuales hicieron no recordamos cuantas guerras revolucionarias sin tampoco galopar por las selvas ni las serranías del país al que pertenecía Macondo, distanciándose en eso, patriarca y generales, de las guerras de la primera mitad del siglo XX que en mi patria se hicieron a caballo y cuando las distancias eran muchas las bestias viajaban en los vagones del ferrocarril cuyas vías trazó el régimen de Porfirio Díaz mientras sus jinetes se trasladaban en los techos de los mismos vagones para bajar y, a caballo, llegar como las olas del mar remoto nunca visto por quienes conducían a sus cabalgaduras para destrozar a los ejércitos de los oficialistas de Huerta, convirtiendo así al caballo en el símbolo de la lucha que a pie hemos dado tantos en la segunda mitad de este siglo que sin darnos cuenta ya va galopando más allá de sus tres cuartos para pronto alcanzar los cien años no de soledades, sí de solidaridades que pasan sin tocar laberintos abandonados y caminan por calles y carreteras del México asaltado y pisoteado por una modernidad ciega, sorda, deforme, monstruosa, abrumadoramente desigual, copiada desde algunos desvanes o sótanos brumosos y lejanos, modernidad etérea que amenaza con hacernos olvidar el caballo desde que los dirigentes revolucionarios que secuestraron tal título descendieron de la silla de montar para abordar orondos los cadillacs y los mercedes de vidrios ahumados y blindados desde cuyo interior nos contemplan creyéndose seguros, pero nosotros seguimos a pie tras los caballos de Zapata y Villa que aceptaron a su lado, gustosos, al Che y su motocicleta y estuvieron siempre presentes en las marchas estudiantiles de hace siete años que, aunque fueron aplastadas por el ejército y en apariencia derrotadas, mandaron a cientos de organizadores a todos los rincones de la patria para que ahora, recorridos los tres cuartos del siglo, surjan por doquier multiplicidad de movimientos que ya han cambiado el rostro de este país que parece dispuesto a enfrentar resueltamente al imperialismo neocolonialista que viene del norte, y en estas vuelta y revueltas llevo ya una vida cabalgando sin caballo, tras Felipe Gómez, Jacinto Arriaga y tantos y tantos que han muerto peleando con el fusil real o metafórico para lograr los cambios que nos trajo el vendaval de una revolución incompleta y a ratos moribunda pero que en estos días parece estar despierta de nuevo para mover aquí y allá a los que estamos inconformes.

jueves, 28 de abril de 2011

Jacinto Arriaga y Tomás Cruz en Chihuahua (Febrero de 1916)

