jueves, 17 de junio de 2010

Conversaciones de cantina (actualmente)

– A ver, Profe, cuéntanos de cuando participabas en elecciones ¿Llegaste a creer que por ese medio alcanzarían el poder?
– Ese no es el punto. Deja que el Profe nos cuente sus aventuras electoreras.
– ¿Qué aventuras puede haber en depositar un voto en una urna?
– Pues no se crean, pero, aventuras, lo que se dice aventuras, claro que sí puede haber cuando se trata de elecciones.
– No seas cuentero, pinche Profe, ahora nos vas a salir con que fue aventura robarse veintitantos mil votos. Así como lo cuentas ni emoción tuvo.
– De a tiro se ve que tú solamente has depositado tu voto, si acaso, en asunto de elecciones. Durante las campañas pueden pasar muchas cosas que se pueden considerar aventuras y ...
– No seas cuento– lo interrumpe uno de los cinco que están en torno a esa mesa de lámina con un anuncio de cerveza Corona por cubierta– cuéntanos mejor alguna de esas anécdotas que alegremente llamas aventura.
– Ya te quisiera ver corriendo perseguido por tres o cuatro chavos banda, con una cubeta de engrudo en una mano y la brocha y un paquete de propaganda en la otra. El Átomo y yo apenas llegamos a la carcacha en la íbamos, menos mal que el Chino estaba listo en el volante...
– Ahora viejo ya no puedo correr ¿Cuántos años tenías entonces? – vuelve a interrumpirlo, con una cerveza en la mano, el mismo contertulio.
– Fue en Saltillo. Pensándolo bien no era ni siquiera una campaña electoral. O no me acuerdo bien. Sería por 1976, porque a mí todavía no me mandaban a Monclova. El Átomo tendría como 22 o 23 años ¡Yo ya no estaba tan muchacho! El Chino andaría apenas pasando los veinticinco.
– Dijimos “aventuras electorales”. Y tú sales con que los persiguieron unos borrachos.
– Con jóvenes, en elecciones y con chavos banda– se anima el Profe– Sí les puedo contar cuando participé como jefe de brigada de apoyo en las elecciones de gobernador de Tlaxcala allá por el 82. El presidente nacional del partido me mandó con una camioneta Wagoner, dos o tres militantes experimentados, uno de ellos viejo, como de sesenta y tantos años y un grupo de chavos banda de Azcapotzalco, seis para ser exactos, entre los diez y seis y los veintidós años. Ellos iban en el carro viejo de uno de ellos. Dormíamos en los vehículos y de noche pretendían salir a madrear policías. Una noche quien los encabezaba, chavo sensato y además bien bragado, detuvo a los otros cinco a golpes, patadas y portazos del automóvil, con el argumento de “no sean pendejos, cómo va a quedar nuestra candidata si mañana los periódicos publican que seis borrachos que hacían campaña por tal candidata a gobernadora fueron detenidos por varias patrullas cuando se dedicaban al vandalismo”. Pero los “argumentos” que convencieron a sus cinco amigos fueron las patadas, los golpes que le dejaron al jefe los nudillos despellejados y los machucones que les dio a sus amigos con la portezuelas de la nave en que dormían. Me despertó el barullo y los gritos ahogados de la banda. Hice por bajar de la camioneta para calmarlos, pues supuse un pleito sin razón y el militante viejo del que les contaba me detuvo: “No bajes, porque te madrean, están muy enojados” me dijo y me sostuvo férreamente del brazo. Ya despabilado me di cuenta de lo que pasaba y al ver que el que los dirigía ya había ganado y “convencido” a sus huestes de no salir a golpear policías, volví a dormirme. En la mañana le pregunté inocentemente al jefe de los chavos que le había pasado en las manos y me dijo “nada, anoche me caí y me raspé con unas piedras”. Hice como que le creía y ahí acabó ese asunto, pero hay muchas cosas más que contar de esa campaña. Esos mismos muchachos pegaron carteles y pintaron paredes sin que se les pagara un centavo. Me mandaron con camioneta, pero sin dinero. Boteamos para sobrevivir durante los quince días que duró nuestro apoyo. Los chavos boteaban en las cantinas aterrorizando a los borrachines y en una tienda de un pueblo hicieron “cooperar” al dueño con todo una pieza de queso de unos cinco kilos, como lo habían hecho muchas veces en sus colonias defeñas en plan de mafiosos. No sé si fueron buenas o malas esas requisas, pero eso nos permitió apoyar una campaña electoral y sobrevivir luchado por algo en lo que estábamos convencidos: hacer crecer a nuestro partido, un partido del pueblo que se sostenía por sí mismo.
– Pero participar en las elecciones fue lo que nos jodió.
– Esa discusión ya la hemos tenido muchas veces y no es para una cantina. Mejor digamos ¡salud!– dijo el mismo que ya había interrumpido la conversación dos veces antes.

jueves, 10 de junio de 2010

Otras batallas del ejido Puerto Tetzo

¿Cuántos jacintos arriaga hubo en la revolución? ¿Cuántos ha habido? ¿Cuánto hay actualmente?
Ambivalente y con mil caras la revolución mexicana. Llena de traidores. Algunos grandes traidores y pequeños hombres. Otros grandes hombres y más o menos traidores. Generales que se hicieron gran burgueses. Hijos o nietos de revolucionarios que reivindican a Díaz. Funcionarios que iniciaron muy jóvenes luchando por demandas revolucionarias y viven actualmente lucrando con la agonía de la revolución.
Pero Jacinto Arriaga, ya muerto, ha visto que otros levantan sus demandas. Él murió, ¿cómo? ¿cuándo?, en este momento no quiere recordarlo, pero observa con ojos que otros suponen velados por la tierra a muchos felipe gómez, a cientos de mexicanos que como él luchan todos los días con las escasa armas que aún quedan de aquella revolución que parece moribunda pero que renace en el sureste de la patria y permanece viva en la memoria de muchos mexicanos.
Todavía hay racimos de jacintos arriaga que defienden su ejido, atacado en mil formas desde hace años, tal vez desde que nació.
Tenemos ejemplo en el ejido Puerto Tetzo. La primera batalla queda ya muy lejos en el tiempo, pero la lucha sigue: después de aquel primer paso se dieron muchos para conseguir la resolución presidencial. Trámites en Pachuca y en el Distrito Federal. Maurilio Casvieja y varios de sus compañeros saliendo a corta caña a Valles para financiar su lucha. El Profe abandonando el Valle del Mezquital. Ya nos contará qué más ha hecho, aunque ya nos narró una anécdota no solicitada. Los jóvenes ñahñúhs, avanzados los trámites, invadieron los terrenos. La policía llegó a desalojarlos. Los futuros ejidatarios, usando el partido del Profe, en el cual militaban, lograron negociar una tregua que se alargó por años. El falso dueño, Gabriel Hernández, se cansó de luchar por unos terrenos que cierta vez soñó robar y convertir en campo de golf para turistas, cuya basura recogerían los ñahñús, su dueños originales, a los que solamente daría trabajos mal pagados. La lucha avanzó. Se legalizaron los terrenos y se formalizó el ejido. Aunque fuese para rememorar actos populistas, el gobierno estatal otorgó un crédito y los ya no tan jóvenes ñahñúhs instalaron modernos invernaderos para producir hortalizas. El día en que se inauguraron los invernaderos lo importante no fue la presencia de autoridades federales y estatales, que sí asistieron para simular que aun creen en la revolución, si no la presencia de aquellos otros ñahñúhs del Mezquite, los que dieron a los ejidatarios de Puerto Tetzo el primer ejemplar de la ley de la reforma agraria. Y la compañía de muchos otros campesinos de la región que guardan la semilla revolucionaria en esa memoria colectiva de sucesos triunfantes. Ahora la lucha sigue para lograr precios justos de venta o establecer canales de comercialización solidarios, al margen de los tradicionales mercados voraces.
Y contemplando todo estuvieron Felipe Gómez, Jacinto Arriaga, Tomás Cruz y otro más que todavía no conocemos y son los que nos narran estas cosas.

jueves, 3 de junio de 2010

Jacinto Arriaga habla consigo mismo (jueves 8 de abril de 1915, como a las tres de la madrugada)

Hoy estoy vivo por pura pinche suerte. Debo estar mal de la cabeza. Cuando tomamos Zacatecas y logramos esa gran victoria yo estuve muy triste y encorajinado, pues esa tarde mataron a Felipe. Hoy perdimos. La derrota es grande. Yo ando solo, huyendo. Si me encuentran los de Obregón me truenan. Pero no me van a encontrar ¡Ya me les pelé!
Esos soldados del mentado Álvaro Obregón son unos miedoso. Nunca salieron de sus agujeros hasta que nosotros ya estábamos jodidos. Yo me salvé nomás porque esos cabrones no salieron si no hasta la tarde. Y debo estar mal de la cabeza porque ahora que perdimos yo ando muy contento. Salvé la vida y estoy seguro que ya casi encuentro a la División del Norte.
Ayer nos fue muy mal. Desde el martes empezamos a perder. Mandaron a la caballería por delante y no se podía avanzar con tantas zanjas, los alambres con púas que estaban por todos lados y las ametralladoras de Obregón disparando desde sus escondites. Yo me salvé el martes porque me tocó estar en la reserva y como los coyones de Obregón nunca salieron de sus conejeras ya no entramos en combate. Pero ayer a los que estábamos frescos nos mandaron por delante y topamos con las zanjas, los alambres y las ametralladoras escondidas. Nuestros enemigos, puros ratones que ni veíamos. Seguro muertos de miedo, pero bien que nos chingaron. Me mataron el caballo, al caer me enredé en unos alambres con púas pero no me pasó nada grave, sólo rasgones de la carne por arriba. Me subí a otro caballo que andaba ya sin jinete, de los nuestros, y volví a la carga. En ese momento me acordaba de Felipe que a caballo ni quien lo parara y no me quise quedar atrás, aunque ya no enfrentaba pelones. Pero en ese momento no pensé contra quiénes peleaba ¡Había que darles! Esas eran la órdenes.
Mataron mi segundo caballo. No más disparan la ametralladora un poco más alto y no andaría buscando a mi división en esta oscuridad. Me volví a caer y me di un buen chingadazo. Tardé mucho en despertar. Cuando me di cuenta puros muertos de nosotros por ahí regados. No reconocí a nadie. Agarré un fusil y una canana y me preparé a matar enemigos, pero nunca los vi. O estaban en sus conejeras temblando de miedo o como ya no atacábamos por ahí los movieron a otros lados. Estaba solo, lleno de sangre de los rasguños, pero bueno y sano. Me fui arrastrando para el lado donde no había balazos. El sol me quemaba pero no me levanté. Ya en la tarde, serían las seis o las siete, estaba bien escondido en una cerca de piedra y vi salir a los de Obregón a perseguirnos, lejos y para otro lado de donde yo estaba. Pardeando encontré un caballo, en el que vengo. Creo que era de uno de Obregón, al que seguro matamos. En su propio caballo me les escabullí. Ya mero llego a Salamanca. Presiento que ahí está Pancho Villa y la División. No creo que los coyones de Obregón nos hayan echado en corrida más lejos. Si son ellos los que están en Salamanca yo ya estoy muerto. Pero hoy es mi día de suerte.

