jueves, 17 de marzo de 2011

Algunos recuerdos de Jacinto Arriaga

Aún recuerdo el mero día en que abandoné a la División del Norte. Sí, la dejé, deserté. Aquel día sólo veía dos caminos: o me iba por mi cuenta con mi pistola, mi treinta-treinta, el caballo y municiones o me quedaba como un Dorado de Pancho. No iba a ser de los que aceptaran unas cuantas monedas de oro y algunos dólares gringos cuando se disolviera la División del Norte, unos días después. No era mucho el tiempo que tardarían en recoger las armas a los escasísimos dos mil que quedábamos. Esa noche busqué a los Dorados que conocía. De veras que andaban muy raros: "Primero me matan que entregar las armas" me dijo uno, "vente con nosotros. No importa que no seas de Chihuahua. Sabemos que no te rajas". "Mejor me voy a Tamaulipas a quitarle al viejo las tierras con que he soñado, con armas, aunque me llamen desertor", le contesté ¡y no se enojó porque fuera a desertar! "Eso no es ser desertor, es mejor irse de fugado que traicionar a Pancho y a la revolución." "¡Claro!", le dije, "yo no voy a ser ni como Rosalío Hernández* ni como Tomás Urbina**, cambiando de bando o agarrando dinero". Se nos juntaron tres Dorados más. Me insistieron que me fuera con ellos, sin entregar las armas. "Con Pancho" me dijeron: " a la sierra. Nadie nos va a encontrar ¡Primero muertos que rajarse!" repetían constantemente.
"¿Y si no dejo las armas y me voy a seguirla a Tamaulipas?" les volví a decir , "¿ustedes me truenan por desertor? "¡Desertor! son más desertores los que entregan sus armas por un poco de oro y unos dólares. Si de veras la vas a seguir en Tamaulipas no seas pendejo y llévate más parque. Nosotros te lo conseguimos". Se robaron una mula y harto parque. La noche siguiente nos fuimos con esos pertrechos otros dos de Tamaulipas y yo. Abundaba la gente suelta por ahí, muchos ya habían entregado las armas y estaban saliendo para sus pueblos. Al Chema, uno de los que iba conmigo, como que le vi que traía los ojos bien aguados. Imagino que yo iba igual. O peor. Cuatro Dorados nos escoltaron más de tres kilómetros. Los recorrimos más callados que las piedras. De pronto uno de los Dorados no aguantó y se regresó al trote, muy serio. Con suerte estaba llorando y no quiso que lo viéramos. Ni se despidió. Al rato se regresaron los otros tres. Cabalgamos toda la noche. El camino a Tamaulipas lo veíamos largo, muy largo y como negro.

* Rosalío Hernández: importante revolucionario villista que abandonó a Pancho y se pasó al lado de Carranza a fines de 1915. (Nota del editor)
**Tomás Urbina: por el tiempo en que se narran estos hechos Tomás Urbina, general que cabalgó al lado de Villa y fue uno de sus hombres de confianza, fue ejecutado por gente de Francisco por ladrón, que sí lo fue. No está claro si la orden de ejecutarlo la dio Villa o solamente se hizo el desentendido cuando Rodolfo Fierro lo mató. (Nota del editor)

2 comentarios:

  1. Anónimo17/3/11 5:33

    El estilo cada vez está mas definido. Creo que alguien lo lee y piensa enseguida que todo lo que dice es porque ha sido testigo y actor en la revolución mexicana. Lo cual es muy muy meritorio, creo yo, en literatura. Los personajes actúan, hablan, lo viven y el lector siente esa vida de seres de carne y hueso. No se me ocurre otro elogio mas sincero.

    Fdo: Senocri

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  2. curiosa calidad de desertor, en este caso.
    y así es como las palabras nunca nunca son buenas o malas. "los desertores son despreciables" o algo así, sería si el significado fuera unívoco.

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