Es un anochecer frío y apacible. Jacinto Arriaga camina despacio y abstraído por la angosta e irregular banqueta de una calle empedrada. Desde hace días en su interior una rabia reprimida necesita encontrar una salida. A partir de la noche en que abandonó la División del Norte, aunque exteriormente es el mismo, internamente crece su enojo, una rabia que nunca había sentido tan fuerte. Cuando sin decir nada sale del tejabán donde ha pasado las últimas noches, dejando sorprendidos a Isidro y a Chema por su inesperada partida, recuerda vívidamente el atardecer en el que encontró a Felipe Gómez fallecido y él gritó que no descasaría hasta que todos los pelones estuvieran muertos. La ira aumenta al recordar a Tomás Cruz, ese intelectualillo con el que ajustará cuentas esta misma noche. La deslealtad de algunos que estuvieron con Villa lo encorajina más y lo que considera una traición de alguien que hace menos de un año se decía su amigo le tensa músculos, nervios, todo su ser.
Jacinto intenta controlarse. No quiere que sus emociones lo dominen como le pasó a Felipe en Zacatecas. Por eso dejó la pistola en el tejabán del corral semi abandonado que alguien les prestó en una orilla de la ciudad de Chihuahua a los tres viajeros. Va concentrado en aparentar tranquilidad. Absorto en tal esfuerzo no se da cuenta que Isidro y Chema lo siguen intrigados y menos que ellos sí traen sus armas escondidas bajo sus gabanes.
Cuando Chinto se acerca a la cantina en cuya proximidad ha merodeado desde ayer, tiene que detenerse en el quicio de una casa habitación para recuperar el ritmo de su respiración y de su pulso. Inspira profundamente, expira con lentitud y avanza lo más sereno que puede. Entra a la cantina con apariencia de absoluta tranquilidad, aunque por dentro su rabia se asemeja a alguno de los caballos en que acometió varias veces las barricadas en las inmediaciones de Celaya no hace mucho.
Tomás Cruz está sentado de frente a la puerta de acceso, casi al fondo del local, en una pequeña mesa cuadrada que comparte con tres soldados uniformados. Reconoce a Chinto en cuanto éste traspone el umbral, se levanta sonriente y sin decir nada a sus acompañantes rodea la mesa y avanza hacia Jacinto. Se nota que le ha ido bien en lo económico: trae un sombrero Stetson, una canana repleta de balas, pistola al cinto, su ropa es limpia y atildada. Reluce su nueva condición de jactancioso y fanfarrón.
La sonrisa de Tomás se hiela ante el gesto adusto de Jacinto y un algo que desborda en su mirada. Pero Cruz, el periodista que se siente intelectual, no se detiene y levanta los brazos en el inicio de un efusivo saludo con abrazo mexicano. La mano abierta de Chinto, puesta con brusquedad en el pecho del escribiente lo detiene en seco; el rostro de Tomás se convierte en un gesto de sorpresa o de enorme incredulidad.
- Traidor, hijo de tu chingada madre - dice muy por lo bajo Chinto, con voz cortante pero tan baja que solamente lo oye el periodista- Mi dijiste que no te ibas a pasar con los carrancistas y ya está con ellos.
- ¡Espera, Chinto! - levanta las manos en lo que parece el inicio de una caricia al rostro el sorprendido Tomás.
La presión interna rompe los diques construidos tan cuidadosamente por Jacinto. Con su izquierda aparta una mano de Tomás y con la derecha toma la pistola del periodista y la amartilla retrocediendo dos pasos. En el barullo que levanta su acción Arriaga no repara en los tres soldados que se ponen de pie y aunque están desconcertados y no ven bien lo que pasa pues Tomás los tapa con su espalda, buscan sus armas instintivamente.
- ¡Quietos, muchachitos! - se oye que alguien dice claramente en voz muy alta.
- Más vale que se queden como están, o empieza la balacera.
Las voces son de Isidro y de Chema que apuntan ambos con sus 30-30 a los tres sorprendidos carrancista.
La pistola amartillada tiembla en la mano de Jacinto. El dedo en el gatillo empieza a presionarlo. Chema se acerca y detiene el percutor de la pistola que empuña su compañero.
- Vámonos antes de que empiece la balacera.
Con los ojos rojos y las manos temblorosas Jacinto suelta el gatillo, baja el percutor, abre el tambor de la pistola y tira las balas al suelo. Deja el arma en la mesa que le queda más cerca y retrocede guiado por Chema que no deja de apuntar con su carabina. Jacinto es una hoja de árbol sacudida por una fuerte brisa. Todo él tiembla pero no pierde la compostura. La batalla por recuperar el autodomino la va ganando rápidamente.
Tomás, pálido como un muerto da media vuelta.
- Tranquilos, Tranquilos - les dice a los soldados que lo acompañan y se desploma en una silla.
Sus tres acompañantes no saben qué hacer ante los dos cañones de 30-30 que los apuntan y la tranquilidad que les pide el periodista.
Chema toma del brazo a Jacinto, sale a la calle apretando el codo de su compañero y empujándolo se van los dos corriendo por la banqueta. Tras ellos sale también Isidro soltando una risita entrecortada.
- Vámonos a la chingada -dice Isidro - Esos soldados van a llamar a otros y nos van a andar buscando para darnos chicharrón.
Por calles ya oscuras se dirigen al tejabán donde durmieron ayer, ensillas sus caballos en silencio, cargan sus escasas pertenencias y parten al paso por el camino que enfila rumbo al este, hacia Torreón.
Ninguno de los tres ha dicho nada después de la última reflexión de Isidro.

jueves, 21 de abril de 2011

Tomás Cruz en un hospital del IMSS del estado de Tabasco (1964)

– Don Tomás, tómese toda la sopa. Si no no se va a reponer. Necesita sanar para que se vaya a su casa. Tiene que ponerse fuerte, ya ve que no tiene a nadie aquí, en Villahermosa. Nadie viene a visitarlo.
– Eso es lo que usted cree, Teresita. En sueños me viene a visitar todo un tropel de gente. Hasta cuando estoy despierto vienen mis amigos de hace mucho a remover mis recuerdo. Usted no los ve, Teresita, pero están aquí. Y ya ve, me han dado fuerza para que me vaya recuperando a mis setenta y cinco años, porque todavía hay muchas cosas que hacer.
– A ver, don Tomás, cuénteme algo de sus amigos, los que lo visitan. Nomás no vaya a repetirme lo que me contó ayer.
– Hoy te voy a contar de un tal Jacinto Arriaga, que todo el mudo lo conocía simplemente como “Chinto”. Lo conocí un día después de la toma de Zacatecas, en verano de 1914. Lo encontré esa mañana sentado a la sombra de un pirul que se estaba muriendo. Todo manchado de pólvora, la cara ennegrecida y triste, muy triste. La tarde anterior mataron a su mejor amigo y su jefe militar. Pero también estaba muy enojado; me mandó al diablo pero yo lo seguí y descubrí que sus compañeros lo querían nombrar su jefe. Pensé que iba a hacer carrera militar y política y que a su sombra me iría muy bien. Luego vi que lo que le interesaba era formar ejidos, muchos ejidos; acabar con los latifundios en México. Eso a mi no me interesaba y por eso nos peleamos durante mucho tiempo. Un año y medio después de que lo conocí Chito me andaba matando en una cantina de Chihuahua. Si no es por tres soldados carrancistas que me acompañaban ese día yo creo que sí me mata. Con el tiempo entendí a Chinto y ahora que he estado accidentado aquí, con usted, es el que más me ha visitado. Me enseñó muchas cosas durante mi vida y ahora me las ha recordado. Tengo que sanar para escribir todo lo que me enseñó.
– Y ¿qué tanto le ha enseñado, don Tomás?
– Todo lo que ahora sé sobre los ejidos se lo debo a Jacinto …
– Mi papá es ejidatario en Macuspana, como soy su única hija dice que a mi me va a heredar el título. Nada más que en el ejido no quieren a las mujeres como ejidatarias.
– Le voy a tener que hablar mucho de Jacinto y de todo lo que hizo para los ejidos.
La llegada de una segunda enfermera interrumpió la conversación. La recién llegada regañó a Teresa: “No te quedes platicando con los pacientes”, dijo cortante.
Cuando se fueron las dos enfermeras Jacinto se hizo presente. Con él venía Felipe Gómez, Manuel el hermano de Felipe y Chema. Tomás sonrió: tendrían mucho que hablar sobre los ejidos.

