jueves, 28 de abril de 2011

Jacinto Arriaga y Tomás Cruz en Chihuahua (Febrero de 1916)

Es un anochecer frío y apacible. Jacinto Arriaga camina despacio y abstraído por la angosta e irregular banqueta de una calle empedrada. Desde hace días en su interior una rabia reprimida necesita encontrar una salida. A partir de la noche en que abandonó la División del Norte, aunque exteriormente es el mismo, internamente crece su enojo, una rabia que nunca había sentido tan fuerte. Cuando sin decir nada sale del tejabán donde ha pasado las últimas noches, dejando sorprendidos a Isidro y a Chema por su inesperada partida, recuerda vívidamente el atardecer en el que encontró a Felipe Gómez fallecido y él gritó que no descasaría hasta que todos los pelones estuvieran muertos. La ira aumenta al recordar a Tomás Cruz, ese intelectualillo con el que ajustará cuentas esta misma noche. La deslealtad de algunos que estuvieron con Villa lo encorajina más y lo que considera una traición de alguien que hace menos de un año se decía su amigo le tensa músculos, nervios, todo su ser.
Jacinto intenta controlarse. No quiere que sus emociones lo dominen como le pasó a Felipe en Zacatecas. Por eso dejó la pistola en el tejabán del corral semi abandonado que alguien les prestó en una orilla de la ciudad de Chihuahua a los tres viajeros. Va concentrado en aparentar tranquilidad. Absorto en tal esfuerzo no se da cuenta que Isidro y Chema lo siguen intrigados y menos que ellos sí traen sus armas escondidas bajo sus gabanes.
Cuando Chinto se acerca a la cantina en cuya proximidad ha merodeado desde ayer, tiene que detenerse en el quicio de una casa habitación para recuperar el ritmo de su respiración y de su pulso. Inspira profundamente, expira con lentitud y avanza lo más sereno que puede. Entra a la cantina con apariencia de absoluta tranquilidad, aunque por dentro su rabia se asemeja a alguno de los caballos en que acometió varias veces las barricadas en las inmediaciones de Celaya no hace mucho.
Tomás Cruz está sentado de frente a la puerta de acceso, casi al fondo del local, en una pequeña mesa cuadrada que comparte con tres soldados uniformados. Reconoce a Chinto en cuanto éste traspone el umbral, se levanta sonriente y sin decir nada a sus acompañantes rodea la mesa y avanza hacia Jacinto. Se nota que le ha ido bien en lo económico: trae un sombrero Stetson, una canana repleta de balas, pistola al cinto, su ropa es limpia y atildada. Reluce su nueva condición de jactancioso y fanfarrón.
La sonrisa de Tomás se hiela ante el gesto adusto de Jacinto y un algo que desborda en su mirada. Pero Cruz, el periodista que se siente intelectual, no se detiene y levanta los brazos en el inicio de un efusivo saludo con abrazo mexicano. La mano abierta de Chinto, puesta con brusquedad en el pecho del escribiente lo detiene en seco; el rostro de Tomás se convierte en un gesto de sorpresa o de enorme incredulidad.
- Traidor, hijo de tu chingada madre - dice muy por lo bajo Chinto, con voz cortante pero tan baja que solamente lo oye el periodista- Mi dijiste que no te ibas a pasar con los carrancistas y ya está con ellos.
- ¡Espera, Chinto! - levanta las manos en lo que parece el inicio de una caricia al rostro el sorprendido Tomás.
La presión interna rompe los diques construidos tan cuidadosamente por Jacinto. Con su izquierda aparta una mano de Tomás y con la derecha toma la pistola del periodista y la amartilla retrocediendo dos pasos. En el barullo que levanta su acción Arriaga no repara en los tres soldados que se ponen de pie y aunque están desconcertados y no ven bien lo que pasa pues Tomás los tapa con su espalda, buscan sus armas instintivamente.
- ¡Quietos, muchachitos! - se oye que alguien dice claramente en voz muy alta.
- Más vale que se queden como están, o empieza la balacera.
Las voces son de Isidro y de Chema que apuntan ambos con sus 30-30 a los tres sorprendidos carrancista.
La pistola amartillada tiembla en la mano de Jacinto. El dedo en el gatillo empieza a presionarlo. Chema se acerca y detiene el percutor de la pistola que empuña su compañero.
- Vámonos antes de que empiece la balacera.
Con los ojos rojos y las manos temblorosas Jacinto suelta el gatillo, baja el percutor, abre el tambor de la pistola y tira las balas al suelo. Deja el arma en la mesa que le queda más cerca y retrocede guiado por Chema que no deja de apuntar con su carabina. Jacinto es una hoja de árbol sacudida por una fuerte brisa. Todo él tiembla pero no pierde la compostura. La batalla por recuperar el autodomino la va ganando rápidamente.
Tomás, pálido como un muerto da media vuelta.
- Tranquilos, Tranquilos - les dice a los soldados que lo acompañan y se desploma en una silla.
Sus tres acompañantes no saben qué hacer ante los dos cañones de 30-30 que los apuntan y la tranquilidad que les pide el periodista.
Chema toma del brazo a Jacinto, sale a la calle apretando el codo de su compañero y empujándolo se van los dos corriendo por la banqueta. Tras ellos sale también Isidro soltando una risita entrecortada.
- Vámonos a la chingada -dice Isidro - Esos soldados van a llamar a otros y nos van a andar buscando para darnos chicharrón.
Por calles ya oscuras se dirigen al tejabán donde durmieron ayer, ensillas sus caballos en silencio, cargan sus escasas pertenencias y parten al paso por el camino que enfila rumbo al este, hacia Torreón.
Ninguno de los tres ha dicho nada después de la última reflexión de Isidro.

jueves, 21 de abril de 2011

Tomás Cruz en un hospital del IMSS del estado de Tabasco (1964)

