jueves, 24 de febrero de 2011

Una invasión de tierras “agrícolas”, III (En 1978 o 1979)

En el improvisado campamento el desconcierto es total. Tras unos segundos en silencio Jesús, el presidente del comité particular agrario, es el primero en moverse. Cuantas veces le hemos preguntado qué pensó en esos momentos empieza diciendo que no se le ocurría nada, que no pensaba en nada; cuando lo hemos presionado lo más que ha llegado a decir es que su cabeza, sus ideas, sus pensamientos le parecían las extensiones semidesérticas de su estado barridas por un viento muy fuerte que levantaba tanto polvo, hojas, basura que no podía ver nada alrededor ni orientarse en medio del ventarrón. Sin embargo no había sido equivocada la elección del presidente del comité particular agrario. Jesús convocó una reunión urgente y tras mucho analizar y discutir, lo único que se acordó fue permanecer en el terreno, a pesar de que la invasión ya era conocida por las autoridades estatales.
En la tarde regresó Ricardo Esquivel a los terrenos de Paso Cucharas y anunció que tenían tres días para decidir qué hacían. Esa madrugada, tras ser invitado por el procurador de justicia del estado a acompañarlo en el helicóptero del gobierno, fue recibido por el gobernador del estado. Ricardo informó que las autoridades del gobierno dejaron claro que los terrenos invadidos estaban considerados en los planes estatales de desarrollo de la ciudad capital como terrenos urbanos y por tanto no eran susceptibles de reparto agrario. Que el problema de los terrenos ejidales invadidos para formar colonias en las inmediaciones de la capital era notorio y muy conocido el propio Ricardo – lo cual era totalmente cierto – y que por tanto y conociendo las necesidades de los solicitantes de tierras, el gobierno se comprometía a formar con ellos un nuevo centro de población ejidal en el sur del estado, en tierras aproximadamente de la misma calidad que las invadidas. Quedaba implícita la desocupación de los terrenos y al final de la reunión, afirmó Ricardo, el gobierno dejó ver que si tras esos tres días los terrenos seguían ocupados, se desalojaría a quienes permanecieran en ellos.
Fueron dos días de discusiones airadas, desconcierto, suposiciones y sospechas, pero ninguna de esas dudas tocó a Ricardo. Se le tenía mucha confianza y no se pensó que estuviera traicionando la toma. Las preguntas se dirigía hacia quién o quiénes habían sido el o los informantes que pasaron el soplo al gobierno para que a las pocas horas de invadido el terreno las autoridades ya supieran del los hechos con pasmosa exactitud.
Algunos, pensando que la lucha estaba derrotada, y otros esperanzados en que se cumpliera la promesa del nuevo centro de población ejidal, lograron convencer a la mayoría de salir de los terrenos y seguir en lucha para que el gobierno cumpliera lo ofrecido. No era descabellado confiar en la administración estatal que hacía poco había emitido una de las resoluciones agrarias asombrosas y no acostumbradas, que acordaba el reconocimiento y titulación de casi cien mil hectáreas a los comuneros de Benavides Grande y Benavides Olivares en el noreste del estado.
Así terminó la invasión en una dolorosa derrota, no total porque con el tiempo el nuevo centro de población prometido se constituyó y fue dotado, pero fueron muy pocos los solicitantes originales que se mudaron al mismo. Además, si no se logró conquistar el terreno ansiado la organización partidaria y de lucha no terminó con el desalojo. Cierto que el grupo de Cucharas pasó por momentos críticos, pero también logró dar un salto cualitativo. Tal vez esa crisis la narremos algún día.

jueves, 17 de febrero de 2011

Andanzas de un diputado, IV

La asamblea está empezando. Son las once y media de la mañana. Como siempre, los representantes gubernamentales se presentan con boato. El procurador del estado me está haciendo ademanes para que pase al frente. Le digo, por señas, que no. Insiste. Mando a un compañero indígena para que le explique que mi presencia al frente podría encrespar a los de la CNC y para que le asegure que si mis compañeros pretenden conseguir algo más de lo platicado, entonces sí, hablaré, pero desde mi lugar. El procurador ya no insiste. Me distraigo buscando algún dirigente regional o estatal de la CNC. No hay ninguno; a la hora de los sustos abandonaron a sus compañeros. Han transcurrido unos veinte minutos. Como siempre hay tercos, de ambos bandos que insisten en puntos que llevaría nuevamente al rompimiento. Eso hace que la reunión se prevea larga, pero para mi es bastante claro que se va a respetar lo hablado: Reforma Agraria, procuraduría, los representantes de la secretaría de gobierno, están haciendo bien su trabajo. Me distraigo completamente pensando en otros problemas de la región: Atlapexco, el microcentro ecológico de población, en fin, no sé en qué. Estoy seguro que si a los representantes del gobierno se les sale la reunión de control, cosa que no parece que vaya a suceder, mi subconsciente me avisará para que ponga atención. Sé que los campesinos sacarán los acuerdos deseados y cederán , sí, pero no más allá de lo internamente acordado.
De pronto unos aplauso desabridos me llaman la atención. El delegado de la Reforma Agraria está diciendo que sólo faltan las firmas. Por fin terminó la reunión. Veo las caras de mis compañeros indígenas y me doy cuenta que los acuerdos salieron como los esperaban. Lorenzo está feliz.
– Ganamos, ganamos – me dice con entusiasmo.
Yo no sé si ganamos o apenas la libramos; nada es todo triunfo ni todo derrota, pero, sí, creo que sí, esta vez, para todos, nosotros y los de la CNC, en la balanza, pesó más el platillo del triunfo. Estoy cansado. Allá abajo, en Huejutla, me esperan más problemas.
– Vamos, diputado, regrese con nosotros en el helicóptero – me dice el representante de gobernación.
– Subí solo en una camioneta, tengo que bajar en ella – le respondo.
¿Estaré viendo bien o ya alucino?, me parece que el licenciado muestra algo así como decepción por que no acepté ir con ellos; no creo, será el hambre.
Estoy muy distraído, lo que todos llaman triunfo me ha dejado igual. Me gustaría que en nuestro México se acabaran este tipo de problemas. Ya sé, no es posible. Pierdo la noción del tiempo, únicamente sé que ya comí y platiqué de, no recuerdo. Me costó trabajo convencer a los compañeros para que me dejaran regresar. Decían que me quedara a descansar y bajara hasta mañana. Lorenzo me recordó la noche que me quedé saliendo del vado porque se me mojaron las bujías, y el miedo que, yo se lo había contado, tuve hasta que amaneció. No me dejé convencer y ya voy nuevamente por esta cornisa prendida a la montaña como el niño a la espalda de su madre. Voy muy rápido. Debo tener más cuidado.
***
El Profe llegó a Huejutla. Desde lejos supo que se respetaron los convenios. Al principio varios campesinos de la CNC no estaban muy de acuerdo en dejar las hectáreas acordadas para que los ejidatarios de su mismo ejido apacentaran su ganado, pero sus dirigentes regionales fueron obligado por el gobierno a ya no mover las aguas y se estableció la paz en el poblado. Sin abandonar cada quien su organización, los indígenas se dieron cuenta, muy pronto, pues en realidad lo sabían desde hacía mucho, que la paz era favorable a todos y que no peligraba sino por la intervención de líderes que quieren pescar en aguas turbulentas. Sebastián, el indígena exsoldado que organizó la defensa contra la emboscada, y todos aquellos que habían aprendido a usar armas y las habían sacado después de la matanza, cavaron en la tierra y ahí las escondieron, perfectamente engrasadas y protegidas con varias capas de plástico. Esperemos que nunca más tengan que desenterrarlas. Los muertos siguen doliendo, pero en ocasiones, como esta vez, florecen.

jueves, 10 de febrero de 2011

El mimeógrafo de los azules II (Monclova, a mediados de 1979)