jueves, 24 de marzo de 2011

Algunos recuerdos de Jacinto Arriaga II

Cuando Isidro, Chema y yo iniciamos el camino a Tamaulipas, una noche en que todo lo veíamos negro, no imaginábamos que recorreríamos más de mil quinientos kilómetros durante casi seis meses. Tampoco pensábamos que unas cinco semanas después Isidro se despediría de nosotros. Nunca más hemos vuelto a saber de él.
Transcurridos unos pocos días nos dimos cuenta que viajar con una mula cargada de parque nos podía llevar a un paredón en algún pueblo cualquiera. Ahora no me explico por qué tomamos rumbo a la frontera. Hacia el norte fuimos encontrando fuerzas carrancistas, de modo que cambiamos rumbo y nos dirigimos al sur, seguros que más a centro del estado los pueblos todavía serían villistas.
En las cercanías de Casas Grandes decidimos vender el parque. Era más fácil esconder monedas que balas. La mula también la vendimos y entre bromas aseguramos que ni locos íbamos a trabajar de arrieros. Nos repartimos el dinero sin desacuerdos y seguimos nuestro camino hacia el sur.
Así llegamos a la ciudad de Chihuahua donde encontré de nuevo a Tomás Cruz. A mí no se me olvidaba Tamaulipas ni la Maroma, es decir la hacienda del viejo Alcántara, pero Chema e Isidro no tenían ninguna prisa en llegar. Yo, que siempre buscaba algo que leer, me encontré un periodicucho en que Tomás Cruz escribía alabanzas a un generalillo que según esto andaba persiguiendo a los villistas que por ahí quedaban desperdigados. Me encabroné de verdad; me dije "a ese pendejo yo lo mato por traidor y lameculos". La última vez que lo había visto era un día antes de que perdiéramos en Celaya y ya desde la convención de Aguascalientes había dado señales de que quería pasarse a los carrancistas. Ahora le andaba haciendo el caldo gordo a uno de tantos militares que solo querían subir y hacerse ricos robando. A un intelectual, como se llamaba a sí mismo Tomás, que anduviera escribiendo esas pendejadas sería mejor enterrarlo cuanto antes. Con gente como ellos la revolución se iba a ir al hoyo. Mejor que se adelantaran solos.
Busqué la imprenta donde hacían el periódico y tuve suerte. Tomás seguía en la ciudad y me dijeron dónde acostumbraba estar: una cantina cuyo nombre no recuerdo. Lo encontré al día siguiente en la cantina y poco faltó para que ese día me convirtiera en asesino. A Tomás lo salvaron los tres soldados carrancistas con los que andaba tomando y Chema, Isidro y yo tuvimos que huir esa misma noche. Mañana les cuento lo que pasó en la cantina.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Tomás Cruz en el hospital del IMSS de Villahermosa Tabasco, III (1964)