– Don Tomás, tómese toda la sopa. Si no no se va a reponer. Necesita sanar para que se vaya a su casa. Tiene que ponerse fuerte, ya ve que no tiene a nadie aquí, en Villahermosa. Nadie viene a visitarlo.
– Eso es lo que usted cree, Teresita. En sueños me viene a visitar todo un tropel de gente. Hasta cuando estoy despierto vienen mis amigos de hace mucho a remover mis recuerdo. Usted no los ve, Teresita, pero están aquí. Y ya ve, me han dado fuerza para que me vaya recuperando a mis setenta y cinco años, porque todavía hay muchas cosas que hacer.
– A ver, don Tomás, cuénteme algo de sus amigos, los que lo visitan. Nomás no vaya a repetirme lo que me contó ayer.
– Hoy te voy a contar de un tal Jacinto Arriaga, que todo el mudo lo conocía simplemente como “Chinto”. Lo conocí un día después de la toma de Zacatecas, en verano de 1914. Lo encontré esa mañana sentado a la sombra de un pirul que se estaba muriendo. Todo manchado de pólvora, la cara ennegrecida y triste, muy triste. La tarde anterior mataron a su mejor amigo y su jefe militar. Pero también estaba muy enojado; me mandó al diablo pero yo lo seguí y descubrí que sus compañeros lo querían nombrar su jefe. Pensé que iba a hacer carrera militar y política y que a su sombra me iría muy bien. Luego vi que lo que le interesaba era formar ejidos, muchos ejidos; acabar con los latifundios en México. Eso a mi no me interesaba y por eso nos peleamos durante mucho tiempo. Un año y medio después de que lo conocí Chito me andaba matando en una cantina de Chihuahua. Si no es por tres soldados carrancistas que me acompañaban ese día yo creo que sí me mata. Con el tiempo entendí a Chinto y ahora que he estado accidentado aquí, con usted, es el que más me ha visitado. Me enseñó muchas cosas durante mi vida y ahora me las ha recordado. Tengo que sanar para escribir todo lo que me enseñó.
– Y ¿qué tanto le ha enseñado, don Tomás?
– Todo lo que ahora sé sobre los ejidos se lo debo a Jacinto …
– Mi papá es ejidatario en Macuspana, como soy su única hija dice que a mi me va a heredar el título. Nada más que en el ejido no quieren a las mujeres como ejidatarias.
– Le voy a tener que hablar mucho de Jacinto y de todo lo que hizo para los ejidos.
La llegada de una segunda enfermera interrumpió la conversación. La recién llegada regañó a Teresa: “No te quedes platicando con los pacientes”, dijo cortante.
Cuando se fueron las dos enfermeras Jacinto se hizo presente. Con él venía Felipe Gómez, Manuel el hermano de Felipe y Chema. Tomás sonrió: tendrían mucho que hablar sobre los ejidos.

jueves, 14 de abril de 2011

Monterrey, Nuevo León, lo que pasó después de la invasión de Paso Cucharas, II (En 1978 o 1979)

– ¡Hey, Ricardo! los de Cucharas dicen que van a ahorcar al dueño del burro. Que lo cuelgan hoy en la tarde.
Agitado y preocupado de verdad, así nos asegura que estaba cada vez que nos lo cuenta, Ezequiel Navarro le avisó a Ricardo Esquivel lo que estaban tramando quienes habían invadido Paso Cucharas.
– ¿De qué me hablas, Ezequiel? ¿Quién va a colgar a quién y por qué?
– Es cierto – afirmó Ezequiel – Cuando Pablo, Juan y Marcos les contaron a los demás que habían descubierto al traidor y les dijeron quién había sido, la raza se alborotó y dijeron que lo iban a colgar. Pablo, Juan y Marcos quisieron calmarlos, pero no han podido. Quiere ahorcar al dueño del burro. Dicen que lo cuelgan aunque tu no quieras. Que por eso mejor ni te avisan.
– ¡Ándale! Son puros argüenderos ¡Qué van a andar colgando a nadie!
– No, sí, en serio, yo sí los creo capaces. Más vale que vayamos a detenerlos.
– ¿Y tú, hablador, cómo sabes que lo quieren matar? A poco Juan o Marcos o Pablo te lo contaron . O ¿quién fue? y ¿qué dice Jesús? A mi se me hace que no más te andan tanteando.
– Eso es lo que más me preocupa. No he encontrado a Jesús por ningún lado. Él, como presidente del comité particular yo creo que sí los detendría. Es el que mejor piensa las cosas. Pero me dijo Rafa que a Jesús se lo trajeron con no sé que pretexto a Monterrey, para que no fuera a impedirles ahorcar al traidor. Te aseguro que ni Juan ni Marcos me contarían nada, menos Pablo. Ellos saben muy bien que si me cuentan yo vengo por ti. Fue Rafa el que me dijo y yo creo que me lo dijo para que te avisara, Rafa si anda medio asustado. Me dijo que no le gusta ser chismoso pero ...
– 'ta güeno. Vamos. Total yo llevo cinco días sin verlos.
***
Fue más o menos así como Ricardo Esquivel se enteró poco antes de los hechos, que sus compañeros de partido que habían invadido Paso Cucharas querían cobrarle su traición al "dueño del burro". El resto de los sucedido ese día nos la ha contado muchas veces Ricardo, con más o menos detalles. De su relato recordamos lo siguiente:
"Cuando llegamos a casa de Casimiro Herrero nos llamó la atención que no había casi nadie en la colonia y los que estaban – casi puras mujeres y muy pocas – se andaban escondido para no decirnos nada. Entonces me di cuenta que la cosa sí era seria. De repente sí mataban al pobre Antonio (el "dueño del burro") y entonces nos íbamos a meter en un lío y perderíamos todo lo ya habíamos negociado. Ezequiel y yo nos fuimos casi corriendo rumbo a Paso Cucharas, al mero paso del río, que era donde había más árboles. Le atinamos. Cuando ya estábamos cerca oímos el griterío. Traían a jalones y empujones al pobre Antonio que tenía una cara de asustado, más bien de muerto, que de todos modos no vi bien porque me preocupaba más detener a los compañeros. Leobardo ya estaba pasando una soga por la rama de un árbol. Parece que la cosa sí iba en serio, aunque todavía tengo mis dudas si a la hora de la verdad no hubieran mejor bajado al cabrón de Antonio. Al primer descuido ya muy mal.
Me metí en medio de la bola y se calmaron un poco. No quisieron soltar a Antonio. Lo dejaron amarrado y aceptaron hacer una asamblea para ver qué determinaban. Lo primero que dijeron es que ni Ezequiel ni yo teníamos voto, solamente voz, pero que era a ellos a los que les tocaba hablar y, que bueno, nos darían chance. Por suerte llegó Jesús que no sabía nada hasta que ya tarde regresó a su casa. No encontró a nadie y nos fue a buscar. Su llegada fue definitiva. Les dijo que eran unos pendejos. Que si le hacíamos algo a Antonio perderíamos todo lo que llevábamos ganado, que el grupo se tendría que deshacer, que todo se iba a terminar,¡que hasta la colonia en los terrenos de Casimiro se iba a perder! Yo creo que eso fue lo que más les pesó, porque luego de eso empezaron a ceder y por fin aceptaron soltar a Antonio, aunque algunos dijeron clarito que lo iban a matar donde lo encontraran.
Así acabó todo, sin que pasara nada. O bueno, sí, esa misma noche se fue Antonio y no volvimos a saber nada de él. Más bien yo sí supe dónde andaba, pero no dije nada. Con el susto era suficiente. A su esposa y a sus hijos nunca los molestamos, ellos no tenían la culpa de la traición de su padre.
La verdad – casi siempre termina diciendo lo mismo Ricardo – yo creo que muchos sabían donde andaba "el dueño del burro", pero todos entendieron finalmente que no era el enemigo y no valía la pena hacerle nada."

