jueves, 15 de abril de 2010

Crónicas periodísticas. La Convención de Aguascalientes, 1914.

Felipe Gómez nos ha traído recortes de un periódico de la ciudad de Aguascalientes fechado el sábado 17 de octubre de 1914. Además del encabezado del periódico donde aparecen la fecha y demás datos, en la primera plana se anuncian las “Crónicas de la Convención, por Tomás Cruz, revolucionario desde 1910” como artículo importante en la página 3.
Felipe afirma que los ha guardado para burlarse de Tomás. El periódico, que Felipe llama “periodicucho”, tiene un formato muy pobre. Transcribimos parte de la nota, respetando la escritura original.

“... ese día jueves, 15 de octubre, será un gran día para la Convención. Ese día, en esta ciudad aquicalidense, la Convención se declaró “Soberana”, rescatando el principio de la soberanía popular de los revolucionarios francés.
Pero más importante es el regreso a la civilidad al proponerse que los principales jefes melitares, estos son Venustiano Carranza, Francisco Villa, Alvaro Obregón, Emiliano Zapata y Pablo González abandonen sus cargos. Para todos nosotros, que desde 1910 andamos con las armas en la mano buscando la justicia pa todos, es muy importante que nuestros jefes sean civiles. Así lo celebró lo más granado de la sociedad de Aguascalientes más tarde en la plaza principal, en torno a la columna jónica que señala el mero centro geográfico de México. Quienes siempre hemos seguido a Pancho Villa no sentimos pesar de que abandone el puesto y estamos dispuestos a retirarnos de la vida militar y seguir más a los prinsipios que a los caudillos. Además, como dice el pueblo: es lo mismo con Chana que con Juana ...”

En ese tenor continúa la nota que según Felipe muestra muchas contradicciones en el pensar y proceder del “intelectual” Tomás Cruz. No se reseña que finalmente sólo se desconoció a Venustiano Carranza. Tal vez ese resultado no se dio el jueves 15, pero todos conocemos el hecho que no obstó para que Tomás terminara en el bando de Carranza, adulando a quien finalmente triunfó en las alturas del poder.

jueves, 8 de abril de 2010

Antecedentes y primeros pasos de la “Solicitud del ejido de Puerto Tetzo”

En 1983 los ciento noventa y siete ñahñúhs jefes de familia de Puerto Tetzo, del municipio de Cardonal Hidalgo obtuvieron la resolución presidencial que reconoce y titula como bienes comunales a las 1,308 hectáreas que rodean al poblado.
Ese mismo año, como medida propagandística del régimen estatal, la resolución presidencial se ejecutó y las tierras fueron formalmente “entregadas” en una ceremonia ampliamente difundida por prensa, radio y televisión, efectuada en el desértico poblado, a la que asistieron tanto el gobernador del estado como las autoridades agrarias federales comisionadas en Hidalgo. En ese acto protocolario se anunció un “apoyo estatal extraordinario” para la reforestación con magueyes y nopal forrajero de los recién reconocidos bienes. Todo un gran y muy difundido espectáculo mediático.
Dos años después, en 1985, los comuneros del Mezquite, a unos pocos kilómetros de distancia de Puerto Tetzo, desalojaron en defensa de su propiedad social a un campesino que pretendía convertir en propiedad privada la parcela en que vivía.
Ese mismo año diez y siete jóvenes de Puerto Tetzo, campesinos “con sus derechos a salvo”, asesorados por los comuneros del Mezquite iniciaron la lectura de la Ley de la Reforma Agraria. Fácilmente convencieron a tres indígenas más de su poblado, algo mayores que ellos, para que se unieran al grupo y así completar los veinte campesinos sin tierra que la ley vigente por entonces requería para solicitar tierras ejidales.
Con la ayuda de “el Profe”, quien fuera testigo mudo en el desalojo realizado en el Mezquite, elaboraron la solicitud oficial de “dotación ejidal”, cuidando satisfacer todos los requisitos legales. En tiempo y forma le entregaron el oficio a la autoridad estatal correspondiente en septiembre de 1985.
La solicitud señaló como terrenos afectables las hectáreas ociosas y sin propietario conocido de la margen derecha del río Tula a la altura del balneario Tzindejéh
Pocos meses después, a principios de 1986, llegó la primera respuesta oficial: la solicitud no procedía, pues no había terrenos susceptibles de expropiación en las inmediaciones de Puerto Tetzo. Empezó entonces una larga batalla, tanto en el terreno de los hechos como en el legal, cuyo desenlace final todavía no se conoce.

jueves, 1 de abril de 2010

Anécdotas perdidas (no solicitadas)

Mi partido perdió su registro en 1991 y se disolvió poco a poco en los meses siguientes. Murió sin intentar luchas heroicas y que yo sepa nadie o casi nadie lo lloró. El partido se extinguía mansamente pero yo tenía que seguir viviendo. Conseguí trabajo en algo parecido a una "agencia de desarrollo" financiada por la social democracia alemana, con oficinas en el Distrito Federal. El jefe, un alemán redondo, tenía casa en Tasquillo Hidalgo desde hacía años y pasaba allá los fines de semana. Tenía un caballo con el que solía pasear por los cerros que rodean el Valle del Mezquital.
Un lunes cualquiera trabajaba yo muy temprano en la oficina. En la entrada estaba la recepcionista y alguien más. De pronto llegó el jefe y empezó a contar en voz alta el susto que un día antes le habían dado en Tasquillo "unos campesinos jóvenes, todos ñahñúhs". Su agitada voz convocó a otros cuatro compañeros de trabajo.
– Ayer salí a pasear temprano en mi caballo– repetía sobresaltado el jefe– crucé el río y al pasar por los terrenos que están frente a Tzindejéh me rodearon los ñahñúhs. Estaban muy enojados. Empuñaban machetes y bieldos y me acusaron a gritos de espía, o algo así, a sueldo de un terrateniente. En un momento dado pensé azotar al caballo y salir corriendo pero estaba rodeado por todas partes y decidí que al pasar alguno de esos jóvenes me alcanzaría a golpear y quién sabe qué pasaría. Intenté convencerlos de que no tenía relación con ningún ladrón de terrenos. Ellos decían que sí, que el ser güerito lo confirmaba. Me salvó mi acento alemán. Alguien dijo "es el gringo que vive en Taquillo" y al fin me dejaron ir. No sé que decían de unos terrenos en pleito, que les invadieron o ellos invadieron. Salí despacio y temblando del cerco que abrieron. Creo que sí eran capaces de matarme. Estaban muy enojados.
Cuando terminó su relato le dije:
– Yo conozco a esos muchachos. No te hubieran hecho nada. Son gente buena.
– ¿Tú los conoces? A poco eran de tu partido.
– Hice con ellos la solicitud de ejido, señalando esas tierras como susceptibles de expropiación. También les ayudé a que la solicitud avanzara. Los conozco bien. Viven en Puerto Tetzo. Yo me encargo que un día de fiesta te inviten a comer barbacoa en su pueblo. Ellos son los que invadieron, su solicitud está detenida y por eso la hacen avanzar con hechos. No estuve en la invasión pero los conozco a todos.

jueves, 25 de marzo de 2010

La Esperanza IV, Coahuila (agosto de 1975)

– ¿Qué chingados es eso de índice de agostadero? – limpia la vieja escopeta de dos cañones Israel y la cierra con un chasquido –La verdad es que no entiendo ni madres.
–Ya ves cabrón– Ventura sirve el café que acaba de sacar de la fogata que arde frente una de las tres casas levantadas no hace ni dos meses– por andar cazando osos te perdiste la explicación que nos dio Hilario. Hasta el pendejo del técnico de Banrural se hizo bolas ese día. Si no es por nuestro comisariado todos nos quedamos sin entender nada.

Son siete campesinos los que están junto a la fogata en ese amanecer de fines de agosto. Ya llegaron al nuevo centro de población quince de los veinte titulares de los derechos ejidales. Todavía no traen a sus familias pues apenas han construido tres casas, pero el pueblo “La Esperanza” ya es una semilla que crece sana y rápido.

– El día que cacé al oso no fue cuando Hilario explicó lo del índice de agostadero– deja la escopeta Israel y toma una taza para que le sirvan café– no oí la explicación porque ese día me tocó traer el agua.
– Pero que susto te dio el oso,– sopla sobre la taza de café hirviente Hilario y toma un pequeño trago– si te alcanza te mata el condenado.
– Fue un pinche tiro de suerte– abre una de las latas de sardinas José Guadalupe y las mezcla con las otras a las que ya añadió la cebolla y los chiles en vinagre previamente picados– nunca pensaste que le habías dado. Si hubieras estado seguro no corres cuando se te viene encima.
–Claro que sabía que estaba muerto,– toma sardinas de la cazuela Israel y las pone sobre unas galletas saladas– lo que pasa es que pensé que podía aplastarme. Venía rodando pendiente abajo muy aprisa.

Todos ríen alegremente. La discusión sobre si Israel sabía que el oso rodaba moribundo ladera abajo o si pensó que enojado lo perseguía, todavía persiste y se cuenta de vez en cuando como anécdota jocosa de aquellos días de grandes sacrificios y trabajos, pero felices. El mes de septiembre, apenas quince días después, empezaron a llegar las quinientas cabezas de ganado hereford. Ninguno de los veinte nuevos ejidatarios imaginaba ese día de agosto que la policía ganadera de la región empezaría a hostigarlos en cuanto el ganado estuviera en sus terrenos. Menos aún sospechaban que prácticamente les arrebatarían el ejido y algunos de ellos se convertirían en peones en sus propias tierras.