Estamos alrededor de la Cama de Tomás Cruz ¿Cómo es que oímos sus pensamientos?
Son dos enfermeras por turno las que atienden este módulo hospitalario con cuatro camas, separadas con unas cortinas verde claro. En el turno de la tarde una de las enfermeras trata con mucha brusquedad a Tomás, no sólo a él, a los otros tres enfermos los trata igual. La otra, más joven y siempre alegre, aunque a veces se ve muy cansada, se ha encariñado con nuestro moribundo, le habla con suavidad, le toca con ternura la frente, le acaricia el brazo amoratado por las conexiones del suero, un día al ir saliendo del módulo le oímos murmurar claramente “¡Cómo se parece a mi abuelo!”.
A ratos el cerebro de Tomás es un caballo desbocado, como los que monté en la batalla de Celaya. Oímos sus pensamientos ¡mala señal! pronto va a ser uno de nosotros, pura memoria colectiva en el subconsciente de cualquier mexicano que haya vivido o luchado en el campo sus derechos ejidales o haya combatido en la fábrica contra la patronal explotadora y los líderes charros.
Ayer, a esta misma hora, ya atardeciendo, Tomás se sentía en su delirio nuevamente joven estudiante, sabiéndose un viejo de más de setenta años. Se veía a sí mismo en diversas manifestaciones multitudinarias de las luchas obreras de fines de los cincuenta, hace apenas cinco años. En ocasiones gritando a favor de los ferrocarrileros, en otras apoyando a Othón Salazar y a los maestros que encabezó. Recordó entre las brumas de la fiebre que tanto Othón como Demetrio fueron apoyados por el Partido Comunista Mexicano. Tembló, no supimos si a causa de la fiebre tan alta o por el miedo o la indignación cuando recordó que hace cinco años él mismo fue acusado de “periodista comunistoide” luego de escribir sobre las movilizaciones que orillaron al gobierno a soltar a Othón, que solamente estuvo preso tres días. Casi grita de coraje cuando apareció en su delirio Demetrio Vallejo, que aún está en Lecumberri*, y hubiera gritado mil imprecaciones si no estuviera tan débil y la enfermera joven no hubiera llegado a hablarle con suavidad y no le hubiese acariciado la frente, poniendo en ella paños húmedos.
A los pocos minutos sus delirios lo llevaron a recuerdos más antiguos. Se rebullía en la cama mientras su cerebro afiebrado lo conducía a las manifestaciones en apoyo a la expropiación petrolera, por allá en el treinta y ocho, y a las festivas entregas de tierras ejidales en la Costa Grande del estado de Guerrero y en La Laguna, en Coahuila, tiempos en los que él todavía no creía mucho en la revolución.
¡Qué bueno que la enfermera no nos ve ni nos presiente! Nos hubiera corrido inmisericorde. No son horas de visitas ni Tomás, ya casi en la agonía, está para ellas.

*Lecumberri: cárcel en que se acostumbró recluir a los presos políticos durante casi todo el siglo XX, ahora convertida en el Archivo General de la Nación (nota del editor)

jueves, 28 de octubre de 2010

Tomás Cruz delirando en el hospital del IMSS de Villahermosa Tabasco (1964)

Blanco, todo blanco,
¿Qué son estos tubos que salen de mi boca? o ¿salen por mi nariz?
Desde la ventana de este salón les lanzamos bolsas con sangre a la policía de Porfirio Días ¡Tengo veintiún años! Estoy sentado en el salón del viejo edificio. Es un aula de la facultad de medicina. Las bolsas, a correr, escondernos. Es primavera, hace poco se celebró el centenario de la independencia ¿Qué? Renunció Porfirio ¡Se va, se va!
¿Por qué me fui a buscar a los revolucionarios?
Sí, sí. En esos camiones Roma-Piedad y Anexas voy con estudiantes jóvenes al zócalo. No podemos dejar que el gobierno reprima de esa forma a los ferrocarrileros que están con Demetrio Vallejo.
¡Me voy a quitar estos tubos que me ahogan!
Imposible mover el brazo. Ninguno. Ni el derecho ni el izquierdo. Abro los ojos. Me parece ver cortinas verde claro. Como de un hospital.
Tengo sueño, mucho sueño. Jacinto Arriaga se enoja y me grita. Parece que me está regañando “¿Qué andas de pendejo oliéndole los pedos a los carrancistas?”
En realidad todos los que andamos en la bola somos iguales, una bola de ladrones. Los jefes muy ladrones, nosotros carranceamos* de a poquito. No, no, algunos como Jacinto no se andan con chingaderas, “yo lo único que voy a recuperar son las tierras de los pinches latifundistas” dice a cada rato. No entiendo bien lo que quiere decir. Estoy en el campo, en los llanos algodoneros de La Laguna, cerca de Torreón. Me acuerdo de Jacinto ¿Qué andará haciendo? Son muchos campesinos, todos con armas. Tengo miedo. Ellos dicen que se las dio Lázaro Cárdenas, el mero presidente ¡Sí, como no! Que para defender las nuevas tierras ejidales ¿Qué haremos si llega el ejército? No, no llegó nunca.
Me ahogo, me ahogo ¡Tengo que quitarme estos méndigos tubos! Oigo una voz, allá, lejos. Sí, sí, una voz de mujer: “don Tomás, ‘tese sociego, se le va a zafar el tubo del suero”. Parece que veo a una enfermera. Todo blanco, no, todo no, cortinas verdes. La voz de la enfermera ... ¡que sueño! Me duelen los brazos. Ayer venía de un nuevo ejido de Chiapas ¿Ya acabó la revolución?
“ ‘Tese sociego”, una mano de mujer en la frente. Voy a dormir, voy a dormir.