jueves, 7 de abril de 2011

Monterrey, Nuevo León, lo que pasó después de una invasión de tierras “agrícolas”, I (En 1978 o 1979)

La forma como el gobierno descubrió la toma de tierras en Paso Cucharas apuntaba claramente a una traición (antecedentes aquí y acá). Nunca pensamos que los delatores fueran Ricardo Esquivel o quien siempre lo apoyaba como enviado del partido, Ezequiel Navarro, que en ocasiones lo remplazaba. Ellos eran los únicos invasores que no estaban en la lista de solicitantes del ejido y por tanto los únicos "externos" al grupo que tomó las tierras. La negociación que inició Esquivel para salir de los terrenos invadidos y a cambio recibir tierras ejidales en un nuevo centro de población al sur del estado la vimos siempre como un triunfo. El tiempo confirmó nuestras esperanzas cuando siete meses después se ejecutó la resolución provisional del nuevo ejido. No eran pues los dirigentes partidarios los traidores.
Las preguntas para saber quién o quienes habían sido el o los informantes que pasaron el soplo al gobierno nos asaltaban seguramente a todos. Sabíamos que alguien nos había traicionado. Alguien de adentro, porque la policía política federal no estaba interesada en nuestras actividades, para ellos totalmente marginales, aunque nosotros nos sentíamos protagonistas de algo importante. La policía estatal no tenía buenos sistemas de información y estaba por aquellos tiempos muy ocupada en vigilar predios urbanos donde los rumores anunciaban invasiones para formar fraccionamientos urbanos clandestinos, tomas que se realizaban con trescientas o más familias, miles de ellas a veces.
A pesar de los difícil que era preparar una toma de tierras urbanas con tanta gente sin que la noticia se extendiera, en más de una ocasión la policía estatal fue sorprendida y los desalojos tardaban días en prepararse. Nosotros, que habíamos decidido la toma en reuniones relativamente pequeñas, en un lugar alejado de miradas curiosas, que nos metimos al predio de noche, con gran sigilo, y nos instalamos en una hondonada nada visible, fuimos descubiertos en unos cuantos minutos, menos de dos horas, para ser exactos; nadie podría dudar que había traición de "compañeros" de adentro.
Tres de nosotros, que nos teníamos absoluta confianza, empezamos a platicar sobre el asunto. Debíamos descubrir al soplón y escarmentarlo. Al poco tiempo la existencia del delator era conversación común, pero no pasamos de seis los que estuvimos involucrados en una investigación inocentemente artesanal, llevada a cabo con mucha discreción, que a la postre descubrió al traidor que resultó ser un individuo del que no queremos ni recordar el nombre. Era el padre de una de las cuatro familias habitantes de las pequeñas propiedades que estaban al lado este de Paso Cucharas. Campesino de unos cincuenta años tenía un pequeño taller donde herraba caballos y hacía algunos otros trabajos artesanales ligados al campo, además de cultivar su pequeño terreno y completar su ingresos con un exiguo hato de cabras que pastoreaban su esposa o sus hijos en los terrenos de Paso Cucharas. Era famoso entre nosotros porque tenía un burro del que obtenía muy buenos servicios de carga y que a veces uncía a un pequeño carretón para ganarse unos centavos más haciendo mudanzas de cualquier carga que le saliera al paso.
Poco después de la frustrada toma de los terrenos descubrimos que la situación económica del dueño del burro mostraba una mejoría inexplicable: cambió al burro por un caballo y compró un carretón más grande. Esa fue la primera pista. No tuvimos que vigilarlo mucho tiempo. El traidor iba con frecuencia a Monterrey por esos días; lo seguimos y descubrimos que entraba a las oficinas de la Procuraduría de Justicia del estado. Fue cuando se nos ocurrió mandar a Manuel, el más joven de nosotros, para que hablara con la judicial y ofreciera sus servicios de informante de lo que pasaba con los invasores de los terrenos de Paso Cucharas, que seguían reuniéndose y preparando una nueva toma. Qué hizo Manuel no lo sabemos a ciencia cierta, pero fue suficientemente hábil para que algún funcionario medio de la Procuraduría le tuviera confianza y queriendo averiguar qué pasaba delatara a su vez al soplón. Así confirmamos que el dueño del burro era quien nos había traicionado. Disculpen que no pongamos su nombre pero no queremos que nada de él, mas allá del mote "el dueño del burro", se perpetúa en nuestros escritos.
Lo que pasó después se no salió de control. Por poco nos cuesta la existencia del grupo que para ese entonces ya tenía un cierto nivel político. Fue Ricardo Esquivel quien salvó la situación nuevamente. En esta ocasión la intervención oportuna y certera de Ezequiel Navarro también tuvo mucho que ver. Está claro que las enseñanzas de partido en que militábamos y su organización en el estado nos libraron de la cárcel o de la diáspora del grupo que hubiera equivalido a un destierro voluntario.