Aquel local, a espaldas de la plaza principal de Monclova, mejoró de pronto. Seguía teniendo dos cuartos, uno vacío y el otro con la enorme y tosca mesa y un mimeógrafo. La mejoría fue de este último aparato.
La tarde en que Reynaldo me avisó que Miguel Sepúlveda, representante de los azules, me andaba buscando, nos fuimos a una cantina y entre cerveza y cerveza los mineros me dijeron más o menos lo siguiente: "Miguel no te busca por iniciativa propia, lo manda Napoleón a ver si puede comprarte. Tanto él como Juan Vargas, dirigente de los rojos, nos buscan y nos han querido comprar; nos ofrecen comisiones sindicales o ascensos fuera del escalafón, pero ningún verdes le ha hecho caso. Los blancos son muy prepotentes, creen que ya no necesitan a nadie o será por otra cosa, pero sus dirigentes nunca nos han hablado ni mandado recados. Lo curioso es que nos nos imaginamos qué te pueda ofrecer el Sepúlveda, pues no te va a ofrecer trabajo en la planta y menos puestos sindicales o ascensos. Eso es lo que nos intriga, para qué te quiere. Ya nos contarás".
No tardamos mucho en saberlo. Dos días después Reynaldo me presentó al tal Miguel Sepúlveda y se retiró tranquilamente. Miguel me invitó a tomar un café y en medio de pláticas intrascendentes el jefe de los azules fue mostrando su juego. Su propuesta la resumo así: ellos, los azules, tenían un mimeógrafo moderno que ya no usaban; no les interesaba sacar volantes; "no sirven para nada" dijo; me podía prestar el mimeógrafo para que yo sacara más volantes, a condición que siguiera "echándoles mierda" a los blancos. Claro que todo el tiempo habló de Napoleón Gómez Sada y de todo el apoyo que de él siempre se recibía; me podría conseguir una entrevista con Napoleón en el D.F., el día que yo quisiera.
El anzuelo estaba lanzado. Estaba expuesto en una forma muy tonta; la carnada era el mimeógrafo prestado para ir a ver a Napoleón al D.F. Pensé en robarme la carnada y despreciar el anzuelo, pero tenía que comentar con mis camaradas. Le dije a Miguel que le aceptaba el trato pero que tenía que viajar a Monterrey; regresando me comunicaría con él.
– Ya nos chingamos al pendejo – dijo Reyaldo cuando al día siguiente, en una reunión extraordinaria (que eran las más ordinarias) les conté la entrevista a los diez u once obreros que asistieron al local– Acéptale el mimeógrafo y a ver si lo vuelve a ver.
Dos o tres muchachos de la 288 pusieron débiles reparos: aunque el mimeógrafo no nos lo ofrecía Napoleón recibirlo nos comprometía.
El resto, tanto de la 288 como de la 147, argumentaron más o menos lo siguiente: mentira que recibir el mimeógrafo nos comprometiera con algo; se lo están ofreciendo a un soberano desconocido: el Profe, que oficialmente no tiene nada que ver con obreros sindicalistas de Altos Hornos. Allá su partido (esta parte no me gustó) que será el que no va a cumplir ningún trato –¿o piensas supeditarte, pinche Profe? – dijo alguien. Lo peor es que los azules quieran madrear al Profe –dijeron también y esta parte tampoco me gustó – y recuperar su mimeógrafo, pero en ese caso ya veremos cómo lo defendemos.
Entre risas y bromas quedó claro que nos íbamos a hacer de un excelente mimeógrafo, moderno, automático, que reemplazaría con creces al viejo mimeógrafo de alcohol y seguiríamos con nuestra línea de volantes combativos prero respetosos, sin desviarnos ni un milímetro. Añadieron que Miguel estaba güey, que nosotros "no echábamos mierda" en los volantes.
Loa azules me prestaron el mimeógrafo y lo usamos mucho. Poco antes de que yo dejara Monclova Miguel me anduvo buscando para recuperar el aparato. En previsión de que los azules intentaran recobrarlo por la fuerza, se convirtió en un "mimeógrafo itinerante". Cuando me despedí de Monclova no supe en casa de quién quedó el dichoso aparato y no he vuelo a saber de él.

jueves, 3 de febrero de 2011

El mimeógrafo de los azules I (Monclova, a mediados de 1979)

Apenas cruzó la puerta del local del partido, o de los ex verdes, o de ya no sabíamos bien quién, acostumbrados como estábamos a ni siquiera usar saludo formal, Reynaldo casi gritó alborozado:
– Profe, Profe, Profe, te anda buscando Miguel Sepúlveda , representante de los azules – su voz aparentaba emoción, pero en su ojos brillaba la curiosidad, algo de malicia y mucho de travesura.
Estábamos en el local, en torno a aquella enorme mesa que hasta de cama me había servido, unos diez o doce obreros y yo. Reynaldo llegaba retrasado ese día; los jóvenes de la 288 ya habían empezado a platicar sobre su próximo volante y los tres o cuatro obreros de la 147 escuchaban atentos, con gran interés, listos para opinar. Los muchachos de la 288, con mayor preparación académica, respetaban muchísimo la opinión de los obreros de la Planta Uno, dada la enorme experiencia de lucha sindical de los obreros de más edad.
Las palabras de Reynaldo , que jovialmente interrumpieron la reunión, no molestaron, pero sí causaron enorme expectativa. Todos, menos yo, sabían quién era Miguel Sepúlveda y hasta yo sabía quiénes eran los azules.
– ¿Quién es ese? – le pregunté a Reynaldo – No lo conozco ¿Qué quiere?
– Seguro Napoleón quiere comprarnos. Sólo así entiendo que te mande a los azules.
– Pinche Napoleón. Ya le preocupó lo que estamos haciendo – dijo algún joven de la 288.
– Tranquilos, cabrones – terció Luciano, aquel obrero de la 147, gruísta de primera, que en sus tiempo libres mantenía la arena de lucha libre en el patio de atrás de su casa – Si a mí me hablaran los azules, o los rojos, yo si iría a ver qué chingados quieren.
– Ve a verlo; dice que te tiene una propuesta – Reynaldo se sentó junto a Luciano y le dijo algo en voz baja. Ambos rieron suavemente.
– Sigamos con lo de nuestro volante – cortó alguien.
Le hicimos caso al obrero de la Planta Dos. Se acordó el contenido del volante; tendría que estar mimeografiado para el día siguiente. Mil ejemplares. Pasarían por ellos los del primer turno después de su salida.
Fue entonces cuando Reynaldo volvió a la carga, pero ahora ya serio, casi preocupado.
– ¿Qué le digo a Miguel?
El intercambio de opiniones fue corto. Los cuatro obreros de la 147 me empujaron a que fuera a ver al tal Sepúlveda y averiguara lo qué pretendía. Los muchachos de la Planta Dos se veían desconfiados. Alguno de ellos sugirió que dos o tres me acompañaran.
– Estás güey. Si va uno de nosotros Miguel ya no hablaría a su gusto. O qué ¿no le tienes confianza al Profe?
Todavía insistieron los de la 288; que habría que protegerme, dijeron.
– ¿Protegerlo de qué? ¿De que lo vayan a madrear? ¡Para madrearlo no lo llaman! En cualquier esquina le rajan su madre – dijo Luciano, el luchador.
– Miren cabrones – añadió Reynaldo, y dirigiéndose a mi – Si Napoleón te compra nosotros mismos te madreamos y te mandamos a Monterrey ¡No vuelves a poner un pie en Monclova! Ve solo. Esa cabrón de Miguel no te va a hacer nada.
Se desataron las bromas pero quedó claro que iría solo a ver a los azules. Ya les informaría que quería Miguel Sepúlveda.
Cerramos el local y nos fuimos a una cantina; no todos; sí los de la 147 y sólo uno de los jóvenes de la Planta Dos. Hacía mucho calor.

jueves, 27 de enero de 2011

Andanzas de un diputado, III

Me niego a desayunar. Con Lorenzo no necesito cortesías citadinas, entiende que es necesario que hable con todo el grupo. Mientras camino los quinientos metros que me separan del lugar de reunión, viene a mi mente el recuerdo de aquel día, uno después del enfrentamiento. Mi angustia de toda aquella noche, antes de llegar a Huejutla, sin saben nada más allá de lo que me dijo el secretario general del partido por teléfono. La búsqueda de compañeros que me informaran de lo sucedido a las seis de la mañana. No fue difícil encontrarlos, de Mecatlán, los que no estaban en la cárcel, también me andaban buscando. Recuerdo el alivio que sentí cuando me explicaron que la agresión, sin duda, no la habíamos iniciado nosotros. Me cuidé de no externar ningún comentario cuando, airados, me aseguraban que Nemecio, el dirigente regional de la CNC, había roto acuerdos y obligado a sus seguidores a preparar un ataque sorpresivo. Si los informes eran ciertos ahí deberíamos enfocar nuestros ataques. El que nosotros sólo tuviéramos un muerto y un poco menos de heridos no me alegró. Las cuatro versiones que recogí por separado coincidían en lo esencial. No quise averiguar detalles y hasta la fecha desconozco muchos; si los informes recibidos eran verídicos tenía una oportunidad en esa ruleta rusa que me preparaba la vida. De pronto empiezo a recordar cómo llegaron, corriendo, agitados y temblorosos, tres campesinos diciendo que frente a las oficinas de la procuraduría en Huejutla había un mitin de militantes de mi partido, y que campesinos de la CNC bajaban con ese rumbo por varias carreteras para atacarlos, enardecidos por su derrota en Mecatlán. Viene a mi recuerdo, incluso físico, aquella mañana tranquila en apariencia, a eso de las ocho, y cómo, al pensar en las consecuencias de un enfrentamiento, se encogieron mis venas y corazón, y cómo la piel, en mis lugares más sensibles, se achicó, haciendo que me subiera un dolor hasta la boca del estómago, para instalarse ahí como una esfera de plomo caliente y denso. La memoria empuja mi cuerpo a repetir el estrechamiento de venas, corazón y piel, pero cuando la sensación apenas empieza, se desvanece cuando llego con Lorenzo al lugar de reunión. No necesito hablar mucho con la gente que me conoce. Ya están casi todos reunidos en las bancas del su lado izquierdo, en un galerón abierto, con techo de dos aguas, que sirve tanto de salón de asambleas como sobre todo de abrigo para el tiangis semanal. Enfrente, del lado derecho, están los de la CNC. Casi como algo físico siento en el aire el odio y el rencor de un lado y otro, las miradas, los murmullos, pero no percibo ningún movimiento de amenaza. Todo lo que se ha platicado en estos tres meses ha calmado los ánimos.
– Te acepto el taco – le digo a Lorenzo – tenemos un poco más de media hora.
Mientras la esposa de Lorenzo muele el nixtamal, su mamá echa las tortillas; con ellas, el plato de frijoles me recuerda a una madre, un hogar, seguridad, en suma. A lo lejos escucho un rumor que se aproxima. Es el helicóptero de gobierno. Agradezco el desayuno y nos vamos al lugar de reunión.