jueves, 27 de mayo de 2010

El Profe y los ex verdes platican (diciembre de 1978)

– Tenemos que hacer algo con lo que dice el periódico de la sección– les dijo el Profe a los once obreros que estaban sentados en las duras bancas, en torno de aquella gran mesa rústica. Bancas, mesa y en uno de sus extremos el viejísimo mimeógrafo de alcohol, era el único mobiliario de aquella supuesta oficina.
– Ya te habíamos dicho que son cosacos. En realidad no defienden nuestros intereses.
– Ahora sí ya te convenciste. Después de haber leído el periódico de ayer ¡Qué bueno que se lo trajiste, Reynaldo!
– Tenían razón. Los blancos defienden más a Altos Hornos que a ustedes los obreros. Lo que me preocupa es que la empresa es de todos y por eso la deben defender.
– Tch ¡No sueñes, Profe! ¡Cuál nuestra ni qué la chingada!
– Pero es una empresa estatal, es de todos, también de ustedes ¡Imagínense que el dueño fuera todavía Harold Pape!
– No mames, Profe. Pura pinche teoría como los cosacos. La planta será muy nuestra en teoría, pero bien que nos chingan, nos explotan, como dicen los blancos, pero no hacen nada para que mejoren nuestros salarios. O las prestaciones, al menos.
No era esa la primera vez que obreros ex verdes y el Profe discutían. Más bien las diferencias de visión eran frecuentes, pero algo había que los mantenía unidos y, sobre todo, hasta ahora siempre habían terminado poniéndose de acuerdo.
Esta vez pasó lo mismo, quince minutos después acordaron insistir en el próximo volante en la necesidad de la unidad y la democracia sindical; no una sin la otra; y duro con la necesidad de que tanto la unidad como la democracia deben estar al servicio de la mejoría de los trabajadores.
Empezó así una laga lucha entre los redactores del periódico de la sección y el grupo de obreros que se reunían cada ocho días con el Profe. No imaginaron los obreros ex verdes, al iniciar el debate, lo que el ejercicio de redactar entre todos los volantes les aportaría. Tampoco sabían que pronto participarían también, en las discusiones y en la redacción de temas, obreros de la sección 248, más jóvenes, con menos experiencia sindical, pero todos con estudios de bachillerato y algunos cursando licenciatura.

jueves, 20 de mayo de 2010

El Profe y Reynaldo platican (diciembre de 1978)

– Ya viste, Profe, lo que andan poniendo en el periódico de la sección.
– A ver. Me han contado mucho del periódico de la sección, pero yo todavía no veo ninguno.
– Quién te manda. Casi no te juntas con nosotros. Si entraras diario a la planta no te perdería ninguno. Pero ahi andas no más en la política. Mira, esta caricatura sí está buena.
– Ya no estés chingando y préstame el periódico. A ver si es tan charro como ustedes dicen.
– Pues mira que no se les nota. Para hablar sí son chingones: que la clase obrera, que el proletariado, que la lucha proletaria, que el devenir histórico (sepa la madre qué es eso). Que la revolución comunista en la Unión Soviética, que el sindicalismo democrático de allá. Al principio también decían que había que tumbar al charro Napoleón. Nooo, si p´hablar sí son chingones ¡Pero hoy sí la regaron! ¡Que no hay que hacer huelga porque vamos a afectar la producción! Pues qué quieren: ¡que en la huelga se produzca más! Esas chingaderas estarán buenas para los japoneses pero a nosotros ¡que no nos salgan con esas mamadas!
– Presta, pues, Reynaldo, deja que yo me entere y no me andes traduciendo los que otros dicen. Si afirmas que hablan del socialismo, de la Unión Soviética, del devenir histórico, aunque no entiendas qué es eso, no te creo que salgan con que no hay que hacer huelga. Que se me hace que eres puro cuento.
–Ten, Profe. Ten para que leas. A poco crees que yo no sé leer. Leele bien, porque tenemos que contestarles. Los volantes que hemos hecho están bien. Casi no los tiran. Pero tenemos que contestarles a estos cosacos que ya nos cansaron. Son charros como los azules o los rojos.

El periódico es un tabloide con cuatro hojas. Buen papel. Buena impresión. Se llama “Sección 147 del SNTMMSRM”. Todos los obreros de Altos Hornos saben que es el periódico oficial también del grupo blanco, que desde hace tiempo tiene el control total de la sección 147. El periódico tiene el mismo nombre que la publicación oficial que daba voz a los charros, ya fueran azules o rojos. El formato, la frecuencia, la regularidad y sobre todo la calidad de los contenidos ha ganado muchísimo desde que el grupo blanco tiene el poder de la sección. Se nota que el consejo de redacción pretende convertir al periódico en un educador proletario, guiado por la ideología que da sustento al mismo grupo blanco. Sin embargo los obreros del grupo verde critican mucho el contenido del periódico, lo comparan a lo que sostenían los charros y dicen que, a pesar de su fraseología socialista, proletaria, en el fondo los del grupo blanco son unos cosacos que defienden a la empresa y no intentan romper con la explotación a la que están sujetos ellos, los obreros de base. El Profe no entiende bien el por qué de tales críticas, por eso está ansioso de conocer directamente el contenido del famoso periódico. Ahora, por fin podrá hacerlo.

jueves, 13 de mayo de 2010

Noches de duermevela

La fatiga de mi cerebro no me permite dormir. Sin embargo sueño. No sé si sueño o recuerdo. Duermo y me veo envuelto en la batalla de Celaya caminado junto a campesinos harapientos, todos ellos talladores de ixtle con sus pies descalzos y agrietados, lastimados por los alambres de púas que no pueden haber pisado pues nunca se ausentaron de su desierto coahuilense. Son los abuelos de esos obreros de segunda generación cuyos padres abandonaron sus ejidos resecos para trabajar la tierra roja extraída del Cerro del Mercado en el estado de Durango, que llega en las góndolas de los ferrocarriles nacionales para que aprendan a convertirla en piloncillos de hierro bajo la dirección de hombres barbados, de ojos a través de los cuales se contempla el cielo, venidos del otro lado del mar a levantar un monstruo que vomita lumbre, vestidos con cascos y petos resplandecientes fabricados con el hierro de los piloncillos que los nietos de aquellos abuelos fabrican en las entrañas de los cinco hornos ya amaestrados desde que pasaron a ser propiedad del pueblo de México con el nombre del Altos Hornos de México S.A., que administra un gobierno heredero de los hombres-caballo que descendieron de las tres carabelas y a quienes les quitamos el poder por más de tres veces y regresan contumaces pero ya tocados por los vendavales que desataron los campesinos sin zapatos que robaron caballos y aprendieron a montarlos para derrotar a sus ejércitos de pelones. Y se mezclan en un torbellino alucinante los cuerpos de los hacendados ahorcados en sus latifundios y las fiestas de sus pares que lograron huir a las ciudades para construir las nuevas fuentes de riqueza: las fábricas de cerveza y luego las de las botellas para envasarlas y las cajas de cartón para empacarlas y las corcholatas que las tapan para llegar a fabricar los piloncillos de hierro que ahora los descendientes de los ejidatarios que alcanzaron a colgar a unos pocos latifundistas solamente pero que les arrebataron las tierras a la gran mayoría, están aprendiendo a fabricar en un monstruo que también se han apropiado y que alimentan con carbón también de todos, traído en las serpientes del ferrocarril que un presidente soñó cooperativa y que al menos se mantiene como propiedad de la nación, atacado sin piedad por las compañías de transporte carretero todas ellas de propiedad privada, muchas veces de funcionarios públicos que deberían defender la propiedad nacional y la boicotean desde sus caballos acorazados, ocultos bajo petos y cascos de los que brotan rostro barbados con ojos azul cielo, cuya mirada está depositada en arcas fortificadas ocultas en las entrañas de edificios bancarios de allende las fronteras, cajas protegidos por códigos numéricos que no dan cuenta de nombres ni linajes. Y no entiendo lo que he vivido tomando café en noches frías antes de batallas que asaltarán poblados, reseñando fiestas populares y marchas de hombres de campo, mientras bebo abundantes vinos importados junto a jerarcas opulentos que se dicen herederos de una revolución que no conocieron más que en los cuentos que sus padres murmuraban temerosos, recordando las hordas de salvajes que a caballo tomaban por la fuerza ciudades fortificadas entre cerros y minas. Y cuando busco un sentido a la maraña de recuerdos o sueños, las teclas de la vieja Remington me requieren ansiosas para ganar el pan que he de comer solo en este día, sentado en una mesa de un lugar sin nombre y sin recuerdo.

jueves, 6 de mayo de 2010

Jacinto Arriaga platica con Tomás Cruz (lunes 5 de abril de 1915)

– ¿Tú también te vas a pasar al bando de Venustiano Carranza? – pregunta muy enojado Jacinto– ¿Vas a seguir el ejemplo del traidor de mi ex jefe Maclovio?
– No, no, no. Tranquilo Jacinto– Tomás Cruz se acerca a la fogata que le ilumina el rostro y se sirve un poco de café de la olla común– yo sólo dije que Venustiano no es pendejo– regresa y se sienta junto a Chinto– como quiera estoy seguro que mañana tomamos Celaya y luego Pancho se irá a Veracruz a derrotar a Carranza. En camino se va a juntar con Zapata y entonces sí ¡pobres de los carrancistas!
– Mañana tomamos Celaya, pero nosotros, no tú que eres un coyón que ni siquiera sabes disparar bien una carabina. Lo que haga Pancho sólo él lo sabe, no andes tú diciendo cosas.
– Mira, mira ¡Cuídate mañana! No te vaya a pasar lo que Felipe y ya tomada Celaya te truenen los pelones.
Como siempre que se habla de Felipe se le ensombrece el rostro a Jacinto. A veces se enoja y se retira. Si puede toma una guitarra y la rasguea sacándole acordes que parecen llanto. Ahora sólo baja la voz y dice pensativo.
– No serán los pelones los que me truenen. A esos ya los acabamos. Ya no existen. Ya no tengo que matarlos. Ahora nos peleamos los que estuvimos juntos contra Huerta. Eso me entristece. Yo no quiero matarlos, pero tampoco quiero que me maten. No entiendo bien por qué seguimos peleando ¡A los que hay que quitarles las tierras son a los hacendados! Yo no voy a desertar ni a traicionar a Pancho, aunque sea cierto lo que andan diciendo. A ver tú, quesque eres periodista y sabes todo ¿Sí es cierto que Venustiano publicó una ley agraria para repartir las haciendas?
–Eso dicen, por eso me quiero ir a Veracruz, pero te prometo que regreso y te cuento la verdad.
–Eres puro hablador. Al que más le confío es a Zapata. Ese sí anda regresando las tierras a sus gentes, con ley o sin ley. Si como dices Pancho se junta con Emiliano voy a pedirle permiso para irme un rato con Zapata, para aprender y luego quitarle su hacienda al viejo Alcántara ¡No más en memoria de Felipe!– Jacinto se levanta, se sirve café y se queda pensativo cerca de la fogata. Es una noche fría del altiplano mexicano.
– ¿En qué piensas? Vente para seguir platicando– lo llama Tomás Cruz.
– Me voy a dormir, mañana tomamos Celaya y hay que estar descansado, sin sueño y muy vivo.

jueves, 29 de abril de 2010

La solicitud del ejido de Puerto Tetzo gana su primera batalla

En los primeros días de 1986, los veinte jóvenes indígenas de puerto Tetzo recibieron la primera respuesta oficial a su petición de tierras ejidales : la solicitud no procedía, pues no había terrenos susceptibles de expropiación en las inmediaciones de Puerto Tetzo.
– ¡Cómo que no hay terrenos que expropiar! Y entonces ¿los del tal Gabriel Hernández que son?
– Pinche Reforma Agraria ¡no sirve pa’ nada!
–¡Vamos a invadir los terrenos! ¡Para que vean que sí hay!
– A la chingada, ¡yo me voy pa’l norte!
– ¡Y ahora qué hacemos!
– ¡Vamos a ver a los del Mezquite!
– ¡Son chingaderas!
–Tranquilos –dice el Profe– ya les había dicho que ganar los terrenos no va a ser fácil. Apenas estamos comenzando. Ni se aceleren ni se desanimen. Vamos a la delegación agraria, en Pachuca, a preguntar por qué dicen que no hay terrenos. Nosotros sabemos que sí hay.
Se acordó que fueran los tres integrantes del Comité Particular Agrario y que los acompañara el Profe, para algo era diputado.