*Carrancear: término que se aplicaba al robo y al pillaje durante la etapa armada de la revolución mexicana (nota del editor)

jueves, 21 de octubre de 2010

Tomás Cruz se está muriendo en el hospital del IMSS de Villahermosa Tabasco a los 75 años de edad (1964)

El calor es intenso. Hay mucha humedad. Buscamos la sombra camino al hospital del Seguro Social. Jacinto nos trae casi a rastras. Quiere llegar a visitar a Tomás Cruz que según nos han dicho agoniza en el hospital regional del IMSS, aquí en Villahermosa, capital del estado de Tabasco. Hubo un accidente automovilístico en la carretera que viene de Palenque. Según parece Tomás viajaba en el lugar del copiloto. No sabemos más.
Jacinto está insoportable. No entendemos por qué. Su relación con Tomás cambió mucho y muchas veces durante su vida: cuando se conocieron, un día después de la toma de Zacatecas Jacinto no le hizo caso, por él nunca hubieran establecido relación alguna. Pero Tomás pensó que Jacinto haría carrera militar y política y decidió seguirlo. Chinto prefirió luchar por el ejido y se perdió, según Tomás, en luchas intrascendentes. Eso causó muchos disgustos entre ambos. En alguna ocasión poco faltó para que Jacinto le soltara unos balazos a Tomás. A pesar de ello se siguieron viendo y buscando durante toda su vida. Ahora cuando parece que Tomás se muere Jacinto insiste en que tenemos que visitarlo.
Chinto afirma que Tomás es el mejor representante de los “intelectuales de segunda”, “intelectualoide” le dice a menudo, que quieren analizar la realidad y no la entienden o la entienden poco pero regañan a todo aquel que no sigue sus consejos. Pero también dice que Tomás tiene buena voluntad y que se ha ido corrigiendo y ha empezado a entender a la revolución mexicana y que “seguramente es uno de los pocos que nos puede ayudar a unir el pasado revolucionario que cada vez queda más lejos con las luchas presentes que siguen la misma dirección aunque a veces quieran renegar de ella”.
No le entendemos bien a Jacinto pero es terco y nos ha arrastrado hasta acá, a Villahermosa, para hablar con un moribundo que según él puede tener las claves para unir el pasado villista y zapatista con las luchas actuales y mostrarnos los caminos a un futuro de mayor justicia social.
Vayamos a visitar al moribundo, a ver qué encontramos.

jueves, 3 de junio de 2010

Jacinto Arriaga habla consigo mismo (jueves 8 de abril de 1915, como a las tres de la madrugada)

Hoy estoy vivo por pura pinche suerte. Debo estar mal de la cabeza. Cuando tomamos Zacatecas y logramos esa gran victoria yo estuve muy triste y encorajinado, pues esa tarde mataron a Felipe. Hoy perdimos. La derrota es grande. Yo ando solo, huyendo. Si me encuentran los de Obregón me truenan. Pero no me van a encontrar ¡Ya me les pelé!
Esos soldados del mentado Álvaro Obregón son unos miedoso. Nunca salieron de sus agujeros hasta que nosotros ya estábamos jodidos. Yo me salvé nomás porque esos cabrones no salieron si no hasta la tarde. Y debo estar mal de la cabeza porque ahora que perdimos yo ando muy contento. Salvé la vida y estoy seguro que ya casi encuentro a la División del Norte.
Ayer nos fue muy mal. Desde el martes empezamos a perder. Mandaron a la caballería por delante y no se podía avanzar con tantas zanjas, los alambres con púas que estaban por todos lados y las ametralladoras de Obregón disparando desde sus escondites. Yo me salvé el martes porque me tocó estar en la reserva y como los coyones de Obregón nunca salieron de sus conejeras ya no entramos en combate. Pero ayer a los que estábamos frescos nos mandaron por delante y topamos con las zanjas, los alambres y las ametralladoras escondidas. Nuestros enemigos, puros ratones que ni veíamos. Seguro muertos de miedo, pero bien que nos chingaron. Me mataron el caballo, al caer me enredé en unos alambres con púas pero no me pasó nada grave, sólo rasgones de la carne por arriba. Me subí a otro caballo que andaba ya sin jinete, de los nuestros, y volví a la carga. En ese momento me acordaba de Felipe que a caballo ni quien lo parara y no me quise quedar atrás, aunque ya no enfrentaba pelones. Pero en ese momento no pensé contra quiénes peleaba ¡Había que darles! Esas eran la órdenes.
Mataron mi segundo caballo. No más disparan la ametralladora un poco más alto y no andaría buscando a mi división en esta oscuridad. Me volví a caer y me di un buen chingadazo. Tardé mucho en despertar. Cuando me di cuenta puros muertos de nosotros por ahí regados. No reconocí a nadie. Agarré un fusil y una canana y me preparé a matar enemigos, pero nunca los vi. O estaban en sus conejeras temblando de miedo o como ya no atacábamos por ahí los movieron a otros lados. Estaba solo, lleno de sangre de los rasguños, pero bueno y sano. Me fui arrastrando para el lado donde no había balazos. El sol me quemaba pero no me levanté. Ya en la tarde, serían las seis o las siete, estaba bien escondido en una cerca de piedra y vi salir a los de Obregón a perseguirnos, lejos y para otro lado de donde yo estaba. Pardeando encontré un caballo, en el que vengo. Creo que era de uno de Obregón, al que seguro matamos. En su propio caballo me les escabullí. Ya mero llego a Salamanca. Presiento que ahí está Pancho Villa y la División. No creo que los coyones de Obregón nos hayan echado en corrida más lejos. Si son ellos los que están en Salamanca yo ya estoy muerto. Pero hoy es mi día de suerte.