jueves, 20 de enero de 2011

Azules y rojos, blancos, verdes, etc.

Cuando eramos críos y estudiábamos primaria, por los años de 1950, nos topábamos en el parque público del barrio con una palomilla de "niños bien". Nosotros estudiábamos en la escuela pública y ellos asistían a una escuela de paga, particular, católica, de "riquillos".
Nosotros jugábamos futbol, ellos preferían el basquetbol. Cuando nos retábamos, usando porterías ganábamos muchas veces, en la canasta era casi seguro que perdiéramos. A pesar de nuestra corta edad en el fondo había una rivalidad cuyas causas nos mandaron por caminos divergentes. Pero a los diez u once años, aunque nos burlábamos de los "riquillos" todo lo que podíamos, cuando en su escuela se organizaba lo que llamaban "fiesta atlética" la envidia nos ponía hoscos. Las tres o cuatro semanas que duraba la tal fiesta, a los riquillos no les interesaban nuestros retos y el día en que terminaban las competencias atléticas nos íbamos hasta el edificio de la escuela particular y nos metíamos a sus terrenos deportivos a pesar de la férrea vigilancia que nos lo pretendía impedir. Veíamos con envidia los eventos de atletismo, vibrábamos con el griterío de las graderías y contemplábamos embelesados la premiación el el "podio olímpico". Todas las competencias se desarrollaban entre dos bandos armados al azar, según nos contaban a veces los riquillos del barrio: un bando era azul y el otro rojo. Con esos colores se uniformaban los competidores y ganaba el bando que más puntos acumulara. Al final los triunfadores paseaban por el barrio, en algún carro descubierto, el trofeo que habían conquistado.
Veinticinco años después llegué a Monclova con la encomienda de organizar un partido político naciente. Cando llegué a esa población norteña me impactó la presencia ineludible de los obreros de Altos Hornos, Planta Uno, con más de diez mil trabajadores sindicalizados. Al ir conociendo la lucha obrera de la sección más numerosa del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM) me desconcertó encontrar una enorme similitud entre esa lucha y aquellas "fiestas atléticas" de mi niñez. Cierto que la lucha obrera no se daba en pistas de carreras y fosos de saltos, pero el trofeo era paseado por los ganadores por las calles de la población en camiones descubiertos y los bandos rivales fueron durante más de quince años el de los azules y el de los rojos, con el mismo contenido ideológico que tenían los equipos rojos y azules en la escuela particular del barrio de mi infancia. El trofeo no era un copa, sino la dirección de la Sección 149 del SNTMMSRM. También es cierto que los obreros de base, que contra todo intento de impedirlo desarrollan unos más y otros menos su conciencia de clase, depositaban su voto por una u otra planilla según los ofrecimientos de sus candidatos. Poco a poco se fueron dando cuenta que tales ofrecimientos las direcciones sindicales no pretendía cumplirlos y si lo hacía era por la fuerza de los obreros movilizados por su necesidad y su conciencia.
A principio de la década de los setenta llegaron a Monclova algunos intelectuales que lograron formar un grupo de obreros que se lanzó a la lucha sindical. El grupo eligió para identificarse el color blanco, sin darle ninguna connotación ideológica, pero su discurso era de izquierda; en él se traslucía claramente el pensamiento obrero del marxismo. Obviamente las bases notaron la diferencia y muy pronto los blancos conquistaron la dirección sindical en una fiera lucha ¿Qué pasó después? Seguiremos contando en otra ocasión.

jueves, 13 de enero de 2011

Andanzas de un diputado, II

Con voz airada Talamantes, el secretario general del comité central de mi partido me preguntó aquel día:
– Profe, que pasó en la huasteca
– Nada que yo sepa ¿por qué?
– Cómo que nada. Hubo un enfrentamiento entre campesinos del partido y de la CNC. Hay muertos, algunos nuestros, cinco en total.
Quedé en silencio unos segundos.
– No sé nada – balbuceé al fin.
– Te vas inmediatamente a Huejutla y detienes ese lío.
Fue la orden tajante que recibí antes de colgar.
Mi relativo descanso se acabó en ese momento y ahora que voy subiendo por esta trocha, las sombras de los muertos de aquel día me acompañan y me empujan con urgencia.
– No queremos haber muerto inútilmente – me susurran al oído.
El vehículo trepa como hormiga por la cuesta. Subo por caminos que parecen llevar a ninguna parte, que se cierran, angostados por la vegetación de los bordes de una vía aparentemente poco transitada. Poco a poco la tensión con que empecé a subir disminuye. Una terca pregunta me asalta repetidamente: ¿por qué Talamantes me mandó a mi a la huasteca si hay aquí una base numerosa y disciplinada y muy buenos dirigentes? Al igual que en días anteriores hoy tampoco encuentro respuesta, pero la pregunta hace que disminuya la atención que debo poner al camino. También me distrae otra inquietud: los odios y rencores en el pueblo al que me dirijo no se han apaciguado, existe aun la posibilidad de un nuevo enfrentamiento durante la reunión de hoy; en tal caso los no indígenas que andamos de metiches somos los que más peligramos. Tal vez hiciera bien en no seguir subiendo.
Una violenta curva me ha regresado a la realidad. El instinto sólo alcanzó para frenar bruscamente. Este viejo cacharro se ha comportado más decidido y firme que yo. Si el viejo armatoste que conduzco no hubiera respondido como lo hizo, en este momento iría dando tumbos hacia el fondo del barranco. Tengo que poner más atención al camino. Si he de llevar un susto allá arriba, que sea en el pueblo, entre los indígenas que son amigos, la mitad de los pobladores, más o menos. ¡Qué feo sería caer en estos abismos y morir antes de llegar!
Parece que me acerco a la cima. A lo lejos, por el camino que al fin deja de ascender, se ven las casas de la cabecera ejidal recostadas en una mansa ladera que asciende para morir en un sumidero sin fondo, al menos eso parece desde aquí. Al frente, hacia mi lado izquierdo, un monte se eleva abruptamente como gigante que vigila de parte de dioses náhuatls a uno de sus pueblos elegidos. A los lados de la angosta planicie donde se encuentra el poblado, las laderas se hunden, permitiendo contemplar, más allá de los valles que forman, las cumbres de otros montes donde, vigilados también por dioses desconocidos para mi, otros grupos indígenas mantienen sus reservas de viejos triunfadores, esperando pacientemente, lo han hecho ya durante quinientos años, el día en que superen el sistema que los blancos les hemos impuesto.
Como surgidos de la nada salen del bosque que acabo de abandonar diez o doce indígenas, trotando a su paso serrano. Disimuladamente observan la camioneta; a todos los conozco, seguramente venían cuidando mi llegada. Hacia mí, por el camino, viene Lorenzo, el jefe político del grupo en el que estamos.
– Qué bueno que llegas – me recibe sonriendo – los de la Reforma Agraria acaban de llegar hace diez minutos, gobernación y la procuraduría van a llegar en helicóptero, según dijeron, como a las once; la gente está muy nerviosa, sobre todos los de la CNC; de todas maneras te respetan, aunque no te conozcan; saben que fuiste tú el que nos sacaste a todos de la cárcel y lograste que el gobierno del estado pagara las curaciones del hospital; el bruto de Nemecio [dirigente regional de la CNC] quiso quemarte y les contó los arreglos a los que llegaron aquél día en Huejutla; no te perdona que hayas pedido que la CNC lo mandaran de vacaciones permanentes a Acapulco o le pagaran un curso en el extranjero para que aprendiera a leer.
– Yo no dije para que aprendiera a leer, lo más que se me salió fue decir que para que no regresara a dar lata a la huasteca.
– Total, todos saben que no pediste castigos ni culpaste a nadie, si no fuera por eso, quien sabe, todavía estaríamos matándonos; como quiera tenemos que cuidarte, no vaya a ser la de malas y se nos quiera adelantar un loco de la CNC; ven, vamos a comer un taco.