– Hilario, diles que ya dejen de joder y vuelve a explicar lo del índice de agostadero– se sienta Israel en un banquito de tres patas y empieza a comerse las sardinas con las galletas saladas.
Hilario esboza su media sonrisa, toma un pan bastante duro, lo parte por medio y prepara una torta de sardinas. Se hace el sordo a la petición de Israel.
– Lo del índice de agostadero es un engaño– apura su café Salomé mientras extraña las tortillas que su mujer echa allá en Castaños– quesque en estos terrenos clasificados como semidesérticos se necesitan cuarenta hectáreas para sostener una cabeza de ganado. Puro cuento para que un cabrón ricacho puede tener hasta veinte mil hectáreas sin que se le llame latifundio.
–Pero a nosotros nos favoreció– rebaña Gabriel la cazuela de sardinas con un trozo de pan– gracias a ese índice nos dotaron de estas veinte mil hectáreas y nos dieron crédito para quinientas cabezas.
– La Reforma Agraria nomás se hace pendeja– cierra la conversación Hilario– ya ven lo que dicen los Sorianos del gringo que tiene algo así como noventa mil hectáreas de este lado del río y eso que la constitución prohíbe propiedades extranjeras en la franja de cincuenta kilómetros a partir de la frontera. Pero vayan terminado de comer. Es tiempo de darle a la chamba.

jueves, 18 de marzo de 2010

El escritor que se piensa intelectual

Quiero traer a la memoria el 24 de junio de 1914, día en que conocí a Jacinto Arriaga. Se le veía muy triste. Cuando le hablé su tristeza se convirtió en agresividad contenida. Lo seguí aunque se notaba que mi presencia le molestaba. Se unió a su destacamento, pelotón o como se llamara el grupo de muchachos que hasta un día antes dirigió Felipe Gómez. Comían en silencio.
– Y ¿éste quién es? – preguntó con hosquedad un joven de no más de veinte años
– Dice que se llama Tomás Cruz. Que escribe– respondió Jacinto.
Entonces me hicieron señas para que tomara algo del rancho que ese día se repartía temprano. No hablaban. Un día antes habían alcanzado una gran victoria. Esa mañana estaban sombríos. Sin entender lo que pasaba pero intrigado por la contradicción, me quedé con el grupo.
Una hora después ya sabía muchas cosas. Esos jóvenes pertenecían a la brigada de Maclovio Herrera. La noche anterior habían enterrado a su jefe: Felipe Gómez. Eran muy jóvenes pero ese día estaban muy serios. La tristeza de Jacinto los contagiaba a todos. Me contaron que el Chinto Arriaga y Felipe eran amigos desde su infancia. Habían aprendido a cazar persiguiendo primero lagartijas, luego conejos y más tarde otras presas. Empezaron a montar burros que no sabían de jinete y luego de noche, sin permiso, atrapaban y montaban a pelo potros simisalvajes. Juntos se robaron unos caballos para unirse a la revuelta y tuvieron que matar a machetazos para hacerse de unas buenas armas. Un día antes había muerto Felipe. Ahora los jóvenes querían que los capitaneara Jacinto. Decidí que con ellos, unos pocos años más jóvenes que yo, andaría seguro y hasta podría hacer amigos. Me pareció que Jacinto iba a crecer, a progresar en la milicia, tal vez llegara a ser algo importante y a su sombra y con mi ayuda a los dos nos iría bien. A Jacinto le brotaba ese día el coraje por todos lados, aunque no hablara. Quería acabar con todos los pelones y deseaba empezar ya. Luego aprendí que sabía dominar la impaciencia y que no sólo odiaba a los pelones, si no sobre todo a los latifundistas. Con pelones o sin pelones había que repartir toda la tierra. Que no quedara nada para los antiguos dueños, ladrones, asesinos y seguidores de Huerta “¡Les cobraremos muy cara la muerte de Felipe!” decía siempre.
Así empezaron mis difíciles relaciones con Jacinto. A veces casi amigos. A ratos peleando. Pero nunca dejé de buscarlo y enterarme de lo que hacía. Por él conocí a Felipe con el que todavía me peleo, aunque somos amigos. Un día ya no pude hablar más con Jacinto, hasta hace poco que me convertí en uno de ellos.

jueves, 11 de marzo de 2010

Repartiendo volantes en planta 2 de Altos Hornos de México, (finales de 1978 o principio de 1979).

Sabemos que recuerdas bien aquel día en que, inocentemente, intentaste repartir volantes dentro de los terrenos de la planta 2. Ya tenías experiencia en repartirlos a la entrada de la planta uno y sabías que ahí en Monclova, aunque el Sindicato Nacional Minero desde hace mucho era completamente charro y entreguista, la sección 147 estaba en manos de un grupo democrático, progresista, con un discurso saturado de terminología marxista y totalmente en contra de Napoleón. Pensabas que por eso era fácil repartir volantes en planta uno.
Pero también sabías que la sección 288, de la planta 2, estaba dirigida por gente de Napoleón Gómez Sada y, recordando la represión en fábricas regiomontanas, única experiencia que por aquellos tiempo tenías de lucha obrera, cuando los vigilantes de la planta 2 te sorprendieron tuviste la certeza, en un primer momento, que serías al menos expulsado ignominiosamente o más bien con brutalidad y golpes, si no es que serías secuestrado por algún tiempo.
Pero no pasó nada de eso y sabemos que aquel recuerdo lo tienes fuertemente grabado. No entendías el por qué de esa actitud tan tolerante. Aunque los jóvenes obreros de planta 2 se fueran a reír de ti esperabas con ansia que te explicaran la situación.
Como a las cinco de la tarde llegaron los dos primeros muchachos de la 288, preguntando qué había pasado con los volantes. No habían visto ni uno.
–Ya les contaré cuando lleguen los que faltan– contestaste con un punto de hosquedad.
Minutos después uno de ellos dijo
–Aquí están los dos mil volantes– pero no añadió más al notar un extraño frío en tu mirada.
Como siempre, empezaron a chacotear y las risas y bromas aumentaron conforme llegaban otros obreros, tanto de la planta 2 como de los antiguos verdes.
Hasta que de pronto, Reynaldo González, uno de aquellos primeros seis verdes que aceptaron tu partido, casi gritó para que todos lo oyeran, con un tono un tanto burlón.
–Profe, ya no te hagas buey, dicen los muchachos que por qué no repartiste los volantes.
Les contaste lo que nosotros ya sabemos y nadie se rió de ti. Mientras narrabas lo sucedido intercambiaron miradas de entendimiento y al final uno de ellos dijo, haciéndose eco de todos, que no había problema, que se les pasó avisarte que los camiones entraba a la planta. Casi lo dijo en tono de disculpa. Rápidamente se pusieron de acuerdo. En adelante ellos mismos repartirían los volantes como lo hacían antes de conocerte: entrarían con unos pocos cada quien y los dejarían donde el resto de obreros pudieran tomarlos sin implicar a nadie es su reparto, ya fuera en los asientos de los camiones o junto a los garrafones de agua o en los retretes o ya vería ellos.
–Pero por qué a mí no me hicieron nada los de seguridad.
–Hay Profe, pues porque no eres obrero y entonces qué te hacían. Tú sabes que por contrato colectivo si nos agarran a nosotros repartiendo volantes dentro de la planta nos corren con justificación. Ni las manitas podremos meter. Fuera de la planta ni los charros de Napoleón nos hacen nada. Pero si nos agarran repartiendo adentro estamos jodidos sin remedio. Ya lo hemos hecho muchas veces y no ha pasado nada. Todo mundo se hace pendejo y nadie ve nunca quién los dejó abandonados por ahí.
–Y nadie ve tampoco quién se llevó uno o dos volantes.
Y solamente de esa situación sí se rieron alegremente. Abundaron en anécdotas jocosas. Te dejaron a ti la investigación de por qué en Monclova no había la represión existente en otras zonas obreras del país. Para ellos que no reprimieran a quien no era obrero era lo más natural.

jueves, 4 de marzo de 2010

Dejemos que escriba "el Profe", II

Aunque nadie podía probar que Ricardo Esquivel era quien bajaba el ritmo de las bandas de empaque, los capataces informaron a sus superiores que además alentaba las protestas de las muchachas que empacaban. La administración empezó a perseguir a Ricardo. Como avisos y malas caras de supervisores no funcionaron procedieron a cansarlo asignándole los trabajos más disímiles y hasta absurdos. Ricardo continuó alentando resistencia aunque ya no estaba en contacto con las mujeres y sólo las encontraba en ciertos descansos o a la salida del trabajo. Continuaron hostigándolo. Lo mandaron a trabajos peligrosos. Esquivel no cejó.
Como trabajaba en solitario los administradores decidieron comprarlo, igual que a los líderes charros. Le ofrecieron vacaciones pagadas en el lugar de su preferencia, Acapulco incluido. Ante su negativa, le pusieron enfrente un cheque sin cantidad para que él la anotara. Joven, impulsivo y sin experiencia, como lo reconoció cuando nos contó esta historia, Ricardo se enojó y renunció al trabajo, pero no a la lucha obrera que siguió alentando desde afuera. Soltero y sin gastos se dedicó a organizar a las chicas de empaquetado fuera del trabajo hasta el punto que lograron iniciar una huelga de hecho. Fue entonces cuando los patrones sacaron las uñas y utilizaron al propio sindicato y a los golpeadores del mismo para romper la huelga con violencia sin importar que fueran mujeres las que estaban en paro. Los esquiroles localizaron a Ricardo, le dieron una golpiza y lo amenazaron con peores represalias si tan sólo sabían que seguía en contacto con las obreras. Represalias no sólo contra él, si no sobre todo contra ellas. Desanimado abandonó la lucha hasta la tarde aquella en que nos encontró y retomó no ya la organización obrera pero sí la popular y campesina.
Pasando el tiempo muchas veces lo invité a retomar el trabajo de organización obrera. Nunca quiso. Argumentaba que la CTM, o el sindicato oficialista correspondiente, tenía el control absoluto de cualquier movimiento sindical y cualquier lucha sería brutalmente reprimida. Para el caso de Monterrey su argumento era totalmente cierto y para los tiempos que corren en este siglo XXI y con los gobiernos que padecemos también.
Pero la revolución de 1910, uno de cuyos antecedentes lo encontramos en el sindicalismo de los hermanos Flores Magón, aunque a la postre originó un sindicalismo oficialista como el descrito, también abrió caminos diferentes.

jueves, 25 de febrero de 2010

Dejemos que escriba "el Profe", I

A ver, ustedes, los que escriben este blog, hoy voy a narrarles una anécdota que oí hace mucho. Quien nos la contó fue uno de nosotros, aunque ahora ya no lo es, o no lo es del todo, vayan ustedes a saber. Hace tiempo que ni lo vemos ni hablamos con él. Se llama Ricardo. Ricardo Esquivel.
Fue en aquellos tiempos en que andábamos iniciando la construcción del partido en Monterrey. Algo así como 1975. Éramos seis y vivíamos en una casa-taller que rentaba la compañera de un trailero: tres cuartos, uno de ellos con una estufa y una tarja. Un baño completo. El patio de la casa se alargaba escasamente dos o tres metros hacia el frente.
Ricardo llegó una tarde en que estábamos reunidos con habitantes de alguna de las muchas colonias irregulares que por aquel entonces existían en Monterrey. Como otros, los ahí reunidos habían invadido sin ninguna autorización predios baldíos y estaban constantemente amenazados de ser desalojados con violencia por la policía del gobierno en turno. De hecho Esquivel vivía en una de esas colonias de posesionarios.
Con apenas veintitantos años a cuestas Ricardo estuvo muy callado y atento toda la reunión, pero al finalizar pidió la palabra.
– Donde vivo hay algunos muchachillos que se drogan diariamente. Vengo a pedirles que me regalen un balón de basquetbol para organizarles juegos en lugar de que se la pasen tomando alcohol o fumando marihuana.
– Nosotros somos un partido político que no regalamos cosas. Sólo les decimos a la gente, como ya oíste, que los invitamos a organizarse para resolver sus problemas. Si quieres quédate con nosotros y te invitamos a una colonia donde al rato vamos a tener otra reunión. Así nos vamos conociendo.
Y Ricardo se quedó por años con nosotros.
En aquella casa que también era taller de una cooperativa que con retazos de telas de algodón hacía discos que se vendían a diversas industrias para pulido de metales, los que ahí vivíamos nos reuníamos cada noche a evaluar el trabajo de organización realizado y planear las actividades siguientes. Ricardo se convirtió pronto en un asistente más a dichas reuniones, dejó para más tarde el asunto de los deportes juveniles y nos fuimos haciendo amigos, además de compañeros de trabajo.
Fe así como un día nos contó un episodio de su vida sucedido unos cinco años antes, cuando era obrero de la fábrica de galletas Gamesa.
Obrero de mantenimiento por las mañanas en la sección de empaque, Ricardo tocaba por las noches la batería en el conjunto de un bar ubicado en un barrio muy popular. Por eso y otras razones tenía mucho arrastre con las muchachas del departamento en que laboraba. Los supervisores, capataces en mejor español, sobre explotaban al personal acelerando el ritmo de las bandas de empaquetado, que por entonces era manual. Esqivel empezó la defensa de las mujeres que empacaban disminuyendo la velocidad de las bandas transportadoras. Los capataces sospecharon que era él quien bajaba el ritmo, pero no pudieron probar nada. El joven continuó organizando la resistencia y la lucha entre las obreras de su sección, sin contar con el sindicato, que era charro. De la CTM por cierto.