En Pachuca la comisión se presentó con el jefe de la oficina que levantaba los planos de Reforma Agraria. El funcionario y dos ingenieros más presentaron muy orondos un plano que abarcaba toda la zona comprendida entre Tasquillo, Rinconada, Palmas y el río Tula. Toda la carta estaba dividida en polígonos diversos, numerados consecutivamente y en la leyenda aparecían los nombres de los propietarios de cada predio, todos, según el plano, pequeña propiedad individual. El poblado de Puerto Tetzo aparecía casi al centro.
– ¿Cuántas hectáreas representa este polígono? –preguntó el Profe eligiendo uno aparentemente al azar. No había polígonos notablemente más grandes.
– Mmm ... son como doscientas hectáreas semidesérticas, sin riego ... pequeña propiedad, diputado –contestó el jefe de ingenieros.
– Este plano está mal– afirmó categórico el Profe.
Los tres ingenieros se le fueron encima: “¿Cómo va a estar mal?”, “y usted qué sabe de planos”, “lo hemos levantado entre todos nosotros, casi personalmente”.
– Pues está mal– volvió a decir el Profe.
– Discúlpenos, diputado– habló el jefe de ingenieros casi a punto de gritar– esto está bien, aunque usted sea diputado. Es una cuestión técnica y no podemos cambiarla.
– Pues el plano está mal y se los voy a demostrar frente al propio delegado agrario.
–Muy bien, vamos con él– cerró triunfante el jefe de ingenieros.

Cuando sus subordinados le dijeron, con bastante retintín, que el diputado afirmaba que un plano de la Reforma Agraria estaba mal, el delegado mostró un rostro airado, pero sabedor de su puesto dominó la ira y preguntó cortés, pero seco:
– Por qué dice que está mal el plano, señor diputado– y contemplaba la carta desplegada sobre su escritorio.
– Dígame usted, señor delegado, ¿dónde están las 1,308 hectáreas que el señor gobernador y usted mismo entregaron a los comuneros de Puerto Tetzo hace dos años?

Bastaron menos de cinco segundos para que al delegado le cambiara la expresión comedida y volcara su frustración en contra del equipo de ingenieros que recibieron una fuerte reprimenda pública y la orden terminante de que rehicieran “inmediatamente” el plano subsanando todas sus deficiencias. El primer escollo desapareció. Ocho días después la solicitud estaba publicada en el diario oficial del gobierno del estado de Hidalgo. Ahora habría que esperar para saber si alguien reclamaba los terrenos señalados como expropiables y demostraba que era legítimo propietario y poseedor.

jueves, 22 de abril de 2010

El grupo de los Blancos

Me desperté temprano, poco después de las cinco de la mañana, como si me tocara trabajar en el primer turno, pero esta semana me toca en el segundo.
Ayer los rumores eran muy fuertes: vendrían los mineros de Nueva Rosita, Muzquiz y Sabinas comandados por los charros de Napoleón Gómez Sada a tomar el sindicato por la fuerza e imponer a los rojos o a los azules, lo mismo da. Nos costó un chingo sacar a esos charros. Yo era uno de los miedosos que no quería votar por los blancos, quedar registrado y que luego me quitaran el trabajo. No le tengo miedo a los madrazos. El día que nos agarramos rojos contra azules en el auditorio del sindicato –ya ni me acuerdo con quién estaba yo-– no me importó que casi me rompieran el brazo y yo desmayé al Chino al pegarle en la cabeza con la pata de una banca de las muchas que rompimos. No me di cuenta que los soldados no dejaban salir a nadie. Yo andaba en la mera bola, a medio salón, donde nos atizábamos con más gusto. Así es que no le tengo miedo a los madrazos, pero otra cosa es que te corran de Altos Hornos porque no encontrarás ningún otro trabajo ni la mitad de bueno.
Ya me iba a dormir otra vez cuando llegaron por mi. Vinieron Armando y el Chino, sí, al que desmayé de un golpe y que después nos hicimos amigos. Que era segura la llegada de los mineros de Nueva Rosita. Que venían en una hilera de camiones a la que no se le veía fin para tomar el sindicato a como diera lugar. Que no tardaban en llegar.
–Venimos por tí, pinche Luciano, porque sabemos que no te rajas– me dijo el Chino.
Me explicaron que en la noche se habían formado brigadas con diferentes fines. Que a ellos les había tocado estar en las que debían llevar cubetas con gasolina y colocarse en las barricadas que habría en la carretera que viene de Sabinas. Salimos en mi camioneta antes de la seis y tuvimos que pelearnos en la gasolinera porque no querían echar la gasolina en recipiente descubiertos. Total, llegamos al retén cerca de las seis y media de la mañana. Ya estaban las brigadas con bates, palos y estrobos y las brigadas de los que habían atravesado vehículos en la carretera. A nosotros nos tocó a la atura de lo que sería el quinto o sexto camión, según nos dijeron. La espera no se nos hizo larga. A eso de las nueve llegó la choricera de autobuses. Como habíamos acordado, a la puerta de cada camión se amontonaron los de los bates o llaves estilson y nosotros rodeamos el camión.
–Pinche chofer, ni abras la puerta– le gritó bien fuerte el que mandaba nuestra brigada – con uno sólo que baje regamos tu camión con gasolina y lo prendemos. Si bajan algunos ya veremos de a cómo nos toca, pero los que no alcancen a bajar se va a morir chamuscados.
Luego supe que hasta del primer turno salieron muchos y llegaron a apoyarnos. Por eso éramos tantos. Nos la pelaron. Se regresaron todos y salvamos a nuestra dirección sindical, a los del grupo blanco. Blancos de casualidad porque no resultamos blancas palomas. Napoleón todavía debe estar vomitando bilis.

jueves, 15 de abril de 2010

Crónicas periodísticas. La Convención de Aguascalientes, 1914.

Felipe Gómez nos ha traído recortes de un periódico de la ciudad de Aguascalientes fechado el sábado 17 de octubre de 1914. Además del encabezado del periódico donde aparecen la fecha y demás datos, en la primera plana se anuncian las “Crónicas de la Convención, por Tomás Cruz, revolucionario desde 1910” como artículo importante en la página 3.
Felipe afirma que los ha guardado para burlarse de Tomás. El periódico, que Felipe llama “periodicucho”, tiene un formato muy pobre. Transcribimos parte de la nota, respetando la escritura original.

“... ese día jueves, 15 de octubre, será un gran día para la Convención. Ese día, en esta ciudad aquicalidense, la Convención se declaró “Soberana”, rescatando el principio de la soberanía popular de los revolucionarios francés.
Pero más importante es el regreso a la civilidad al proponerse que los principales jefes melitares, estos son Venustiano Carranza, Francisco Villa, Alvaro Obregón, Emiliano Zapata y Pablo González abandonen sus cargos. Para todos nosotros, que desde 1910 andamos con las armas en la mano buscando la justicia pa todos, es muy importante que nuestros jefes sean civiles. Así lo celebró lo más granado de la sociedad de Aguascalientes más tarde en la plaza principal, en torno a la columna jónica que señala el mero centro geográfico de México. Quienes siempre hemos seguido a Pancho Villa no sentimos pesar de que abandone el puesto y estamos dispuestos a retirarnos de la vida militar y seguir más a los prinsipios que a los caudillos. Además, como dice el pueblo: es lo mismo con Chana que con Juana ...”

En ese tenor continúa la nota que según Felipe muestra muchas contradicciones en el pensar y proceder del “intelectual” Tomás Cruz. No se reseña que finalmente sólo se desconoció a Venustiano Carranza. Tal vez ese resultado no se dio el jueves 15, pero todos conocemos el hecho que no obstó para que Tomás terminara en el bando de Carranza, adulando a quien finalmente triunfó en las alturas del poder.

jueves, 8 de abril de 2010

Antecedentes y primeros pasos de la “Solicitud del ejido de Puerto Tetzo”

En 1983 los ciento noventa y siete ñahñúhs jefes de familia de Puerto Tetzo, del municipio de Cardonal Hidalgo obtuvieron la resolución presidencial que reconoce y titula como bienes comunales a las 1,308 hectáreas que rodean al poblado.
Ese mismo año, como medida propagandística del régimen estatal, la resolución presidencial se ejecutó y las tierras fueron formalmente “entregadas” en una ceremonia ampliamente difundida por prensa, radio y televisión, efectuada en el desértico poblado, a la que asistieron tanto el gobernador del estado como las autoridades agrarias federales comisionadas en Hidalgo. En ese acto protocolario se anunció un “apoyo estatal extraordinario” para la reforestación con magueyes y nopal forrajero de los recién reconocidos bienes. Todo un gran y muy difundido espectáculo mediático.
Dos años después, en 1985, los comuneros del Mezquite, a unos pocos kilómetros de distancia de Puerto Tetzo, desalojaron en defensa de su propiedad social a un campesino que pretendía convertir en propiedad privada la parcela en que vivía.
Ese mismo año diez y siete jóvenes de Puerto Tetzo, campesinos “con sus derechos a salvo”, asesorados por los comuneros del Mezquite iniciaron la lectura de la Ley de la Reforma Agraria. Fácilmente convencieron a tres indígenas más de su poblado, algo mayores que ellos, para que se unieran al grupo y así completar los veinte campesinos sin tierra que la ley vigente por entonces requería para solicitar tierras ejidales.
Con la ayuda de “el Profe”, quien fuera testigo mudo en el desalojo realizado en el Mezquite, elaboraron la solicitud oficial de “dotación ejidal”, cuidando satisfacer todos los requisitos legales. En tiempo y forma le entregaron el oficio a la autoridad estatal correspondiente en septiembre de 1985.
La solicitud señaló como terrenos afectables las hectáreas ociosas y sin propietario conocido de la margen derecha del río Tula a la altura del balneario Tzindejéh
Pocos meses después, a principios de 1986, llegó la primera respuesta oficial: la solicitud no procedía, pues no había terrenos susceptibles de expropiación en las inmediaciones de Puerto Tetzo. Empezó entonces una larga batalla, tanto en el terreno de los hechos como en el legal, cuyo desenlace final todavía no se conoce.