jueves, 31 de marzo de 2011

El ejido sigue siendo protagónico

El lunes pasado, 28 de marzo, ya atardeciendo, estábamos reunidos para seguir oyendo la narración de Jacinto y recordar cómo fue que por poco le dispara a Tomás Cruz en una cantina, cuando uno de nosotros nos leyó una noticia que necesitamos comentar, aunque se atrasen otras narraciones.
La noticia dice que en un ejido en el estado de Hidalgo, cuyos dueños son ñahñúhs, casi a la entrada del Valle del Mezquital, lugar del que hemos hablado muchas veces en estas narraciones, murieron por disparos de arma de fuego el tesorero y el presidente del comisariado ejidal.
Hemos buscado afanosamente más detalles y, aunque encontramos más de diez notas de diversos periódicos, tanto nacionales como regionales y hasta un comunicado de prensa oficial de la policía del estado de Hidalgo, no tenemos claro lo sucedido. Más bien la confusión ha aumentado, por la profusión de noticias contradictorias, además de la ignorancia de los periodistas sobre la realidad ejidal, ignorancia que baila en sus escritos periodísticos.
Sin embargo algo sí nos queda muy claro: el centro del conflicto es una venta de tierras ejidales; tierras que compró o vendió un diputado local del PRI, no sabemos si siguiendo o no las formalidades legales. Nosotros suponemos que el diputado debe haber comprado las tierras ejidales sin ser ejidatario o si tiene esa calidad las vendió sin que hayan sido suyas, pues el ejido es una propiedad colectiva y nadie en particular es dueño de una parte, sino todos los ejidatarios lo son de todo el terreno.
Como haya sido es claro para nosotros que el diputado local del PRI intervino en la compraventa de terrenos ejidales, pues al buscar más datos encontramos una noticia de hace un mes donde se informa que los ejidatarios irrumpieron en el congreso del estado para reclamarle al tal diputado lo referente a la compraventa, lo que indica que el conflicto ya es añejo.
En 1992 se hizo una modificación a la ley de la reforma agraria para posibilitar la venta de parcelas ejidales en casos muy especiales y con condiciones claramente estipuladas en la ley. La finalidad, se dijo entonces por los que nos opusimos a esa ley, fue dar un golpe de muerte al ejido, por el que muchos de nosotros luchamos y morimos, pero el golpe no ha sido mortal. El ejido lucha por su sobrevivencia y, a veces, como en este caso, para sobrevivir causa la muerte de quienes luchan por defenderlo o atacarlo. No apoyamos ni celebramos esas muertes. Nosotros queremos que el ejido viva en paz, dando sustento tranquilidad y seguridad a sus propietarios colectivos. Para eso hicimos una revolución que ahora, poco a poco, estamos recordando. Nos entristece mucho que haya muertes. Algunos de nosotros nos enojamos de veras por que se tenga que llegar a esos extremos. Nos enojamos contra los que provocaron estos desmanes al modificar la ley. Hemos conocido y contado en estas líneas casos donde algunos de nosotros estuvimos a punto de matar o de morir luchando por los bienes y derechos de un ejido. Muchas veces logramos que nadie pereciera y otras hemos lamentado la muerte de algunos involucrados. No queremos más muertes, pero sabemos que hay miles, millones más bien, de ejidatarios que todavía actualmente están dispuestos a luchar, aunque sólo sea visceralmente, por defender los bienes ejidales de quienes quieren terminar con la propiedad colectiva de la tierra, tipo de propiedad que heredamos de nuestros antepasados indígenas. No es casual que las muertes que hoy lamentamos se hayan dado entre indígenas ñahñúhs, en las cercanías del pueblo llamado Yolotepec, estado de Hidalgo.

La noticia aquí: http://www.milenio.com/node/680996
o:
http://www.oem.com.mx/elsoldehidalgo/notas/n2019955.htm
o: http://sdpnoticias.com/nota/26731/Dos_personas_sin_vida_saldo_de_un_tiroteo_entre_vecinos_en_Hidalgo