Ya escribí mucho. Palabra que lo sigo haciendo mañana.

jueves, 18 de febrero de 2010

Nosotros

¿Quiénes somos nosotros? ¿Estamos vivos? ¿Somos muertos que queremos revivir un pasado sepultado por el tiempo? ¿Es posible que todavía no hayamos nacido y busquemos construir un mundo diferente al actual con los jirones de un pasado que se desvanece en nuestras manos? ¿Es posible que seamos, entre todos, eso y más?
Lo que no queremos es convertirnos en seres momentáneos que sólo compremos y compremos sin satisfacer nuestra necesidad de poseer. Nos negamos a vivir como si estuviéramos comenzando, y asumimos el reto de inventar nuestro futuro a partir de un pasado que los que no son nosotros pretenden que olvidemos, porque ellos lo han borrado ya de su memoria.
No pretendemos vivir como hace años para terminar en un futuro igual a lo que padecemos hoy. Buscamos otros mundos, muchos, que quepan y convivan en el globo común que nos alberga.
Pero ¿por qué preguntamos por nosotros? A ti, que escribes, te vemos solo, sentado frente a una pantalla y un teclado.
No, contestas, conmigo está Felipe Gómez. Lo mataron en Zacatecas pero su memoria, su conciencia, lo que lo definía y lo hacía para sí Felipe Gómez sigue vivo hoy en el campesino que cruza de noche el río Bravo o salta por Tijuana o Ciudad Juárez el muro fronterizo, pero se niega a perder las tierras ejidales que dejó atrás en Oaxaca, Michoacán o Hidalgo.
Conmigo están, insistes, los obreros de las minas o de la industria eléctrica a los que la política global pretende quitar hasta su categoría de obreros al desconocer sus huelgas y sindicatos, llegando a desaparecer la empresa propiedad social en la que trabajaban.
Me acompañan viejos luchadores desconocidos, unos muertos, como Felipe o Hilario y otros que viven y sueñan como yo.
Y cabalga todavía más al sur Zapata, asesinado hace mucho. Cabalga junto a indios que no escriben con letras pero sí con hechos. Con ellos también hacemos el nosotros inventando un mundo que sin separarse sea distinto al mundo que nos rodea.
Y cuando los caminos de las letras se desdibujan ante un teclado incierto todos ellos acuden para ayudarnos a seguir buscando las veredas que no tienen caminos previos a seguir; sólo puntos de partida y tránsito en un pasado sólido; presente porque no lo vamos a olvidar.

jueves, 11 de febrero de 2010

Jacinto Arriaga al día siguiente de la toma de Zacatecas (24 de junio de 1914)

Jacinto Arriaga (Chinto) camina lentamente buscando un ecuálido pirul. Un pirul en especial. Lleva una guitarra en la mano derecha y con la izquierda conduce su caballo que mal porta una silla de montar que no reconoce. El estribo izquierdo está manchado de sangre y cerca de la cabeza de la silla se distingue la astilladura causada por un treita-treinta.
Desde el pirul se contemplan las humaredas que señalan la ciudad todavía no visible en este tímido amanecer. Chinto se sienta bajo el árbol moribundo que hace días dio sombra a su amigo Felipe. Trata de pulsar la guitarra pero empieza a llorar silenciosamente. Las lágrimas marcan brechas en la cara todavía ennegrecida por la pólvora. Lentamente coloca la guitarra a un lado y su pensamiento vuela a la hacienda del viejo Alcántara. Se imagina sentado bajo uno de los grandes árboles de la hacienda y siente que un volcán le crece en el pecho al saber que al conquistar esas tierras y convertirlas en ejido Felipe no estará con él.
Ensimismado, Chinto no escucha los pasos de alguien que se acerca. Quien llega se sienta a su lado sin ceremonias. El olor a humo de cigarro hace que el joven Arriaga voltee un poco, pero sigue abstraído.
–Hoy es un día de alegría ¡Se ganó una gran batalla!– dice el recién llegado sin que Chinto le preste la menor atención.
–Me llamo Tomás Cruz, fui maestro y luego periodista. Ahora escribo crónicas de la revolución. Es seguro que la van a ganar, pero ¿tú conseguirás algo de ella?
Ante el hosco silencio de Jacinto, Tomás opta por sacar una libreta y un lápiz del morral. La poca luz no le permite escribir y se queda contemplando las humaredas lejanas. La claridad del amanecer aumenta y Cruz distingue que el humo más denso parte del centro de la ciudad. Recuerda que tendrá que reseñar la explosión del arsenal de los pelones e investigar quién lo provocó.
Molesto por una presencia extraña, de quien a todas luces es un curro, Jacinto saca de entre el pecho y la camisa el viejo paliacate con el que anoche limpió someramente la cara de Felipe y pretende limpiarse la suya, que solamente logra ennegrecer un poco más. Se suena ruidosamente, toma la guitarra e intenta levantarse, pero la mano de Tomás lo detiene suavemente por el hombro.
–¡Suéltame! –dice en tono bajo y decidido.
–Está bien, está bien– lo tranquiliza Cruz levantándose él mismo. –Deja que te acompañe mientras bajamos de la loma.
–La vereda es de todos, ¡vete por donde quieras!
Ambos enfilan por el camino que días antes tomaron los dos Felipes, Ángeles y Gómez.

jueves, 4 de febrero de 2010

Terrenos fértiles entre el río Tula y Puerto Tetzo II. Su estado a principios de 1985

Como a siete kilómetros, bajando de la hondonada donde se esconde Puerto Tetzo, hacia el sueroeste, ya en el municipio de Tasquillo, estado de Hidalgo, corre el río Tula que más adelante se convierte en el Moctezuma, sigue cambiando nombres y finalmente desemboca en el Golfo de México. El río Tula cobró mayor importancia en el Valle del Mezquital al convertirse en el cauce que recibe las aguas sobrantes del Valle de México, desde que se hicieron las obras de drenaje de tal valle a mediados del siglo XIX. Con las presas derivadoras construidas a partir de mediados del siglo XX para llevar el riego a buena parte del Valle del Mezquital, el río Tula disminuyó su caudal, pero sigue llevando agua todo el año. Filtraciones del río u otros sistemas naturales subterráneos han creado a orillas del propio río manantiales de aguas termales que ya la aristocracia azteca usaba para solaz de sus caciques mayores; ese es el caso del balneario Tzindejéh, abierto actualmente para todo público, siempre y cuando pueda pagar la entrada. Ese hermoso lugar se encuentra en la margen izquierda del río Tula y frente a él, en la margen derecha, se encuentra una franja de terrenos planos, de humedad de primera, de uno doscientos metros de ancho en promedio, que corre casi un kilómetro a lo largo del río. En 1985 esos terrenos estaban abandonados, ociosos. Aptos para ser solicitados por campesinos con sus "derechos a salvo", como estipulaba la Ley de la Reforma Agraria vigente en esas fechas.
Los diez y siete jóvenes de Puerto Tetzo, entre los que estaba Maurilio Casavieja, después de hablar con los ejidatarios y comuneros del Mezquite, decidieron que solicitarían esos terrenos. Los rumores afirmaban que pertenecían a un tal Gabriel Hernández Quiñones, que se había apropiado de ellos en forma fraudulenta, que pensaba construir en ellos un complejo turístico con campo de golf, hotel y otros servicios, que se había lanzado ya como precandidato del PRI a la presidencia municipal de Tasquillo, municipio en que se encuentran los terrenos. Las afirmaciones populares eran confusas e inciertas pero la realidad era indiscutible: frente al balneario Tzindejéh había terrenos ociosos planos y de humedad que se extendían hacia las faldas de los cerros cercanos. Sólo hacía falta solicitarlos como dotación ejidal para los campesinos con derechos a salvo de la comunidad de Puerto Tetzo. Eso fue lo que hicieron los jóvenes ñahñúhs de dicho poblado.

jueves, 28 de enero de 2010

La Esperanza III, Coahuila (julio de 1975)

Hilario y sus cuatro compañeros has escogido el fondo de un extenso valle para construir el poblado. Las veinte mil hectáreas con las que han dotado su nuevo centro de población, desde el río Bravo hacia el sur, cuentan con buena variedad de terrenos. Hace dos meses, el 23 de mayo exactamente, los veinte beneficiados y el personal técnico de la Secretaría de la Reforma Agraria terminaron de trazar el polígono que abarca las veinte mil hectáreas. Con eso se ejecutó la dotación y ahora esas tierras pasaron de ser propiedad de un gringo cuyo nombre no nos interesa a ser propiedad colectiva de los veinte nuevos ejidatarios que deberán construir su nuevo centro de población. En la resolución presidencial aparece el nombre: "La Esperanza".
Hoy, dos meses después, al pie de una loma que se alza no más de cien metros sobre la llanura que poco a poco se abre en un amplio valle, los cinco nuevos ejidatarios se mueven en torno a dos viejas camionetas pik up. De ellas bajan vigas, láminas corrugadas de cartón y herramientas varias, con lo que van a iniciar la construcción de sus futuras casas.
-Si nos apuramos podremos dormir bajo techo
-Hace calor y no va a llover. Hoy podemos dormir al raso ¿Qué prisa tenemos?
-¡Pásame la barreta! Aquí empiezo a poner el primer poste.
-¡Espérate! Primero vamos a ver dónde y cómo van a estar las casas. Hay que hacer un trazo.
-¡Qué trazo ni qué la chingada! Ya mañana veremos dónde y cómo.
-¡Chíngale y no estés jodiendo!
Minutos después los cinco, sudorosos, trabajan en silencio. Solamente se escuchan el golpear de la barreta y la pala que lanza la tierra.
-Ahí la llevas. Acá hacemos el otro hoyo.
-Allí está bien. Voy yo.
***
Mientras los cinco nuevos ejidatarios comienzan la construcción de su poblado, a unos ochenta kilómetros de donde trabajan, dos policías ganaderos sostienen la siguiente conversación:
-¿Qué piensas de esos nuevos ejidatarios de la Esperanza? ¿Tú crees que nos vayan a estorbar?- dice uno de ellos, conocido como el Ruiz. Flaco, la piel requemada por el sol, el sombrero casi tocando el techo de la camioneta que conduce por la brecha polvorosa e interminable.
-Están bien morros. Ni se van a dar cuenta de lo que hacemos. En todo caso ya verás que al final nos van a ayudar, como los Soriano- afirma entre los bigotes tupidos y largos, pero cuidados, el otro policía.
-No te confíes, Carmelo, están jóvenes pero se ven muy listos.
-¡Bah! Déjalos por mi cuenta.
-Mejor llegando le contamos bien al jefe. Él nos dirá qué hacer.
-Bien, ya déjame dormir un rato.

jueves, 21 de enero de 2010

Otro cuaderno de notas. Fecha desconocida.