jueves, 1 de abril de 2010

Anécdotas perdidas (no solicitadas)

Mi partido perdió su registro en 1991 y se disolvió poco a poco en los meses siguientes. Murió sin intentar luchas heroicas y que yo sepa nadie o casi nadie lo lloró. El partido se extinguía mansamente pero yo tenía que seguir viviendo. Conseguí trabajo en algo parecido a una "agencia de desarrollo" financiada por la social democracia alemana, con oficinas en el Distrito Federal. El jefe, un alemán redondo, tenía casa en Tasquillo Hidalgo desde hacía años y pasaba allá los fines de semana. Tenía un caballo con el que solía pasear por los cerros que rodean el Valle del Mezquital.
Un lunes cualquiera trabajaba yo muy temprano en la oficina. En la entrada estaba la recepcionista y alguien más. De pronto llegó el jefe y empezó a contar en voz alta el susto que un día antes le habían dado en Tasquillo "unos campesinos jóvenes, todos ñahñúhs". Su agitada voz convocó a otros cuatro compañeros de trabajo.
– Ayer salí a pasear temprano en mi caballo– repetía sobresaltado el jefe– crucé el río y al pasar por los terrenos que están frente a Tzindejéh me rodearon los ñahñúhs. Estaban muy enojados. Empuñaban machetes y bieldos y me acusaron a gritos de espía, o algo así, a sueldo de un terrateniente. En un momento dado pensé azotar al caballo y salir corriendo pero estaba rodeado por todas partes y decidí que al pasar alguno de esos jóvenes me alcanzaría a golpear y quién sabe qué pasaría. Intenté convencerlos de que no tenía relación con ningún ladrón de terrenos. Ellos decían que sí, que el ser güerito lo confirmaba. Me salvó mi acento alemán. Alguien dijo "es el gringo que vive en Taquillo" y al fin me dejaron ir. No sé que decían de unos terrenos en pleito, que les invadieron o ellos invadieron. Salí despacio y temblando del cerco que abrieron. Creo que sí eran capaces de matarme. Estaban muy enojados.
Cuando terminó su relato le dije:
– Yo conozco a esos muchachos. No te hubieran hecho nada. Son gente buena.
– ¿Tú los conoces? A poco eran de tu partido.
– Hice con ellos la solicitud de ejido, señalando esas tierras como susceptibles de expropiación. También les ayudé a que la solicitud avanzara. Los conozco bien. Viven en Puerto Tetzo. Yo me encargo que un día de fiesta te inviten a comer barbacoa en su pueblo. Ellos son los que invadieron, su solicitud está detenida y por eso la hacen avanzar con hechos. No estuve en la invasión pero los conozco a todos.

jueves, 25 de marzo de 2010

La Esperanza IV, Coahuila (agosto de 1975)

– ¿Qué chingados es eso de índice de agostadero? – limpia la vieja escopeta de dos cañones Israel y la cierra con un chasquido –La verdad es que no entiendo ni madres.
–Ya ves cabrón– Ventura sirve el café que acaba de sacar de la fogata que arde frente una de las tres casas levantadas no hace ni dos meses– por andar cazando osos te perdiste la explicación que nos dio Hilario. Hasta el pendejo del técnico de Banrural se hizo bolas ese día. Si no es por nuestro comisariado todos nos quedamos sin entender nada.

Son siete campesinos los que están junto a la fogata en ese amanecer de fines de agosto. Ya llegaron al nuevo centro de población quince de los veinte titulares de los derechos ejidales. Todavía no traen a sus familias pues apenas han construido tres casas, pero el pueblo “La Esperanza” ya es una semilla que crece sana y rápido.

– El día que cacé al oso no fue cuando Hilario explicó lo del índice de agostadero– deja la escopeta Israel y toma una taza para que le sirvan café– no oí la explicación porque ese día me tocó traer el agua.
– Pero que susto te dio el oso,– sopla sobre la taza de café hirviente Hilario y toma un pequeño trago– si te alcanza te mata el condenado.
– Fue un pinche tiro de suerte– abre una de las latas de sardinas José Guadalupe y las mezcla con las otras a las que ya añadió la cebolla y los chiles en vinagre previamente picados– nunca pensaste que le habías dado. Si hubieras estado seguro no corres cuando se te viene encima.
–Claro que sabía que estaba muerto,– toma sardinas de la cazuela Israel y las pone sobre unas galletas saladas– lo que pasa es que pensé que podía aplastarme. Venía rodando pendiente abajo muy aprisa.

Todos ríen alegremente. La discusión sobre si Israel sabía que el oso rodaba moribundo ladera abajo o si pensó que enojado lo perseguía, todavía persiste y se cuenta de vez en cuando como anécdota jocosa de aquellos días de grandes sacrificios y trabajos, pero felices. El mes de septiembre, apenas quince días después, empezaron a llegar las quinientas cabezas de ganado hereford. Ninguno de los veinte nuevos ejidatarios imaginaba ese día de agosto que la policía ganadera de la región empezaría a hostigarlos en cuanto el ganado estuviera en sus terrenos. Menos aún sospechaban que prácticamente les arrebatarían el ejido y algunos de ellos se convertirían en peones en sus propias tierras.

– Hilario, diles que ya dejen de joder y vuelve a explicar lo del índice de agostadero– se sienta Israel en un banquito de tres patas y empieza a comerse las sardinas con las galletas saladas.
Hilario esboza su media sonrisa, toma un pan bastante duro, lo parte por medio y prepara una torta de sardinas. Se hace el sordo a la petición de Israel.
– Lo del índice de agostadero es un engaño– apura su café Salomé mientras extraña las tortillas que su mujer echa allá en Castaños– quesque en estos terrenos clasificados como semidesérticos se necesitan cuarenta hectáreas para sostener una cabeza de ganado. Puro cuento para que un cabrón ricacho puede tener hasta veinte mil hectáreas sin que se le llame latifundio.
–Pero a nosotros nos favoreció– rebaña Gabriel la cazuela de sardinas con un trozo de pan– gracias a ese índice nos dotaron de estas veinte mil hectáreas y nos dieron crédito para quinientas cabezas.
– La Reforma Agraria nomás se hace pendeja– cierra la conversación Hilario– ya ven lo que dicen los Sorianos del gringo que tiene algo así como noventa mil hectáreas de este lado del río y eso que la constitución prohíbe propiedades extranjeras en la franja de cincuenta kilómetros a partir de la frontera. Pero vayan terminado de comer. Es tiempo de darle a la chamba.

jueves, 18 de marzo de 2010

El escritor que se piensa intelectual

Quiero traer a la memoria el 24 de junio de 1914, día en que conocí a Jacinto Arriaga. Se le veía muy triste. Cuando le hablé su tristeza se convirtió en agresividad contenida. Lo seguí aunque se notaba que mi presencia le molestaba. Se unió a su destacamento, pelotón o como se llamara el grupo de muchachos que hasta un día antes dirigió Felipe Gómez. Comían en silencio.
– Y ¿éste quién es? – preguntó con hosquedad un joven de no más de veinte años
– Dice que se llama Tomás Cruz. Que escribe– respondió Jacinto.
Entonces me hicieron señas para que tomara algo del rancho que ese día se repartía temprano. No hablaban. Un día antes habían alcanzado una gran victoria. Esa mañana estaban sombríos. Sin entender lo que pasaba pero intrigado por la contradicción, me quedé con el grupo.
Una hora después ya sabía muchas cosas. Esos jóvenes pertenecían a la brigada de Maclovio Herrera. La noche anterior habían enterrado a su jefe: Felipe Gómez. Eran muy jóvenes pero ese día estaban muy serios. La tristeza de Jacinto los contagiaba a todos. Me contaron que el Chinto Arriaga y Felipe eran amigos desde su infancia. Habían aprendido a cazar persiguiendo primero lagartijas, luego conejos y más tarde otras presas. Empezaron a montar burros que no sabían de jinete y luego de noche, sin permiso, atrapaban y montaban a pelo potros simisalvajes. Juntos se robaron unos caballos para unirse a la revuelta y tuvieron que matar a machetazos para hacerse de unas buenas armas. Un día antes había muerto Felipe. Ahora los jóvenes querían que los capitaneara Jacinto. Decidí que con ellos, unos pocos años más jóvenes que yo, andaría seguro y hasta podría hacer amigos. Me pareció que Jacinto iba a crecer, a progresar en la milicia, tal vez llegara a ser algo importante y a su sombra y con mi ayuda a los dos nos iría bien. A Jacinto le brotaba ese día el coraje por todos lados, aunque no hablara. Quería acabar con todos los pelones y deseaba empezar ya. Luego aprendí que sabía dominar la impaciencia y que no sólo odiaba a los pelones, si no sobre todo a los latifundistas. Con pelones o sin pelones había que repartir toda la tierra. Que no quedara nada para los antiguos dueños, ladrones, asesinos y seguidores de Huerta “¡Les cobraremos muy cara la muerte de Felipe!” decía siempre.
Así empezaron mis difíciles relaciones con Jacinto. A veces casi amigos. A ratos peleando. Pero nunca dejé de buscarlo y enterarme de lo que hacía. Por él conocí a Felipe con el que todavía me peleo, aunque somos amigos. Un día ya no pude hablar más con Jacinto, hasta hace poco que me convertí en uno de ellos.

jueves, 11 de marzo de 2010

Repartiendo volantes en planta 2 de Altos Hornos de México, (finales de 1978 o principio de 1979).