jueves, 13 de mayo de 2010

Noches de duermevela

La fatiga de mi cerebro no me permite dormir. Sin embargo sueño. No sé si sueño o recuerdo. Duermo y me veo envuelto en la batalla de Celaya caminado junto a campesinos harapientos, todos ellos talladores de ixtle con sus pies descalzos y agrietados, lastimados por los alambres de púas que no pueden haber pisado pues nunca se ausentaron de su desierto coahuilense. Son los abuelos de esos obreros de segunda generación cuyos padres abandonaron sus ejidos resecos para trabajar la tierra roja extraída del Cerro del Mercado en el estado de Durango, que llega en las góndolas de los ferrocarriles nacionales para que aprendan a convertirla en piloncillos de hierro bajo la dirección de hombres barbados, de ojos a través de los cuales se contempla el cielo, venidos del otro lado del mar a levantar un monstruo que vomita lumbre, vestidos con cascos y petos resplandecientes fabricados con el hierro de los piloncillos que los nietos de aquellos abuelos fabrican en las entrañas de los cinco hornos ya amaestrados desde que pasaron a ser propiedad del pueblo de México con el nombre del Altos Hornos de México S.A., que administra un gobierno heredero de los hombres-caballo que descendieron de las tres carabelas y a quienes les quitamos el poder por más de tres veces y regresan contumaces pero ya tocados por los vendavales que desataron los campesinos sin zapatos que robaron caballos y aprendieron a montarlos para derrotar a sus ejércitos de pelones. Y se mezclan en un torbellino alucinante los cuerpos de los hacendados ahorcados en sus latifundios y las fiestas de sus pares que lograron huir a las ciudades para construir las nuevas fuentes de riqueza: las fábricas de cerveza y luego las de las botellas para envasarlas y las cajas de cartón para empacarlas y las corcholatas que las tapan para llegar a fabricar los piloncillos de hierro que ahora los descendientes de los ejidatarios que alcanzaron a colgar a unos pocos latifundistas solamente pero que les arrebataron las tierras a la gran mayoría, están aprendiendo a fabricar en un monstruo que también se han apropiado y que alimentan con carbón también de todos, traído en las serpientes del ferrocarril que un presidente soñó cooperativa y que al menos se mantiene como propiedad de la nación, atacado sin piedad por las compañías de transporte carretero todas ellas de propiedad privada, muchas veces de funcionarios públicos que deberían defender la propiedad nacional y la boicotean desde sus caballos acorazados, ocultos bajo petos y cascos de los que brotan rostro barbados con ojos azul cielo, cuya mirada está depositada en arcas fortificadas ocultas en las entrañas de edificios bancarios de allende las fronteras, cajas protegidos por códigos numéricos que no dan cuenta de nombres ni linajes. Y no entiendo lo que he vivido tomando café en noches frías antes de batallas que asaltarán poblados, reseñando fiestas populares y marchas de hombres de campo, mientras bebo abundantes vinos importados junto a jerarcas opulentos que se dicen herederos de una revolución que no conocieron más que en los cuentos que sus padres murmuraban temerosos, recordando las hordas de salvajes que a caballo tomaban por la fuerza ciudades fortificadas entre cerros y minas. Y cuando busco un sentido a la maraña de recuerdos o sueños, las teclas de la vieja Remington me requieren ansiosas para ganar el pan que he de comer solo en este día, sentado en una mesa de un lugar sin nombre y sin recuerdo.

jueves, 6 de mayo de 2010

Jacinto Arriaga platica con Tomás Cruz (lunes 5 de abril de 1915)