¿Cómo llegó a nosotros este otro cuaderno de notas? ¡Nadie sabe!, pero lo tenemos a la vista. Con el formato del cuaderno de notas de un diputado. Escrito con la misma o parecida tinta morada. Letra difícil de desentrañar aunque más legible, de alguien más joven, con menos mañas. Pero la letra, nos decimos todos, es similar a la del diputado de 1985. Nos llamó la atención lo siguiente:
“Hoy me corrieron de la planta 2 de Altos Hornos. Nada del otro mundo. La verdad muy corteses los cuates de seguridad que me sacaron. Nada parecido a los de Monterrey o de Saltillo, donde los guardas son brutos y altaneros o hasta golpeadores profesionales. Trato de explicarme por qué la diferencia.
Llevo rato repartiendo volantes a la entrada de la planta 1. La primera vez tenía miedo de que me corrieran. En Monterrey, en Gamesa o en la Fundidora por ejemplo, ni pensar en repartirlos; los de seguridad o los lameculos del propio sindicato te los quitan y te madrean. Aquí, en la planta 1 hasta los que reparten el periódico de la sección me piden volantes.
Con esa experiencia no dudé en ofrecerme para repartir el primero que hicimos para la planta 2. Los obreros de la 288, más jóvenes, parece que tienen miedo a entregarlos. No están tan curtidos en la lucha sindical. Me dijeron que podía ponerlos en los camiones que llevan a la planta.
Con esa información y un paquete de dos mil volantes, hace rato tomé un camión a la planta a 2, lleno de obreros muy jóvenes. Decidí esperar para repartirlos en la puerta de entrada.
Cuando bajamos del camión no había tal puerta, sólo un llano y allá lejos las construcciones de la planta. Empecé a repartir los volantes. Inmediatamente se me acercaron dos guardas y me dijeron:
– ¿Que estás haciendo?
–Reparto volantes ¿Qué no ven?
–Tu credencial de obrero.
–No soy obrero, reparto volantes.
–Pues estás en la fábrica y no está permitido repartir volantes adentro. Además entraste sin permiso.
–¡Ah, carajo! ¿Cómo que estoy dentro de la planta?
Mi cara de pasmo debe haber sido de risa. Me dejaron ver a mi alrededor: la planta frente a mí, rodeada de un amplio llano circulado por una malla ciclónica y como a cien metros la puerta también de malla.
–Pues no sabía ¡Ya me voy!
–Vente, te acompañamos– y platicando entre ellos me acompañaron, por una vereda entre la hierba, hasta la salida.
Me fui y los guardias ni adiós dijeron. No me quitaron los volantes. Tampoco me pidieron uno. Me regresé a escribir esto. En la tarde, cuando vengan los de la 2 les preguntaré qué pasó. Seguro se van a reír de mí.

jueves, 14 de enero de 2010

Terrenos fértiles entre el río Tula y Puerto Tetzo I. Su estado a principios de 1985

Al igual que yo, cuando tallaba lechuguilla en Jaumave –nos siguió contando Felipe Gómez en alguna otra ocasión– aquellos jóvenes indios de Puerto Tetzo pensaban en tener parcelas propias para vivir de ellas. A mí no me tocó vivir en un ejido, pero para algo hemos luchado tantos mexicanos, entre otras cosas para que haya muchos ejidos.
Entonces fue cuando Maurilio Casavieja, ñahñúh de diez y ocho años con sus derechos a salvo de Puerto Tetzo, oyó un día de plaza, en Ixmiquilpan, comentarios contradictorios de los "bárbaros, salvajes"–decían unos– o "valientes y orgullosos" –afirmaban otros– ejidatarios y comuneros del Mezquite, que "habían corrido a alguien y le habían tirado su casa" para "defender sus tierras" o por ser "unos hijos de la chingada", decían las conversaciones captadas a medias entre el tráfago del comercio semanal.
Cuando Maurilio les contó lo escuchado a sus compañeros, algunos de ellos también habían oído el rumor o la historia, llena de matices diversos y contradictorios, pero había detalles que se repetían: ni la policía ni nadie del gobierno había intervenido para castigar a los bárbaros y salvajes. Tanto el gobierno municipal como el estatal, por alguna razón desconocida, se hacían los ciegos y sordos ante el desalojo. No había noticias del hecho en los periódicos pero radio rumor no podía estar equivocada. Maurilio propuso ir al Mezquite y no sólo averiguar qué había pasado y si la defensa de los bienes comunales era cierta, sino buscar la posibilidad de que aquellos aguerridos campesinos los ayudaran en su lucha por conseguir tierras ejidales.
No se equivocaron los jóvenes de Puerto Tetzo en ir al Mezquite, aunque la comisión que los representó, presidida por Maurilio Casavieja, regresó únicamente con la certeza del desalojo, una explicación no muy clara de que el gobierno sabía que comuneros y ejidatarios tienen la razón, la afirmación de que todavía les faltaba sacar de la cárcel al presidente de su Comisariado ejidal y un pequeño libro que en su portada decía "Ley de la Reforma Agraria"; sólo eso, pero al final ese librito les abrió un camino lleno de dificultades pero que los permitió convertir en propiedad colectiva –propiedad social decían los técnicos en aquél entonces– los terrenos que un tal Gabriel Hernández Quiñones, funcionario de Ferrocarriles Nacionales de México, había convertido en su propiedad privada.

jueves, 7 de enero de 2010

El camino hacia el grupo de los verdes III, Monclova Coahuila (entre fines de julio y fines de septiembre de 1978)

Fue tu primera reunión con un grupo de obreros experimentados en lucha sindical. Fernando Cublero te dio la dirección de Juan Manuel López Alarcón, obrero de tercera generación, de unos cincuenta años y el más influyente del grupo. Aunque no ocupó ningún cargo en la planilla que los verdes presentaron en las elecciones más recientes, él era quien en realidad los dirigía.
La reunión fue en su hogar. Te sorprendió la casa de Juan Manuel. Grande, mucho más antigua, sólida y bien distribuida que las del INFONAVIT que conociste en Monterrey. Buen mobiliario, limpia, bien ordenada, para ti una casa típica de clase media. Meses después aprendiste que muchos obreros tenían casas como la de López Alarcón y comprendiste lo que hacía poco te había dicho un dirigente de tu partido: “Proletarizar a los campesinos es lograr que mejoren su nivel de vida”.
Asistieron a esa primera reunión doce obreros. Oyeron respetuosamente tu invitación a formar un partido político nuevo, con base primordialmente obrera, pero notaste que no les interesaba ese asunto. Su interés evidentemente era la lucha sindical, en el seno de Altos Hornos Planta I y como miembros de la sección 147 del SNTMMSRM.
Por suerte tu partido te había dotado de buenas armas para el trabajo político y cambiando estrategia les dijiste:
–El partido es una herramienta para que ustedes puedan dar su lucha en mejores condiciones.
Aún ahora suponemos que esa frase fue la que logró que algunos de los presentes decidieran empezar a trabajar contigo, pues comprendieron que la brega sindical gana cuando se convierte en contienda popular o se cobija con ella.
Todavía tuviste tres o cuatro reuniones más en casa de Juan Manuel, que poco a poco fue perdiendo interés en su relación contigo. Cuando las reuniones se movieron a la excantina del centro, sin muebles –ni una sola silla–, con un piso todavía con capas petrificadas de lodo, López Alarcón sólo fue una vez y no regresó a ninguna otra reunión. Pero seis de los que habían sido de su grupo decidieron continuar su lucha sindical haciendo un volante periódico –inicialmente se pensó semanal– que tú empezaste a imprimir en Saltillo y a repartir, en octubre, en la puerta uno de Altos Hornos de México, S.A.

jueves, 31 de diciembre de 2009

La Esperanza II, Coahuila. En casa de Hilario Zapata (abril de 1971)

La casa es un hogar campesino típico de esas tierras semidesérticas del centro de Coahuila: dos cuartos de adobe cubiertos con láminas de cartón y una techumbre adosada a una de las paredes y protegida por troncos y ramaje, donde se encuentra el fogón de leña.
Ocho campesinos, todos ellos varones de menos de 35 años, están apretadamente sentados en torno a una pequeña mesa rústica. Sobre el comal de barro las tortillas recién echadas dejan escapar un aroma que nos hace salivar cuando entramos sin que nadie nos note. Otra vez Felipe nos ha guiado hasta aquí. Una olla también de barro humea junto al comal en una esquina del fogón; las llamas de la leña lamen sus costados ennegrecidos. Guadalupe, la esposa de Hilario Zapata, coloca unas tortillas en el centro de la mesa, a un lado del molcajete de piedra del cual los comensales toman la salsa de tomate y chile verde.
–Gracias Lupe –dice uno que ya vive en la ciudad. En el campo se come en silencio.
Guadalupe vuelve a llenar la cazuela que está en la mesa con frijoles que toma de la olla del fogón; varios de los presentes se sirven de ella. No hay cubiertos. La madre de Gudalupe y su hermana pequeña, muy diligentes y sin pronunciar palabra, muelen el nixtamal en un artefacto mecánico, ya no en el metate, y hacen las tortillas a mano, produciendo el característico sonido rítmico con sus palmas al dar forma a la masa.
Terminan de comer y alguien dice:
–Entonces qué hacemos, Hilario.
–Ya no hay terrenos para otra ampliación y somos muchos para las pocas tierras de labor que tiene el ejido. Y el agostadero tampoco aguanta más animales.
–Por eso les digo: vamos a ver las llanuras y los montes allá al norte, más adelante de los Soriano. Hay harto terreno. Pancho Soriano me contó que los dueños son gringos. Tienen las tierras abandonadas y llegan hasta el río Bravo. La Constitución dice que los gringos no pueden tener tierras mexicanas antes de 50 kilómetros de la frontera. Seguro nos dan un nuevo centro de población ejidal. Será difícil irse a vivir allá. No hay nada, ni hay nadie, pero vale la pena.
–Y de qué vamos a vivir ¡Carajo!
–No seas miedoso. Con un crédito de Banrural metemos ganado, como los Soriano. También a nosotros nos puede ir bien, pero hay que chambearle duro.
–Yo sí l’entro.
–Pos yo mero también. Y tú, Salomé ¡No te rajes!