Sabemos que recuerdas bien aquel día en que, inocentemente, intentaste repartir volantes dentro de los terrenos de la planta 2. Ya tenías experiencia en repartirlos a la entrada de la planta uno y sabías que ahí en Monclova, aunque el Sindicato Nacional Minero desde hace mucho era completamente charro y entreguista, la sección 147 estaba en manos de un grupo democrático, progresista, con un discurso saturado de terminología marxista y totalmente en contra de Napoleón. Pensabas que por eso era fácil repartir volantes en planta uno.
Pero también sabías que la sección 288, de la planta 2, estaba dirigida por gente de Napoleón Gómez Sada y, recordando la represión en fábricas regiomontanas, única experiencia que por aquellos tiempo tenías de lucha obrera, cuando los vigilantes de la planta 2 te sorprendieron tuviste la certeza, en un primer momento, que serías al menos expulsado ignominiosamente o más bien con brutalidad y golpes, si no es que serías secuestrado por algún tiempo.
Pero no pasó nada de eso y sabemos que aquel recuerdo lo tienes fuertemente grabado. No entendías el por qué de esa actitud tan tolerante. Aunque los jóvenes obreros de planta 2 se fueran a reír de ti esperabas con ansia que te explicaran la situación.
Como a las cinco de la tarde llegaron los dos primeros muchachos de la 288, preguntando qué había pasado con los volantes. No habían visto ni uno.
–Ya les contaré cuando lleguen los que faltan– contestaste con un punto de hosquedad.
Minutos después uno de ellos dijo
–Aquí están los dos mil volantes– pero no añadió más al notar un extraño frío en tu mirada.
Como siempre, empezaron a chacotear y las risas y bromas aumentaron conforme llegaban otros obreros, tanto de la planta 2 como de los antiguos verdes.
Hasta que de pronto, Reynaldo González, uno de aquellos primeros seis verdes que aceptaron tu partido, casi gritó para que todos lo oyeran, con un tono un tanto burlón.
–Profe, ya no te hagas buey, dicen los muchachos que por qué no repartiste los volantes.
Les contaste lo que nosotros ya sabemos y nadie se rió de ti. Mientras narrabas lo sucedido intercambiaron miradas de entendimiento y al final uno de ellos dijo, haciéndose eco de todos, que no había problema, que se les pasó avisarte que los camiones entraba a la planta. Casi lo dijo en tono de disculpa. Rápidamente se pusieron de acuerdo. En adelante ellos mismos repartirían los volantes como lo hacían antes de conocerte: entrarían con unos pocos cada quien y los dejarían donde el resto de obreros pudieran tomarlos sin implicar a nadie es su reparto, ya fuera en los asientos de los camiones o junto a los garrafones de agua o en los retretes o ya vería ellos.
–Pero por qué a mí no me hicieron nada los de seguridad.
–Hay Profe, pues porque no eres obrero y entonces qué te hacían. Tú sabes que por contrato colectivo si nos agarran a nosotros repartiendo volantes dentro de la planta nos corren con justificación. Ni las manitas podremos meter. Fuera de la planta ni los charros de Napoleón nos hacen nada. Pero si nos agarran repartiendo adentro estamos jodidos sin remedio. Ya lo hemos hecho muchas veces y no ha pasado nada. Todo mundo se hace pendejo y nadie ve nunca quién los dejó abandonados por ahí.
–Y nadie ve tampoco quién se llevó uno o dos volantes.
Y solamente de esa situación sí se rieron alegremente. Abundaron en anécdotas jocosas. Te dejaron a ti la investigación de por qué en Monclova no había la represión existente en otras zonas obreras del país. Para ellos que no reprimieran a quien no era obrero era lo más natural.

jueves, 4 de marzo de 2010

Dejemos que escriba "el Profe", II

Aunque nadie podía probar que Ricardo Esquivel era quien bajaba el ritmo de las bandas de empaque, los capataces informaron a sus superiores que además alentaba las protestas de las muchachas que empacaban. La administración empezó a perseguir a Ricardo. Como avisos y malas caras de supervisores no funcionaron procedieron a cansarlo asignándole los trabajos más disímiles y hasta absurdos. Ricardo continuó alentando resistencia aunque ya no estaba en contacto con las mujeres y sólo las encontraba en ciertos descansos o a la salida del trabajo. Continuaron hostigándolo. Lo mandaron a trabajos peligrosos. Esquivel no cejó.
Como trabajaba en solitario los administradores decidieron comprarlo, igual que a los líderes charros. Le ofrecieron vacaciones pagadas en el lugar de su preferencia, Acapulco incluido. Ante su negativa, le pusieron enfrente un cheque sin cantidad para que él la anotara. Joven, impulsivo y sin experiencia, como lo reconoció cuando nos contó esta historia, Ricardo se enojó y renunció al trabajo, pero no a la lucha obrera que siguió alentando desde afuera. Soltero y sin gastos se dedicó a organizar a las chicas de empaquetado fuera del trabajo hasta el punto que lograron iniciar una huelga de hecho. Fue entonces cuando los patrones sacaron las uñas y utilizaron al propio sindicato y a los golpeadores del mismo para romper la huelga con violencia sin importar que fueran mujeres las que estaban en paro. Los esquiroles localizaron a Ricardo, le dieron una golpiza y lo amenazaron con peores represalias si tan sólo sabían que seguía en contacto con las obreras. Represalias no sólo contra él, si no sobre todo contra ellas. Desanimado abandonó la lucha hasta la tarde aquella en que nos encontró y retomó no ya la organización obrera pero sí la popular y campesina.
Pasando el tiempo muchas veces lo invité a retomar el trabajo de organización obrera. Nunca quiso. Argumentaba que la CTM, o el sindicato oficialista correspondiente, tenía el control absoluto de cualquier movimiento sindical y cualquier lucha sería brutalmente reprimida. Para el caso de Monterrey su argumento era totalmente cierto y para los tiempos que corren en este siglo XXI y con los gobiernos que padecemos también.
Pero la revolución de 1910, uno de cuyos antecedentes lo encontramos en el sindicalismo de los hermanos Flores Magón, aunque a la postre originó un sindicalismo oficialista como el descrito, también abrió caminos diferentes.

jueves, 25 de febrero de 2010

Dejemos que escriba "el Profe", I

A ver, ustedes, los que escriben este blog, hoy voy a narrarles una anécdota que oí hace mucho. Quien nos la contó fue uno de nosotros, aunque ahora ya no lo es, o no lo es del todo, vayan ustedes a saber. Hace tiempo que ni lo vemos ni hablamos con él. Se llama Ricardo. Ricardo Esquivel.
Fue en aquellos tiempos en que andábamos iniciando la construcción del partido en Monterrey. Algo así como 1975. Éramos seis y vivíamos en una casa-taller que rentaba la compañera de un trailero: tres cuartos, uno de ellos con una estufa y una tarja. Un baño completo. El patio de la casa se alargaba escasamente dos o tres metros hacia el frente.
Ricardo llegó una tarde en que estábamos reunidos con habitantes de alguna de las muchas colonias irregulares que por aquel entonces existían en Monterrey. Como otros, los ahí reunidos habían invadido sin ninguna autorización predios baldíos y estaban constantemente amenazados de ser desalojados con violencia por la policía del gobierno en turno. De hecho Esquivel vivía en una de esas colonias de posesionarios.
Con apenas veintitantos años a cuestas Ricardo estuvo muy callado y atento toda la reunión, pero al finalizar pidió la palabra.
– Donde vivo hay algunos muchachillos que se drogan diariamente. Vengo a pedirles que me regalen un balón de basquetbol para organizarles juegos en lugar de que se la pasen tomando alcohol o fumando marihuana.
– Nosotros somos un partido político que no regalamos cosas. Sólo les decimos a la gente, como ya oíste, que los invitamos a organizarse para resolver sus problemas. Si quieres quédate con nosotros y te invitamos a una colonia donde al rato vamos a tener otra reunión. Así nos vamos conociendo.
Y Ricardo se quedó por años con nosotros.
En aquella casa que también era taller de una cooperativa que con retazos de telas de algodón hacía discos que se vendían a diversas industrias para pulido de metales, los que ahí vivíamos nos reuníamos cada noche a evaluar el trabajo de organización realizado y planear las actividades siguientes. Ricardo se convirtió pronto en un asistente más a dichas reuniones, dejó para más tarde el asunto de los deportes juveniles y nos fuimos haciendo amigos, además de compañeros de trabajo.
Fe así como un día nos contó un episodio de su vida sucedido unos cinco años antes, cuando era obrero de la fábrica de galletas Gamesa.
Obrero de mantenimiento por las mañanas en la sección de empaque, Ricardo tocaba por las noches la batería en el conjunto de un bar ubicado en un barrio muy popular. Por eso y otras razones tenía mucho arrastre con las muchachas del departamento en que laboraba. Los supervisores, capataces en mejor español, sobre explotaban al personal acelerando el ritmo de las bandas de empaquetado, que por entonces era manual. Esqivel empezó la defensa de las mujeres que empacaban disminuyendo la velocidad de las bandas transportadoras. Los capataces sospecharon que era él quien bajaba el ritmo, pero no pudieron probar nada. El joven continuó organizando la resistencia y la lucha entre las obreras de su sección, sin contar con el sindicato, que era charro. De la CTM por cierto.

Ya escribí mucho. Palabra que lo sigo haciendo mañana.

jueves, 18 de febrero de 2010

Nosotros

¿Quiénes somos nosotros? ¿Estamos vivos? ¿Somos muertos que queremos revivir un pasado sepultado por el tiempo? ¿Es posible que todavía no hayamos nacido y busquemos construir un mundo diferente al actual con los jirones de un pasado que se desvanece en nuestras manos? ¿Es posible que seamos, entre todos, eso y más?
Lo que no queremos es convertirnos en seres momentáneos que sólo compremos y compremos sin satisfacer nuestra necesidad de poseer. Nos negamos a vivir como si estuviéramos comenzando, y asumimos el reto de inventar nuestro futuro a partir de un pasado que los que no son nosotros pretenden que olvidemos, porque ellos lo han borrado ya de su memoria.
No pretendemos vivir como hace años para terminar en un futuro igual a lo que padecemos hoy. Buscamos otros mundos, muchos, que quepan y convivan en el globo común que nos alberga.
Pero ¿por qué preguntamos por nosotros? A ti, que escribes, te vemos solo, sentado frente a una pantalla y un teclado.
No, contestas, conmigo está Felipe Gómez. Lo mataron en Zacatecas pero su memoria, su conciencia, lo que lo definía y lo hacía para sí Felipe Gómez sigue vivo hoy en el campesino que cruza de noche el río Bravo o salta por Tijuana o Ciudad Juárez el muro fronterizo, pero se niega a perder las tierras ejidales que dejó atrás en Oaxaca, Michoacán o Hidalgo.
Conmigo están, insistes, los obreros de las minas o de la industria eléctrica a los que la política global pretende quitar hasta su categoría de obreros al desconocer sus huelgas y sindicatos, llegando a desaparecer la empresa propiedad social en la que trabajaban.
Me acompañan viejos luchadores desconocidos, unos muertos, como Felipe o Hilario y otros que viven y sueñan como yo.
Y cabalga todavía más al sur Zapata, asesinado hace mucho. Cabalga junto a indios que no escriben con letras pero sí con hechos. Con ellos también hacemos el nosotros inventando un mundo que sin separarse sea distinto al mundo que nos rodea.
Y cuando los caminos de las letras se desdibujan ante un teclado incierto todos ellos acuden para ayudarnos a seguir buscando las veredas que no tienen caminos previos a seguir; sólo puntos de partida y tránsito en un pasado sólido; presente porque no lo vamos a olvidar.

jueves, 11 de febrero de 2010

Jacinto Arriaga al día siguiente de la toma de Zacatecas (24 de junio de 1914)

