jueves, 3 de junio de 2010

Jacinto Arriaga habla consigo mismo (jueves 8 de abril de 1915, como a las tres de la madrugada)

Hoy estoy vivo por pura pinche suerte. Debo estar mal de la cabeza. Cuando tomamos Zacatecas y logramos esa gran victoria yo estuve muy triste y encorajinado, pues esa tarde mataron a Felipe. Hoy perdimos. La derrota es grande. Yo ando solo, huyendo. Si me encuentran los de Obregón me truenan. Pero no me van a encontrar ¡Ya me les pelé!
Esos soldados del mentado Álvaro Obregón son unos miedoso. Nunca salieron de sus agujeros hasta que nosotros ya estábamos jodidos. Yo me salvé nomás porque esos cabrones no salieron si no hasta la tarde. Y debo estar mal de la cabeza porque ahora que perdimos yo ando muy contento. Salvé la vida y estoy seguro que ya casi encuentro a la División del Norte.
Ayer nos fue muy mal. Desde el martes empezamos a perder. Mandaron a la caballería por delante y no se podía avanzar con tantas zanjas, los alambres con púas que estaban por todos lados y las ametralladoras de Obregón disparando desde sus escondites. Yo me salvé el martes porque me tocó estar en la reserva y como los coyones de Obregón nunca salieron de sus conejeras ya no entramos en combate. Pero ayer a los que estábamos frescos nos mandaron por delante y topamos con las zanjas, los alambres y las ametralladoras escondidas. Nuestros enemigos, puros ratones que ni veíamos. Seguro muertos de miedo, pero bien que nos chingaron. Me mataron el caballo, al caer me enredé en unos alambres con púas pero no me pasó nada grave, sólo rasgones de la carne por arriba. Me subí a otro caballo que andaba ya sin jinete, de los nuestros, y volví a la carga. En ese momento me acordaba de Felipe que a caballo ni quien lo parara y no me quise quedar atrás, aunque ya no enfrentaba pelones. Pero en ese momento no pensé contra quiénes peleaba ¡Había que darles! Esas eran la órdenes.
Mataron mi segundo caballo. No más disparan la ametralladora un poco más alto y no andaría buscando a mi división en esta oscuridad. Me volví a caer y me di un buen chingadazo. Tardé mucho en despertar. Cuando me di cuenta puros muertos de nosotros por ahí regados. No reconocí a nadie. Agarré un fusil y una canana y me preparé a matar enemigos, pero nunca los vi. O estaban en sus conejeras temblando de miedo o como ya no atacábamos por ahí los movieron a otros lados. Estaba solo, lleno de sangre de los rasguños, pero bueno y sano. Me fui arrastrando para el lado donde no había balazos. El sol me quemaba pero no me levanté. Ya en la tarde, serían las seis o las siete, estaba bien escondido en una cerca de piedra y vi salir a los de Obregón a perseguirnos, lejos y para otro lado de donde yo estaba. Pardeando encontré un caballo, en el que vengo. Creo que era de uno de Obregón, al que seguro matamos. En su propio caballo me les escabullí. Ya mero llego a Salamanca. Presiento que ahí está Pancho Villa y la División. No creo que los coyones de Obregón nos hayan echado en corrida más lejos. Si son ellos los que están en Salamanca yo ya estoy muerto. Pero hoy es mi día de suerte.

2 comentarios:

  1. Anónimo3/6/10 6:40

    He leído los dos últimos post y reconozco que éste me llega más que el anterior. Y es que el habla del pueblo se va diferenciando poco a poco del castellano y me cuesta entender algunos vocablos.

    Fdo: Senocri, el africano

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  2. O me falta leer o a los escritores de por estos rumbos les falta escribir. Me refiero a las grandes historias, que están compuestas por estas historiecitas. Y que al final todas se tocan, sea un soldado austriaco vagando por europa o un mexicano a caballo por guanajuato. ¿Pero las historiecitas de este lado del mundo no se han contado tanto, o sólo es que no las conozco?

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