Nos costó trabajo seguir la conversación. Se nota que ninguno de ellos va a ser de los nuestros pronto. Es ese canijo de Felipe el que mejor les entiende; a veces hasta nos traduce. De las once personas que estaban bajo la techumbre ninguna notó nuestra presencia.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Nosotros en una cantina (actualmente)

Hace poco nos juntamos en el D.F. La ciudad de México nos cansa, es caótica pero también maravillosa. Fuimos a la cantina "La Mansión de Oro" que nos trae muchos recuerdos. Ya entrados en copas nos estábamos preguntando qué habría pasado con aquel ñahñúh del Mezquite al que le tiraron su casa. Con él y con su hija. Ninguno de nosotros tenía noticias. Hasta que llegó la memoria de Felipe Gómez; esos recuerdos que viven en nosotros y que buscan afanosamente todo lo relacionado con las luchas agrarias. Felipe Gómez nos contó algo que no tiene que ver ni con Anastasio Yeso ni con su hija, de quienes suponemos tenían casa en algún otro lado. Sabemos también que vivían más del comercio que de lo producido en su parcela. Su terreno era un poco más de una hectárea, de temporal, casi desértico como todo el Valle del Mezquital antes que lo regaran las aguas negras. No tenía riego porque Anastasio nunca quiso aceptarlo. Pero los recuerdos sí tienen que ver con el Mezquite y sus luchas y con el desalojo de los Yeso en particular. Transcribiremos lo que nos narró Felipe Gómez.

Los bienes comunales de Puerto Tetzo

El día que estábamos tomando en una cantina del D.F. Felipe Gómez nos contó lo siguiente:
Resulta que un grupo de diez y siete jóvenes, muchachos entre los 18 y 24 años, hijos todos ellos de comuneros de Puerto Tetzo, se enteraron de la medida drástica tomada por los ejidatarios y comuneros del Mezquite.
Nada hubiera pasado sin lo que les platico a continuación:
Las familias de Puerto Tetzo, 197 a principios de la década de los ochenta, tienen su hogares desde tiempos inmemoriales en una hondonada rodeada de cerros áridos, formados por piedras y algo de tierra caliza, sin señales apenas de capa arable, en el municipio de Cardonal, estado de Hidalgo. La escasa vegetación se compone de cardones, lechuguilla y poco más, que sólo algunos insectos y las cabras propias de la región pueden aprovechar para convertir en proteína animal. La zona es una clásica "región de refugio" a la que se remontaron los ñahñúhs cuando los aztecas pretendieron sojuzgarlos, mucho antes de la conquista española. Poco a poco, a partir de mediados del siglo XX llegaron y fueron creciendo los sistemas de riego con aguas negras de la ciudad de México en el Valle. Puerto Tetzo, por su altura, no se vio beneficiado con esos sistemas. Aunque el agua hubiera llegado, las laderas rocosas de los cerros que rodean al poblado no se hubieran podido cultivar sin costosos y difíciles trabajos de terraceo y otras obras de infraestructura agrícola inalcanzables para los habitantes de esa población. Terrenos tan inhóspitos nunca los ambicionó nadie, ni los aztecas antes de 1500, que sólo molestaban a los ñahñúhs de vez en cuando para cobrarles impuestos de guerra, ni los españoles durante la colonia, que pasaban cerca de ellos, rumbo a la rica región minera de Zimapán, ni menos aún los hacendados del porfiriato, de los cuales los más cercanos constituían la aristocracia pulquera de los llanos de Apan.
De este modo en 1983, sin mayores esfuerzos, los 197 jefes de familia lograron que la Reforma Agraria tramitara la resolución presidencial de reconocimiento y titulación de 1,308 hectáreas que los pobladores poseían desde hacía más de 700 años. Se legalizaron así los "Bienes Comunales de Puerto Tetzo" con 197 titulares beneficiados. Muchos de sus hijos mayores de diez y seis años fueron clasificados en la propia resolución presidencial como "campesinos con sus derechos a salvo", lo que significa que se quedaron sin derechos dentro de los Bienes Comunales (contradicciones legales que no deberían existir, pero ...)
Tengo que contarles otras cosas, tal vez más importantes. Al rato le sigo. Por lo pronto hay que decir “salud”.
Seguimos tomando en La Mansión de Oro casi hasta el amanecer y en esa ocasión no se volvió a tratar el tema de Puerto Tetzo.

jueves, 17 de diciembre de 2009

El camino hacia el grupo de los verdes II, Monclova Coahuila (julio o agosto de 1978)

La lista fantasma se está desbaratando en tus manos. Tanto has desdoblado, doblado, leído y consultado esa hoja de papel revolución. Estás cansado de no avanzar en la construcción de tu partido; sobre todo de no hacerlo entre el proletariado de Monclova. Para eso te comisionaron a esta ciudad eminentemente obrera.
Todavía vives en esa posada de mala muerte, pagando treinta pesos por noche que con dificultad obtienes vendiendo periódicos de tu partido. De algo más te ha servido venderlos. En la lista que se hace polvo tienes un nuevo nombre que tú mismo has escrito: Fernando Cublero. Aquellos obreros cuyo rostro y nombres ya olvidaste te hablaron mucho de él. Se hace presente en toda lucha obrera o sindical y hasta en las luchas populares como la que el propio grupo de los blancos encabezó para detener el alza en las tarifas del trasporte urbano. No te dieron direcciones o teléfonos para localizarlo, pero te aseguraron que, si preguntas, cualquiera te puede ayudar a dar con él.
Qué bueno que te decidiste y empezaste a preguntar, aunque fuera en el local de los azules, charros como los que más. Efectivamente ellos también lo conocían y te concertaron una cita con Fernando en el restaurante del mejor hotel de la ciudad, por cierto nada del otro mundo.
Le hablaste de tu partido y mostró mucho interés. No entendemos cómo no te das cuenta que te quiere sacar la mayor cantidad de información posible. Claro está que sabe bien, o supone, que para lograrlo debe darte algo y así te ha empezado a contar cómo fue que el grupo blanco llegó al poder. Afirma tener información de primera mano totalmente respaldada en documentos originales. Desde hace años te han interesado los movimientos obreros, tú mismo has querido ser obrero, así es que también le respondes a Fernando mostrando un auténtico interés por todo lo que te va contando.
Ahora vemos claro y entendemos como nació esa relación a través de la cual conociste mucho de las luchas proletarias de ese centro obrero tan especial en todo México. Cuando años después estuviste en Villahermosa, Tabasco, tratando de construir tu partido entre los petroleros, notaste que ni siquiera en ese estado sureño había una conciencia sindical generalizada como en Monclova, a pesar de la fama y el real movimiento obrero de petroleros que existía en ese estado.
Nos urge que nos cuentes más sobre ese tema y no sobre una mesa que te servía de cama en una excantina que poco le faltaba para que se derrumbara.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Felipe Gómez el día de la toma de Zacatecas (23 de junio de 1914)

A eso de las nueve de la mañana montaste tu caballo que caracoleaba impaciente; parecía que adivinaba tu desasosiego.
–¿Qué haces a caballo tan temprano? La orden es que comenzamos a las diez, ni un minuto antes: ¡hasta que truene el primer cañonazo! –te dice Jacinto con la confianza del amigo viejo.
–¡Calmado, Chinto! Sólo estoy calentando al caballo. Además sé muy bien que primero va la infantería. Nosotros entraremos al final.
–¿Y cómo sabes eso?
–El otro día alcancé al general Ángeles; iba explicando el plan al tal Juan, uno de sus ayudantes. Ya viste que también cambió los cañones ¡Destanteada que les está poniendo a los pelones!
***
Eres sabio, mucho. Pronto entendiste la estrategia para este día, entre las medias palabras que escuchaste. Pero cada minuto nosotros te oímos y entendemos mejor. ¡Mala señal!
Comprendemos tu entusiasmo. Intuyes muy bien que esta batalla será decisiva. Si la ganan ustedes los repartos de tierra se generalizarán muy pronto. Podrás regresar a Jaumave y abandonar la talla del ixtle. La revolución triunfante le quitará la Maroma al viejo Alcántara y ya podrás dedicarte, con tu hermano Manuel –al recordarlo esbozas una sonrisa–, a cultivar tus propias tierras. Le darás una mejor vida a tu mamá. Tu padre, que murió como peón acasillado, sin dinero para ver a un buen doctor, tal vez se entere y se alegre de tus triunfos.
***
Cuando a las diez de la mañana sonó el primer cañonazo subiste a la loma donde hace tres días colocó unos cañones Felipe Ángeles. No duraste mucho bajo el escuálido pirul: los pelones empezaron a bombardear la posición creyendo que los cañones todavía estaban por ahí. Regresaste y con tu grupo de a caballo te moviste a otro punto, lejos de donde estallaban las granadas enemigas, pero siempre cerca de Maclovio. Tendrás que esperar pacientemente la orden de que la caballería ataque. Hoy es el día de la artillería y de la infantería, aunque ustedes sean los preferidos de Pancho Villa. Quieres seguir viendo la batalla, pero Maclovio ha ordenado que ustedes descansen y tomen algo de alimentos. Hubieras preferido ser de los que están llevando parque y agua a los de a pie, sobre todo que desde donde estabas observaste claramente cómo se avanza: la artillería de Ángeles bombardea un punto mientras los de a pie esperan; cuando acaba el bombardeo la infantería toma el punto bombardeado y vuelven a esperar que se destruya la siguiente línea enemiga. Sabes, no entiendes bien por qué, pero lo sabes perfectamente, que este día la victoria será de ustedes.
***
Nosotros que escribimos tenemos una ventaja sobre los que leen. En nuestra condición podemos ir a varios lugares y escuchar lo que otros no oyen por estar muy lejos. Así, faltando como unos veinte minutos para las seis de la tarde de ese 23 de junio, escuchamos claramente lo que dijo Felipe Ángeles al ver que los federales abandonaban sus posiciones y huían desordenadamente:
“Ve a decirle al General Villa: ¡Ya ganamos, mi general!”
Aunque eso era cierto aún faltaban muchos tiros por dispararse.
***
Por fin, poco después de la seis de la tarde de ese día de solsticio veraniego, a tu grupo de caballería se le dio autorización para intervenir en la toma de la ciudad.
Te fue muy difícil avanzar al paso guardando las energías de tu montura para el asalto final. Cuando llegaste a las primeras casas de Zacatecas te ganó la impaciencia. Sentiste la victoria que a esa hora ya estaba asegurada aunque los pelones, cortadas todas las salidas de la población, luchaban todavía para defender su vida, ya que no había nada más por qué pelear. Espoleaste tu caballo y te adelantaste irresponsablemente al grupo de la gente que mandabas. Entre el polvo y el zumbar de las balas Jacinto te vio por última vez sobre la silla de montar. A caballo no había quien te parara.
***
Son las ocho de la tarde. En estos largos días hay todavía mucha luz. Nos encontramos a Jacinto sentado en el reborde de una banqueta. Con él no podemos adivinar lo que piensa. Falta mucho para que sea de los nuestros, pero notamos claramente que está llorando. La victoria, completa a esas hora, no la ve ni la siente. En el silencio de ese atardecer escuchamos los sollozos del hombre que no llega a los diez y nueve años. A su lado, tras los escombros de una casa bombardeada descubrimos el cadáver de Felipe todavía en actitud de disparar su treinta-treinta. A mitad de la calle está reventado el caballo en que siempre cabalgaba.
Con una extraña mezcla de tristeza y rabia Jacinto se pone de pie y grita golpeándose el pecho.
–Federales, pelones hijos de la chingada: Ahora seguiré luchando con Pancho Villa hasta que no quede ninguno de ustedes vivo.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Recordando un noviembre de 1978 en Monclova Coahuila (actualmente)