jueves, 24 de marzo de 2011

Algunos recuerdos de Jacinto Arriaga II

Cuando Isidro, Chema y yo iniciamos el camino a Tamaulipas, una noche en que todo lo veíamos negro, no imaginábamos que recorreríamos más de mil quinientos kilómetros durante casi seis meses. Tampoco pensábamos que unas cinco semanas después Isidro se despediría de nosotros. Nunca más hemos vuelto a saber de él.
Transcurridos unos pocos días nos dimos cuenta que viajar con una mula cargada de parque nos podía llevar a un paredón en algún pueblo cualquiera. Ahora no me explico por qué tomamos rumbo a la frontera. Hacia el norte fuimos encontrando fuerzas carrancistas, de modo que cambiamos rumbo y nos dirigimos al sur, seguros que más a centro del estado los pueblos todavía serían villistas.
En las cercanías de Casas Grandes decidimos vender el parque. Era más fácil esconder monedas que balas. La mula también la vendimos y entre bromas aseguramos que ni locos íbamos a trabajar de arrieros. Nos repartimos el dinero sin desacuerdos y seguimos nuestro camino hacia el sur.
Así llegamos a la ciudad de Chihuahua donde encontré de nuevo a Tomás Cruz. A mí no se me olvidaba Tamaulipas ni la Maroma, es decir la hacienda del viejo Alcántara, pero Chema e Isidro no tenían ninguna prisa en llegar. Yo, que siempre buscaba algo que leer, me encontré un periodicucho en que Tomás Cruz escribía alabanzas a un generalillo que según esto andaba persiguiendo a los villistas que por ahí quedaban desperdigados. Me encabroné de verdad; me dije "a ese pendejo yo lo mato por traidor y lameculos". La última vez que lo había visto era un día antes de que perdiéramos en Celaya y ya desde la convención de Aguascalientes había dado señales de que quería pasarse a los carrancistas. Ahora le andaba haciendo el caldo gordo a uno de tantos militares que solo querían subir y hacerse ricos robando. A un intelectual, como se llamaba a sí mismo Tomás, que anduviera escribiendo esas pendejadas sería mejor enterrarlo cuanto antes. Con gente como ellos la revolución se iba a ir al hoyo. Mejor que se adelantaran solos.
Busqué la imprenta donde hacían el periódico y tuve suerte. Tomás seguía en la ciudad y me dijeron dónde acostumbraba estar: una cantina cuyo nombre no recuerdo. Lo encontré al día siguiente en la cantina y poco faltó para que ese día me convirtiera en asesino. A Tomás lo salvaron los tres soldados carrancistas con los que andaba tomando y Chema, Isidro y yo tuvimos que huir esa misma noche. Mañana les cuento lo que pasó en la cantina.

jueves, 17 de marzo de 2011

Algunos recuerdos de Jacinto Arriaga

Aún recuerdo el mero día en que abandoné a la División del Norte. Sí, la dejé, deserté. Aquel día sólo veía dos caminos: o me iba por mi cuenta con mi pistola, mi treinta-treinta, el caballo y municiones o me quedaba como un Dorado de Pancho. No iba a ser de los que aceptaran unas cuantas monedas de oro y algunos dólares gringos cuando se disolviera la División del Norte, unos días después. No era mucho el tiempo que tardarían en recoger las armas a los escasísimos dos mil que quedábamos. Esa noche busqué a los Dorados que conocía. De veras que andaban muy raros: "Primero me matan que entregar las armas" me dijo uno, "vente con nosotros. No importa que no seas de Chihuahua. Sabemos que no te rajas". "Mejor me voy a Tamaulipas a quitarle al viejo las tierras con que he soñado, con armas, aunque me llamen desertor", le contesté ¡y no se enojó porque fuera a desertar! "Eso no es ser desertor, es mejor irse de fugado que traicionar a Pancho y a la revolución." "¡Claro!", le dije, "yo no voy a ser ni como Rosalío Hernández* ni como Tomás Urbina**, cambiando de bando o agarrando dinero". Se nos juntaron tres Dorados más. Me insistieron que me fuera con ellos, sin entregar las armas. "Con Pancho" me dijeron: " a la sierra. Nadie nos va a encontrar ¡Primero muertos que rajarse!" repetían constantemente.
"¿Y si no dejo las armas y me voy a seguirla a Tamaulipas?" les volví a decir , "¿ustedes me truenan por desertor? "¡Desertor! son más desertores los que entregan sus armas por un poco de oro y unos dólares. Si de veras la vas a seguir en Tamaulipas no seas pendejo y llévate más parque. Nosotros te lo conseguimos". Se robaron una mula y harto parque. La noche siguiente nos fuimos con esos pertrechos otros dos de Tamaulipas y yo. Abundaba la gente suelta por ahí, muchos ya habían entregado las armas y estaban saliendo para sus pueblos. Al Chema, uno de los que iba conmigo, como que le vi que traía los ojos bien aguados. Imagino que yo iba igual. O peor. Cuatro Dorados nos escoltaron más de tres kilómetros. Los recorrimos más callados que las piedras. De pronto uno de los Dorados no aguantó y se regresó al trote, muy serio. Con suerte estaba llorando y no quiso que lo viéramos. Ni se despidió. Al rato se regresaron los otros tres. Cabalgamos toda la noche. El camino a Tamaulipas lo veíamos largo, muy largo y como negro.

* Rosalío Hernández: importante revolucionario villista que abandonó a Pancho y se pasó al lado de Carranza a fines de 1915. (Nota del editor)
**Tomás Urbina: por el tiempo en que se narran estos hechos Tomás Urbina, general que cabalgó al lado de Villa y fue uno de sus hombres de confianza, fue ejecutado por gente de Francisco por ladrón, que sí lo fue. No está claro si la orden de ejecutarlo la dio Villa o solamente se hizo el desentendido cuando Rodolfo Fierro lo mató. (Nota del editor)

jueves, 10 de marzo de 2011

¿Quién nos refiere las historias aquí escritas?