– ¿Tú también te vas a pasar al bando de Venustiano Carranza? – pregunta muy enojado Jacinto– ¿Vas a seguir el ejemplo del traidor de mi ex jefe Maclovio?
– No, no, no. Tranquilo Jacinto– Tomás Cruz se acerca a la fogata que le ilumina el rostro y se sirve un poco de café de la olla común– yo sólo dije que Venustiano no es pendejo– regresa y se sienta junto a Chinto– como quiera estoy seguro que mañana tomamos Celaya y luego Pancho se irá a Veracruz a derrotar a Carranza. En camino se va a juntar con Zapata y entonces sí ¡pobres de los carrancistas!
– Mañana tomamos Celaya, pero nosotros, no tú que eres un coyón que ni siquiera sabes disparar bien una carabina. Lo que haga Pancho sólo él lo sabe, no andes tú diciendo cosas.
– Mira, mira ¡Cuídate mañana! No te vaya a pasar lo que Felipe y ya tomada Celaya te truenen los pelones.
Como siempre que se habla de Felipe se le ensombrece el rostro a Jacinto. A veces se enoja y se retira. Si puede toma una guitarra y la rasguea sacándole acordes que parecen llanto. Ahora sólo baja la voz y dice pensativo.
– No serán los pelones los que me truenen. A esos ya los acabamos. Ya no existen. Ya no tengo que matarlos. Ahora nos peleamos los que estuvimos juntos contra Huerta. Eso me entristece. Yo no quiero matarlos, pero tampoco quiero que me maten. No entiendo bien por qué seguimos peleando ¡A los que hay que quitarles las tierras son a los hacendados! Yo no voy a desertar ni a traicionar a Pancho, aunque sea cierto lo que andan diciendo. A ver tú, quesque eres periodista y sabes todo ¿Sí es cierto que Venustiano publicó una ley agraria para repartir las haciendas?
–Eso dicen, por eso me quiero ir a Veracruz, pero te prometo que regreso y te cuento la verdad.
–Eres puro hablador. Al que más le confío es a Zapata. Ese sí anda regresando las tierras a sus gentes, con ley o sin ley. Si como dices Pancho se junta con Emiliano voy a pedirle permiso para irme un rato con Zapata, para aprender y luego quitarle su hacienda al viejo Alcántara ¡No más en memoria de Felipe!– Jacinto se levanta, se sirve café y se queda pensativo cerca de la fogata. Es una noche fría del altiplano mexicano.
– ¿En qué piensas? Vente para seguir platicando– lo llama Tomás Cruz.
– Me voy a dormir, mañana tomamos Celaya y hay que estar descansado, sin sueño y muy vivo.

jueves, 15 de abril de 2010

Crónicas periodísticas. La Convención de Aguascalientes, 1914.

Felipe Gómez nos ha traído recortes de un periódico de la ciudad de Aguascalientes fechado el sábado 17 de octubre de 1914. Además del encabezado del periódico donde aparecen la fecha y demás datos, en la primera plana se anuncian las “Crónicas de la Convención, por Tomás Cruz, revolucionario desde 1910” como artículo importante en la página 3.
Felipe afirma que los ha guardado para burlarse de Tomás. El periódico, que Felipe llama “periodicucho”, tiene un formato muy pobre. Transcribimos parte de la nota, respetando la escritura original.

“... ese día jueves, 15 de octubre, será un gran día para la Convención. Ese día, en esta ciudad aquicalidense, la Convención se declaró “Soberana”, rescatando el principio de la soberanía popular de los revolucionarios francés.
Pero más importante es el regreso a la civilidad al proponerse que los principales jefes melitares, estos son Venustiano Carranza, Francisco Villa, Alvaro Obregón, Emiliano Zapata y Pablo González abandonen sus cargos. Para todos nosotros, que desde 1910 andamos con las armas en la mano buscando la justicia pa todos, es muy importante que nuestros jefes sean civiles. Así lo celebró lo más granado de la sociedad de Aguascalientes más tarde en la plaza principal, en torno a la columna jónica que señala el mero centro geográfico de México. Quienes siempre hemos seguido a Pancho Villa no sentimos pesar de que abandone el puesto y estamos dispuestos a retirarnos de la vida militar y seguir más a los prinsipios que a los caudillos. Además, como dice el pueblo: es lo mismo con Chana que con Juana ...”

En ese tenor continúa la nota que según Felipe muestra muchas contradicciones en el pensar y proceder del “intelectual” Tomás Cruz. No se reseña que finalmente sólo se desconoció a Venustiano Carranza. Tal vez ese resultado no se dio el jueves 15, pero todos conocemos el hecho que no obstó para que Tomás terminara en el bando de Carranza, adulando a quien finalmente triunfó en las alturas del poder.