Una mesa, sí una mesa muy grande, más de tres metros de largo. Nunca la medí, pero era de más de tres metros. Tenía al menos un metro veinte centímetros de ancho. Casi tan ancha como una cama matrimonial. Recuerdo que ese día hacía frío cuando me desperté. Sí, sí, claro, dormía en la mesa, no había casi nada más en esas "oficinas".
El local había sido cantina, según me dijeron los del grupo verde, que fueron los que pusieron el dinero para el depósito y un mes de renta.
La construcción estaba en muy mal estado. No contaba con agua ni con luz eléctrica. El agua la conectamos a los pocos días como si fuéramos piratas. Por cierto lo de piratas casi no se usaba en aquellos tiempos, todavía sin computadoras ni estos avances electrónicos actuales con que se piratean música, películas y hasta libros.
La excantina, dos cuartos, uno de casi tres metros de largo y el otro de cuatro, separados por un portal de pared a pared, tenía los muros descascarados y el techo de vigas mostraba lugares donde parecía que las goteras serían enormes. Capas de lodo seco y endurecido cubrían el piso y sobre ellas había más capas de polvo acumulado durante los años en que el local no se había usado. Menos mal que el mingitorio funcionaba y ya no apestaba como suelen oler los orinales en las cantinas, que en aquel entonces y en Monclova tenían prohibidísima la entrada a mujeres.
Pero estaba hablando de la mesa de la que me levanté aquel día. La habían traído los verdes. La tomaron de no se qué oficina sindical. No recuerdo si de la de la sección 147 o de las oficinas que Napoleón les montaba a “sus grupos”, fueran azules o rojos.
Tras despertarme y bajar de la mesa me senté en una de las cuatro bancas corridas también conquistadas por los verdes. Contemplé con orgullo, en el otro extremo de la mesa, el viejo mimeógrafo de alcohol (tendría que aprender a usarlo) igualmente aportado por el grupo. Había sido una suerte contactarlo. Lo que me parecía curioso era que Fernando Cublero, que fue quien me dio las señas para que localizara al grupo verde, no se apareciera nunca con ellos, sino un poco antes o después y que no hubiera cooperado en nada para montar la oficina. No teníamos claro si aquello era local oficial de los verdes o local de mi partido que empezaba a formarse en la ciudad. Al menos yo me hacía ilusión de tener por fin una oficina partidaria. El tiempo aclaró las cosas cuando en la excantina empezaron las reuniones de campesinos y de obreros de la sección 288, además de otros de la sección 147 que no habían sido verdes. Poco tiempo después de rentar el local el grupo de los verdes dejó de identificarse con ese nombre. Mis ilusiones me hacen pensar que se sintieron militantes del partido y aunque se interesaron poco por la política general, en torno a esa mesa se hacía una gran actividad de política sindical. Desde esas “oficinas” el grupo de obreros de la planta dos de Altos Hornos, pertenecientes a la sección 288 del Sindicato Minero Metalúrgico (SNTMMSRM) empujaron decididos aquella famosa huelga de los 21 días en contra de todas las fuerzas que se le oponían. Junto con una muy amplia base obrera no organizada formalmente se lograron mejoras en el contrato colectivo, a pesar de la empresa, de la dirección nacional del propio sindicato y de los charros locales que dirigían la sección a las ordenes de Napoleón.

–Está bien. Ya párale. La verdad es que tus recuerdos están muy confusos. Ponles un poco de orden antes de seguirnos contando. De por sí entre nosotros no sabemos quién es el narrador de lo que escribimos y todavía tú llegas de no se sabe dónde a poner más confusión. Platica con Felipe Gómez. Él tiene sus recuerdos más ordenados. Y no vengas a meter más caos en lo que ya está muy enmarañado.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Ejido Cañada Honda II, Cadereyta, Querétaro (actualmente)

La vereda serpentea y de pronto baja en forma abrupta al fondo de una barranca. Hace frío. Hacia el este se adivina el resplandor de una ciudad importante. Son las luces de la cabecera municipal. Pronto la alborada borrará esa luminiscencia. Parte del lomerío por el que desciende el sendero está cubierto por sembradíos de maíz, listos para ser cosechados. Son terrenos ejidales, puro lomerío, gran parte cerro abrupto. Pocas son las laderas donde se puede sembrar el maíz, tan noble que no necesita planicies para producir. La escasa precipitación pluvial hace que muchos años las siembras no den más que rastrojo. Aunque en este año en el semidesierto circundante haya llovido poco, en estas lomas y por los vientos que encajona la cañada las lluvias fueron suficientes para que el maíz diera buenas mazorcas. Por el atajo que desciende hacia el torrente avanzan dos figuras delgadas: un joven de unos quince años y muchachillo de doce.
–Apúrate Beto –dice el mayor, que camina delante – No vayamos a llegar tarde a la escuela.
–Por tu culpa nos dejó don Pedro y ahora me carrereas.
–No te quejes, así nos ahorramos los catorce pesos del pasaje.
–Está bien, así me compro algo en la cooperativa.
–Mejor se los dejamos a mamá.
–Ella trabaja.
–Sí, de sirvienta en Querétaro –murmura con tristeza el mayor, entre dientes, sólo para sí.
Ambos caminan en silencio un buen rato. Ya cruzaron el torrente casi siempre seco y están iniciando la subida por la otra ladera. Llegan a la carretera de terracería y empiezan a caminar por su orilla.
–Oye, Lencho, si pasa una camioneta le pedimos aventón.
–Llevamos buen tiempo. Mejor le seguimos a pie hasta Guadalupe.
–Que se me hace que el dinero no lo quieres para mamá, sino para juntar lo que necesitas para irte al norte.
–Como sea me voy a ir al norte. No más acabo la secundaria y me pinto.
–¿Y qué, cabrón?, ¿me vas a dejar sólo?
–No seas llorón, te quedas con el abuelo. Ya ves que cuenta cosas bien chulas.
Continúan su marcha en silencio. A buen paso. Pronto Lencho dobla a la derecha y enfila por una vereda apenas visible que asciende rápidamente. Cortar por esos atajos hace más pesada la caminata pero lo siete kilómetros por terracería se convierten en menos distancia y tiempo para llegar a la escuela de la pequeña población de Santa María de Guadalupe.
Empieza a clarear y Beto avanza bullanguero. Se agacha, toma una piedra y la lanza con fuerza y puntería casi perfecta a un arbusto cercano.
–Por nadita se me escapó la chingada torcaza. A la próxima la tumbo.
Lencho brinca una cerca de piedra. No puede evitar decir lo que repite a menudo:
–Ya entramos a los terrenos de los cabrones González. Los tienen abandonados. Mejor nos los dieran al ejido.
–Así el terreno para el proyecto de los venados sería más grande. Y con suerte con eso ya no te irías al norte.
– ¿Los venados quesque va a dar el gobierno? Seguro me muero de viejo por esperarlos. ¡Mejor me voy al norte!
–¡Chale, que pesimista! Le pregunté a mi maestro de geografía y me dijo que el venado se va a dar bien aquí. Disque era endémico ¡Sepa que es eso de endémico! Pero hoy le vuelvo a preguntar.
–Mi maestra de historia de México dice que a ver si el ejido consigue el proyecto de los venados. Que ella lo duda mucho. Que sólo que hagamos otra revolución como la de hace cien años. Que eso sí sería celebrarla de a de veras.
El resto del camino lo hicieron en silencio, hasta que Beto divisó a dos amigos y corrió para juguetear con ellos. Lencho siguió caminado al paso, se le acercó una muchachita de su edad y siguieron platicando hasta la puerta del salón de clase.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Ejido Cañada Honda I, municipio de Cadereyta, Querétaro (actualmente)

Es lunes. Todavía está lejos el amanecer. Los campesinos suben apresuradamente a la camioneta pick up. Tienen que llegar a la cabecera municipal antes de las cinco de la mañana. El frío los castigará todo el camino. El aire helado, estos meses, a la velocidad del vehículo, corta la piel y los músculos y muerde el hueso. Pero hay que ir a buscar el trabajo a la capital del estado. Es allá, en la gran ciudad, donde se puede conseguir el efectivo necesario para los gastos corrientes y para ropa y calzado, aunque lo esencial del alimento esté cubierto por el escaso ganado de traspatio y por la producción de maíz y frijol para autoconsumo.
–Véngase aquí, doña Carmen, junto a mí va a viajar más calientita.
La aludida ve hacia otro lado con desprecio y se sienta en el rincón más alejado de la caja de la camioneta de don Pedro, aunque ahí vaya a golpear más fuerte el frío. Dos señoras, que suben a la camioneta ayudadas por sus esposos se sientan a cada lado de ella.
Como cada lunes doña Carmen está muy triste. Es duro dejar solos a sus dos hijos, Lencho y el Beto, que todavía son unos críos. Si no fuera por el abuelo no sabría qué hacer. Cuando trabajaba de costurera en la fábrica de Plytex, en Caderyta, al menos todos los días regresaba al ejido. Ahora que cerraron la maquiladora tiene que ir a trabajar hasta Querétaro, como sirvienta en casa de ricos. Pero sin eso y con el esposo muerto hace ya casi cuatro años tiene que salir adelante ella sola. Al menos Lencho y el Beto no son unos calaveras y el mayor ya apunta como muy responsable. Doña Carmen sabe que ya se levantaron y pronto emprenderán el camino a su escuela secundaria.
–¡Qué bueno que no le hace caso a ese cabrón de Antonio! Mejor entre la Mari y yo, con esta cobija, nos calentamos solitas– comenta la señora que sentó junto a ella.
Doña Carmen dibuja una amplia sonrisa de agradecimiento y sigue en silencio. Va a ser dura la semana en la ciudad.
–Buenos días a todos– saluda jovial Marcial al subir a la camioneta que está apunto de partir– Buenas tía, tápese bien porque hace mucho frío– le dice en un aparte y muy respetuosamente a doña Carmen– Mi mamá ya está mejor, con el dinero que manda papá de los Yunaites la pudimos llevar con un buen doctor hasta Querétaro.
–Sí, ayer cuando tú andabas en el futbol visité a mi hermana. Realmente la vi mucho mejor ¿Y qué tal la chamba en Querétaro?
–Eso de la albañilería está muy mal ahorita, tía. Si no fuera por la enfermedad de mamá ya me hubiera ido yo también al norte. Hoy voy a Querétaro sin chamba asegurada. Pero ya ve, ahí en la central siempre hay quien va a buscar albañiles los lunes. Espero que tenga suerte y me salga una chamba de unos tres o cuatro días al menos.
Marcial coloca cuidadosamente la mochila con sus herramientas en el piso de la camioneta, con cuidado de no molestar a nadie, cosa difícil porque el vehículo va abarrotado.
La camioneta parte. El frío hace que todos se acurruquen unos contra otros en la parte trasera de la pick up, que no cuenta con ninguna protección.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Felipe Gómez y su hermano tallan ixtle. En los alrededores de Jaumave, Tamaulipas (1909)