jueves, 6 de enero de 2011

Una invasión de tierras “agrícolas”, II (En 1978 o 1979)

Comenzaba el primer miércoles de la invasión. No eran todavía las dos después de medianoche, el clima era caluroso, como tantas veces en Monterrey aun en las madrugadas. No hizo falta encender fogatas, además que no se quería hacer fuego, otra vez, según eso, para no llamar la atención. En realidad se hubiera podido encender una buena lumbre y nadie ajeno a la invasión hubiera visto siquiera su resplandor; los habitantes más cercanos eran los colonos de las tierra de Casimiro Herrero, todos ellos involucrados en una forma u otra en la toma de los terrenos solicitados ya hacía casi dos años. Además de ellos nadie vivía ni transitaba por esos lugares.
Como fuera, y sin encender fogatas, a eso de las dos de la mañana ya todos tenían listos sus instrumentos de trabajo para el momento en que empezara a amanecer. Por acuerdo previo, bastante entrada la alborada se encenderían los fuegos para preparar los alimentos y aún antes de tomarlos se empezaría el desmonte. Habría que quitar muchos cactus, nopales y huizache y tener listas las tierras para sembrar a las primeras lluvias. También se señalarían los lugares para los corrales de ganado menor. No se levantarían tejabanes para que nadie pensara que se iba a hacer una colonia urbana.
Aunque todos estaban listos para empezar los trabajos y el nerviosismo era mucho, varios ya dormitaban tendidos prácticamente al raso y el ejemplo empezaba a cundir entre todos los invasores.
Unas dos horas después, cuando por el este la oscuridad apenas empezaba a retroceder, Raúl, uno de los comisionados a la guardia del campamento, alumbrándose con una lámpara de pilas llegó corriendo a donde Ricardo Esquivel platicaba con un grupo de seis o siete invasores.
– Por el rumbo de Monterrey se oyen unos helicópteros, creo que vienen hacia acá.
Todavía no terminaba de hablar y ya las luces de las naves se acercaban rápidamente.
– ¡Vente, Rodrigo! Te vamos a esconder.
Corriendo y jalando entre dos a Rodrigo que se resistía, los seis o siete que platicaban con él lo empujaron en una pequeña zanja cavada al efecto y lo cubrieron con ramas de huizache y mezquite, acabando de cubrirlo con hierbas recién arrancadas. De pronto, recostado en el suelo, Rodrigo se encontró con una vieja pistola entre las manos, un revolver de cañón largo, viejo y oxidado, cuyo calibre no ha podido recordar ni tampoco quién y cómo se la puso entre las manos.
– No te muevas – dijo alguien.
Desde su precario escondite Esquivel oyó cómo aterrizaban los helicópteros y empezó a preguntarse por qué diablos estaba escondido. Su lugar era seguir encabezando la toma de tierras, sin correr a esconderse como rata entre la basura.
No tuvo que cavilar demasiado; minutos después oyó claramente la voz del procurador de justicia del estado, con el que ya había tratado asuntos de diversa índole encabezando grupos del partido socialista que tenía ya casi tres años de fundado en Nuevo León.
– No te hagas pendejo, Rodrigo. Sal de ahí antes de que te saquemos a la fuerza.
La voz del funcionario lo regresó a la realidad y a sus responsabilidades. Rodrigo lanzó el arma entre las ramas que lo cubrían, se levantó decidido sacudiéndose el polvo y enfrentó al funcionario, ya sin dudas
– Estaba descansando, licenciado ¿Qué se le ofrece?
La sonrisa franca del procurador sorprendió a todos, sobre todo a los acompañantes del funcionario que venían preparados para iniciar una represión generalizada.
– No se me ofrece nada, Rodrigo. Solamente que me acompañes a mi oficina.
No necesitó el procurador ni tomar del brazo a Esquivel, quien totalmente sereno en apariencia, aunque con un gran temor interno, caminó junto al licenciado y se subió al helicóptero con él. Toda la fuerza pública se retiró y los invasores quedaron desconcertados sobre el terreno que habían invadido.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Andanzas de un diputado, I

– ¿Tú qué opinas, Felipe? Quienes eran diputados en la década de los ochenta ¿eran diputados iguales a los actuales? ¿todos, o algunos? ¿tenían características diferentes?
– ¡Qué preguntas son esas! Todos nosotros estamos de acuerdo que actualmente los diputados, independientemente del partido al que pertenezcan, son más o menos iguales, solamente buscan lo que ellos llaman “poder”, quieren ser diputados para ascender en esa escala, ellos o el grupo al que pertenecen, que bien puede cambiar de un día para otro. En la década de los ochenta había diputados de muchos tipos. Tal vez la mayoría ya eran como los actuales, pero también los había con ideologías o tendencias bien definidas que luchaban por proyectos de nación diferentes, hasta antagónicos. Incluso había diputados con comportamientos inusuales, no acostumbrados entonces y mucho menos ahora ¿Por cuál de esos tipos preguntas?
– ¡Felipe Gómez siempre tan propio! ¡No te enredes! Mejor dinos a qué comportamientos inusuales te refieres.
– Y para qué les cuento yo si por ahí tenemos una narración de quien era diputado local en la década de los ochenta: Vamos a oírlo y después que cada quien opine. Lo conocemos, es "el Profe", sabemos que robaba votos ...
– ¡Ya deja que él nos cuente! – Interrumpen a Felipe. Luego guardan silencio. Empieza la narración del Profe:

"Voy subiendo por un camino que serpentea entre una densa vegetación. La camioneta que conduzco gime con el esfuerzo de levantar su peso varias veces su altura cada cincuenta o cien metros. A la derecha, apenas barruntado entre los troncos de los árboles y los matorrales que nacen a su sombra y trepan por sus troncos hasta encontrarse con las ramas, un abismo hace que involuntariamente mueva el volante a mi izquierda, donde la cuneta, erosionada por las constantes lluvias, se ahonda hasta amenazarme con un vuelco si una rueda cae a ella.
¿Por qué voy, solo, subiendo esta mañana a la cumbre de un cerro que casi en su cima tiene un pueblo en que peligra mi vida?
Hace tres meses llegué a una oficina, en el Distrito Federal, que está siempre sucia y desordenada. Entran y salen de ella campesinos de todos los rumbos del país. Jóvenes de ambos sexos dialogan con los mexicanos que sienten que su patria es el suelo que pisan, la tierras donde levantan sus casas y la parcela que cultivan o quieren cultivar como seguros poseedores, para arrancarle el sustento de ellos y sus familias. Lo único valioso que cargan los campesinos que van a esa oficina son sus esperanzas, su historia y, en ocasiones, papeles sobados, releídos y heredados de padres a hijos, que les garantizan la propiedad colectiva de sus tierras. Son viejas resoluciones presidenciales que dotan o amplían su ejido, resmas de copias de papeles que han entregado para que su solicitud de tierras prospere o los límites de su ejido se respeten y, a veces, pergaminos del tiempo de la colonia, cédulas reales o virreinales que les otorgaron el disfrute a perpetuidad de terrenos comunales.
Me encontraba sentado, descansando, en un lugar apartado de esas oficinas de la organización campesina de mi partido, totalmente abstraído de lo que a mi alrededor pasaba. Pocos y de no urgente resolución eran los problemas que ese día llevaba en mi ajado portafolios. Iba prácticamente a visitar a mis compañeros de lucha, de pequeños triunfos y de múltiples fracasos. Tras los saludos a los amigos, que no interrumpieron sus ocupaciones, decidí sentarme en aquella esquina. Aunque eran las seis de la tarde, mi trabajo había terminado; esperaría a que se calmara el barullo que me abrigaba; iría tal vez a comer tacos en alguna esquina con el compañero que se desocupara primero, y tendría que buscar lugar para dormir esa noche: algún rincón en un viejo departamento o un sofá desvencijado en casa de algún amigo.
De pronto, alguien me dijo, con el teléfono en la mano:
– Profe, te habla Talamantes, es urgente.
Con la llamada del secretario general del comité central de mi partido, comenzó esta pesadilla que hoy me empuja a subir por un camino que más parece despeñadero de mulas en una serranía de cuyos abismos no veo el fondo y que sólo su vegetación hace menos terrible.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Una invasión de tierras “agrícolas” (Entre 1978 y 1979)