Todavía, después de haber relatado tantas cosas, no sabemos quién las cuenta. Adivinamos un nosotros. Unas veces sabemos quién es el narrador ocasional, otras podríamos pensar en uno omnisciente que siempre nos resulta limitado. Ahora mismo aparece un plural planteando interrogantes.
Cuando el jueves 2 de julio de 2009 iniciamos este blog, alguno de nosotros, no recordamos quién, nos aseguró que “el pasado … ahí está, determinando nuestro presente.” La afirmación es exagerada, pero si la matizamos la compartimos totalmente. Sabemos que el pasado no nos determina en el sentido absoluto del término, pero sí influye muchísimo en cómo somos ahora. Por eso estamos buscando ese pasado: para dejar constancia en estas líneas de los caminos que ya hemos recorrido.
Así pues, hay caminos previos hacia atrás, pero los caminos hacia el frente aún no están trazados. Nos sentimos ahora como se sintió Jacinto Arriaga aquella noche en que regresó con las fuerzas derrotadas de Pancho Villa y se hablaba de que los iban a licenciar. Nos lo ha relatado muchas veces. Nos enfurece que no esté ahora entre nosotros para que nos lo vuelva a narrar. Tendrá que ser alguno de nosotros el que nos lo cuente por él.
“Yo”, dijo alguien, escuchemos el relato.
“Creo que era en enero de 1916. Jacinto platica que hacía un frío que helaba los pensamientos. La marcha sobre Agua Prieta había sido un completo fracaso. Después de la reunión de jefes villistas en Bustillos, que fue, si mal no recuerdo en diciembre del 15 o ya en enero del 16, se aceptó la liquidación de los soldados de Villa. Entregarían las armas y recibirían hasta diez monedas de oro. Jacinto dice que lo invitaron a ser parte de los Dorados. Que se fuera con ellos a la sierra, sin entregar armas. Que tuvo muchas ganas de irse con la guardia personal de Pancho, pero que al final decidió aventurarse y sin permiso de nadie, a riesgo de que lo consideraran desertor y lo tronasen, con otros dos amigos de muchas de las batallas pasadas, yo ya no me acuerdo quiénes, salió de noche, sin entregar ni armas ni municiones y tomó rumbo al poniente, desconociendo qué iba a ser de él y de sus dos compañeros, pero decididos a llegar, por donde fuera, con todo y armas, a la hacienda del viejo Alcántara ¡Y se la iban a quitar! Que si se morían en camino, pues ni modo. Perderse, claro que no, ya habían recorrido todo esas tierras muchas veces. Pero si los carrancistas los tronaban, al menos habrían intentado hacer lo que habían pensado cuando se unieron a la revolución, y sobre todo no traicionaría a Felipe Gómez; sus dos amigos, que también lo habían conocido y había peleado a su lado aceptaron ayudarle y así llegaron hasta Tamaulipas y todos sabemos lo que hicieron."
– Qué mal cuentas ¡Ya no te acuerdas de nada! – le dijimos, aunque el resumen que contó es la pura verdad.
Y acordamos que llamaríamos a Jacinto para que nos narrara bien todo aquello y cómo, sin caminos previos, logró todo lo que hizo.

jueves, 3 de marzo de 2011

Aviso especial

Hoy, jueves 3 de marzo, no se publicará ningún otro texto aparte de este aviso.

Próxima publicación, el jueves 10 de marzo.

jueves, 24 de febrero de 2011

Una invasión de tierras “agrícolas”, III (En 1978 o 1979)

En el improvisado campamento el desconcierto es total. Tras unos segundos en silencio Jesús, el presidente del comité particular agrario, es el primero en moverse. Cuantas veces le hemos preguntado qué pensó en esos momentos empieza diciendo que no se le ocurría nada, que no pensaba en nada; cuando lo hemos presionado lo más que ha llegado a decir es que su cabeza, sus ideas, sus pensamientos le parecían las extensiones semidesérticas de su estado barridas por un viento muy fuerte que levantaba tanto polvo, hojas, basura que no podía ver nada alrededor ni orientarse en medio del ventarrón. Sin embargo no había sido equivocada la elección del presidente del comité particular agrario. Jesús convocó una reunión urgente y tras mucho analizar y discutir, lo único que se acordó fue permanecer en el terreno, a pesar de que la invasión ya era conocida por las autoridades estatales.
En la tarde regresó Ricardo Esquivel a los terrenos de Paso Cucharas y anunció que tenían tres días para decidir qué hacían. Esa madrugada, tras ser invitado por el procurador de justicia del estado a acompañarlo en el helicóptero del gobierno, fue recibido por el gobernador del estado. Ricardo informó que las autoridades del gobierno dejaron claro que los terrenos invadidos estaban considerados en los planes estatales de desarrollo de la ciudad capital como terrenos urbanos y por tanto no eran susceptibles de reparto agrario. Que el problema de los terrenos ejidales invadidos para formar colonias en las inmediaciones de la capital era notorio y muy conocido el propio Ricardo – lo cual era totalmente cierto – y que por tanto y conociendo las necesidades de los solicitantes de tierras, el gobierno se comprometía a formar con ellos un nuevo centro de población ejidal en el sur del estado, en tierras aproximadamente de la misma calidad que las invadidas. Quedaba implícita la desocupación de los terrenos y al final de la reunión, afirmó Ricardo, el gobierno dejó ver que si tras esos tres días los terrenos seguían ocupados, se desalojaría a quienes permanecieran en ellos.
Fueron dos días de discusiones airadas, desconcierto, suposiciones y sospechas, pero ninguna de esas dudas tocó a Ricardo. Se le tenía mucha confianza y no se pensó que estuviera traicionando la toma. Las preguntas se dirigía hacia quién o quiénes habían sido el o los informantes que pasaron el soplo al gobierno para que a las pocas horas de invadido el terreno las autoridades ya supieran del los hechos con pasmosa exactitud.
Algunos, pensando que la lucha estaba derrotada, y otros esperanzados en que se cumpliera la promesa del nuevo centro de población ejidal, lograron convencer a la mayoría de salir de los terrenos y seguir en lucha para que el gobierno cumpliera lo ofrecido. No era descabellado confiar en la administración estatal que hacía poco había emitido una de las resoluciones agrarias asombrosas y no acostumbradas, que acordaba el reconocimiento y titulación de casi cien mil hectáreas a los comuneros de Benavides Grande y Benavides Olivares en el noreste del estado.
Así terminó la invasión en una dolorosa derrota, no total porque con el tiempo el nuevo centro de población prometido se constituyó y fue dotado, pero fueron muy pocos los solicitantes originales que se mudaron al mismo. Además, si no se logró conquistar el terreno ansiado la organización partidaria y de lucha no terminó con el desalojo. Cierto que el grupo de Cucharas pasó por momentos críticos, pero también logró dar un salto cualitativo. Tal vez esa crisis la narremos algún día.