La llanura se extiende varios kilómetros antes de comenzar a ascender por las faldas de los cerros, apenas visibles entre las penumbras del amanecer. Dos figuras delgadas avanzan por el semidesierto. No hay veredas, pero los que marchan siguen un rumbo fijo, no hay dudas en su andar. Una silueta pertenece a un joven de unos quince años, la otra a un niño de apenas doce. Van en silencio, concentrados en pensamientos que siempre ignoraremos. Salieron de su casa, apenas una choza, orientados por la luz de las estrellas que en estas tierras semidesérticas a las que tardará mucho en llegar la luz eléctrica, brillan en gran cantidad, tiñendo de un débil plateado los cactus y nopales que rodean el hogar materno. Ahora caminan en la luz incierta de un amanecer que tarda, pero que difumina ya la vía láctea. Las dos horas de marcha están muy lejos de cansarlos.
Una hora y media más tarde los jóvenes ascienden por las faldas de un cerro mientras a sus espaldas el sol empieza a calentar, aunque esté todavía muy cerca del horizonte. Los críos, como los llama su madre, eligen, sin hablar, un mezquite no mayor de dos metros y cuelgan en él sus respectivos morrales; sacan de ellos unas tortillas apenas untadas de frijoles y chile y con ramas caídas del propio mezquite improvisan una pequeña fogata para entibiar su alimento de ese día. Aparecen poco a poco, bajo en árbol elegido, los instrumentos de su oficio: dos tajaderas, dos raspadores, una piedra traída desde casa y cuerdas de ixtle de largos diversos.
Pronto los hermanos empiezan su labor: de las abundantes matas de lechuguilla que trepan ladera arriba eligen y cortan los cogollos que alcanzan el tamaño conveniente. La próxima semana los lechuguilleros buscarán otros rumbos mientras se regeneran los centros de los agaves que ahora aprovechan.
El sol ha ascendido y quema despiadado. Los críos pisan ya toda su sombra que apenas es igual a la de sus raídos sombreros. Acuden a refrescarse con los guajes que cuelgan del mezquite. Es hora de traer los cogollos a la sombra y empezar a tallarlos. Tal vez mientras encorvados sobre el suelo quitan la pulpa a la fibra de lechuguilla, por fin crucen algunas palabras estos hermanos silenciosos que, a pesar de su hosquedad, tanto se quieren.
Poco a poco empieza a crecer la cantidad de fibra húmeda y limpia al lado izquierdo de cada tallador. A Manuel, el más pequeño, la savia de las pencas talladas todavía le pica en los brazos, no en las manos que poco a poco se le han ido curtiendo. Cuando disimuladamente se rasca para mitigar el ardor su hermano Felipe dice:
-Recuerdo cuando papá me estaba enseñando a tallar. Deja la fibra limpia, insistía, si no los compradores del viejo Alcántara nos van a querer pagar mucho menos. No le hacía caso porque me ardían mucho los brazos con el jugo de las pencas.
-Oye, Felipe ¿por qué no mejor sembramos y nos dejamos de tanta monserga acá, solos y con hambre toda la semana?
-Ya te dije, cabrón, no tenemos tierra y no voy a trabajar para que el viejo Alcántara se quede con la mitad de la cosecha y el resto nos lo pague con vales de la tienda de raya. O nos tenga amarrados con los préstamos para sembrar.
-Ta'güeno, pero ya me cansé. Me duele el lomo.
-Anda vete a ver si agarras una torcaza, una tórtola o al menos una lagartija para que se nos quite el hambre.
-La lagartija te la comerás tú- gritó Manuel mientras salió corriendo en busca de una hipotética pieza de caza.
Felipe siguió tallando mientras pensaba que le pediría a don Remedios que le enseñara a poner trampas y tal vez a disparar con la fochera para completar de vez en cuando la comida de tortillas y chile. Manuel tenía razón de quejarse.


jueves, 5 de noviembre de 2009

El camino hacia el grupo de los verdes I, Monclova Coahuila ( julio o agosto de 1978 )

-Hey, tú. Dame tres periódicos ... ¿Cuánto es?
-Son nueve pesos.
-Están baratos. Siéntate. Échate una cerveza ... mesero: otra ronda igual y lo que te pida el que acaba de llegar.
-Y hora ¿qué te pasa? Andas muy disparador.
-Tsch, ¡oh!, me pagaron mis hora extras. Hay lana.
-Este cabrón se quedó el lunes turno y medio más. Está bien loco. Si no te cuidas al rato te va a pasar un accidente.
-El cabrón del Mollejas quería que me quedara todo el turno, pero ya no aguantaba, aunque en el anterior me eché una pestañita.
-¿Tú crees? Se subió a la grúa y se escondió detrás de mi asiento; se durmió como hora y media ¡Menos mal que no subió el supervisor!
-¿Y quién es el supervisor de ese turno? No me vas a decir que también es el Mollejas.
-El otro día contaste por qué le dicen Mollejas, pero ya no me acuerdo.
-Le decimos Mollejas desde el día que se tragó tantas que se enfermó. El supervisor del turno anterior es el tal Claudio, del que platicamos la otra vez. Es cabrón el vato.
-Pero ésperate. Que hable aquí el que acaba de llegar ¿De dónde sacas estos periódicos?
-Los mandan desde México. Son del partido donde milito. Voy por ellos cada quince días a Saltillo.
-¿En qué departamento trabajas? Nunca te he visto en la planta.
-¿Qué es eso de departamento? No, no trabajo en Altos Hornos. Soy militante de tiempo competo en mi partido.
-A ver, a ver, a ver. Departamentos hablamos de Altos Hornos: laminado en frío o en caliente, BOF, mantenimiento, el que sea.
-Espérate, güey, si no trabaja en Altos Hornos eso no importa ¿Cómo que eres militante de tiempo completo en un partido?
-¡Cómo los delegados sindicales! Pendejo.
- No, espérense. Hace dos años empezamos a construir el partido en Nuevo León. Yo llegué aqui hace un mes.
-Y ¿qué pinche partidito es ese? ¿Es éste que aparece en el encabezado del periódico? Yo nunca lo he oído nombrar.
-Ya bájenle, pa'qué chingaos hablamos de política ¡Ya tómenle! ¡Salud!

Así siguió la plática entre los cinco obreros de Altos Hornos y el Profe, invitado por uno de ellos. Estuvieron tomando por más de una hora y media. A pesar de dos que no querían hablar mucho de política, los problemas sindicales, salariales y de seguridad en el trabajo abundaron durante ese tiempo. El Profe intentó interesar a algunos en la organización partidaria, pero en esa hora y media de conversación únicamente sacó en claro un nombre: Fernando Cublero, grillo de todas las batallas. Viéndolo a él se podría poner en contacto con todos los grupos que luchaban dentro de Altos Hornos, según le dijeron. Ni de lejos sopechó el Profe esa tarde que el tal Fernando Cublero era un oreja de Gobernación, o lo que es lo mismo, la policía política de aquel entonces.

jueves, 29 de octubre de 2009

El Mezquite, Cardonal Hidalgo IV (1985 + -)

La morada de Anastasio Yeso está vacía. Desde hace dos días ni él ni su hija se ven por la casa, que consiste en un solo cuarto con paredes de adobe y techo de láminas de cartón. Adosada a la pared del lado oriente, una enramada con paredes de carrizo cobija al fogón que ya no se usa. Desde que murió la esposa de Anastasio, hace unos siete años, la familia acostumbra comer en otros lados. Cuando el hijo mayor vivía con Anastasio a veces calentaba algún alimento es ese rincón. Ahora que Yeso vive solo con su hija de 17 años, comen en San Antonio Sabanillas. Padre e hija únicamente llegan a dormir y no siempre. Ayer aún Anastasio sabía que mientras habitara en su parcela y la trabajara los comuneros la respetarían. Hasta el diputado, que no es ni indio ni comunero, aseguraba que nadie le quitaría la posesión de la tierra en tanto la trabajara. Con todo, la quería escriturar como propiedad privada.
Son aproximadamente las once de la mañana. El sol ya quema implacable en esa mañana de semidesierto. Doscientos ñahñúhs y un mestizo aguardan en absoluto silencio; el Profe no sabe bien qué esperan. De pronto Teódulo, el comisariado de los bienes comunales y el que propuso lo que todos acordaron, se adelanta decidido. De un golpe de zapapico derriba la puerta y entra seguido por el delegado municipal y el resto de autoridades ejidales y comunales. Sin dudarlo el Profe también accede; es el único que entra sin ser autoridad en el pueblo. El silencio sigue, absoluto. El delegado municipal busca documentos o artículos de valor, asistido por los presidentes de los comités de vigilancia. El secretario del comisariado apunta en una libreta el resultado de la búsqueda: no hay nada de valor, solamente ropa vieja, trastos en mal estado, una mesa y dos silla deterioradas y dos petates sobre el suelo de tierra. Finalmente se intercambian unas pocas palabras en ñahñúh. El Profe adivina: certifican que no hay nada de valor. Se firma el acta y todo vuelve a la quietud en la penumbra del cuarto. Nuevamente Teódulo, en medio de un silencio impresionante, empuña el pico y da un golpe seco en el punto que ha considerado la clave de la casa. Se acaba la inmovilidad. Los asistentes, estén dentro o fuera de la vivienda acuden a recibir las partes de la casa que otros derriban. Sólo se habla en murmullos, aunque el estruendo de los golpes y de la techumbre que se desploma poco a poco en manos de los indígenas es grande. El Profe solicita una herramienta para colaborar, pero el secretario del comisariado ejidal le dice, seco: te invitamos nomás como testigo; déjale así. El diputado entiende las razones de lo dicho. Por su fuero constitucional sería muy difícil que lo alcanzaran sanciones penales. No se trata pues de protegerlo: el respeto a la autonomía ejidal es lo que ahora importa; son los dueños los que están defendiendo su propiedad colectiva, no aceptan intromisiones.

-Venga a la casa a tomarse un pulque -invita Teódulo al Profe escasos quince minutos más tarde.
De la casa ya no queda nada en pie. El presidente del comisariado está tranquilo. La responsabilidad directa de haber derribado una vivienda no parece haberlo alterado. Sin embargo el diputado lo nota triste, aunque el rostro del indio sonría al terminar la invitación.
Dos horas después, cuando el Profe se retira del poblado ve dos tractores arando la parcela de Anastasio. Ya le contaron que todo fue sepultado en una zanja y dentro de unos días el maíz comunal empezará a despuntar gracias al riego de aguas negras que vienen de Distrito Federal.

jueves, 22 de octubre de 2009

Los periodistas. Entrevista publicada en un suplemento del periódico "El Día" (época actual)

Nos encontramos una interesante entrevista publicada en un suplemento del periódico "El Día" fechada en los inicios de la década de 1970. Días antes el señor Lino Alarcón Valdepeñas había sido ungido como secretario general de la sección 147 del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM), que agrupa a los obreros de la planta 1 de Altos Hornos de México, en Monclova Coahuila. En ocasión de su visita a Napoleón Gómez Sada fue entrevistado en el Hotel Minero -ahora Hotel Napoleón- sito en la calle de Monte Albán 71, en la colonia Narvante del D.F. He aquí parte de la entrevista:

Periodista: ¿Cómo fue que llegó usted a la secretaría de la sección más grande de Sindicato Nacional Minero?
Lino Alarcón Valdepeñas: Con el apoyo de la base obrera. Las reivindicaciones sindicales y nuestras propuestas para la próxima revisión del contrato colectivo de trabajo lograron la simpatía de los 8, 437 sindicalizados de Altos Hornos de México, planta uno.
Periodista: Se dice por ahí que el apoyo de don Napoleón Gómez Sada fue determinante para que usted alcanzara la secretaría.
LAV: ¡Claro que yo me llevo muy bien con don Napoleón! pero, mire, jovencito, eso no tiene nada que ver con que yo haya ganado. Usted sabe muy bien que fuimos dos candidatos los que peleamos la secretaría: nosotros, los azules y Héctor Gaytán Cuéllar propuesto por la planilla roja. Hubo campaña y nosotros ganamos en votación abierta.
Periodista: las votaciones ...
LAV: Sí, sí, las votaciones son abiertas, a las puertas de la planta. Usted sabe: se ponen las dos urnas, la roja y la azul y cada obrero se forma frente a la que eligió, presenta su credencial del sindicato y sólo así puede depositar su voto en la urna, después que los delegados de cada planilla revisan las credenciales y se aseguran que el dueño no ha votado antes. No puede haber trampas. Ganamos con un pequeño margen, pero ganamos claramente.
Periodista: ¿Y el color de la planilla? Una azul y otra roja ¿Esos colores tienen alguna connotación ideológica? El azul nos recuerda al PAN y el rojo a los comunistas.
LAV:¡Ah, qué muchacho! ¿Cómo cree eso? Entonces cuando hace poco hubo una planilla amarilla ¿esa era de los chinos?