Jacinto Arriaga (Chinto) camina lentamente buscando un ecuálido pirul. Un pirul en especial. Lleva una guitarra en la mano derecha y con la izquierda conduce su caballo que mal porta una silla de montar que no reconoce. El estribo izquierdo está manchado de sangre y cerca de la cabeza de la silla se distingue la astilladura causada por un treita-treinta.
Desde el pirul se contemplan las humaredas que señalan la ciudad todavía no visible en este tímido amanecer. Chinto se sienta bajo el árbol moribundo que hace días dio sombra a su amigo Felipe. Trata de pulsar la guitarra pero empieza a llorar silenciosamente. Las lágrimas marcan brechas en la cara todavía ennegrecida por la pólvora. Lentamente coloca la guitarra a un lado y su pensamiento vuela a la hacienda del viejo Alcántara. Se imagina sentado bajo uno de los grandes árboles de la hacienda y siente que un volcán le crece en el pecho al saber que al conquistar esas tierras y convertirlas en ejido Felipe no estará con él.
Ensimismado, Chinto no escucha los pasos de alguien que se acerca. Quien llega se sienta a su lado sin ceremonias. El olor a humo de cigarro hace que el joven Arriaga voltee un poco, pero sigue abstraído.
–Hoy es un día de alegría ¡Se ganó una gran batalla!– dice el recién llegado sin que Chinto le preste la menor atención.
–Me llamo Tomás Cruz, fui maestro y luego periodista. Ahora escribo crónicas de la revolución. Es seguro que la van a ganar, pero ¿tú conseguirás algo de ella?
Ante el hosco silencio de Jacinto, Tomás opta por sacar una libreta y un lápiz del morral. La poca luz no le permite escribir y se queda contemplando las humaredas lejanas. La claridad del amanecer aumenta y Cruz distingue que el humo más denso parte del centro de la ciudad. Recuerda que tendrá que reseñar la explosión del arsenal de los pelones e investigar quién lo provocó.
Molesto por una presencia extraña, de quien a todas luces es un curro, Jacinto saca de entre el pecho y la camisa el viejo paliacate con el que anoche limpió someramente la cara de Felipe y pretende limpiarse la suya, que solamente logra ennegrecer un poco más. Se suena ruidosamente, toma la guitarra e intenta levantarse, pero la mano de Tomás lo detiene suavemente por el hombro.
–¡Suéltame! –dice en tono bajo y decidido.
–Está bien, está bien– lo tranquiliza Cruz levantándose él mismo. –Deja que te acompañe mientras bajamos de la loma.
–La vereda es de todos, ¡vete por donde quieras!
Ambos enfilan por el camino que días antes tomaron los dos Felipes, Ángeles y Gómez.

jueves, 4 de febrero de 2010

Terrenos fértiles entre el río Tula y Puerto Tetzo II. Su estado a principios de 1985

Como a siete kilómetros, bajando de la hondonada donde se esconde Puerto Tetzo, hacia el sueroeste, ya en el municipio de Tasquillo, estado de Hidalgo, corre el río Tula que más adelante se convierte en el Moctezuma, sigue cambiando nombres y finalmente desemboca en el Golfo de México. El río Tula cobró mayor importancia en el Valle del Mezquital al convertirse en el cauce que recibe las aguas sobrantes del Valle de México, desde que se hicieron las obras de drenaje de tal valle a mediados del siglo XIX. Con las presas derivadoras construidas a partir de mediados del siglo XX para llevar el riego a buena parte del Valle del Mezquital, el río Tula disminuyó su caudal, pero sigue llevando agua todo el año. Filtraciones del río u otros sistemas naturales subterráneos han creado a orillas del propio río manantiales de aguas termales que ya la aristocracia azteca usaba para solaz de sus caciques mayores; ese es el caso del balneario Tzindejéh, abierto actualmente para todo público, siempre y cuando pueda pagar la entrada. Ese hermoso lugar se encuentra en la margen izquierda del río Tula y frente a él, en la margen derecha, se encuentra una franja de terrenos planos, de humedad de primera, de uno doscientos metros de ancho en promedio, que corre casi un kilómetro a lo largo del río. En 1985 esos terrenos estaban abandonados, ociosos. Aptos para ser solicitados por campesinos con sus "derechos a salvo", como estipulaba la Ley de la Reforma Agraria vigente en esas fechas.
Los diez y siete jóvenes de Puerto Tetzo, entre los que estaba Maurilio Casavieja, después de hablar con los ejidatarios y comuneros del Mezquite, decidieron que solicitarían esos terrenos. Los rumores afirmaban que pertenecían a un tal Gabriel Hernández Quiñones, que se había apropiado de ellos en forma fraudulenta, que pensaba construir en ellos un complejo turístico con campo de golf, hotel y otros servicios, que se había lanzado ya como precandidato del PRI a la presidencia municipal de Tasquillo, municipio en que se encuentran los terrenos. Las afirmaciones populares eran confusas e inciertas pero la realidad era indiscutible: frente al balneario Tzindejéh había terrenos ociosos planos y de humedad que se extendían hacia las faldas de los cerros cercanos. Sólo hacía falta solicitarlos como dotación ejidal para los campesinos con derechos a salvo de la comunidad de Puerto Tetzo. Eso fue lo que hicieron los jóvenes ñahñúhs de dicho poblado.

jueves, 28 de enero de 2010

La Esperanza III, Coahuila (julio de 1975)

Hilario y sus cuatro compañeros has escogido el fondo de un extenso valle para construir el poblado. Las veinte mil hectáreas con las que han dotado su nuevo centro de población, desde el río Bravo hacia el sur, cuentan con buena variedad de terrenos. Hace dos meses, el 23 de mayo exactamente, los veinte beneficiados y el personal técnico de la Secretaría de la Reforma Agraria terminaron de trazar el polígono que abarca las veinte mil hectáreas. Con eso se ejecutó la dotación y ahora esas tierras pasaron de ser propiedad de un gringo cuyo nombre no nos interesa a ser propiedad colectiva de los veinte nuevos ejidatarios que deberán construir su nuevo centro de población. En la resolución presidencial aparece el nombre: "La Esperanza".
Hoy, dos meses después, al pie de una loma que se alza no más de cien metros sobre la llanura que poco a poco se abre en un amplio valle, los cinco nuevos ejidatarios se mueven en torno a dos viejas camionetas pik up. De ellas bajan vigas, láminas corrugadas de cartón y herramientas varias, con lo que van a iniciar la construcción de sus futuras casas.
-Si nos apuramos podremos dormir bajo techo
-Hace calor y no va a llover. Hoy podemos dormir al raso ¿Qué prisa tenemos?
-¡Pásame la barreta! Aquí empiezo a poner el primer poste.
-¡Espérate! Primero vamos a ver dónde y cómo van a estar las casas. Hay que hacer un trazo.
-¡Qué trazo ni qué la chingada! Ya mañana veremos dónde y cómo.
-¡Chíngale y no estés jodiendo!
Minutos después los cinco, sudorosos, trabajan en silencio. Solamente se escuchan el golpear de la barreta y la pala que lanza la tierra.
-Ahí la llevas. Acá hacemos el otro hoyo.
-Allí está bien. Voy yo.
***
Mientras los cinco nuevos ejidatarios comienzan la construcción de su poblado, a unos ochenta kilómetros de donde trabajan, dos policías ganaderos sostienen la siguiente conversación:
-¿Qué piensas de esos nuevos ejidatarios de la Esperanza? ¿Tú crees que nos vayan a estorbar?- dice uno de ellos, conocido como el Ruiz. Flaco, la piel requemada por el sol, el sombrero casi tocando el techo de la camioneta que conduce por la brecha polvorosa e interminable.
-Están bien morros. Ni se van a dar cuenta de lo que hacemos. En todo caso ya verás que al final nos van a ayudar, como los Soriano- afirma entre los bigotes tupidos y largos, pero cuidados, el otro policía.
-No te confíes, Carmelo, están jóvenes pero se ven muy listos.
-¡Bah! Déjalos por mi cuenta.
-Mejor llegando le contamos bien al jefe. Él nos dirá qué hacer.
-Bien, ya déjame dormir un rato.

jueves, 21 de enero de 2010

Otro cuaderno de notas. Fecha desconocida.

¿Cómo llegó a nosotros este otro cuaderno de notas? ¡Nadie sabe!, pero lo tenemos a la vista. Con el formato del cuaderno de notas de un diputado. Escrito con la misma o parecida tinta morada. Letra difícil de desentrañar aunque más legible, de alguien más joven, con menos mañas. Pero la letra, nos decimos todos, es similar a la del diputado de 1985. Nos llamó la atención lo siguiente:
“Hoy me corrieron de la planta 2 de Altos Hornos. Nada del otro mundo. La verdad muy corteses los cuates de seguridad que me sacaron. Nada parecido a los de Monterrey o de Saltillo, donde los guardas son brutos y altaneros o hasta golpeadores profesionales. Trato de explicarme por qué la diferencia.
Llevo rato repartiendo volantes a la entrada de la planta 1. La primera vez tenía miedo de que me corrieran. En Monterrey, en Gamesa o en la Fundidora por ejemplo, ni pensar en repartirlos; los de seguridad o los lameculos del propio sindicato te los quitan y te madrean. Aquí, en la planta 1 hasta los que reparten el periódico de la sección me piden volantes.
Con esa experiencia no dudé en ofrecerme para repartir el primero que hicimos para la planta 2. Los obreros de la 288, más jóvenes, parece que tienen miedo a entregarlos. No están tan curtidos en la lucha sindical. Me dijeron que podía ponerlos en los camiones que llevan a la planta.
Con esa información y un paquete de dos mil volantes, hace rato tomé un camión a la planta a 2, lleno de obreros muy jóvenes. Decidí esperar para repartirlos en la puerta de entrada.
Cuando bajamos del camión no había tal puerta, sólo un llano y allá lejos las construcciones de la planta. Empecé a repartir los volantes. Inmediatamente se me acercaron dos guardas y me dijeron:
– ¿Que estás haciendo?
–Reparto volantes ¿Qué no ven?
–Tu credencial de obrero.
–No soy obrero, reparto volantes.
–Pues estás en la fábrica y no está permitido repartir volantes adentro. Además entraste sin permiso.
–¡Ah, carajo! ¿Cómo que estoy dentro de la planta?
Mi cara de pasmo debe haber sido de risa. Me dejaron ver a mi alrededor: la planta frente a mí, rodeada de un amplio llano circulado por una malla ciclónica y como a cien metros la puerta también de malla.
–Pues no sabía ¡Ya me voy!
–Vente, te acompañamos– y platicando entre ellos me acompañaron, por una vereda entre la hierba, hasta la salida.
Me fui y los guardias ni adiós dijeron. No me quitaron los volantes. Tampoco me pidieron uno. Me regresé a escribir esto. En la tarde, cuando vengan los de la 2 les preguntaré qué pasó. Seguro se van a reír de mí.

jueves, 14 de enero de 2010

Terrenos fértiles entre el río Tula y Puerto Tetzo I. Su estado a principios de 1985