– A ver, compañeros, tenemos que reorganizarnos, el Profe ya se fue a Monclova. Al comité estatal lo rehacemos hasta la próxima asamblea general. Por ahora debemos encargar a alguno de ustedes la atención a los comités de base a los que iba el Profe con más frecuencia
– No te hagas, Pablo, a todos vamos todos casi indistintamente. Claro que el Profe iba mucho a la Trinchera, por la hija de la presidenta. De hecho en ese comité militaba el Profe, pero muchos acostumbramos ir a esas reuniones. Hasta creo que Ricardo también milita ahí.
– No. Yo milito en el comité de mi colonia pero sí voy mucho a la Trinchera y ese comité puede funcionar muy bien solo.
– Bueno – cierra el punto Pablo Vilchis – a los otros comités seguimos yendo todos, pero al comité de Cucharas casi nadie ha ido, además del Profe y a veces Ricardo. Además en la asamblea yo voy a proponer que Ricardo se haga cargo, con Ismael, de todos los asuntos agrarios. Ricardo Esquivel desde ahora tu atiendes al grupo de Cucharas. Y apúrale con esa solicitud de tierras. No la dejes dormir en un cajón de Reforma Agraria.
Los trámites y gestiones continuaron durante cuatro meses más, pero al fin de ese tiempo el grupo de Cucharas decidió invadir los terrenos con los que soñaba. Las reuniones al principio semanales se hicieron más frecuentes al acercarse la fecha de la invasión. Finalmente cincuenta y siete varones de los setenta y tres solicitantes originales, apoyados por sus hijos mayores, esposas en muchos casos y vecinos de la colonia formada en los terrenos de Casimiro Herrero, un poco más de ciento cincuenta personas en total, pasadas las doce de la noche de un martes, con cuidado de no romper las cerca de alambre de púas “para no despertar sospechas”, se metieron a los “terrenos agrícolas abandonados y sin dueño conocido”. Eligieron para su campamento un terreno rodeado de huizaches, nopales y otros cactus, ligeramente más hondo que las tierras circundantes, entre la carretera y el paso del río conocido como Cucharas. Ricardo Esquivel lo propuso después de una cuidadosa búsqueda, argumentando que por no ser el lugar visible desde la carretera eso les aseguraría “no ser descubiertos” para que así la fuerza pública no los desalojara.
Por ese entonces las invasiones de terrenos urbanos para formar colonias de “paracaidistas” eran muy frecuentes en la ciudad de Monterrey. Cuando los invasores eran pocos la policía estatal los desalojaba en menos de 24 horas. Algunos predios invadidos por grupos numerosos y muy bien organizados se mantuvieron en una lucha constante durante años parar no ser desalojados, viviendo en condiciones muy precarias. Entre esos grupos hubo muchas tendencias y obtuvieron resultados diversos: algunas son actualmente colonias regularizadas donde a la postre la gente pagó por los terrenos y otras aun viven en la precariedad. Ocultar una invasión urbana era prácticamente imposible, pero el grupo de Cucharas pensó que ocultar una invasión en un enorme terreno abandonado, todavía sin presiones para convertirse en zona habitacional, sería posible en tanto empezaban a cultivar. Más tarde verían que hacer. Sus previsiones fueron erradas.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Otra nota del editor (tercera)

Ahora no son confusiones o problemas de los narradores de las historias que aquí se publican lo que me obliga a introducir una nota que rompe nuevamente con la costumbre de dar la palabra, o permitir que usen la pluma esos narradores. No, ahora es un artículo periodístico actual, del día 10 de este diciembre, que nos ha hecho pensar, a los narradores y a mi, que debemos publicarlo; lo escribe Víctor M. Quintana S. y se publicó en La Jornada el viernes pasado.
Algunas historias narradas en ese blog se parecen al citado artículo periodístico. Cambian circunstancias pero el fondo de lucha por la tierra es el mismo, aunque métodos y resultados difieran. No más explicaciones. He aquí el artículo:

Ejido Baqueachi: haciendo camino
Víctor M. Quintana S.
Esta vez, los policías ministeriales, vestidos de negro, fuertemente armados y a bordo de varias camionetas recorrieron los caminos de la Sierra Tarahumara, no para perseguir sicarios ni para amedrentar indígenas. Iban, simplemente, a apoyar la ejecución de cinco juicios agrarios que devuelven al ejido de Baqueachi 5 mil hectáreas, invadidas desde hace muchos años por los ganaderos que habitan el pueblo de San José. Iban listos para efectuar el raleo de ganado, pero, como dice Sun Tzu, la mejor batalla es la que se gana sin necesidad de pelearla: fue tal la fuerza de la comunidad indígena, tal el peso del proceso legal que ni las autoridades pudieron regatear el apoyo de la fuerza pública, ni los invasores pudieron entercarse a mantener las tierras invadidas.
Por resolución presidencial pronunciada el primero de marzo de 1928, el ejido Baqueachi, municipio de Carichí, del estado de Chihuahua, fue dotado con una superficie de 44 mil 784 hectáreas, para beneficiar a los integrantes de la tribu tarahumara del pueblo de Baqueachi.
El razonamiento que motivó la expedición del mandato presidencial fue –esencialmente– “…que esta tribu era una de las pocas en el norte de la República que conservaban todas sus costumbres ancestrales y había poseído desde tiempo inmemorial las tierras de que se trataba, por lo que, en rigor, deberían restituírsele, pero como carecían de títulos primordiales expedidos por la Corona española, era necesario dotarlo”.
Sin embargo, desde la ejecución de la resolución presidencial, la comunidad indígena ha estado padeciendo la ocupación de su territorio: por una parte, una serie de mestizos que se fueron avecindando e invadieron unas 25 mil hectáreas, y por otra, los ganaderos del vecino municipio de Nonoava, que se apoderaron de otras 7 mil.
La primera incursión trató de legalizarse, y en enero de 2006, 32 personas que no forman parte de la comunidad indígena, asesoradas por la Procuraduría Agraria, demandaron al ejido Baqueachi ante el Tribunal Unitario Agrario, reclamando reconocimiento como ejidatarios. La comunidad contestó las demandas, ofreció pruebas y opuso reconvención (contrademanda) de acuerdo con la ley. Luego de que se llevó a cabo el procedimiento de los 32 juicios en todas sus etapas, el Tribunal Unitario Agrario dictó las sentencias correspondientes, determinando que las personas que demandaron a Baqueachi no demostraron cubrir los requisitos establecidos en la Ley Agraria para ser reconocidos como ejidatarios y, en cambio, el ejido sí había aportado las pruebas suficientes para fundar sus pretensiones contenidas en la contrademanda, por lo que condenó a los demandantes a desocupar las tierras de uso común, propiedad de los indígenas y que indebidamente estaban usufructuando.
Aunque la comunidad ganó los 32 juicios, 28 de ellos fueron impugnados. Sin embargo, los tribunales federales ya han negado el amparo en 13 juicios. De éstos y de los cuatro que quedaron firmes, sin impugnarse, en 12 casos los invasores desocuparon voluntariamente el territorio. Y el pasado 25 de noviembre se llevó a cabo –por el Tribunal Unitario Agrario y con apoyo de la fuerza pública– la ejecución de tres sentencias, en las que se involucran aproximadamente 5 mil hectáreas que fueron entregadas, sin incidentes que lamentar, a sus legítimos propietarios, como señalamos más arriba.
Este primer y muy importante triunfo de la comunidad de Baqueachi se debe fundamentalmente a tres factores. En primer lugar, a la solidez y unidad de una de las comunidades que más guarda sus usos y costumbres entre la etnia rarámuri, y por una admirable conducción de las propias autoridades rarámuri. Patricio Chávez Gabriel, inteligente, socarrón y tenaz, comenzó la lucha como comisario ejidal; la culmina como siríame: gobernador de la comunidad.
Recuerdo la segunda junta que tuvimos con él, allá en 1995: sacando un pollo asado de su morral de ixtle nos dijo: Mejor traje la comida desde mi casa para que no tengamos que andar comiendo en casa de los chabochis del ejido, de los que nos meten el ganado a las tierras. Espléndida síntesis rarámuri de lo que significa la soberanía alimentaria.
En segundo lugar, al acompañamiento tenaz, capaz, abnegado y continuo –a lo largo de 15 años– del equipo que encabeza la abogada Estela Ángeles; del padre Nacho, redentorista de Carichí, y de la asociación civil Bowerasa, formada precisamente para apoyar a los indígenas en la defensa de sus territorios. Debe destacarse que este equipo ya pagó su cuota de sangre en la persona de Ernesto Rábago Martínez, pareja y coadyuvante de la licenciada Ángeles, asesinado el primero de marzo pasado, precisamente fecha en que se conmemora el aniversario de la dotación del ejido. Además, ya hubo un ataque armado a la hija de la abogada y amenazas a ella misma.
En tercer lugar, por el sabio manejo que comunidad y equipo han hecho de los apoyos de instancias y personajes externos: la misión tarahumara, algunas organizaciones no gubernamentales, diputados amigos y autoridades agrarias.
Con este triunfo rarámuri, que combina la unidad y la movilización comunitarias con una asesoría jurídica competente y comprometida, la comunidad de Baqueachi les dice a sus hermanos de los pueblos indios:
¡Bowerasa!: (vamos) haciendo camino.