Armamos una tremenda discusión. Algunos de nosotros no querían creer lo que leyeron en el periódico. Dijeron que era una vacilada ¿Votaciones abiertas? ¿qué, el voto no debe ser secreto? No nos creían a los que mucha veces presenciamos aquellas votaciones y les dijimos que esa era la costumbre. Si no hubiera sido que tanto la planilla roja como la azul estaban formadas por obreros controlados por Napoleón hubiera sido suicida votar así, públicamente, en contra de los charros eternos. Y lo de los colores, se rieron mucho, pero es verdad, tanto rojos como azules lo eran casi casualmente. Hubieran podido ser cafés o anaranjados. Al poco tiempo, sólo unos pocos años después, hubo una famosa planilla blanca. Esperemos que alguno de nosotros nos pueda narrar algo sobre ella. Vamos a buscar a ver si encontramos algo escrito de esa planilla.

jueves, 15 de octubre de 2009

La Esperanza I, Coahuila (hacia fines de 1978)

-Profe, en el ejido están muy agradecidos por lo de las setecientas hectáreas. Que a ver cuándo se va comer un mole de olla por allá.
-No te fijes, Hilario, mejor llevame a conocer otros ejidos. Con suerte hasta podemos ayudarles en sus broncas.
Campesino y exprofesor están sentados en una tosca banca de madera que junto con una gran mesa, también de madera apenas labrada y sin barniz, son el único mobiliario de lo que el Profe reporta a su partido como oficina del mismo en Monclova. En un extremo de la mesa está el viejo, viejísimo mimeógrafo en que los obreros de Altos Hornos imprimen "El trabajador de pié", esos volantes que el antes mentor reparte semana a semana a las puertas de la planta uno.
-¡Uh, Profe! Para broncas en un ejido está el mío.
-¿Castaños? qué ¿no acabamos de resolver su bronca?
-No, Profe, yo no soy ejidatario en Castaños. Lo que no le he platicado es que nos dotaron de un nuevo centro de población ejidal. Se llama la Esperanza.
-Ah, chingaos ¿por qué no me habías dicho nada?
-Pues es que el problema está muy cabrón. Nos corrió la policía ganadera. Esos hijos de la chingada primero nos dividieron. Se ganaron con amenazas y corrupción a siete de nosotros y nos sacaron a los otros trece. Usté ya conoce a Salomé, a David y al Israel, los de las aguas a la salida de la planta uno que le presenté el otro día. Ellos también son ejidatarios, de los que no se rajan, pero ya están bien desanimados. No sabemos cómo hacerle pa'regresar.
-A ver, a ver, a ver, ¡cuéntame despacio como está ese asunto! ¿O tienes mucha prisa por irte?

Fue así como el Profe se involucró en el otro gran pleito agrario que su partido daría al norte de Coahuila. Cuando platicó por primera vez con Hilario sobre la Esperanza ya el grupo de "los verdes" se había disuelto y muchos de quienes lo formaron militaban en el partido del Profe. Cada ocho días se reunían, en ese salón que había sido cantina, de seis a nueve obreros de la planta uno de Altos Hornos. La impresión de la hoja volante y su reparto semanal eran cosa hecha. Empezaban a llegar a las reuniones alguno que otro obrero de la planta dos de AHMSA, sección 204 del sindicato minero. La lista fantasma se le perdió al Profe uno o dos meses antes, pero había sido la punta del cordón que lo conectó con algunos ejidos gracias a Luis Zapata. El otro extremo del hilo con que se tejía aquella organización incipiente fueron los periódicos partidarios.

jueves, 8 de octubre de 2009

Monclova, Coahuila IV, (junio de 1978)

Hace dos meses llegaste a Monclova con no más de ciento cincuenta pesos en la bolsa y un paquete de periódicos del partido en que militas.
Traes una orden no escrita: debes construir el partido en esa ciudad eminentemente obrera.
Nada tienes más, según dices.
No mientas. También tienes una lisa valiosa de contactos: nombres de diversos luchadores sociales. Alguien conoció a los dueños de esos nombres. Son hombres y mujeres que participan o dirigen luchas populares. Cuatro o cinco son maestros, seis son mujeres, en total diez y siete seguros futuros militantes de tu partido. No sabemos cómo se elaboró la lista, pero te será un instrumento muy útil. Tú tienes que buscar a esos elementos: viven en tal dirección; participan en la lucha de tal colonia popular; trabajan en tal escuela o son activistas sindicales.
Sabemos que en dos meses los nombres escritos en esa hoja ya te han servido. Contactaste al tal grupo de "los verdes". Localizaste a Luis Zapata; ya nos contarás cómo diste con él. No te quejes. Vienes de Nuevo León, donde costruíste tu partido exitosamente en ejidos, con solicitantes de tierras y con talladores de ixtle. Sabes de luchas agrarias. Ahora date a la tarea de contactar campesinos, que también debe haberlos aunque los alrededores de Monclova sean semidesérticos.
¡Y no andes llorando como niño desamparado!

La lista fantasma. Monclova, Coahuila V (junio de 1978)

Sí, sí, ¡claro! Ustedes me dicen que esa lista me da todo hecho: "Diez y siete extraordinarios luchadores sociales". "Uniendo las luchas del pueblo podrás hacer el partido".
Pero todos los nombres que traigo en esa hoja de papel revolución escrita a mano pertenecen a fantasmas: espíritus burlones, ectoplasmas chaqueteros, mujeres inexistentes de belleza fantasmal.
Por ejemplo, tres de los maestros de la lista: ninguno trabaja en la escuela donde debería laborar según dice este papel. A uno de ellos ni siquiera lo conocen. Los otros dos no dan clase ni asisten a las aulas, porque son "comisionados sindicales". Fui al SNTE, aunque sea priísta. Pregunté por los tres y sólo recibí sonrisas despectivas. Ni por el local sindical se dan la vuelta los "grandes luchadores sociales". Alguien a mis espaldas murmuró "pinches aviadores" ¿Para qué buscarlos más?
De las seis mujeres de la lista tampoco he encontrado a ninguna. Seguramente sus nombres, si son reales, pertenencen a mujeres atractivas con las que mis compañeros de partido estuvieron coqueteando con pretexto de luchas populares. Dos de ellas tienen números de teléfono inexistentes: se los dieron gentilmente a quienes las acosaban con pretextos izquierdistas. Otras dos no viven ni son conocidas en las direcciones que proporcionaron. La tienda donde trabaja la quinta no he podido localizarla. La sexta, también maestra, no he tenido tiempo de buscarla; tal vez no sea fantasma como los ocho que ya se esfumaron.
Al grupo de "los verdes" lo contacté gracias a los periódicos del partido; ninguno de ellos estaba en la lista. Los diez y siete nombres no sólo se están borrando en una hoja de papel largamente manoseada. Sus dueños se diluyen en la nada volviendo a la lista cada vez más fantasmal.
Sólo Luis Zapata se ha materializado. Según la lista es dirigente de una colonia popular. Eso resultó otra mentira: es obrero de primera generación. Su padre y su hermano mayor son ejidatarios con fuerte tradición de lucha agraria. Como tercer hijo de ejidatario sabe que no será quien herede ni terrenos ni derechos ejidales y tampoco alcanzó lugar en el nuevo centro de población "La Esperanza" que conquistó su hermano, por eso buscó y consiguió trabajo en Altos Hornos. Lo localicé hace apenas unos cuantos días. Me voy a dormir. Ya me estoy cansando de perseguir fantasmas durante las cinco o seis semanas que ando por aquí.

jueves, 1 de octubre de 2009

Felipe Gómez II, entre el 19 y el 21 de junio de 1914. En las inmediaciones de Zacatecas

-¡Hey, muchacho! ¿Qué haces cantando bajo ese pirul? Desaloja, que vamos a poner cañones.
Junto con ese general -debe serlo, pues está muy bien uniformado- viene Jacinto, uno de los que se unieron a tu grupo cuando regresaste a Jaumave por más gente.
El tono del militar no te gustó, pero hay algo en su figura que detiene tu protesta. Sigues tocando, pero haces una señal a Jacinto para que se aproxime.
-Oye Chinto ¿quién es ese de a caballo?
-Ni le rezongues. Es Felipe Ángeles. Yo vengo nomás de cola. Quesque va a poner hartos cañones.
Todos han oído hablar de Felipe Ángeles, pero tú no lo conocías.
-Oiga, usté, mañana o pasado nos vamos a jugar la vida entrando a Zacatecas. Deje ver nomás cómo ponen los cañones.
-Primero te haces el sordo y luego vienes conmigo. Pues ¿quién eres?
-Quesque soy capitán primero. Ando con unos cuantos que me traje de mi pueblo. Pero mañana o pasado le haremos caso a Maclovio. Como todos dicen, si no hay orden no ganamos.
-De modo que perteneces a la brigada de Maclovio Herrera ¿Qué haces entonces descansando?
-Pos nos dijo a los nuevos que hasta mañana nos presentáramos con él. Yo andaba con mi gente al mando de otros jefes cuando tomamos Torreón.
-Oye Juan, aquí abajo de este pirul pones esos dos cañones ... ¿Tú cómo te llamas?
-Felipe Gómez.
-¿De veras o me estás tomando el pelo?
-Es cierto, mi general, yo me llamo Chinto y vengo con él desde Jaumave. Y es re'arrojado. A caballo ni quien lo pare.
-Muy bien ... ¡Juan!, este otro Felipe ya nos trajo seguro buena suerte. Cuando empecemos a disparar desde este escuálido arbolito vamos a darle duro a los pelones.
-Cuando estemos en las tierras que nos repartan en Jaumave vamos a invitarlo, el Chinto y yo, para que vea los arbolotes en los que nos vamos a sombrear.

Minutos después tomaste la vereda por la que bajó Felipe Ángeles.