Al igual que yo, cuando tallaba lechuguilla en Jaumave –nos siguió contando Felipe Gómez en alguna otra ocasión– aquellos jóvenes indios de Puerto Tetzo pensaban en tener parcelas propias para vivir de ellas. A mí no me tocó vivir en un ejido, pero para algo hemos luchado tantos mexicanos, entre otras cosas para que haya muchos ejidos.
Entonces fue cuando Maurilio Casavieja, ñahñúh de diez y ocho años con sus derechos a salvo de Puerto Tetzo, oyó un día de plaza, en Ixmiquilpan, comentarios contradictorios de los "bárbaros, salvajes"–decían unos– o "valientes y orgullosos" –afirmaban otros– ejidatarios y comuneros del Mezquite, que "habían corrido a alguien y le habían tirado su casa" para "defender sus tierras" o por ser "unos hijos de la chingada", decían las conversaciones captadas a medias entre el tráfago del comercio semanal.
Cuando Maurilio les contó lo escuchado a sus compañeros, algunos de ellos también habían oído el rumor o la historia, llena de matices diversos y contradictorios, pero había detalles que se repetían: ni la policía ni nadie del gobierno había intervenido para castigar a los bárbaros y salvajes. Tanto el gobierno municipal como el estatal, por alguna razón desconocida, se hacían los ciegos y sordos ante el desalojo. No había noticias del hecho en los periódicos pero radio rumor no podía estar equivocada. Maurilio propuso ir al Mezquite y no sólo averiguar qué había pasado y si la defensa de los bienes comunales era cierta, sino buscar la posibilidad de que aquellos aguerridos campesinos los ayudaran en su lucha por conseguir tierras ejidales.
No se equivocaron los jóvenes de Puerto Tetzo en ir al Mezquite, aunque la comisión que los representó, presidida por Maurilio Casavieja, regresó únicamente con la certeza del desalojo, una explicación no muy clara de que el gobierno sabía que comuneros y ejidatarios tienen la razón, la afirmación de que todavía les faltaba sacar de la cárcel al presidente de su Comisariado ejidal y un pequeño libro que en su portada decía "Ley de la Reforma Agraria"; sólo eso, pero al final ese librito les abrió un camino lleno de dificultades pero que los permitió convertir en propiedad colectiva –propiedad social decían los técnicos en aquél entonces– los terrenos que un tal Gabriel Hernández Quiñones, funcionario de Ferrocarriles Nacionales de México, había convertido en su propiedad privada.

jueves, 7 de enero de 2010

El camino hacia el grupo de los verdes III, Monclova Coahuila (entre fines de julio y fines de septiembre de 1978)

Fue tu primera reunión con un grupo de obreros experimentados en lucha sindical. Fernando Cublero te dio la dirección de Juan Manuel López Alarcón, obrero de tercera generación, de unos cincuenta años y el más influyente del grupo. Aunque no ocupó ningún cargo en la planilla que los verdes presentaron en las elecciones más recientes, él era quien en realidad los dirigía.
La reunión fue en su hogar. Te sorprendió la casa de Juan Manuel. Grande, mucho más antigua, sólida y bien distribuida que las del INFONAVIT que conociste en Monterrey. Buen mobiliario, limpia, bien ordenada, para ti una casa típica de clase media. Meses después aprendiste que muchos obreros tenían casas como la de López Alarcón y comprendiste lo que hacía poco te había dicho un dirigente de tu partido: “Proletarizar a los campesinos es lograr que mejoren su nivel de vida”.
Asistieron a esa primera reunión doce obreros. Oyeron respetuosamente tu invitación a formar un partido político nuevo, con base primordialmente obrera, pero notaste que no les interesaba ese asunto. Su interés evidentemente era la lucha sindical, en el seno de Altos Hornos Planta I y como miembros de la sección 147 del SNTMMSRM.
Por suerte tu partido te había dotado de buenas armas para el trabajo político y cambiando estrategia les dijiste:
–El partido es una herramienta para que ustedes puedan dar su lucha en mejores condiciones.
Aún ahora suponemos que esa frase fue la que logró que algunos de los presentes decidieran empezar a trabajar contigo, pues comprendieron que la brega sindical gana cuando se convierte en contienda popular o se cobija con ella.
Todavía tuviste tres o cuatro reuniones más en casa de Juan Manuel, que poco a poco fue perdiendo interés en su relación contigo. Cuando las reuniones se movieron a la excantina del centro, sin muebles –ni una sola silla–, con un piso todavía con capas petrificadas de lodo, López Alarcón sólo fue una vez y no regresó a ninguna otra reunión. Pero seis de los que habían sido de su grupo decidieron continuar su lucha sindical haciendo un volante periódico –inicialmente se pensó semanal– que tú empezaste a imprimir en Saltillo y a repartir, en octubre, en la puerta uno de Altos Hornos de México, S.A.

jueves, 31 de diciembre de 2009

La Esperanza II, Coahuila. En casa de Hilario Zapata (abril de 1971)

La casa es un hogar campesino típico de esas tierras semidesérticas del centro de Coahuila: dos cuartos de adobe cubiertos con láminas de cartón y una techumbre adosada a una de las paredes y protegida por troncos y ramaje, donde se encuentra el fogón de leña.
Ocho campesinos, todos ellos varones de menos de 35 años, están apretadamente sentados en torno a una pequeña mesa rústica. Sobre el comal de barro las tortillas recién echadas dejan escapar un aroma que nos hace salivar cuando entramos sin que nadie nos note. Otra vez Felipe nos ha guiado hasta aquí. Una olla también de barro humea junto al comal en una esquina del fogón; las llamas de la leña lamen sus costados ennegrecidos. Guadalupe, la esposa de Hilario Zapata, coloca unas tortillas en el centro de la mesa, a un lado del molcajete de piedra del cual los comensales toman la salsa de tomate y chile verde.
–Gracias Lupe –dice uno que ya vive en la ciudad. En el campo se come en silencio.
Guadalupe vuelve a llenar la cazuela que está en la mesa con frijoles que toma de la olla del fogón; varios de los presentes se sirven de ella. No hay cubiertos. La madre de Gudalupe y su hermana pequeña, muy diligentes y sin pronunciar palabra, muelen el nixtamal en un artefacto mecánico, ya no en el metate, y hacen las tortillas a mano, produciendo el característico sonido rítmico con sus palmas al dar forma a la masa.
Terminan de comer y alguien dice:
–Entonces qué hacemos, Hilario.
–Ya no hay terrenos para otra ampliación y somos muchos para las pocas tierras de labor que tiene el ejido. Y el agostadero tampoco aguanta más animales.
–Por eso les digo: vamos a ver las llanuras y los montes allá al norte, más adelante de los Soriano. Hay harto terreno. Pancho Soriano me contó que los dueños son gringos. Tienen las tierras abandonadas y llegan hasta el río Bravo. La Constitución dice que los gringos no pueden tener tierras mexicanas antes de 50 kilómetros de la frontera. Seguro nos dan un nuevo centro de población ejidal. Será difícil irse a vivir allá. No hay nada, ni hay nadie, pero vale la pena.
–Y de qué vamos a vivir ¡Carajo!
–No seas miedoso. Con un crédito de Banrural metemos ganado, como los Soriano. También a nosotros nos puede ir bien, pero hay que chambearle duro.
–Yo sí l’entro.
–Pos yo mero también. Y tú, Salomé ¡No te rajes!

Nos costó trabajo seguir la conversación. Se nota que ninguno de ellos va a ser de los nuestros pronto. Es ese canijo de Felipe el que mejor les entiende; a veces hasta nos traduce. De las once personas que estaban bajo la techumbre ninguna notó nuestra presencia.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Nosotros en una cantina (actualmente)

Hace poco nos juntamos en el D.F. La ciudad de México nos cansa, es caótica pero también maravillosa. Fuimos a la cantina "La Mansión de Oro" que nos trae muchos recuerdos. Ya entrados en copas nos estábamos preguntando qué habría pasado con aquel ñahñúh del Mezquite al que le tiraron su casa. Con él y con su hija. Ninguno de nosotros tenía noticias. Hasta que llegó la memoria de Felipe Gómez; esos recuerdos que viven en nosotros y que buscan afanosamente todo lo relacionado con las luchas agrarias. Felipe Gómez nos contó algo que no tiene que ver ni con Anastasio Yeso ni con su hija, de quienes suponemos tenían casa en algún otro lado. Sabemos también que vivían más del comercio que de lo producido en su parcela. Su terreno era un poco más de una hectárea, de temporal, casi desértico como todo el Valle del Mezquital antes que lo regaran las aguas negras. No tenía riego porque Anastasio nunca quiso aceptarlo. Pero los recuerdos sí tienen que ver con el Mezquite y sus luchas y con el desalojo de los Yeso en particular. Transcribiremos lo que nos narró Felipe Gómez.

Los bienes comunales de Puerto Tetzo

El día que estábamos tomando en una cantina del D.F. Felipe Gómez nos contó lo siguiente:
Resulta que un grupo de diez y siete jóvenes, muchachos entre los 18 y 24 años, hijos todos ellos de comuneros de Puerto Tetzo, se enteraron de la medida drástica tomada por los ejidatarios y comuneros del Mezquite.
Nada hubiera pasado sin lo que les platico a continuación:
Las familias de Puerto Tetzo, 197 a principios de la década de los ochenta, tienen su hogares desde tiempos inmemoriales en una hondonada rodeada de cerros áridos, formados por piedras y algo de tierra caliza, sin señales apenas de capa arable, en el municipio de Cardonal, estado de Hidalgo. La escasa vegetación se compone de cardones, lechuguilla y poco más, que sólo algunos insectos y las cabras propias de la región pueden aprovechar para convertir en proteína animal. La zona es una clásica "región de refugio" a la que se remontaron los ñahñúhs cuando los aztecas pretendieron sojuzgarlos, mucho antes de la conquista española. Poco a poco, a partir de mediados del siglo XX llegaron y fueron creciendo los sistemas de riego con aguas negras de la ciudad de México en el Valle. Puerto Tetzo, por su altura, no se vio beneficiado con esos sistemas. Aunque el agua hubiera llegado, las laderas rocosas de los cerros que rodean al poblado no se hubieran podido cultivar sin costosos y difíciles trabajos de terraceo y otras obras de infraestructura agrícola inalcanzables para los habitantes de esa población. Terrenos tan inhóspitos nunca los ambicionó nadie, ni los aztecas antes de 1500, que sólo molestaban a los ñahñúhs de vez en cuando para cobrarles impuestos de guerra, ni los españoles durante la colonia, que pasaban cerca de ellos, rumbo a la rica región minera de Zimapán, ni menos aún los hacendados del porfiriato, de los cuales los más cercanos constituían la aristocracia pulquera de los llanos de Apan.
De este modo en 1983, sin mayores esfuerzos, los 197 jefes de familia lograron que la Reforma Agraria tramitara la resolución presidencial de reconocimiento y titulación de 1,308 hectáreas que los pobladores poseían desde hacía más de 700 años. Se legalizaron así los "Bienes Comunales de Puerto Tetzo" con 197 titulares beneficiados. Muchos de sus hijos mayores de diez y seis años fueron clasificados en la propia resolución presidencial como "campesinos con sus derechos a salvo", lo que significa que se quedaron sin derechos dentro de los Bienes Comunales (contradicciones legales que no deberían existir, pero ...)
Tengo que contarles otras cosas, tal vez más importantes. Al rato le sigo. Por lo pronto hay que decir “salud”.
Seguimos tomando en La Mansión de Oro casi hasta el amanecer y en esa ocasión no se volvió a tratar el tema de Puerto Tetzo.