El artículo fue extraído de la siguiente dirección: http://www.jornada.unam.mx/2010/12/10/index.php?section=opinion&article=024a1pol

jueves, 9 de diciembre de 2010

Primero de mayo de 1978

-¿Qué hago viajando en este autobús? - se pregunta el Profe al despertar, con un paquete de cien periódicos sobre las rodillas y una hoja manuscrita en la bolsa de la camisa.
Afuera la carretera se alarga en línea recta apuntando al centro de un macizo montañoso claramente dibujado en el horizonte, allá lejos, levantándose en el aire nítido de una mañana que empieza calurosa.
A los lados de la carretera, una llanura gris amarillenta, salpicada con una vegetación de cactus y agaves, se extiende hasta el horizonte, que forma una línea recta con el cielo azul, sin nubes. Las hojas gris verdosas de la gobernadora, planta típica del desierto coahuilense, no alcanzan a comunicar su color, siempre moribundo, a la llanura desolada. El monótono ronronear del autobús adormece a todos sus ocupantes y la soledad exterior se apodera del ánimo de los viajeros. Ni un poblado se percibe en la inmensidad que abarca la vista. Al frente, sobre la línea del horizonte de aquel páramo, el macizo montañoso parece un pegote grotesco, aplicado al panorama con técnicas tramposas de montaje cinematográfico. La irrealidad aparente del desierto invade el ánimo más templado y la sensibilidad más obtusa. Hace un poco menos de una hora que el Profe abordó el autobús en Saltillo. A las ocho de la mañana el calor no era mucho en "la ciudad del aire acondicionado", como la apodan los regiomontanos, pero luego que el camión enfiló por esta larga vía sin alteraciones que cruza impávida el desierto, la temperatura se elevó rápidamente en el vehículo de segunda clase. Al despertar el Profe siente cómo un sudor pegajoso le brota de todo el cuerpo. Ve las mangas de su camisa manchadas con la tinta de los periódicos que lleva sobre las rodillas. Tras reponerse de la sorpresa que le causó el desierto circundante y remontar la incomodidad de monótono zumbido del autobús y del calor que parece aumentar a ritmo similar al avance del camión, al Profe lo asalta un puñado de preguntas que parecen venidas de alguien ajeno: ¿Qué haces viajando a una ciudad, Monclova, que jamás has visitado? ¿A qué vas en este primero de mayo a un destino bien definido pero absolutamente desconocido? ¿Por qué dejas a tu compañera en Monterrey, si la amas tanto? ¿Cómo te atreves a aventurarte en este viaje con tan sólo unos pocos pesos en la bolsa y un paquete de periódicos que intentan diseminar la ideología de un naciente partido político nacional?
El naciente partido político en que milita el aventurero crece lentamente en los principios de esta administración de un presidente de México que pasará a la historia por haberse definido, ciertamente tiempo después de lo que narramos, como "un perro que defiende al peso con fiereza" ante las monedas extranjeras, cosa que hizo, pero sin éxito.
El Profe se sigue preguntando: ¿Qué haré en Monclova, ciudad eminentemente obrera, con una lista de personas supuestamente luchadores sociales? ¿Qué locura surrealista me ha invadido?
En la lista que tiene el ex maestro no aparecen direcciones ni teléfonos, sólo vagas indicaciones como: maestro de la escuela tal, campesino que lucha por el ejido equis o individuo que vive en la colonia fulanita con el cual platiqué alguna vez en un camión y me manifestó su decisión de mejorar las cosas.
Los cuestionamientos que se hizo el Profe ese día nos los ha platicado muchas veces. Todavía afirma que la cadena de preguntas era más larga y que a ratos le parecía que la locura lo estaba invadiendo con familiar confianza. Ahora sabemos que esa certidumbre no quebrantó su ánimo.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Segunda nota del editor

Un cruce de múltiples caminos ¡ja!
¡Lo que hay es un enorme desorden editorial!
Bastó empezar a poner un poco de orden en la edición para que los narradores supieran qué pasaba. Se acabaron las discusiones. Al que propuso “ahogar a todos en alta mar” le han propuesto escribir tal narración, entre tantas risas y chacota que no apareció en dos de las últimas reuniones. En este momento ya se tienen al menos cinco entradas asignadas a varios de ellos. Algunos seguramente ya iniciaron sus relatos.
Todavía falta mucho trabajo para ordenar los escritos recibidos durante un año y cinco meses. Hasta ahora los originales se han publicado conforme han ido llegando a esta redacción. En el primer intento de poner orden aparecen seis o siete temas que se desarrollan con una cierta lógica: los mismos personajes, temáticas similares, periodos temporales continuos, sitios geográficos determinados. De esos temas sólo uno se ha trabajado; se agruparon los escritos que lo tratan, respetando las fechas de publicación casi en su totalidad, aunque estén lejos de seguir el orden cronológico en que sucedieron los hechos. Se trata de sucesos acaecidos en Monclova, Coahuila, casi todos entre obreros de Altos Hornos, la mayoría de la Planta Uno; inmediatamente los narradores que saben de esos tiempos apuntaron que hacen falta muchos escritos sobre los obreros de Planta Dos; hay que describir mejor a los protagonistas de las luchas de ese tiempo, tanto de las luchas sindicales como de las que se dieron en el terreno de la vivienda o en el ámbito electoral y sobre todo falta narrar lo que pasó con todo ello o en qué se ha plasmado hoy aquella historia.
El tema referente a la lucha por la tierra también se ha empezado a agrupar. Es muy amplio y con múltiples vertientes. Aunque hay propuestas todavía no decidimos en definitiva cómo subdividirlo; hay un primer acuerdo en el sentido de juntar los relatos sobre el ejido Castaños con todos los que hablan del nuevo centro de población “La Esperanza ”dado que la semilla de éste viene precisamente de aquel ejido. En otro grupo se acomodarán las luchas agrarias en el Valle del Mezquital. En un tercero las luchas ixtleras tanto en el norte de la República como en el propio Valle del Mezquital, lucha campesina cuyo inicio apenas se ha apuntado. Tema aparte deberá ser el de las aspiraciones agrarias durante la etapa armada de la Revolución Mexicana. Poner orden en eso llevará tiempo.
Pensamos, editor y narradores, que a los lectores no les interesa el proceso editorial, por lo que se ha decidido seguir publicando los relatos como se reciban, a partir de la próxima semana. Paralelamente se publicarán, todavía sin tener claro cómo y dónde, las narraciones agrupadas por temas, para que sirvan de referencia a quienes lleguen por primera vez a la lectura de este blog, poniendo en el mismo las ligas pertinentes. Ese trabajo editorial está en ciernes; ya diré más sobre él en adelante.
Por lo pronto aquí nos detenemos. Publicaremos dentro de ocho días.
Atentamente Bogador y Caminante.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Nota del editor

Los narradores de esta historia se encuentran en un cruce de múltiples caminos. No saben ni por dónde ni cómo continuar su marcha.
Yo, el editor, llevo tiempo diciéndoles que semana a semana se confunden más.
Las discusiones para decidir quién debe continuar narrando, cómo y desde dónde hacerlo, no nos han llevado a ningún lado. Les digo que sus narraciones han perdido el hilo y no se ve cómo van a llegar a un final aceptable.
Los últimos ocho días los hemos pasado analizando, un poco angustiados, la situación:
– Terminemos subiendo a todos en un barco y ahogándolos en altamar –dijo uno de los narradores harto de no encontrar soluciones.
– Sigamos pensando ocho días más – dijeron con similares o diversas palabras los restantes.
Como editor casi los juramenté para que vuelvan a escribir, sea lo que sea, dentro de ocho días.
Así es qué ¡hasta el jueves próximo! Para nosotros será una semana infernal. Que para todos ustedes sea benévola.