jueves, 18 de marzo de 2010

El escritor que se piensa intelectual

Quiero traer a la memoria el 24 de junio de 1914, día en que conocí a Jacinto Arriaga. Se le veía muy triste. Cuando le hablé su tristeza se convirtió en agresividad contenida. Lo seguí aunque se notaba que mi presencia le molestaba. Se unió a su destacamento, pelotón o como se llamara el grupo de muchachos que hasta un día antes dirigió Felipe Gómez. Comían en silencio.
– Y ¿éste quién es? – preguntó con hosquedad un joven de no más de veinte años
– Dice que se llama Tomás Cruz. Que escribe– respondió Jacinto.
Entonces me hicieron señas para que tomara algo del rancho que ese día se repartía temprano. No hablaban. Un día antes habían alcanzado una gran victoria. Esa mañana estaban sombríos. Sin entender lo que pasaba pero intrigado por la contradicción, me quedé con el grupo.
Una hora después ya sabía muchas cosas. Esos jóvenes pertenecían a la brigada de Maclovio Herrera. La noche anterior habían enterrado a su jefe: Felipe Gómez. Eran muy jóvenes pero ese día estaban muy serios. La tristeza de Jacinto los contagiaba a todos. Me contaron que el Chinto Arriaga y Felipe eran amigos desde su infancia. Habían aprendido a cazar persiguiendo primero lagartijas, luego conejos y más tarde otras presas. Empezaron a montar burros que no sabían de jinete y luego de noche, sin permiso, atrapaban y montaban a pelo potros simisalvajes. Juntos se robaron unos caballos para unirse a la revuelta y tuvieron que matar a machetazos para hacerse de unas buenas armas. Un día antes había muerto Felipe. Ahora los jóvenes querían que los capitaneara Jacinto. Decidí que con ellos, unos pocos años más jóvenes que yo, andaría seguro y hasta podría hacer amigos. Me pareció que Jacinto iba a crecer, a progresar en la milicia, tal vez llegara a ser algo importante y a su sombra y con mi ayuda a los dos nos iría bien. A Jacinto le brotaba ese día el coraje por todos lados, aunque no hablara. Quería acabar con todos los pelones y deseaba empezar ya. Luego aprendí que sabía dominar la impaciencia y que no sólo odiaba a los pelones, si no sobre todo a los latifundistas. Con pelones o sin pelones había que repartir toda la tierra. Que no quedara nada para los antiguos dueños, ladrones, asesinos y seguidores de Huerta “¡Les cobraremos muy cara la muerte de Felipe!” decía siempre.
Así empezaron mis difíciles relaciones con Jacinto. A veces casi amigos. A ratos peleando. Pero nunca dejé de buscarlo y enterarme de lo que hacía. Por él conocí a Felipe con el que todavía me peleo, aunque somos amigos. Un día ya no pude hablar más con Jacinto, hasta hace poco que me convertí en uno de ellos.

jueves, 11 de febrero de 2010

Jacinto Arriaga al día siguiente de la toma de Zacatecas (24 de junio de 1914)

Jacinto Arriaga (Chinto) camina lentamente buscando un ecuálido pirul. Un pirul en especial. Lleva una guitarra en la mano derecha y con la izquierda conduce su caballo que mal porta una silla de montar que no reconoce. El estribo izquierdo está manchado de sangre y cerca de la cabeza de la silla se distingue la astilladura causada por un treita-treinta.
Desde el pirul se contemplan las humaredas que señalan la ciudad todavía no visible en este tímido amanecer. Chinto se sienta bajo el árbol moribundo que hace días dio sombra a su amigo Felipe. Trata de pulsar la guitarra pero empieza a llorar silenciosamente. Las lágrimas marcan brechas en la cara todavía ennegrecida por la pólvora. Lentamente coloca la guitarra a un lado y su pensamiento vuela a la hacienda del viejo Alcántara. Se imagina sentado bajo uno de los grandes árboles de la hacienda y siente que un volcán le crece en el pecho al saber que al conquistar esas tierras y convertirlas en ejido Felipe no estará con él.
Ensimismado, Chinto no escucha los pasos de alguien que se acerca. Quien llega se sienta a su lado sin ceremonias. El olor a humo de cigarro hace que el joven Arriaga voltee un poco, pero sigue abstraído.
–Hoy es un día de alegría ¡Se ganó una gran batalla!– dice el recién llegado sin que Chinto le preste la menor atención.
–Me llamo Tomás Cruz, fui maestro y luego periodista. Ahora escribo crónicas de la revolución. Es seguro que la van a ganar, pero ¿tú conseguirás algo de ella?
Ante el hosco silencio de Jacinto, Tomás opta por sacar una libreta y un lápiz del morral. La poca luz no le permite escribir y se queda contemplando las humaredas lejanas. La claridad del amanecer aumenta y Cruz distingue que el humo más denso parte del centro de la ciudad. Recuerda que tendrá que reseñar la explosión del arsenal de los pelones e investigar quién lo provocó.
Molesto por una presencia extraña, de quien a todas luces es un curro, Jacinto saca de entre el pecho y la camisa el viejo paliacate con el que anoche limpió someramente la cara de Felipe y pretende limpiarse la suya, que solamente logra ennegrecer un poco más. Se suena ruidosamente, toma la guitarra e intenta levantarse, pero la mano de Tomás lo detiene suavemente por el hombro.
–¡Suéltame! –dice en tono bajo y decidido.
–Está bien, está bien– lo tranquiliza Cruz levantándose él mismo. –Deja que te acompañe mientras bajamos de la loma.
–La vereda es de todos, ¡vete por donde quieras!
Ambos enfilan por el camino que días antes tomaron los dos Felipes, Ángeles y Gómez.