jueves, 17 de diciembre de 2009

El camino hacia el grupo de los verdes II, Monclova Coahuila (julio o agosto de 1978)

La lista fantasma se está desbaratando en tus manos. Tanto has desdoblado, doblado, leído y consultado esa hoja de papel revolución. Estás cansado de no avanzar en la construcción de tu partido; sobre todo de no hacerlo entre el proletariado de Monclova. Para eso te comisionaron a esta ciudad eminentemente obrera.
Todavía vives en esa posada de mala muerte, pagando treinta pesos por noche que con dificultad obtienes vendiendo periódicos de tu partido. De algo más te ha servido venderlos. En la lista que se hace polvo tienes un nuevo nombre que tú mismo has escrito: Fernando Cublero. Aquellos obreros cuyo rostro y nombres ya olvidaste te hablaron mucho de él. Se hace presente en toda lucha obrera o sindical y hasta en las luchas populares como la que el propio grupo de los blancos encabezó para detener el alza en las tarifas del trasporte urbano. No te dieron direcciones o teléfonos para localizarlo, pero te aseguraron que, si preguntas, cualquiera te puede ayudar a dar con él.
Qué bueno que te decidiste y empezaste a preguntar, aunque fuera en el local de los azules, charros como los que más. Efectivamente ellos también lo conocían y te concertaron una cita con Fernando en el restaurante del mejor hotel de la ciudad, por cierto nada del otro mundo.
Le hablaste de tu partido y mostró mucho interés. No entendemos cómo no te das cuenta que te quiere sacar la mayor cantidad de información posible. Claro está que sabe bien, o supone, que para lograrlo debe darte algo y así te ha empezado a contar cómo fue que el grupo blanco llegó al poder. Afirma tener información de primera mano totalmente respaldada en documentos originales. Desde hace años te han interesado los movimientos obreros, tú mismo has querido ser obrero, así es que también le respondes a Fernando mostrando un auténtico interés por todo lo que te va contando.
Ahora vemos claro y entendemos como nació esa relación a través de la cual conociste mucho de las luchas proletarias de ese centro obrero tan especial en todo México. Cuando años después estuviste en Villahermosa, Tabasco, tratando de construir tu partido entre los petroleros, notaste que ni siquiera en ese estado sureño había una conciencia sindical generalizada como en Monclova, a pesar de la fama y el real movimiento obrero de petroleros que existía en ese estado.
Nos urge que nos cuentes más sobre ese tema y no sobre una mesa que te servía de cama en una excantina que poco le faltaba para que se derrumbara.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Felipe Gómez el día de la toma de Zacatecas (23 de junio de 1914)

A eso de las nueve de la mañana montaste tu caballo que caracoleaba impaciente; parecía que adivinaba tu desasosiego.
–¿Qué haces a caballo tan temprano? La orden es que comenzamos a las diez, ni un minuto antes: ¡hasta que truene el primer cañonazo! –te dice Jacinto con la confianza del amigo viejo.
–¡Calmado, Chinto! Sólo estoy calentando al caballo. Además sé muy bien que primero va la infantería. Nosotros entraremos al final.
–¿Y cómo sabes eso?
–El otro día alcancé al general Ángeles; iba explicando el plan al tal Juan, uno de sus ayudantes. Ya viste que también cambió los cañones ¡Destanteada que les está poniendo a los pelones!
***
Eres sabio, mucho. Pronto entendiste la estrategia para este día, entre las medias palabras que escuchaste. Pero cada minuto nosotros te oímos y entendemos mejor. ¡Mala señal!
Comprendemos tu entusiasmo. Intuyes muy bien que esta batalla será decisiva. Si la ganan ustedes los repartos de tierra se generalizarán muy pronto. Podrás regresar a Jaumave y abandonar la talla del ixtle. La revolución triunfante le quitará la Maroma al viejo Alcántara y ya podrás dedicarte, con tu hermano Manuel –al recordarlo esbozas una sonrisa–, a cultivar tus propias tierras. Le darás una mejor vida a tu mamá. Tu padre, que murió como peón acasillado, sin dinero para ver a un buen doctor, tal vez se entere y se alegre de tus triunfos.
***
Cuando a las diez de la mañana sonó el primer cañonazo subiste a la loma donde hace tres días colocó unos cañones Felipe Ángeles. No duraste mucho bajo el escuálido pirul: los pelones empezaron a bombardear la posición creyendo que los cañones todavía estaban por ahí. Regresaste y con tu grupo de a caballo te moviste a otro punto, lejos de donde estallaban las granadas enemigas, pero siempre cerca de Maclovio. Tendrás que esperar pacientemente la orden de que la caballería ataque. Hoy es el día de la artillería y de la infantería, aunque ustedes sean los preferidos de Pancho Villa. Quieres seguir viendo la batalla, pero Maclovio ha ordenado que ustedes descansen y tomen algo de alimentos. Hubieras preferido ser de los que están llevando parque y agua a los de a pie, sobre todo que desde donde estabas observaste claramente cómo se avanza: la artillería de Ángeles bombardea un punto mientras los de a pie esperan; cuando acaba el bombardeo la infantería toma el punto bombardeado y vuelven a esperar que se destruya la siguiente línea enemiga. Sabes, no entiendes bien por qué, pero lo sabes perfectamente, que este día la victoria será de ustedes.
***
Nosotros que escribimos tenemos una ventaja sobre los que leen. En nuestra condición podemos ir a varios lugares y escuchar lo que otros no oyen por estar muy lejos. Así, faltando como unos veinte minutos para las seis de la tarde de ese 23 de junio, escuchamos claramente lo que dijo Felipe Ángeles al ver que los federales abandonaban sus posiciones y huían desordenadamente:
“Ve a decirle al General Villa: ¡Ya ganamos, mi general!”
Aunque eso era cierto aún faltaban muchos tiros por dispararse.
***
Por fin, poco después de la seis de la tarde de ese día de solsticio veraniego, a tu grupo de caballería se le dio autorización para intervenir en la toma de la ciudad.
Te fue muy difícil avanzar al paso guardando las energías de tu montura para el asalto final. Cuando llegaste a las primeras casas de Zacatecas te ganó la impaciencia. Sentiste la victoria que a esa hora ya estaba asegurada aunque los pelones, cortadas todas las salidas de la población, luchaban todavía para defender su vida, ya que no había nada más por qué pelear. Espoleaste tu caballo y te adelantaste irresponsablemente al grupo de la gente que mandabas. Entre el polvo y el zumbar de las balas Jacinto te vio por última vez sobre la silla de montar. A caballo no había quien te parara.
***
Son las ocho de la tarde. En estos largos días hay todavía mucha luz. Nos encontramos a Jacinto sentado en el reborde de una banqueta. Con él no podemos adivinar lo que piensa. Falta mucho para que sea de los nuestros, pero notamos claramente que está llorando. La victoria, completa a esas hora, no la ve ni la siente. En el silencio de ese atardecer escuchamos los sollozos del hombre que no llega a los diez y nueve años. A su lado, tras los escombros de una casa bombardeada descubrimos el cadáver de Felipe todavía en actitud de disparar su treinta-treinta. A mitad de la calle está reventado el caballo en que siempre cabalgaba.
Con una extraña mezcla de tristeza y rabia Jacinto se pone de pie y grita golpeándose el pecho.
–Federales, pelones hijos de la chingada: Ahora seguiré luchando con Pancho Villa hasta que no quede ninguno de ustedes vivo.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Recordando un noviembre de 1978 en Monclova Coahuila (actualmente)

Una mesa, sí una mesa muy grande, más de tres metros de largo. Nunca la medí, pero era de más de tres metros. Tenía al menos un metro veinte centímetros de ancho. Casi tan ancha como una cama matrimonial. Recuerdo que ese día hacía frío cuando me desperté. Sí, sí, claro, dormía en la mesa, no había casi nada más en esas "oficinas".
El local había sido cantina, según me dijeron los del grupo verde, que fueron los que pusieron el dinero para el depósito y un mes de renta.
La construcción estaba en muy mal estado. No contaba con agua ni con luz eléctrica. El agua la conectamos a los pocos días como si fuéramos piratas. Por cierto lo de piratas casi no se usaba en aquellos tiempos, todavía sin computadoras ni estos avances electrónicos actuales con que se piratean música, películas y hasta libros.
La excantina, dos cuartos, uno de casi tres metros de largo y el otro de cuatro, separados por un portal de pared a pared, tenía los muros descascarados y el techo de vigas mostraba lugares donde parecía que las goteras serían enormes. Capas de lodo seco y endurecido cubrían el piso y sobre ellas había más capas de polvo acumulado durante los años en que el local no se había usado. Menos mal que el mingitorio funcionaba y ya no apestaba como suelen oler los orinales en las cantinas, que en aquel entonces y en Monclova tenían prohibidísima la entrada a mujeres.
Pero estaba hablando de la mesa de la que me levanté aquel día. La habían traído los verdes. La tomaron de no se qué oficina sindical. No recuerdo si de la de la sección 147 o de las oficinas que Napoleón les montaba a “sus grupos”, fueran azules o rojos.
Tras despertarme y bajar de la mesa me senté en una de las cuatro bancas corridas también conquistadas por los verdes. Contemplé con orgullo, en el otro extremo de la mesa, el viejo mimeógrafo de alcohol (tendría que aprender a usarlo) igualmente aportado por el grupo. Había sido una suerte contactarlo. Lo que me parecía curioso era que Fernando Cublero, que fue quien me dio las señas para que localizara al grupo verde, no se apareciera nunca con ellos, sino un poco antes o después y que no hubiera cooperado en nada para montar la oficina. No teníamos claro si aquello era local oficial de los verdes o local de mi partido que empezaba a formarse en la ciudad. Al menos yo me hacía ilusión de tener por fin una oficina partidaria. El tiempo aclaró las cosas cuando en la excantina empezaron las reuniones de campesinos y de obreros de la sección 288, además de otros de la sección 147 que no habían sido verdes. Poco tiempo después de rentar el local el grupo de los verdes dejó de identificarse con ese nombre. Mis ilusiones me hacen pensar que se sintieron militantes del partido y aunque se interesaron poco por la política general, en torno a esa mesa se hacía una gran actividad de política sindical. Desde esas “oficinas” el grupo de obreros de la planta dos de Altos Hornos, pertenecientes a la sección 288 del Sindicato Minero Metalúrgico (SNTMMSRM) empujaron decididos aquella famosa huelga de los 21 días en contra de todas las fuerzas que se le oponían. Junto con una muy amplia base obrera no organizada formalmente se lograron mejoras en el contrato colectivo, a pesar de la empresa, de la dirección nacional del propio sindicato y de los charros locales que dirigían la sección a las ordenes de Napoleón.

–Está bien. Ya párale. La verdad es que tus recuerdos están muy confusos. Ponles un poco de orden antes de seguirnos contando. De por sí entre nosotros no sabemos quién es el narrador de lo que escribimos y todavía tú llegas de no se sabe dónde a poner más confusión. Platica con Felipe Gómez. Él tiene sus recuerdos más ordenados. Y no vengas a meter más caos en lo que ya está muy enmarañado.