P.D.: La editorial acepta y agradece desde ahora sugerencias del público lector.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El "Profe", actualmente

El Profe, ya nadie le dice así, ve distraídamente a los niños que corretean aparentemente sin ningún sentido en el patio de la escuela donde trabaja.
Está contento. Sabe que es un privilegiado en este México de principios del siglo XXI. Tiene un trabajo estable. Su salario de obrero del gis alcanza para vivir sin penurias, aunque no de para renovar el viejo automóvil que ya está a punto de colapsar.
“Obrero del gis” ¿El Profe ha sacado la frase de un museo? Los gises cada vez se usan menos, ahora son, en el peor de los casos, plumones fugaces para pintarrón y cada vez más escuelas, sobre todo las oficiales, hacen uso de pizarrones electrónicos y sus correspondientes “plumones” cuyo nombre técnico ignora.
Pero más raro es que alguien llame “obrero” a un maestro. En la mayoría de los casos los maestros se consideran “clase media” y aspiran a ser clase media alta ¿Por fin, media o alta? Flota la pregunta sin que se le preste mucha atención.
El Profe sonríe al descubrir los absurdos caminos de sus pensamientos descontrolados mientras pasan junto a él dos niñas entre los nueve y diez años, una de ellas saltando una cuerda y ambas riendo por los frecuentes traspiés de la primera.
– Director ¿Qué significa mi nombre? – pregunta otra niña de la misma edad que las dos que acaban de pasar.
– ¿Cómo te llamas?
– Ligia.
– Es el nombre de una de las sirenas de la que hablaban los griegos.
– Gracias, Director.
¡Ah! Resulta que ahora ya es director de una primaria, trabajo estable en efecto, que le permite vivir tranquilo con su esposa – sus hijos ya hace su vida solos – pero que lo obliga a contar centavos como avaro si pretende cambiar su computadora que se traba cuando pretende abrir una página ligeramente compleja en internet.
Sí, el Profe se ve contento, pero algo le preocupa allá, muy adentro ¿Cuántos guardan al menos la añoranza de las luchas sociales, las luchas obreras, las luchas campesinas? ¿Cuántos todavía se emocionan cuando leen una narración que termina haciendo presente a Lenin en una lujosa casa de un pueblo que fue minero, ahora habitado por “profesionistas libres”?
La sonrisa se diluye y algo parecido a la desolación pugna por aflorar a las pupilas del Profe.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Muertos, todos muertos

Esta tarde llegamos en tumulto a la cantina "La Mansión de Oro", en avenida Universidad y Dr. Vertiz, en esta ciudad de México. El cantinero no se ha dado cuenta de nuestra presencia. Nada más ve a nuestro amanuense que está solo, en una mesa del rincón más alejado de la barra, con apenas la luz suficiente para escribir lo que platicamos, nosotros, fantasmas del pasado, jirones de memoria que el tiempo se lleva como los ciclones arrancan las hojas de las palmeras.
– Ja, nunca has estado en la playa después de un ciclón. Todo arrasado y las palmeras de pie, con sus hojas maltratadas pero aun en su lugar – dice uno de nosotros.
– Algunas palmeras sí pierden las hojas.
– Y a otras les quedan las hojas muy maltrechas, rotas, llenas de agujeros.
– Metáforas – afirmo – la realidad es que todos nosotros estamos muertos. Penosamente nos hacemos presentes en la memoria de algún viejo conocido.
– Te contradices. Si hay viejos conocidos aun vivos es claro que no todos hemos muerto.
Y comenzamos un breve recuento: En el Mezquite aun viven muchos de los que eran autoridades cuando corrieron a Faustino Yeso y cuando poco antes conquistaron ejido, riego y carretera pavimentada. En Puerto Tetzo los jóvenes que obtuvieron el ejido ahora viven de lo que producen en sus invernaderos, aunque Maurilio Casavieja tuvo que abandonar la población por mujeriego. Antes que los maridos ofendidos le cobraran los agravios, Maurilio se fue de mojado a los Estados Unidos. Fielmente sigue enviando dinero a su esposa y a sus hijos, aunque seguramente más de un gringo estará ansioso de que la migra lo regrese con las mujeres de éste lado.
Los obreros de la planilla verde y los jóvenes de la sección 288 se han desperdigado. Varios se fueron a Estados Unidos también de mojados. Lo hicieron luego de su retiro voluntario de Altos Hornos, cuando se privatizó. Otros se fueron a Monterrey, a Saltillo o a otras ciudades. Uno sigue en Monclova: lo corrieron de la Planta 2 sin indemnización; le quitaron su pensión del Seguro Social, pero sigue luchando; pronto vamos a buscarlo para que nos narre su historia. El hermano de Hilario Zapata, Luis, vive en el ejido Castaños dedicado a la agricultura de autoconsumo, apoyado por su yerno que aún trabaja en Altos Hornos. También vamos a buscarlos, a ver qué nos cuentan.
Las luchas del ixtle son cosas del pasado y el nuevo centro de población “La Esperanza” ha muerto: aquellas veinte mil hectáreas seguramente siguen como lugar de paso o espera de ganado robado, pero sobre todo están surcadas por las veredas por donde ahora se trasiegan drogas y armas. Nuestros recuerdos no son si no cementerios: tumbas, silencio, muerte.
– ¡No! – exclama Jacinto al llegar a este punto –eso parece, pero el pasado sigue vivo. No sabemos por qué caminos va a traer un futuro diferente al tiempo actual. ¡Ayudemos a lo mejor del pasado a que se abra camino!

jueves, 4 de noviembre de 2010

Tomás Cruz en el hospital del IMSS de Villahermosa Tabasco, III (1964)

Estamos alrededor de la Cama de Tomás Cruz ¿Cómo es que oímos sus pensamientos?
Son dos enfermeras por turno las que atienden este módulo hospitalario con cuatro camas, separadas con unas cortinas verde claro. En el turno de la tarde una de las enfermeras trata con mucha brusquedad a Tomás, no sólo a él, a los otros tres enfermos los trata igual. La otra, más joven y siempre alegre, aunque a veces se ve muy cansada, se ha encariñado con nuestro moribundo, le habla con suavidad, le toca con ternura la frente, le acaricia el brazo amoratado por las conexiones del suero, un día al ir saliendo del módulo le oímos murmurar claramente “¡Cómo se parece a mi abuelo!”.
A ratos el cerebro de Tomás es un caballo desbocado, como los que monté en la batalla de Celaya. Oímos sus pensamientos ¡mala señal! pronto va a ser uno de nosotros, pura memoria colectiva en el subconsciente de cualquier mexicano que haya vivido o luchado en el campo sus derechos ejidales o haya combatido en la fábrica contra la patronal explotadora y los líderes charros.
Ayer, a esta misma hora, ya atardeciendo, Tomás se sentía en su delirio nuevamente joven estudiante, sabiéndose un viejo de más de setenta años. Se veía a sí mismo en diversas manifestaciones multitudinarias de las luchas obreras de fines de los cincuenta, hace apenas cinco años. En ocasiones gritando a favor de los ferrocarrileros, en otras apoyando a Othón Salazar y a los maestros que encabezó. Recordó entre las brumas de la fiebre que tanto Othón como Demetrio fueron apoyados por el Partido Comunista Mexicano. Tembló, no supimos si a causa de la fiebre tan alta o por el miedo o la indignación cuando recordó que hace cinco años él mismo fue acusado de “periodista comunistoide” luego de escribir sobre las movilizaciones que orillaron al gobierno a soltar a Othón, que solamente estuvo preso tres días. Casi grita de coraje cuando apareció en su delirio Demetrio Vallejo, que aún está en Lecumberri*, y hubiera gritado mil imprecaciones si no estuviera tan débil y la enfermera joven no hubiera llegado a hablarle con suavidad y no le hubiese acariciado la frente, poniendo en ella paños húmedos.
A los pocos minutos sus delirios lo llevaron a recuerdos más antiguos. Se rebullía en la cama mientras su cerebro afiebrado lo conducía a las manifestaciones en apoyo a la expropiación petrolera, por allá en el treinta y ocho, y a las festivas entregas de tierras ejidales en la Costa Grande del estado de Guerrero y en La Laguna, en Coahuila, tiempos en los que él todavía no creía mucho en la revolución.
¡Qué bueno que la enfermera no nos ve ni nos presiente! Nos hubiera corrido inmisericorde. No son horas de visitas ni Tomás, ya casi en la agonía, está para ellas.