jueves, 17 de febrero de 2011

Andanzas de un diputado, IV

La asamblea está empezando. Son las once y media de la mañana. Como siempre, los representantes gubernamentales se presentan con boato. El procurador del estado me está haciendo ademanes para que pase al frente. Le digo, por señas, que no. Insiste. Mando a un compañero indígena para que le explique que mi presencia al frente podría encrespar a los de la CNC y para que le asegure que si mis compañeros pretenden conseguir algo más de lo platicado, entonces sí, hablaré, pero desde mi lugar. El procurador ya no insiste. Me distraigo buscando algún dirigente regional o estatal de la CNC. No hay ninguno; a la hora de los sustos abandonaron a sus compañeros. Han transcurrido unos veinte minutos. Como siempre hay tercos, de ambos bandos que insisten en puntos que llevaría nuevamente al rompimiento. Eso hace que la reunión se prevea larga, pero para mi es bastante claro que se va a respetar lo hablado: Reforma Agraria, procuraduría, los representantes de la secretaría de gobierno, están haciendo bien su trabajo. Me distraigo completamente pensando en otros problemas de la región: Atlapexco, el microcentro ecológico de población, en fin, no sé en qué. Estoy seguro que si a los representantes del gobierno se les sale la reunión de control, cosa que no parece que vaya a suceder, mi subconsciente me avisará para que ponga atención. Sé que los campesinos sacarán los acuerdos deseados y cederán , sí, pero no más allá de lo internamente acordado.
De pronto unos aplauso desabridos me llaman la atención. El delegado de la Reforma Agraria está diciendo que sólo faltan las firmas. Por fin terminó la reunión. Veo las caras de mis compañeros indígenas y me doy cuenta que los acuerdos salieron como los esperaban. Lorenzo está feliz.
– Ganamos, ganamos – me dice con entusiasmo.
Yo no sé si ganamos o apenas la libramos; nada es todo triunfo ni todo derrota, pero, sí, creo que sí, esta vez, para todos, nosotros y los de la CNC, en la balanza, pesó más el platillo del triunfo. Estoy cansado. Allá abajo, en Huejutla, me esperan más problemas.
– Vamos, diputado, regrese con nosotros en el helicóptero – me dice el representante de gobernación.
– Subí solo en una camioneta, tengo que bajar en ella – le respondo.
¿Estaré viendo bien o ya alucino?, me parece que el licenciado muestra algo así como decepción por que no acepté ir con ellos; no creo, será el hambre.
Estoy muy distraído, lo que todos llaman triunfo me ha dejado igual. Me gustaría que en nuestro México se acabaran este tipo de problemas. Ya sé, no es posible. Pierdo la noción del tiempo, únicamente sé que ya comí y platiqué de, no recuerdo. Me costó trabajo convencer a los compañeros para que me dejaran regresar. Decían que me quedara a descansar y bajara hasta mañana. Lorenzo me recordó la noche que me quedé saliendo del vado porque se me mojaron las bujías, y el miedo que, yo se lo había contado, tuve hasta que amaneció. No me dejé convencer y ya voy nuevamente por esta cornisa prendida a la montaña como el niño a la espalda de su madre. Voy muy rápido. Debo tener más cuidado.
***
El Profe llegó a Huejutla. Desde lejos supo que se respetaron los convenios. Al principio varios campesinos de la CNC no estaban muy de acuerdo en dejar las hectáreas acordadas para que los ejidatarios de su mismo ejido apacentaran su ganado, pero sus dirigentes regionales fueron obligado por el gobierno a ya no mover las aguas y se estableció la paz en el poblado. Sin abandonar cada quien su organización, los indígenas se dieron cuenta, muy pronto, pues en realidad lo sabían desde hacía mucho, que la paz era favorable a todos y que no peligraba sino por la intervención de líderes que quieren pescar en aguas turbulentas. Sebastián, el indígena exsoldado que organizó la defensa contra la emboscada, y todos aquellos que habían aprendido a usar armas y las habían sacado después de la matanza, cavaron en la tierra y ahí las escondieron, perfectamente engrasadas y protegidas con varias capas de plástico. Esperemos que nunca más tengan que desenterrarlas. Los muertos siguen doliendo, pero en ocasiones, como esta vez, florecen.

jueves, 10 de febrero de 2011

El mimeógrafo de los azules II (Monclova, a mediados de 1979)