*Lecumberri: cárcel en que se acostumbró recluir a los presos políticos durante casi todo el siglo XX, ahora convertida en el Archivo General de la Nación (nota del editor)

jueves, 28 de octubre de 2010

Tomás Cruz delirando en el hospital del IMSS de Villahermosa Tabasco (1964)

Blanco, todo blanco,
¿Qué son estos tubos que salen de mi boca? o ¿salen por mi nariz?
Desde la ventana de este salón les lanzamos bolsas con sangre a la policía de Porfirio Días ¡Tengo veintiún años! Estoy sentado en el salón del viejo edificio. Es un aula de la facultad de medicina. Las bolsas, a correr, escondernos. Es primavera, hace poco se celebró el centenario de la independencia ¿Qué? Renunció Porfirio ¡Se va, se va!
¿Por qué me fui a buscar a los revolucionarios?
Sí, sí. En esos camiones Roma-Piedad y Anexas voy con estudiantes jóvenes al zócalo. No podemos dejar que el gobierno reprima de esa forma a los ferrocarrileros que están con Demetrio Vallejo.
¡Me voy a quitar estos tubos que me ahogan!
Imposible mover el brazo. Ninguno. Ni el derecho ni el izquierdo. Abro los ojos. Me parece ver cortinas verde claro. Como de un hospital.
Tengo sueño, mucho sueño. Jacinto Arriaga se enoja y me grita. Parece que me está regañando “¿Qué andas de pendejo oliéndole los pedos a los carrancistas?”
En realidad todos los que andamos en la bola somos iguales, una bola de ladrones. Los jefes muy ladrones, nosotros carranceamos* de a poquito. No, no, algunos como Jacinto no se andan con chingaderas, “yo lo único que voy a recuperar son las tierras de los pinches latifundistas” dice a cada rato. No entiendo bien lo que quiere decir. Estoy en el campo, en los llanos algodoneros de La Laguna, cerca de Torreón. Me acuerdo de Jacinto ¿Qué andará haciendo? Son muchos campesinos, todos con armas. Tengo miedo. Ellos dicen que se las dio Lázaro Cárdenas, el mero presidente ¡Sí, como no! Que para defender las nuevas tierras ejidales ¿Qué haremos si llega el ejército? No, no llegó nunca.
Me ahogo, me ahogo ¡Tengo que quitarme estos méndigos tubos! Oigo una voz, allá, lejos. Sí, sí, una voz de mujer: “don Tomás, ‘tese sociego, se le va a zafar el tubo del suero”. Parece que veo a una enfermera. Todo blanco, no, todo no, cortinas verdes. La voz de la enfermera ... ¡que sueño! Me duelen los brazos. Ayer venía de un nuevo ejido de Chiapas ¿Ya acabó la revolución?
“ ‘Tese sociego”, una mano de mujer en la frente. Voy a dormir, voy a dormir.

*Carrancear: término que se aplicaba al robo y al pillaje durante la etapa armada de la revolución mexicana (nota del editor)

jueves, 21 de octubre de 2010

Tomás Cruz se está muriendo en el hospital del IMSS de Villahermosa Tabasco a los 75 años de edad (1964)

El calor es intenso. Hay mucha humedad. Buscamos la sombra camino al hospital del Seguro Social. Jacinto nos trae casi a rastras. Quiere llegar a visitar a Tomás Cruz que según nos han dicho agoniza en el hospital regional del IMSS, aquí en Villahermosa, capital del estado de Tabasco. Hubo un accidente automovilístico en la carretera que viene de Palenque. Según parece Tomás viajaba en el lugar del copiloto. No sabemos más.
Jacinto está insoportable. No entendemos por qué. Su relación con Tomás cambió mucho y muchas veces durante su vida: cuando se conocieron, un día después de la toma de Zacatecas Jacinto no le hizo caso, por él nunca hubieran establecido relación alguna. Pero Tomás pensó que Jacinto haría carrera militar y política y decidió seguirlo. Chinto prefirió luchar por el ejido y se perdió, según Tomás, en luchas intrascendentes. Eso causó muchos disgustos entre ambos. En alguna ocasión poco faltó para que Jacinto le soltara unos balazos a Tomás. A pesar de ello se siguieron viendo y buscando durante toda su vida. Ahora cuando parece que Tomás se muere Jacinto insiste en que tenemos que visitarlo.
Chinto afirma que Tomás es el mejor representante de los “intelectuales de segunda”, “intelectualoide” le dice a menudo, que quieren analizar la realidad y no la entienden o la entienden poco pero regañan a todo aquel que no sigue sus consejos. Pero también dice que Tomás tiene buena voluntad y que se ha ido corrigiendo y ha empezado a entender a la revolución mexicana y que “seguramente es uno de los pocos que nos puede ayudar a unir el pasado revolucionario que cada vez queda más lejos con las luchas presentes que siguen la misma dirección aunque a veces quieran renegar de ella”.
No le entendemos bien a Jacinto pero es terco y nos ha arrastrado hasta acá, a Villahermosa, para hablar con un moribundo que según él puede tener las claves para unir el pasado villista y zapatista con las luchas actuales y mostrarnos los caminos a un futuro de mayor justicia social.
Vayamos a visitar al moribundo, a ver qué encontramos.

jueves, 14 de octubre de 2010

Felipe Gómez narra una conversación entre Hilario Zapata y su esposa (1976)


Era un frío atardecer de mediados de enero. Desde que supe del nuevo centro de población “La Esperanza” dediqué mucho tiempo a llevar registro de lo que ahi pasaba. Me preguntaba insistentemente cómo la secretaría de la Reforma Agraria, tan renuente en afectar intereses particulares, había elaborado el abultado y laborioso expediente de dotación ejidal en tan poco tiempo. Sin embargo al inicio el triunfo parecía definitivo: 20 mil hectáreas dotadas a 20 campesinos y crédito para quinientas cabezas de ganado; logros así solo fueron conseguidos masivamente durante la presidencia del general Lázaro Cárdenas.
El cielo está limpio. La luna tardaría en salir pero algunas estrellas brillaban en una bóveda que obscurecía rápidamente. El aire calmo y transparente estaba muy frío. Todo anunciaba una fuerte helada al amanecer del día siguiente.
De pronto Chato, el perro de Hilario que oteaba el horizonte, levantó las orejas, lanzó dos breves ladridos y se alejó corriendo por la vereda que llegaba a la casa. Lo seguí y vi a lo lejos las fiestas y el recibimiento alborozado que el perro daba a su dueño. Algo sacó Hilario de su morral, se lo dio al Chato y siguió caminando con paso ligero, aunque lo noté cansado. Había caminado más de treinta kilómetros en esa jornada.
Guadalupe también se dio cuenta de la llegada de su esposo. Avivó el fuego para dar calor a la estancia y salió al encuentro de quien llegaba. El saludo fue rápido pero con el cariño seco que siempre les conocí.
– Cómo te fue, Hilario? ¿ Cómo están mis papás y los tuyos?
– Bien, te mandan saludos. Me encontré en Castaños a uno de los Soriano y me dio un aventón hasta su ejido. Dormí en su casa y hoy en la mañana me vine a pie desde allá.
– Pásale a descansar, ahorita te hago de comer.
Los seguí al cuarto que hacía las veces de cocina y, como siempre, me quedé observando a la distancia. Fue entonces cuando Hilario no resistió más y le contó a Guadalupe que Antonio Soriano por fin le habló claro:
– Veníamos solos él y yo, en la camioneta y de pronto me dijo que hora que ya tenemos el ganado debemos prepararnos para pasarlo de contrabando a los Estados Unidos. Cuando le dije que la policía ganadera nos trae corto y nos vigila mucho, ser rio con hartas ganas y me dijo: “No les hagas caso. A veces hasta ayudan. Muchas veces nosotros pasamos ganado que no es nuestro. Ya te irás dando cuenta por dónde”.
– ¿Tú crees que los Soriano roban ganado? – preguntó Guadalupe.
– Creo que sí y hasta se me afigura que la policía anda metida en el trafique. En estas soledades además de unos cuantos peones de rancho y ejidatarios como los Soriano o nosotros ¿quién más se va a dar cuenta de lo que sucede?
–Pero nosotros no vamos a entrarle a esos negocios ...
–Claro que no, pero no sé bien como decírselo a los compañeros. Hoy estoy muy cansado. Ya veré mañana cómo le hago.

Ese fue el primer indicio que tuve de los importante que era para la policía ganadera de la región tener el control absoluto de la misma y contar con una cobertura legal para el contrabando de ganado y seguramente de otros productos. Esto pasaba a la mitad de la década de los setenta donde el contrabando de drogas y de armas por la región apenas comenzaba. En ese entonces el trasiego ilegal de ganado era lo fuerte. Dos grandes ejidos ganaderos taparían fácilmente tal trasiego.