Aquel local, a espaldas de la plaza principal de Monclova, mejoró de pronto. Seguía teniendo dos cuartos, uno vacío y el otro con la enorme y tosca mesa y un mimeógrafo. La mejoría fue de este último aparato.
La tarde en que Reynaldo me avisó que Miguel Sepúlveda, representante de los azules, me andaba buscando, nos fuimos a una cantina y entre cerveza y cerveza los mineros me dijeron más o menos lo siguiente: "Miguel no te busca por iniciativa propia, lo manda Napoleón a ver si puede comprarte. Tanto él como Juan Vargas, dirigente de los rojos, nos buscan y nos han querido comprar; nos ofrecen comisiones sindicales o ascensos fuera del escalafón, pero ningún verdes le ha hecho caso. Los blancos son muy prepotentes, creen que ya no necesitan a nadie o será por otra cosa, pero sus dirigentes nunca nos han hablado ni mandado recados. Lo curioso es que nos nos imaginamos qué te pueda ofrecer el Sepúlveda, pues no te va a ofrecer trabajo en la planta y menos puestos sindicales o ascensos. Eso es lo que nos intriga, para qué te quiere. Ya nos contarás".
No tardamos mucho en saberlo. Dos días después Reynaldo me presentó al tal Miguel Sepúlveda y se retiró tranquilamente. Miguel me invitó a tomar un café y en medio de pláticas intrascendentes el jefe de los azules fue mostrando su juego. Su propuesta la resumo así: ellos, los azules, tenían un mimeógrafo moderno que ya no usaban; no les interesaba sacar volantes; "no sirven para nada" dijo; me podía prestar el mimeógrafo para que yo sacara más volantes, a condición que siguiera "echándoles mierda" a los blancos. Claro que todo el tiempo habló de Napoleón Gómez Sada y de todo el apoyo que de él siempre se recibía; me podría conseguir una entrevista con Napoleón en el D.F., el día que yo quisiera.
El anzuelo estaba lanzado. Estaba expuesto en una forma muy tonta; la carnada era el mimeógrafo prestado para ir a ver a Napoleón al D.F. Pensé en robarme la carnada y despreciar el anzuelo, pero tenía que comentar con mis camaradas. Le dije a Miguel que le aceptaba el trato pero que tenía que viajar a Monterrey; regresando me comunicaría con él.
– Ya nos chingamos al pendejo – dijo Reyaldo cuando al día siguiente, en una reunión extraordinaria (que eran las más ordinarias) les conté la entrevista a los diez u once obreros que asistieron al local– Acéptale el mimeógrafo y a ver si lo vuelve a ver.
Dos o tres muchachos de la 288 pusieron débiles reparos: aunque el mimeógrafo no nos lo ofrecía Napoleón recibirlo nos comprometía.
El resto, tanto de la 288 como de la 147, argumentaron más o menos lo siguiente: mentira que recibir el mimeógrafo nos comprometiera con algo; se lo están ofreciendo a un soberano desconocido: el Profe, que oficialmente no tiene nada que ver con obreros sindicalistas de Altos Hornos. Allá su partido (esta parte no me gustó) que será el que no va a cumplir ningún trato –¿o piensas supeditarte, pinche Profe? – dijo alguien. Lo peor es que los azules quieran madrear al Profe –dijeron también y esta parte tampoco me gustó – y recuperar su mimeógrafo, pero en ese caso ya veremos cómo lo defendemos.
Entre risas y bromas quedó claro que nos íbamos a hacer de un excelente mimeógrafo, moderno, automático, que reemplazaría con creces al viejo mimeógrafo de alcohol y seguiríamos con nuestra línea de volantes combativos prero respetosos, sin desviarnos ni un milímetro. Añadieron que Miguel estaba güey, que nosotros "no echábamos mierda" en los volantes.
Loa azules me prestaron el mimeógrafo y lo usamos mucho. Poco antes de que yo dejara Monclova Miguel me anduvo buscando para recuperar el aparato. En previsión de que los azules intentaran recobrarlo por la fuerza, se convirtió en un "mimeógrafo itinerante". Cuando me despedí de Monclova no supe en casa de quién quedó el dichoso aparato y no he vuelo a saber de él.

jueves, 3 de febrero de 2011

El mimeógrafo de los azules I (Monclova, a mediados de 1979)

Apenas cruzó la puerta del local del partido, o de los ex verdes, o de ya no sabíamos bien quién, acostumbrados como estábamos a ni siquiera usar saludo formal, Reynaldo casi gritó alborozado:
– Profe, Profe, Profe, te anda buscando Miguel Sepúlveda , representante de los azules – su voz aparentaba emoción, pero en su ojos brillaba la curiosidad, algo de malicia y mucho de travesura.
Estábamos en el local, en torno a aquella enorme mesa que hasta de cama me había servido, unos diez o doce obreros y yo. Reynaldo llegaba retrasado ese día; los jóvenes de la 288 ya habían empezado a platicar sobre su próximo volante y los tres o cuatro obreros de la 147 escuchaban atentos, con gran interés, listos para opinar. Los muchachos de la 288, con mayor preparación académica, respetaban muchísimo la opinión de los obreros de la Planta Uno, dada la enorme experiencia de lucha sindical de los obreros de más edad.
Las palabras de Reynaldo , que jovialmente interrumpieron la reunión, no molestaron, pero sí causaron enorme expectativa. Todos, menos yo, sabían quién era Miguel Sepúlveda y hasta yo sabía quiénes eran los azules.
– ¿Quién es ese? – le pregunté a Reynaldo – No lo conozco ¿Qué quiere?
– Seguro Napoleón quiere comprarnos. Sólo así entiendo que te mande a los azules.
– Pinche Napoleón. Ya le preocupó lo que estamos haciendo – dijo algún joven de la 288.
– Tranquilos, cabrones – terció Luciano, aquel obrero de la 147, gruísta de primera, que en sus tiempo libres mantenía la arena de lucha libre en el patio de atrás de su casa – Si a mí me hablaran los azules, o los rojos, yo si iría a ver qué chingados quieren.
– Ve a verlo; dice que te tiene una propuesta – Reynaldo se sentó junto a Luciano y le dijo algo en voz baja. Ambos rieron suavemente.
– Sigamos con lo de nuestro volante – cortó alguien.
Le hicimos caso al obrero de la Planta Dos. Se acordó el contenido del volante; tendría que estar mimeografiado para el día siguiente. Mil ejemplares. Pasarían por ellos los del primer turno después de su salida.
Fue entonces cuando Reynaldo volvió a la carga, pero ahora ya serio, casi preocupado.
– ¿Qué le digo a Miguel?
El intercambio de opiniones fue corto. Los cuatro obreros de la 147 me empujaron a que fuera a ver al tal Sepúlveda y averiguara lo qué pretendía. Los muchachos de la Planta Dos se veían desconfiados. Alguno de ellos sugirió que dos o tres me acompañaran.
– Estás güey. Si va uno de nosotros Miguel ya no hablaría a su gusto. O qué ¿no le tienes confianza al Profe?
Todavía insistieron los de la 288; que habría que protegerme, dijeron.
– ¿Protegerlo de qué? ¿De que lo vayan a madrear? ¡Para madrearlo no lo llaman! En cualquier esquina le rajan su madre – dijo Luciano, el luchador.
– Miren cabrones – añadió Reynaldo, y dirigiéndose a mi – Si Napoleón te compra nosotros mismos te madreamos y te mandamos a Monterrey ¡No vuelves a poner un pie en Monclova! Ve solo. Esa cabrón de Miguel no te va a hacer nada.
Se desataron las bromas pero quedó claro que iría solo a ver a los azules. Ya les informaría que quería Miguel Sepúlveda.
Cerramos el local y nos fuimos a una cantina; no todos; sí los de la 147 y sólo uno de los jóvenes de la Planta Dos. Hacía mucho calor.